La historia de Eduardo. (III)

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Hacía frío.

A pesar de ello, cuando Eduardo llegó a la casa de Tímido25, estaba caliente. Fue pensando todo el camino en las fotos que había visto de ese chico. Volvió a su imaginación la imagen del cowboy sudoroso. Pero esta vez, ya no estaba en el desierto a lomos de su jamelgo, sino frente al saloon del pueblo, abriendo de golpe las puertas abatibles y entrando allí mientras todos se volvían para escrutarle y saber si debían tener sus pistolas preparadas. Y un hombre con pantalones de cuero, bien apretados, marcando todas sus curvas, se pasaba la lengua por los labios invitándole en silencio a subir sin demora al primer piso y retozar en su cama. “Hueles a macho”, le susurró nada más cerrar la puerta, y…

Ufffffff. Los pantalones le apretaban. Tuvo que colocarse el paquete para que no le hiciera daño. Menos mal que ya casi había llegado.

Cuando llamó al portero automático, su corazón latía rápido. Tenía el pálpito de que ese chico iba a ser un hombre importante en su vida. Estaba convencido de que iba a ser el hombre de su vida. El hombre de su vida. El hombre de su vida. Se veía ya paseando de la mano con él, mirándose como dos tontos, llenos de amor y de ganas de vivir el resto de su vida juntos. El hombre de su vida.

Cuando Tímido25 abrió la puerta, de la emoción, casi no reconoció al hombre que se encontró. Su parecido con las fotos que había enviado era más bien escaso. Aún así, le pareció igual de atractivo. Estaba caliente y no era capaz de pensar. Y además, lo que importaba era lo demás, lo que habían hablado en los mensajes. Así se conocía de verdad a la gente. Además, él también había editado las fotos, lo hacen todos, pensó. Apenas se dijeron cuatro tonterías a modo de saludo, y empezaron a besarse mientras se desnudaban. El hombre de su vida.

Fue el principio de una noche memorable de sexo. En un momento determinado, Eduardo recordó a su amiga Helena y pensó en llamarla para darle las gracias por su consejo. Con el paso de los días, había crecido el resquemor con su amiga, por sus palabras mal sonantes y por haber minimizado sus problemas. “Qué sabrá ella de problemas, no es capaz de preocuparse por los demás”. Todo acrecentado porque la jodida de ella no le había llamado.

“Ni dignidad tiene”.

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