No se despidió al irse.

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Matías no le dijo adiós cuando se iba. Matías es su hermano.

Gonzalo estaba enfermo. No era una enfermedad muy grave, tan siquiera era una enfermedad propiamente dicha. Estaba triste, muy triste. Su padre se había ido hacía unos días de casa, “de viaje”, dijo su madre en un tono que no admitía réplica. Ella era así, contundente, poca amiga de que la gente repreguntara, y menos sus hijos.

– El trabajo – apostilló.

Tampoco le dijo adiós.

Gonzalo, cuando volvía del colegio, lo esperaba frente a la puerta, jugando con el camión de bomberos, corriendo en busca del fuego, con las sirenas a todo meter. No necesitaba mucho para entretenerse. Tenía mucha imaginación y se creaba sus personajes y los movía a su antojo: el bombero jefe, su novia, el novato, el héroe, el vago… se inventaba sus conversaciones y sus peleas, iba a apagar fuegos o a salvar a gatitos en los árboles, los pobres, que se habían subido pero que luego le entraba el canguelo y no podían bajar.

Canguelo. Le gustaba esa palabra. Le había costado aprenderla y no te digo, decirla correctamente. La utilizaba su hermano, que se la debía haber oído a su novio o a alguien así. Su novio era mayor que él, unos años, bastantes años, y era uno de esos culturetas que leía “la hostia de mucho”, según las declaraciones del propio Matías, que lo decía orgulloso y haciéndose él un poco más tonto y corto de lo que en realidad era. Matías era listo, estudiaba mucho y leía mucho. Sabía mucho de música y de cine, pero no le gustaba presumir de ello. Decía que a la peña en general les gustaban más los tontos del culo. “Si voy de sabido, me mirarán con cara rara y empezarán a llamarme friki o cosas peores”.

Matías, cuando Gonzalo iba a apagar fuegos con demasiada algarabía de sirenas y conversaciones a gritos de los bomberos, porque el ruido de las llamas y de los camiones corriendo con las sirenas obligaban a los bomberos a hablar muy alto, le tiraba una zapatilla desde el primer piso, por la escalera.

– Enano, joder, deja de aullar, es imposible estudiar.

– No seas mentiroso, que no estudias, estás hablando con Tino y colgando cosas en el Face.

Le tiró la otra zapatilla. Ésta le dio en la cabeza. Le hizo daño, pero no lloró. Al contrario: sonrió porque había acertado.

Gonzalo cogió las zapatillas de su hermano y las escondió en el armario del pasillo.

Ya no tenía ganas de seguir jugando con el camión de los bomberos. Así que se sentó a lo indio en frente de la puerta de la calle, esperando.

Su madre llegó al cabo de una hora. Él se había levantado esperanzado al oír pasos fuera, pero al comprobar que quien entraba era su madre en lugar de su padre, no pudo disimular la pena y la desilusión.

Su madre correspondió con un gesto de enfado y hartazgo.

– No va a volver, ¿lo sabes? Nos ha dejado, porque no te quiere, entérate. Así que te tendrás que acostumbrar a tenerme a mí, aunque ya sé que no me soportas. Lo guay que es tu padre y no te quiere, se ha ido para no volver. ¿Te enteras? Así que a joderse.

Su madre tiró la bolsa de la compra en la isleta de la cocina. Gonzalo la miraba cómo iba guardando las cosas y cerrando a golpes los armarios. No se decidía sobre si convenía echarse a llorar de pie mirando a su madre o sentarse en un rincón y hacerlo a escondidas.

De repente vio unos pies descalzos a su lado. Levantó la cabeza para mirar a su hermano que lo observaba triste.

– ¿Mis zapatillas? – le preguntó suavemente, con gesto cómplice y triste.

Miró al armario dónde las había escondido. El mayor corrió hacia allí y se las puso sin siquiera sentarse. Cogió su abrigo y se colgó la mochila sobre el hombro.

No miró atrás cuando salió.

Gonzalo sí lo miró cuando salía. Quiso llamarlo, pero no se atrevió. Quiso decirle que no le dejara solo con su madre… pero no le salieron las palabras.

De repente el pequeño se sintió solo en el mundo. Sus ángeles, sus colegas se habían ido. Su hermano Matías, y su padre.

Su madre le odiaba y no sabía por qué. Él no recordaba haber hecho nada malo en sus 8 años de vida.

El niño esperó durante un buen rato a que su hermano volviera y se despidiera. Le llamara enano y le revolviera el cabello. Le tomaría el pelo con que le olían los pies, y él haría que se enfadaba, y se pegarían un rato. Al final Gonzalo reconocería que no le olían ya los pies como antes, y que aunque fuera así, no le importaba, le seguiría queriendo igual.

No, lo de que “lo quería” no se lo diría. Él otro le replicaría que eso es de niños, y que él ya no quería a su hermano canijo, porque era mayor, 18 años, y a los 18 no se quiere a su hermano pequeño. Solo se quiere a un novio. Y no podría ir cargando toda la vida con él.

Su padre debió pensar lo mismo, por eso se fue. Él solo era una carga para todos.

De repente se dio cuenta de que su hermano no iba a volver. Se iba como su padre, “de viaje”. No se había despedido de su madre y la mochila que se había llevado era la grande, la que utilizaba cuando se iba de acampada.

– Como la maleta de papá.

Se sentó en la esquina, en el suelo. Otra vez.

– Vete a tu habitación, no me gusta que andes zascandileando por la casa.

– Pero tengo hambre – se quejó.

– A tu habitación. ¡No me repliques!

Su madre señalaba la escalera con el brazo extendido. Gonzalo creyó ver un poco de espuma en la comisura de sus labios. “Como en las pelis de zombis o de vampiros”. “¿Su madre sería una zombie?”. Pero enseguida rechazó esa posibilidad, porque eso querría decir que él debía serlo también, al ser su hijo.

– Yo no soy un zombi.

– No murmures, idiota. Te he dicho mil veces que lo detesto. – gritó su madre desde la puerta de la cocina. Su cara decía bien a las claras que el sentimiento era real.

No le hizo caso. Si acaso empezó a correr para recorrer los últimos escalones y entrar en su habitación.

Cerró la puerta.

Ya estaba en su territorio. Con sus juguetes, sus libros, los pósters en las paredes de sus películas preferidas, y una fotografía sobre su mesa de estudio, una foto de él con su hermano, cuando fueron de campamentos el verano anterior.

Quería a su hermano.

Mucho.

Por eso no sabía si podría soportar que se hubiera ido. No podía pensar ya en alguna cosa que le pudiera hacer reír. Lo echaba tanto de menos… y apenas hacía una hora que se había marchado.

Siguientes capítulos:

Gonzalo (I).

Gonzalo – la historia.

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11 pensamientos en “No se despidió al irse.

  1. El pequeño instante de la ausencia y esa suma de pequeños instantes, que tanta descriptiva tiene en ésta maravilla de relato, partitura perfecta como siempre, y aunque duela la ausencia, hay ventanas sin las que no podría respirar.

    Un beso

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