Navidad 2014: Ernesto, Arturo y Tomás, de “El escritor y los cuentos de Navidad”.

Está ya en los casi 18.

Casi le pierdo, pero al final, conseguí agarrarle cuando caía por el precipicio.

Y Tomás está casi en los 15.

También casi le pierdo, pero de otra forma.

Estas son nuestras segundas Navidades como familia. Ellos dos y yo. Soy Ernesto, “el escritor de los cuentos de Navidad”.

Cuando acabé el libro, todo parecía encarrilado. Y era así, aunque en algún momento, sobre todo en los capítulos eliminados, la cosa no estaba clara. No, no los busquéis, que no están. Todavía no ha salido la edición especial de “El escritor y los cuento de Navidad”.

En el nivel de mi carrera profesional de escritor, las cosas han ido bastante bien. El libro anterior a “Los cuentos” fue estupendamente bien. Sí el del premio que nunca me acuerdo cómo se llama. El posterior, “La guerra en Mundo maravilloso”, batió todos los récords de ventas. Ha sido el libro más vendido en España en 2014. Y lo he vendido para traducirse a 34 idiomas. Rosa, mi representante, está negociando para ser traducida al japonés. Será el 35. En Inglaterra sale en Marzo.

En Méjico y en Argentina ha sido también el libro más vendido del año. Incluso en Chile, es el libro más vendido de la historia, después de la Biblia y el Quijote.

Ese tema no puede ir mejor.

Tomás hizo una pequeña gira con una compañía de teatro, haciendo un musical. No recuerdo cual era y me vais a perdonar, no tengo la cabeza para buscarlo ahora. Fue un fracaso la obra y a parte, Tomás empezó a tener problemas para dormir otra vez. Volvimos a casa.

Arturo parece que está bien. Eso quiere aparentar. Yo sé que no lo está. Veo continuamente esa nube encima de él. Parece alegre, pero si borras su boca, los mofletes, y te quedas solo con los ojos… son los más tristes que he visto nunca. Creo que sigue pensando que debía haberse ido, debía haber dejado caer el ascensor en el abismo y no permitirme salvarlo. A veces lo encuentro mirándome con un gesto de reproche. Quiero indagar dentro de él, ver lo que siente, pero ya no me deja entrar en él. A veces me cuelo en su cabeza, en su espíritu, pero no puedo estar mucho tiempo. En cuanto se da cuenta cierra el interruptor de nuestra conexión.

Me preocupa además que se ha vuelto muy solitario. No tiene casi amigos. Y después de aquella Jénifer que le hizo tanto daño, apenas ha tenido novias ni amigas. Y las que ha tenido no le han durado más allá de una semana.

Tomás también está preocupado por él. Yo creo que por eso tuvo esa recaída en sus problemas de sueño, por la gira. Sentía que debía volver al lado de su hermano. Y yo creo que sus amigos de “Mundo Maravilloso” colaboraron todo lo posible para que la gira fuera un fracaso y volviéramos a Burgos, sin la sensación de haber fracasado.

Hacemos todo lo posible para que Arturo sea feliz, pero no acabamos de conseguirlo.

Ahora, les veo a través de la mampara de cristal. Están acabando de preparar la cena de la Noche de Reyes. Es nuestra noche. Es la noche de la Magia. Decidimos que fuera nuestra principal fiesta cada Navidad. Tenemos la casa llena de adornos, tenemos un enorme Nacimiento que hemos hecho nosotros mismos, tenemos un árbol con muchas luces, en la terraza. Y muchos adornos más. De hecho, hemos adornado todo el edificio. Los vecinos al principio nos miraban con cara de “estos están pallá”. Pero mira, quedó bonito y como lo pagamos nosotros… pues todos contentos. Hemos salido hasta en el diario. No es por nada, es el mejor adorno de todo Burgos.

Todo como soñaba Arturo. Todo como lo que me contaba que deseaba en nuestro Ascensor particular, durante su coma.

Pero no consigo que reaccione.

He renunciado a las giras de promoción por el extranjero, a los programas de televisión en los que podía ver agigantado mi ego de artista. Y ganar un dinero. En las giras por España me los llevo a los dos, siempre que puedo. Les gusta acompañarme. Y Arturo me mira siempre con una cara de orgullo que me hace sentir bien. Pero eso dura un rato, luego vuelve la nube.

Seguro que no se perdona por estar vivo y que su madre y su hermana murieran en el accidente. Seguro que es eso, pero no encuentro la forma de que se perdone y siga con su vida.

Viene Rosa a la cena de Reyes. Viene con Galo, un novio italiano que se ha echado. Hacen buena pareja. Y creo que hoy nos van a dar la noticia de que está embarazada y que Arturo va a ser el padrino de su niño. A ver si eso le alegra. Y más cuando se enteren de que van a ser gemelos. Tomás será el del otro niño. Van a ser niños, lo sé. “Mundo Maravilloso” tiene esas cosas.

Vienen también los amigos de Tomás: Fernando, Manu y Ricardo, y Eduardo, que me parece que tiene pinta de ser su noviete. Arturo no ha invitado a nadie. Y viene Sergio también que ha vuelto de su año en Inglaterra, por lo del inglés. Ya está completamente recuperado del cáncer. Es casi como de la familia. Y viene su abuela, que se ha convertido en la abuela de todos. Y ella feliz. Cada día parece más joven.

He invitado a Elías también. Nuestra historia de amor es de ida y vuelta. No estamos centrados. Él tiene miedo y yo… yo no estoy seguro. Me gusta y creo que lo quiero, pero… es posible que sea que no deseo quitarle ni un gramo de afecto, de amor, a Arturo y Tomás. Creo que me necesitan mucho, que necesitan de toda mi atención, de todo mi cariño. A veces dudo de si seré capaz de tener una pareja en el futuro.

Pero hoy vamos a intentar hacer una gran fiesta. Vamos a hacer que nos olvidemos de todo. Ojalá su efecto nos dure una buena temporada. Veo que Darío y Kevin vienen también. Darío parece que ha dejado de sentirse culpable por el accidente. Por lo menos él lo ha conseguido. Kevin tiene mucho que ver en eso. Ese chico tiene tantas ganas de amar… es un buen ejemplo de que el amor cambia el mundo.

Casi se me olvida citar a María y Fede, médicos de profesión, los artífices de que Sergio y Arturo tuvieran un final feliz a su estancia en el hospital. Parece que también van a ser padres. Me da que la fiesta del año que viene, va a estar llena de bebés.

Arturo me está mirando desde el otro lado de la mampara. Creo que quiere que vaya. Ya. Tiene urgencia en la mirada. Han empezado a llegar todos y necesita alguien en quién apoyarse. Es curioso, él necesita de mí para sentirse seguro, y yo necesito de él. Sigue siendo mi apoyo, mi guardián. Me sigue llevando la comida o la cena en mis periodos de escritura catártica. Sigue poniéndome la manta cuando me duermo en el sofá y sigue corrigiendo mis escritos. Incluso creo que a veces, me escribe algún capítulo. Y sé que ha escrito varias cosas interesantes, pero no me deja leerlas. Posiblemente porque hable de muerte, de tristeza, del abismo, de su abismo.

Hoy espero al menos que sea una noche alegre. Los regalos están debajo del belén, la comida está en la mesa, Arturo y Doris se han ocupado del tema. Y la abuela de Sergio traerá algunas cosas, seguro. Es una gran cocinera. Qué mujer tan vital, tan extraordinaria. Ella salvó a su nieto de la enfermedad. Luchó contra todos, hasta contra el mismo Sergio que era francamente insoportable mientras estuvo en el hospital. Le dio igual los desplantes, sus insultos, e incluso, en medio de algunos de los tratamientos duros de quimio, de los golpes que le dio el chico. También luchó contra la desidia de los padres de Sergio. Y ganó. Ella dice que yo fui clave. El verme en el hospital en el que también estaba Arturo, y poder presentarme a Sergio que leía apasionadamente mis obras, fue clave. Y nuestra conversación en los pasillos del hospital. Yo creo que ella fue la artífice, pero tampoco me viene mal un poco de culto al ego. Al menos, lo que no acabo de conseguir con mi hijo, lo hice con Sergio.

– Papá, debes venir. Me va a dar un ataque.

Al final Arturo ha abierto la mampara.

– Arturo, si los conoces a todos.

Le he sonreído con todo mi amor, pero está al borde de un ataque de ansiedad.

– Ven, siéntate conmigo mientras acabo de escribir. ¿Quieres leerlo?

– Ya lo he leído.

Lo miré muy serio.

– Es injusto lo que haces. No me dejas entrar en tu cabeza. Y tú entras en la mía cuando quieres.

Me acaba de sonreír. Es la sonrisa más triste que he visto en mi vida.

– No podrías soportarlo, papá. Es mejor que no entres.

– Pero… – he intentado rebatirle, pero no me ha dejado.

– Ernesto, acaba de escribir, lo necesita Jaime para el blog.

– Arturo, hijo…

Se ha acercado a mí y me ha plantado un sonoro beso en la mejilla.

– Me retuviste y debes cargar conmigo. Ajo y agua.

– No eres ninguna carga – me he revuelto contra esa afirmación.

– Te quiero, Ernesto. Acaba, te estamos esperando.

Debo acabar. Se ha dado la vuelta y ha salido de la habitación. Ha cerrado cuidadosamente la mampara de separación. Y me ha sonreído al hacerlo.

Seguiré luchando por conseguir la llave para entrar en los pensamientos y sentimientos de Arturo. Seguiré intentando encontrar la forma de que vuelva a ser un chico de 18 años que no se eche la vida del resto del mundo a la espalda. Que recupere la alegría, que salga con chicas, que se enamore, que folle en el asiento del coche, que me saque de quicio por llegar tarde a casa y medio borracho. Deseo que tenga que hablar con él muy seriamente sobre drogas, sobre alcohol, sobre preservativos.

Es un buen deseo para los Reyes Magos. Vida, amor y compañía.

Tengo que irme. Me toca una ronda de besos y abrazos. Ya están todos. Elías no, que se ha rajado. Me acaba de mandar un wasap, diciendo que se borra de la fiesta. Quizás llame a algún chapero luego, hoy necesito un poco de roces de piel. Sin compromisos.

Le pediré a Jaime el teléfono de Adri.

Dedicatoria:

Jaime, todo tuyo, para tu especial Navidad. Te lo dedicamos a ti y a todos tus lectores.

Ernesto, Arturo y Tomás.

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Estos son los protagonistas de “El escritor y lo cuentos de Navidad”.

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Navidad de canguelis: Pere me envía “Requiem de György Ligeti”.

Fue banda sonora de “2001, una odisea en el espacio”.

Música para que la piel se te ponga tensa. Y los pelajos de punta.

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Esta sección dentro de la programación especial de Navidad, se le ha ocurrido a Adri, que no es muy navideño, aunque me parece que esta última Nochebuena, le hizo más tilín.

La Nochevieja también le gustó. Igual ha cambiado su sentimiento al respecto.

Gracias Pere por este propuesta.

Navidad 2014: “Gonzalo” (y IV)

Capítulos anteriores:

No se despidió al irse.

Gonzalo (I)

Gonzalo (II)

Gonzalo (III)

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Casi ya era año nuevo.

Ya queda menos, se dijo.

Mañana será 2014. Menos de 360 días.

Sonrió.

Pero su sonrisa era una mueca. Estaba en la cocina, sentado en un taburete. Con el último regalo de su hermano. Era una nave espacial de “La guerra de las Galaxias”. Recordaba esa vez que Matías y él pensaron en decorar el árbol de Navidad con Naves espaciales. Pero a su madre no le gustó nada la idea.

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El año que viene, podrían hacerlo. Ya tenía el primer adorno.

La cogió en la mano e hizo un corto viaje interestelar a su alrededor. Ya no tenía ganas de inventarse nada. Solo tenía en la cabeza la mirada de asco de su madre. Lo odiaba, cada vez más. Y eso que casi no se veían.

María, la de la limpieza, ya casi no preparaba nada de comer. Hacía el cambio que había visto por primera vez hacía un año. Se llevaba la comida del frigo y le dejaba lo que parecían las sobras de su casa. Algunas hasta olían. Ya hasta en el colegio parecía peor la comida. No tenía hambre. No tenía ganas de nada.

Tenía la impresión de que sobraba. Era un estorbo. Alguna vez, de las pocas que veía a su madre, ésta se lo había dejado claro.

– Si no fuera por ti, ya me habría ido con Ignacio. Solo eres un estorbo, igual que tu padre. Ojalá no te hubiera tenido. Debería haber abortado.

Y lo miró de esa forma. Con odio en sus ojos.

– ¿No ves como nadie te hace caso? A todos les pareces un estorbo. Estás solo. Ni tu hermano querido, que te dejó solo. Porque te odia. Y tu padre. Y yo que soy boba, tengo que cargar contigo.

Le faltó escupir, como en las películas del Oeste. ¿Por qué se imaginaba siempre a su madre, escupiendo como un vaquero que mascaba tabaco?

Abrió la nevera. Buscó la naranjada que le gustaba a su hermano. Pero solo quedaba para medio vaso. Se la puso en la boca y se lo bebió a morro. Despacio, trago a trago, saboreando. Era una forma de sentirse cerca de alguien. De Matías.

¿Cómo sería ahora Matías? ¿Seguirá con Ramón? ¿Se habrán casado?

¿Se habrá dejado la barba, como decía cuando estaba en casa? Su padre llevaba barba.

Dejó la botella vacía encima de la isla. No le apetecía tirarla a la basura, aunque sabía que María le echaría la bronca. Últimamente le echaba la bronca por todo.

Pensó en comer algo, pero no tenía ganas. “Tengo el estómago cerrado”. Se lo había oído a alguien. Tampoco tenía nada que comer, ni dinero para salir a tomar algo fuera. Lo de María no contaba como comida.

Cogió la nave espacial y empezó a subir las escaleras hacia a su habitación. Despacio, midiendo casa paso, midiendo sus energías. A mitad de la escalera tuvo que pararse a coger fuerzas. Cerró los ojos un segundo y puso toda su energía en seguir subiendo. “Antes lo hacía en un segundo, cuando Matías me perseguía”.

“Enano, ¿dónde has escondido las deportivas?”. Y le tiraba lo primero que tenía a mano. “Como te coja te hago cosquillas”. Y se dejaba coger después de un rato de persecución y se reía aún antes de que los dedos de su hermano buscaran sus puntos sensibles, que eran casi todos.

– ¡Vamos! – se dijo en un susurro. Eso le decía su hermano cuando iban de marcha en los campamentos y flaqueaba.

Subió un peldaño más.

La pareció que llamaban a la puerta. Pero no estaba seguro. Decidió no hacer caso. No esperaba a nadie. Nunca venía nadie a casa. Salvo María que tenía llave. Y si era un vendedor o un pedigüeño, él no tenía nada que comprar ni que dar.

Ahora sí, era el timbre de la puerta. Insistió. Repetidamente.

Empezó a bajar las escaleras, despacio, agarrado a la barandilla. El ruido del timbre le hacía daño en la cabeza. “Por favor, por favor, que pare”, se decía.

Consiguió llegar a la puerta. “¿Y si vienen a robar?”. Cerró los ojos, respiró profundo y abrió la puerta aparentando decisión.

– ¡No quiero nada!

Lo dijo con voz potente, o eso le pareció. Ni siquiera miró a quién estaba al otro lado. Intentó cerrar la puerta de nuevo, pero el pie del que estaba frente a él se lo impidió.

– ¡No quiero nada! – repitió casi ya sin fuerzas, a punto de echarse a llorar. – ¡No quiero nada! ¡Váyase! ¡No quiero nada! ¡Nada! – ya sin fuerzas.

La puerta se abrió de golpe. Pensó que efectivamente, era alguien que venía a robar o a matarlo. Casi sintió alivio. Últimamente había pensado que a lo mejor no era buena idea el que su hermano viniera a por él. Le estorbaría, como hacía con todos. No valía para nada. A lo mejor su madre tenía razón. En el colegio nadie le hacía demasiado caso. No tenía amigos y los profesores parecían pasar de él.

Perdió el equilibrio al no esperarse que la puerta se abriera de esa forma tan brusca. Cuando casi estaba en el suelo, una mano lo retuvo y tiró de él. Alguien lo abrazó, fuerte, muy fuerte. Lo levantó en volandas y dio un par de vueltas, como si fuera un tiovivo.

No sabía quien era, pero se abandonó en el abrazo. Seguía teniendo los ojos cerrados. Sus piernas ya no eran capaces de sostenerlo. Sintió unos besos repetidos en sus mejillas. Hacía años que nadie le besaba así. Ni así, ni de ninguna forma.

– Enano, enano, enano. Ya estoy aquí.

Su mente no procesaba bien las cosas. No estaba seguro que esa voz no estuviera solo en su imaginación. Así le llamaba su hermano, solo él. Pero faltaba un año para que pasara a recogerlo. Un año. “Ya es un poco menos”. “360 días”.

Esa persona se separó un poco de él, sin soltarle del todo, cogiéndole la cara con sus manos.

– Enano. Mírame – suplicaba. – Mírame, por favor.

Le volvió a abrazar, fuerte, muy fuerte. “Mírame” Casi le hacía daño, pero le daba igual. “Mírame, mírame”. Poco a poco sintió que los dos, hechos un ovillo, se deslizaban suavemente hacia el suelo.

– Enano, enano… perdóname, perdóname. Ya estoy aquí. Perdóname por haberte dejado solo. No volverá a pasar. Siempre estaré contigo.

Matías no dejaba de llorar. No dejaba de besar a su hermano. No dejaba de abrazarlo. No dejaba de echarse la culpa, de pensar si podía haber hecho otra cosa, llevarse a su hermano a la fuerza, de haberse quedado en casa para recibir él las heridas que, el odio que anidaba en su madre, quería infligir a quienquiera que se pusiera por delante, para aliviar su frustración. Siempre la misma duda, siempre el remordimiento que le había impedido dormir desde que el 23 de diciembre, vio a su hermano.

Le dolía mirarlo. Le dolía verlo con esas ojeras, tan delgado, sin fuerzas. Sin chispa en los ojos. En cuanto lo había abrazado se había abandonado en sus brazos. No tenía fuerzas ni para mantenerse en pie. Intentando molestar lo menos posible a Gonzalo, se quitó al mochila de la espalda. La abrió y sacó una bolsa.

– Mira lo que he traído, la merienda. – no podía disimular un cierto tono de ansiedad por la respuesta de su hermano. Tenía que hacerle comer algo, un poco, tenía que conseguir que bebiera… un poco.

– No tengo hambre – susurró Gonzalo.

– Te he traído un perrito, como te gusta, con cruchú de ese.

Matías abrió la bolsa y sacó el paquete dónde venía el perrito. Lo abrió y se lo puso delante.

– Mira como huele.

– ¿Y tú?

– Yo me he traído mi super-hamburguesa.

– ¿Esa de dos pisos?

– Todavía te acuerdas.

En realidad Gonzalo se acordaba de cualquier detalle de su hermano, de todo lo que habían hablado, de lo que habían hecho juntos. Recordarlo era lo que le había hecho la vida soportable. Eso y la esperanza de otras muchas cosas que podrían hacer juntos cuando viniera a buscarlo.

– No he vuelto a un burguer desde que te fuiste.

– Vamos a merendar entonces. Mira y para beber te he traído un Acuarius de limón.

– Guay.

Consiguió que Gonzalo se sentara a su lado, con la espalda apoyada en la puerta. Puso delante de él el paquete del perrito y el “cruchú”. Y la botella de Acuarius. Su hermano miraba con ganas la comida, pero seguía sin tener hambre.

– Bebe un poco.

Eso si le apetecía. Cogió la botella y pegó un trago.

– ¿Te gusta?

Gonzalo asintió despacio con la cabeza. Lo miró durante un segundo y le entraron ganas de apoyarse en su hombro. Y lo hizo. Matías le acarició la cara. Le besó de nuevo en la cabeza. Tenía el pelo lacio y grasiento. Volvió a cerrar los ojos y a echarse la culpa de todo. “No debería haberle dejado solo”.

– Come un poco.

– Come tú.

– No, si no comes tú. Un mordisco tú, y un mordisco yo. Bebe antes otro trago de Acuarius.

Gonzalo se incorporó y bebió.

– Otro trago.

Le volvió a hacer caso.

– Yo tengo mi naranjada.

Gonzalo sonrió al ver la botella.

– Es lo único que he tomado desde hace un mes. Así estaba como si estuvieras conmigo.

Matías giró su cara para que no pudiera verlo llorar otra vez. Por el rabillo del ojo vio que su hermano cogía el perrito y se lo llevaba a la boca. Lo tuvo un rato delante, como si estuviera estudiándolo. Lo olía. Casi el olor ya parecía alimentarlo. Al final y tras pensárselo un rato, le pegó un mordisco. Lo fue masticando despacio. Como si estuviera aprendiendo a comer de nuevo, como si fuera un niño pequeño.

– Ahora tú.

Matías se secó como pudo los ojos y miró a su hermano.

– Vale.

Cogió su hamburguesa y le pegó un mordisco. Sonrió mirándolo. Masticó despacio, como él. Lo volvió a acurrucar sobre su hombro.

Sin pedírselo, volvió a morder el perrito. Otro mordisco, pequeño sí, pero al menos seguía comiendo. Matías pegó otro mordisco a su hamburguesa. Era el trato.

– Come una patata frita – le animó Matías.

No llegó a acabarse el perrito. Pero al menos había comido algo. Y al menos, se había bebido la botella de Acuarius. Llevaban más de una hora los dos pegados, sentados en el suelo.

– Vamos a recoger tus cosas.

– Pero…

El miedo apareció en la mirada de Gonzalo. Todavía quedaba un año para que pudiera irse con su hermano. Eso le había dicho. No quería que tuviera problemas por su culpa. Su madre se enfadaría y le pegaría, como cuando vivía en casa.

Matías entendió la mirada.

– Tranquilo, todo está arreglado. No va a pasar nada.

Tras un rato más sentados en silencio, Matías se levantó. Tiró de los brazos de Gonzalo para ayudarle a levantarse. Cuando estuvo de pie, tardó unos minutos en encontrar la estabilidad para mantenerse de pie por sí solo.

– No te has dejado barba – le dijo de repente, sin venir a cuento.

Matías lo miró sorprendido.

– Decías que te ibas a dejar barba.

Matías recordó. Cuando le costaba dormir, Gonzalo iba a su habitación. Le despertaba y se metía en su cama. Para que se durmiera, Matías hablaba de cosas. Cuando Gonzalo dejaba de preguntar, porque era un preguntón, era señal de que ya estaba dormido. A veces lo cogía en brazos y lo llevaba a su cama. Otras veces, lo dejaba dormir en su cama. Una de esas veces, le contó lo que iba a ser de mayor. Y sí, le dijo que se iba a dejar barba. Posiblemente lo dijo porque su padre llevaba barba.

– No me gusta. Así no pincho cuando doy un beso. Y le dio un beso.

– Aunque si quieres, me la dejo.

Gonzalo sonrió triste. Se encogió de hombros.

– Da igual. – contestó al final.

– Vamos a coger tus cosas.

Abrió la puerta de la calle y metió dos maletas que había dejado fuera cuando había entrado.

Subieron a su habitación. Pero a Gonzalo se le acabaron las fuerzas y se tuvo que sentar en la cama.

Matías miró el dormitorio. Parecía casi el cuarto de un monje. No había nada en las paredes, solo las mismas estanterías que recordaba con libros de estudio y las mismas novelas que había cuando se fue. La cama era la misma. Así que se imaginaba a Gonzalo durmiendo encogido. No había muñecos ni posters, ni nada. Ni los juguetes que le había ido regalando. Abrió los armarios y solo vio unas pocas camisetas, un par de jerseys y un abrigo. Unas zapatillas muy usadas y unas bambas un poco más nuevas, pero a todas luces pequeñas. Tres pantalones y unas mudas dadas de si por el uso.

Gonzalo se levantó con torpeza. Se arrodilló en el armario y levantó una tabla del suelo, debajo de las bambas. Ahí, en un pequeño recoveco, estaban los regalos de Matías. Y sus mensajes. Y un pañuelo de cuello que usaba en los campamentos y que se dejó al irse.

– ¿Y el camión de bomberos? ¿Y el tren eléctrico?

– Mamá los tiró. Daba igual, no necesitaba nada para jugar. Me ponía tu pañuelo y ya podía jugar.

Metió todas las cosas de su hermano en una de las maletas. Aún así, le sobró espacio.

– ¿No tienes nada más?

– Los libros… en la mochila.

– ¿Ordenador?

– Me lo quitó mamá. Uso los del colegio.

A ráfagas, Matías sentía que una enorme rabia recorría su cuerpo. Debía controlarse. No debía hacer nada que pudiera estropear las cosas. Tuvo un impulso y fue a la que era su habitación. La abrió y encendió la luz. Estaba completamente vacía. Las paredes estaban llenas de rayones, parecían hecho con mucha rabia y con un cuchillo o algo punzante. Se respiraba todo el odio y la rabia de que su madre era capaz. Y las dos cosas eran muy intensas.

– Vamos – dijo volviendo junto a su hermano.

– Pero mamá … – otra vez volvió a aparecer el miedo en el rostro de Gonzalo.

– Ya está todo arreglado, no tengas miedo. Confía en mí.

– Pero te pegará…

Parecía un niño pequeño. Por un momento Matías creyó ver al niño de cinco años que había sido ya hacía diez.

– No me va a pegar. Ahora viviremos juntos, tú y yo.

Sonrió. Por primera vez sus ojos parecieron recuperar algo de vida.

– Vamos. ¿Quieres que cojamos algo de la nevera?

Gonzalo se encogió de hombros. No sabía que responder. Matías se acercó al frigorífico. Solo había cinco taper y una botella de agua. Vio la botella de naranjada encima de la isla. Abrió el armario en el que guardaba las galletas, pero estaba vacío. Y el de los cereales y el Nesquik. Pero también estaba vacío.

– ¿María no te preparaba comida? Si le dije… – pero se calló. No era el momento de hablar de ese tema. Ya ajustaría las cuentas con María.

Creía que podía confiar en ella, pero era evidente que no. Se había aprovechado de la situación. Se había acercado a ella de vez en cuando y la había dado dinero para que lo cuidara, le comprara las cosas que le gustaban, le preparara comida. Abrió los taper y comprobó que la comida estaba pasada, en alguno de ellos, incluso estaba llena de moho.

– Casi es mejor que no hayas comido.

Gonzalo se encogió de hombros de nuevo.

– ¿Y la naranjada? Si no te gusta. – cuando acabó de decirlo se acordó de lo que le había dicho mientras estabans entados, merendando.

– Pero a ti sí.

Otra vez le entraron ganas de llorar. Pero ya era hora de salir de allí. De romper con todo definitivamente. De empezar a recuperar a Gonzalo.

Envolvió la cintura de su hermano con el brazo. Se puso las dos mochilas, la suya y la de su hermano en el hombro libre y empujó con esa mano la maleta. La vacía la arrastraba el “enano”.

Para Gonzalo, el resto del viaje fue un sueño. Apenas se enteró de nada. Por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de dormir.

Llegaron al piso de Matías. Ramón los esperaba en el salón. Sonreía, contento porque al final, la historia de su marido y su hermano había acabado. Había costado tiempo y dinero. Y mucho dolor. Pero ya estaba todo en su sitio. Pero la sonrisa se le heló en su cara al ver el estado de su cuñado. Se abalanzó justo a tiempo de ayudar a Matías a evitar que el chico se cayera al suelo por falta de fuerzas. Lo cogió en brazos y lo llevó a la habitación que le habían preparado. No pesaba nada. Lo acomodó en la cama y entre los dos, le fueron desnudando. Estaba en los huesos, desaseado, descuidado.

Le pusieron el pijama y lo arroparon. Matías se agachó para darle un beso en la mejilla. Salían de la habitación cuando Matías sintió que Gonzalo le agarraba la muñeca.

– No te vayas – susurró.

Ramón salió sin hacer ruido mientras Matías se quitaba las deportivas y se metía en la cama con Gonzalo.

– Ya no te huelen los pies.

– Serás bobo – le contestó Matías dándole un suave golpe en el brazo. Gonzalo sonrió mientras se quedaba profundamente dormido, recostado sobre el pecho de su hermano.

Matías no tardó mucho en oír los primeros petardos de Nochevieja. Escuchaba de fondo la televisión del vecino de arriba. Escuchó las campanadas y la algarabía de los vecinos. Y casi al instante, un sinfín de petardos estallaron en la calle. Siempre le había gustado mucho la fiesta de Nochevieja. Le había gustado comer las uvas y brindar y abrazar a todo el mundo. Ponerse una nariz de payaso y tirar serpentinas y confetis. Todos los años habían celebrado una gran fiesta en casa, con todos sus amigos. Cada año, descontando uno para reencontrarse con su hermano.

Era su primera Nochevieja con él, era la primera en que no había fiesta en casa. Pero era su mejor Nochevieja. Estaba velando el sueño de su hermano.

– El próximo año, vas a tener la mejor fiesta. Qué digo el próximo año, dentro de unas semanas, cuando cojas fuerzas. De cumpleaños, de Año nuevo, de todo nuevo.

Se lo susurró al oído. Y Gonzalo pareció oírlo, porque se movió en sueños y apretó la muñeca de Matías, muñeca que no había soltado desde que había impedido que saliera de la habitación. No quería por nada del mundo, volver a perderle. Era lo único que tenía. Y ahora que de verdad estaba a su lado, se aferraba a él con toda la poca fuerza que le quedaba.

Cerró los ojos y se durmió con una sonrisa en la boca y el mejor regalo de su vida, durmiendo apoyado en su pecho: su hermano.

Agradecimientos:

A Lorién por la fotografía del regalo de Gonzalo.

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.

Navidad 2014: Josep nos trae “La Mare de Déu” Jordi Savall – Monserrat Figueras.

Es una maravillosa canción de cuna de Cataluña. Del siglo XVI.

Me cuenta Josep que es una de las canciones de su vida, desde que era niño. Y no me extraña, porque es bella, delicada, magnífica.

La versión es de Jordi Savall, con la voz de Monserrat Figueras.

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Navidad 2014: Gonzalo (III)

Capítulos anteriores:

No se despidió al irse.

Gonzalo (I)

Gonzalo (II)

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Estaba nervioso.

Habían pasado 7 años. Se fue con 16 de casa.

Le costó irse. Más de 10 palizas, muchos insultos por parte de su madre, el abandono de su padre del que nunca más supo. Le dolió dejar a su hermano allí, solo, con su madre. Pero no pudo hacer otra cosa. Estaba a punto de estallar y si hubieran seguido las palizas de su progenitora, un día hubiera respondido y hubiera podido pasar algo irreparable. Y todo hubiera sido peor.

Confió en que el instinto de supervivencia del Gonzalo le sacara adelante. Su mundo imaginario haría de terapia, seguro. Eso le mantendría a salvo. Los bomberos corriendo con el camión, con la sirena a todo meter, a apagar cientos de fuegos cada vez más grandes y complejos, pero siempre lograban apagarlos. O los viajes por el espacio, las lecciones de Yoda, las peleas con Dark Vader.

O las aventuras del Oeste, con los indios cabalgando a lomos de sus corceles blancos, con sus plumas al viento, para defender sus territorios de la invasión del hombre blanco. Con Gonzalo, los indios ganaban. ¿Qué hubiera pasado si en la realidad, hubieran ganado los indios y el hombre blanco hubiera tenido que volver a Europa?

Miró a su alrededor. No había nadie. Saltó la verja y fue a su escondite. Lo abrió y encontró, como siempre una carta. La cogió y se la apretó en el pecho. Miró hacia la casa, preocupado porque lo descubrieran. Pero no vio a nadie.

Iba a dejar el paquete, más grande que otros años, cuando oyó que al otro lado de la verja, alguien se acercaba. Reconoció la forma de andar de su hermano. Hacía lo mismo que a los 8 años: iba golpeando cada piedra que se encontraba, cada lata, las castañas en otoño. Hoy se debía haber encontrado una lata. Aunque no le parecía que le daba con muchas ganas. “Estará cansado, habrá tenido gimnasia con el Peláez”.

Escuchó el chirriar de la puerta. Corrió hacia el otro lado, para esconderse detrás de la casa. Fue a saltar otra vez la valla, pero se arrepintió: quería verlo, aunque fuera de lejos. Hacía tiempo que no lo hacía. Este año había estado muy ocupado con el trabajo, la universidad, su novio. Y con los trámites para llevarse a su hermano.

Lo vio.

Se puso muy triste. Gonzalo estaba muy alto, pero también muy delgado. Lo vio cabizbajo, ojeroso, con los hombros hundidos. No parecía un chico de 15. Parecía un viejo. Tuvo el impulso de salir del escondite e ir a verlo. Abrazarlo, tocarlo. Comerle a besos. Pero las cosas no estaban arregladas y cualquier descuido podía suponer que su madre se echara atrás y complicara las cosas. Y no podía permitírselo, y menos viendo a su hermano.

– ¿Pero que te han hecho, enano? – murmuró.

Las lágrimas acudieron a sus ojos. Miró el reloj: debía salir corriendo, o no llegaría al trabajo.

– Debería haberme quedado – pensó cabizbajo.

Pero eso hubiera sido un peligro. Hubiera acabado contestando a su madre y las consecuencias hubieran sido… no, no, hizo lo que debió. Pero algo había minado la fortaleza del chico.

Gonzalo entró en la casa. Matías corrió al escondite secreto y dejó en él el regalo de este año. Sacó un papel del bolsillo y escribió:

No queda nada, enano.

Pero tienes que comer.

Te quiero.

Feliz cumpleaños, enano.

Te quiero.

Mat.

Dejó la nota debajo del paquete. Se secó las lágrimas y fue corriendo a la valla. Saltó al otro lado. Corrió hasta estar lo suficientemente lejos como para estar seguro de que nadie lo veía. Se apoyó en un coche y empezó a llorar.

¿Qué le pasaba a su hermano?

Debía enterarse. Ahora.

Corrió al colegio. Entró y fue directo a ver al que fue su tutor el último año. Con un poco de suerte, sabría algo.

Llamó a su despacho, pero no contestó. Un bedel pasó por allí y le dijo que se acababa de marchar. Corrió a la salida, con un poco de suerte lo pillaría. Sabía el camino que habría tomado para volver a su casa.

Lo vio a lo lejos, caminando despacio. Parecía cansado.

Corrió.

– ¡Profesor! – gritó.

José Luis Buitrago se dio la vuelta. Esperó que Matías llegara.

– Profesor – dijo con voz implorante.

El profesor Buitrago se quedó mirándolo. Escuchaba la pregunta marcada en los ojos de Matías. Había sido uno de sus mejores alumnos y se acordaba bien de él. Pensó en esos segundos que estuvo mirando a Matías lo que debía responderle. No lo tenía muy claro. O sí, pero dudaba de la conveniencia siquiera de hablar con él. Su madre había prohibido a todo el personal del colegio que comentaran nada con nadie sobre su hijo. Y expresamente había prohibido cualquier contacto con su hermano o su padre.

Pero eso le importaba menos. Lo que más le preocupaba era que lo que dijera pudiera desencadenar alguna acción irreflexiva que tuviera consecuencias diferentes a las que convenía. Podía ser peor el remedio que la enfermedad. Conocía de la rabia que llegó a anidar dentro de Matías antes de que abandonara a su familia. Le intentó apoyar en aquellos días. Eso le trajo algunos problemas con la dirección del centro, aunque al menos, su conciencia quedó tranquila.

– No quiere vivir. Está desfondado. No come, no bebe. Está aislado. Está dispensado de hacer gimnasia, no tiene fuerzas. Con lo que es Peláez, tú lo conoces, que no perdona a nadie la gimnasia. Y tu madre dice que es una fase, que ella mejor que nadie conoce a su hijo, que no nos metamos. Y el director ha decidido no meterse. Se me va, Matías, se me va. Y no puedo hacer nada. Un chico de 15 años, maravilloso, y se me va. Se parece tanto a ti y a la vez, es tan distinto… es todo bondad, no tiene la capacidad que tenías tú de enfadarte.

El profesor Buitrago se dio la vuelta. Se había echado a llorar y no quería que Matías lo viera. Pero no pudo contenerse y se giró de nuevo.

– Felicitarle el cumpleaños, al menos. Hasta eso tenemos prohibido. El único niño en el colegio que no tiene cumpleaños. No entiendo a tu madre.

Movió la cabeza negando despacio. Esta vez se giró definitivamente y empezó a andar decidido, alejándose de Matías. Si alguien los veía y decía algo, podría tener problemas con el Director. Otra vez.

Pero Matías no podía ver nada, porque estaba sumido en su propia desesperación.

– Me las pagarás, mamá. Como le pase algo, te mato. ¡Lo juro!

Agradecimiento:

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.