Navidad de canguelis: Lourdes nos cuenta sus “Reyes Magos”.

Os pongo en situación: Lourdes es una amiga de Pere que le cuenta en un correo, como fue su día de Reyes, allá en Méjico. Mejor dicho, tal día como hoy.  NO es un relato de terror, pero casi. Seguro que muchos se sienten identificados con sus aventuras. No os lo perdáis.

Gracias a Lourdes y a Pere.

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Hola, queridísimo amigo:

Pues sí, bendito día 5 de enero que de ordinario no tuvo un ápice.
Lourdes y su logística estaban listos para vivir una Epifanía de diez.  ¡Qué digo de diez…  de cien!

Tempranito a misa y la cosa pintaba muy bien.  Acudí a una iglesia que no es la mía, pero por sus horarios ahorraba bastante tiempo para después terminar algunos pendientes.  ¡Era la misa de niños! y el sacerdote resultó ser un hombresote de unos cuarenta años de ojitos vivarachos y piel morena.  En qué momento de la homilía sacó su corona de Rey Mago no lo sé, pero comenzó a hablarles y a preguntarles a los chiquitos sobre el misterio de la Epifanía.  A cada respuesta correcta de alguno de ellos, sacaba una paleta muy llamativa o algún juguetito, y se los regalaba.  “¿Qué es lo que más te gusta de los Reyes Magos?”  “que se parte la rosca y el que saca el muñequito tiene que hacer los tamales.  Los de dulce son los más sabrosos”.  “¿Dónde vive Jesús?”  “en la panza de mi mamá”.  (aquí agrego la respuesta de Jaimito a la pregunta de cómo se llaman los Reyes Magos:  “Melchor, Gaspar y Madagascar”).  El padre seguía preguntando y actuando y tenía botados de la risa a los niños.  Hubo hasta cambio de vestuario, quitándose la corona dorada y poniéndose una especie de turbante de alguna señora de la feligresía con lentejuelas moradas y un moño bastante coquetón.  Pero él andaba en lo suyo y nunca he visto a niños más motivados ni mejor informados (son los que acuden al catecismo en esa parroquia).

De ahí me fui ya con la cajuela del coche llena de los regalos de los Reyes rumbo a un centro comercial  para comprar un señor roscón (rosca) y partirla con todos en casa de la abuelita.  Sencillo el plan: compro la rosca, llego a casa de la abuela, pongo todos los regalos alrededor de la Sagrada Familia, me regreso al club hípico de enfrente y pido un poco de paja y….  (perdón) hasta una pequeña suciedad de caballo para dejarla en la entrada del departamento y que la puesta en escena sea todavía más verosímil para los chiquitos.  Eso sí, totalmente seca para no hacer embarradero.

Llego al centro comercial y….  ¡oh sorpresa!  Todos, toditos los reyes magos de la ciudad de México, de Oriente y de Occidente estaban ahí.  Vueltas y vueltas para encontrar un cajón de estacionamiento libre.  Por fin encuentro uno pequeñito abajo de una rampa y me estaciono con calzador.  Bájate, toma una rosca de las torres enormes que no tenían fin y déjate de nimiedades con que quieres escoger la que tenga más dulce encima.  Con coger una y que no se te vengan las demás encima debes quedar satisfecha.  Ahora da media vuelta y…..  ¡los mismos reyes magos del estacionamiento están haciendo fila para pagar en las cajas!  ¿Pues qué todo el mundo se volvió practicante de repente, o qué pasa?  Creo que el único que me faltó por ver en esa fila fue a un rabino con ricitos y su sombrero de copa.

Otra media hora para pagar, salgo disparada, me subo al coche y….  ¡no arranca!  ¡no arranca!  Primera vez en siete años que estamos juntos.  ¿Lo puedes creer?  Estoy metida en un estacionamiento subterráneo a donde no llega la señal del móvil.  Abro la guantera y no veo nada porque estoy abajo de la dichosa rampa.  ¿Qué hacer?  Coge todos los papeles que sientas con la mano y lánzate al piso de arriba para ver si puedes hablar.  Llamo al seguro del coche para que me vayan a asistir:  todas las grúas están jalando camellos y dromedarios.  No hay ninguna disponible.  Se me ocurre llamar a mi sobrino Fernando que en eso de los gadgets es un mago.  “Sí, Lourdes.  Voy para allá.  Nada más cruzo la ciudad.  Hay embotellamiento de camellos, caballos y elefantes, pero de que llego, llego”.

A la hora vuelvo a llamar al seguro.  “Sí, señora.  Ya enviamos una grúa de plataforma a su dirección.  No tarda”.  “¿Grúa de plataforma?  ¿Pues cómo piensan que ese mastodonte va a bajar dos pisos de estacionamiento?”.  “Ah, pues entonces espérennos otra horita (tiempo de México, lo que viene siendo dos o tres horas más para el resto del mundo) y le mandamos una grúa de gancho”.

Llega Fer, con toda paciencia saca una linterna para iluminarse, se mete abajo de mi coche para estudiar la situación, y señala los puntos a donde amarrará unos lazos fortísimos que “un chalán me los regaló porque me debía una lana (dinero)”.  “Empuja el coche para adelante, ahora para atrás, ya te pasaste, regrésalo a donde estaba y va de nuevo….”.  Una vez que pudimos sacarlo de la ratonera donde estaba y ya habiendo bloqueado a una fila interminable de automóviles que tocaban la bocina con todas sus  fuerzas porque sentían que el niño de la rosca ya era todo un adolescente por el tiempo transcurrido ahí, Fer amarró mi coche y logró sacarlo del estacionamiento.  Ahora sí puede venir la dichosa grúa de plataforma para remolcarme.

Fui llegando a casa de la abuelita cuatro horas más tarde en calidad de zombie.  Lo que sucedió después, por salud mental prefiero no recordarlo.  De los Reyes, al menos yo, no alcancé ni siquiera un carboncito.

Y a tí, ¿cómo te fue?

Muy cariñosamente,

Lourdes

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3 pensamientos en “Navidad de canguelis: Lourdes nos cuenta sus “Reyes Magos”.

  1. Vuelvo a reiterar mi agradecimiento a Lourdes, por haber consentido en que publique su carta y a Pere, por enviármela.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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