Navidad 2014: Gonzalo (I)

Esta historia empezó aquí: “No se despidió al irse“.

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Su madre no llegaría hasta las 12, por lo menos. Iba de cena con los amigos. Y para volver a casa nunca tenía prisa.

Era 23 de diciembre.

Gonzalo dejó la mochila en su habitación. Ya estaba de vacaciones y ya le pesaban. Veinte días de estar solo. A su madre no le gustaba que sus amigos fueran a casa. Así que él tampoco iba a casa de nadie. Ni quedaba con nadie. Tampoco le gustaba a su madre.

Bajó a la cocina y se preparó un bocadillo para merendar. De chorizo y con el pan untado en Nocilla. Le gustaba. Su madre lo odiaba. Por eso aprovechaba cuando no estaba para preparárselo. Aunque podría preparárselo todos los días, ya no estaba nunca cuando volvía del colegio por las tardes. Al mediodía comía en el colegio.

Gonzalo tenía 12 años. Hacía ya cuatro que se había ido Matías, su hermano. Echaba de menos a su hermano. Cada día.

Ya no podía esconderle las zapatillas cuando se le olvidaban por ahí. Ya no se podía meter con su olor de pies. Ni ir de campamentos con él los veranos. Matías iba de monitor y él de soldado raso “pero enchufao” como le decía Mat.

Y le revolvía el pelo y le guiñaba un ojo, y le llamaba enano.

Oyó un ruido en el jardín. Dejó el bocadillo sobre la isla de la cocina y salió corriendo. Abrió la puerta de golpe.

Lo vio.

Se alejaba con la capucha del abrigo puesta. Hacía frío. Durante un segundo, giró la cabeza y lo sonrió. Le guiñó un ojo, Gonzalo lo vio. Seguro. Era él.

Sonrió.

No corrió tras él porque sabía que Matías correría. No podían verse. Su madre se enfadaría y lo castigaría.

A Gonzalo le daba igual pero Matías no quería.

– Enano, no quiero que mamá te meta bulla.

– Pero… – intentó replicar. Pero se arrepintió.

– Te echo de menos – dijo al final tras estar un rato callado mirando al suelo.

– Hasta los 18, enano. A los 18, vendré a recogerte.

Solo lo había visto aquella vez. Fue en verano, en el campamento. Él estaba en el bosque. Los monitores tenían instrucciones de su madre de que no le dejaran verlo. Así que lo hicieron a escondidas. Hablaron poco rato, por miedo a que los pillaran. Y le dio un beso. Fue ese primer año, después de que se fuera.

Era 23 de diciembre.

Todos los 23 de diciembre, Matías se las ingeniaba para dejar un regalo a su hermano. Siempre habían tenido un rincón secreto, en el jardín. Un cubículo en la verja que delimitaba el recinto de la casa. Ahí, guardaban sus secretos. Ahí guardaba Matías las cosas que le regalaba su novio, Ramón, cuando todavía vivía en casa. Ramón era mayor. Por es lo ocultaban. Era mayor y era hombre, eso también influiría..

Pero Gonzalo siempre lo supo. Casi no tenían secretos los hermanos, a pesar de que se llevaban 8 años. Matías sabía que el “enano” guardaba sus secretos casi mejor que él. Así que no se preocupaba de ocultárselo. Tenían una conexión especial.

Al “enano” le caía bien Ramón. Incluso fueron juntos un día al cine. Los tres. Sin que se enterara nadie. Él no lo supo hasta mucho más tarde, pero su madre se acabó enterando y le pegó a Matías. Le dio bien. Luego recordó aquella vez que su hermano le contó que se había pegado en el colegio. Tenía la cara hecha un cromo. Fue después del cine los tres juntos. Mat calló, como siempre hacía. No contestó a su madre. Ni se defendió. Pero empezó a preparar su huida.

Fue a los 16. Fue cuando cogió su mochila grande y se largó sin despedirse.

Gonzalo supo más tarde que había pedido la emancipación. Su madre no se opuso, aunque al principio se hizo la madre abnegada. Al final fingió claudicar, poniendo, eso sí, una condición: que no olviera a ver a su hermano en la vida; que desapareciera por completo, que se alejara de Gonzalo. Y de ella, claro.

– Si no, me las pagará el niño. Y sabes como me las gasto.

Matías sabía como se las gastaba. Así que no dudó en cumplir el trato. O casi.

Un día su madre que estaba más enfadada que de costumbre, se lo echó en cara a Gonzalo:

– Nadie te quiere, mocoso de mierda. Eres igual que tu padre. Hasta tu hermano querido te ha abandonado. No te quiere. No quiere verte nunca más, porque eres basura. ¿Qué dices a eso? ¿Eh?

Los ojos llenos de odio. Otra vez esa espuma en la comisura de los labios.

– Como tu padre – añadió poco después. Fue como un escupitajo.

Era 23 de diciembre.

Vio alejarse lo que él creyó que era la sombra de su hermano. Corrió a su rincón secreto, después de cerciorarse de que no había nadie que pudiera delatarlo. Abrió la caja con la llave que siempre llevaba escondida debajo del reloj. Allí estaba, su regalo. Vio además que no estaba el sobre con la carta que le había escrito.

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Se lo apretó contra el pecho. Pero solo un segundo. Cerró la caja corriendo, mirando de reojo a los lados y vigilando las ventanas de la casa, por si acaso.

Casi no se da cuenta, pero se había caído un papel.

Enano, como quieras. A los 16. Juntos los dos.

Solo quedan 4 años.

Te quiero.

– ¡Guay!

Corrió a la casa. Se limpió bien los zapatos y cerró la puerta. Dio unos pequeños saltitos para entrar en calor. Había estado poco rato, pero hacía frío, mucho frío.

Volvió a la cocina. Siguió con su bocadillo. Abrió la nevera y sacó la botella de Naranjada. No le gustaba mucho, pero le hacía sentirse más cerca de Matías. A él sí le gustaba.

Puso el muñeco en la encimera. Y empezó a inventarse historias con el muñeco.

Iba a ser su juguete durante un año. Su juguete secreto.

Hasta el siguiente 23 de diciembre.

– Feliz Navidad Mat – murmuró con una sonrisa.

Agradecimientos:

A Lorién por la fotografía del regalo de Gonzalo.

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.

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4 pensamientos en “Navidad 2014: Gonzalo (I)

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