Un corto: “White paper”.

 

Un corto lleno de color y esperanza. O como a veces, cuando nos destruyen nuestras ilusiones o quieren hacernos sentir mal, hay que saber que hay otra gente igual que nosotros, distinta a los cánones establecidos, que nos puede hacer revivir y concebir nuevas ilusiones.

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Espero que os haya gustado.

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Alfonsina y el mar.

Aimée se agarraba al brazo de Baptiste. Caminaban parsimoniosamente por los aledaños de la Plaza de la Bastilla. Estaban de vacaciones, en París.

Paseaban despacio, disfrutaban del aire y de la luz de París, esa que dicen que es tan especial. Miraban todo con mucha atención, despacio y abiertos y sonreían mucho. Caminaban sin rumbo, alejándose del orden y la simetría. Decidieron seguir por una bocacalle de la Plaza de la Bastilla. Y allí les llamó la atención una tienda escondida, pequeña, de aire vintage, “de hippies de esos”, y que vendía ropa artesana; por la puerta entreabierta, se escapaba una canción.

Aimée agarró más fuerte el brazo de Baptiste, y lo miró con los ojos muy abiertos.

Aimée, en realidad, miraba todo con los ojos muy abiertos. Los ojos ilusionados de una niña de 71 años. Una niña que nunca había podido ir a París, ni subir a la torre Eiffel, ni pasear por los Campos Elíseos. Ella soñaba de pequeña con ir allí y entrar en las tiendas de moda, y saludar a Coco Chanel y besarse con Jean Paul Gaultier, y salir a comer con Paco Rabanne. Su madre se desesperaba cuando a los 10 años la pillaba en su habitación con las revistas de moda atrasadas, las que la peluquera le guardaba. “La de veces que le he dicho a Chantale que no le de esas revistas”.

Pero sí la madre de Aimée las tiraba, ella aguardaba pacientemente al mes siguiente y volvía a la peluquería del barrio en las afueras de Lyon en dónde vivían. Chantale le tenía preparadas ya las revistas del mes antarior. Ella las guardaba en su cartera y al llegar a casa las escondía mejor. Y si su madre las volvía a encontrar, al mes siguiente volvía y procuraba cambiar de escondite.

Pero la vida, Mon Dieu, no trascurre por donde los sueños de una niña de diez años marca.

Podría haber sido una nueva Coco, o un nuevo Armani, o un compañero de viaje para Karl Lagerfeld. No llegó nunca a París, aunque sí se dedicó a la moda, haciendo arreglos en Chez Rosa. Y para ser sinceros, tampoco se le daba excesivamente bien.

Pero se sacaba unos francos que le venían bien a la familia. Eso dejaba a su madre satisfecha.

En algún momento tuvo ganas de estudiar después del colegio, pero su padre se opuso radicalmente. Eso no era para las mujeres.

Tuvo muchos novios. Bueno, era guapa, era natural. Pero todos acababan por dejarla. Quizás ese aire soñador, o esa distancia que ponía entre ellos y ella. Ninguno la hizo feliz, y mira que sus padres hacían lo posible por llevar a casa a los mejores partidos de la comarca. Los mejores partidos que estuvieran a su nivel, claro. Lo del nivel en aquella época era importante.

Su padre estaba desesperado. Quería colocar a la niña. Pero no. No pudo ser. Ni su madre ni su padre lo vieron.

Cuando murieron, fue entonces, cuando apareció Baptiste. “¡Qué hombre!” le dijo su amiga Natalie. “Es el hombre más apuesto que he visto en mi vida”. Aimée disimuló para evitar que su amiga le diera la matraca con ese hombre. Hombre, porque ya por aquel entonces tenía sus treinta y. Además, Aimée pensó que seguramente estaba casado, aunque no le veía el anillo en el dedo. “No se lo pondrá por la circulación”, pensó para sus adentros, para no hacerse ilusiones.

Ese hombre paseaba todas las tardes con Monsieur Charron, el bibliotecario del pueblo. Se las daba de erudito, pero todos sabían que le faltaba mucho para poder ser considerado así, fuera de los límites del barrio. Ni siquiera en Lyon, pasaría de ser un hombre culto, pero sin más. Y todas las tardes, Aimée paseaba por la calle Mayor del barrio, sola o acompañada, cada día de una amiga distinta. Incluso de su hermano Charles. O de su cuñada Marguerite, la mujer de su otro hermano, Jean-Jaques.

Pero un día, una tarde del mes de octubre en la que había salido el sol y la temperatura se había templado, que los días anteriores había empezaba a refrescar, entró en el café “Bologne” a tomar un té con pastas. No le apetecía pasearse de nuevo, porque no veía avances. Se miraban, alguna vez ella se había atrevido a sonreírle, pero nada más. Él no dio ningún paso para conocerla, para presentarse, y ella, como hacían antiguamente según había visto en las películas, dejó caer el pañuelo al suelo, para que el diligente Athos, o quizás su compañero D’Artagnan, se agacharan galantes a recogerlo.

Baptiste o no vio el pañuelo, o le dolían los riñones y no podía agacharse. O ella no le importaba nada. Es que así, con los paseos, llevaban 11 meses y 17 días. Con sol, con nieve, con lluvia. Arriba y abajo de la calle Mayor.

Pero esa tarde, en el café, sonó esta canción.

Alfonsina y el mar – JULIO MAZZIOTTI al piano.

Y ella, se emocionó.

Se levantó y le dijo al camarero que si podía ponerla otra vez. El hombre se acercó al tocadiscos y presto, se dispuso a levantar la aguja y ponerla de nuevo en el corte de Alfonsina y el mar. Aimée se puso al lado del tocadiscos y miraba como giraba y giraba y como sonaba el piano y como las notas viajaban y le llenaban de gozo, de tristeza, de melancolía, y de alegría, y otra vez de melancolía.

Una lágrima se escapó. Se giró para volver a su mesa a coger el pañuelo que había dejado en su bolso, y enjuagarse esa primera lágrima y la segunda, que pugnaba por escaparse.

Pero no llegó a su destino, porque ese hombre con el que había compartido paseos durante 11 meses y 17 días, había entrado en el café al escuchar la canción que se escapaba por la ventana abierta, y estaba unos pasos detrás de ella.

Ella se dio un susto al chocar, y él, estuvo rápido en evitar males mayores como que se cayera o que se torciera el tobillo “Ya se sabe, los tacones son traicioneros”.

Se miraron. No, no descubrieron nada nuevo, llevaban mirándose 11 meses y 17 días. No es verdad, sí vieron algo distinto: Que se querían.

Resulta que él paseaba también por la calle Mayor, por verla a ella. Pero era muy tímido y no se atrevía a decirla nada, por más que su amigo el bibliotecario le insistía y le amenazara con dejar de ser su carabina.

Ahora, allí, en París, con Aimée agarrada del brazo de su marido Baptiste, paseaban despacio, disfrutaban del aire y de la luz de París, esa que dicen que es tan especial. Y de una tienda escondida, de ropa artesana, salía esa canción. Esa canción que les convirtió a los pocos meses en matrimonio.

– ¿Te acuerdas? – le dice Aimée.

Él sonríe. La coge de la mano y la empuja a separarse de él.

– ¿Bailamos amor?

– ¿Aquí? – contesta con los ojos muy abiertos, con la cara de una niña de 10 años el día de Navidad abriendo los regalos que ha dejado Papa Noël. – Con lo tímido que tú eres, Baptiste.

Él la agarró de las dos manos, las enlazó con las suyas, las puso sobre su pecho y empezó a moverse al ritmo de la música.

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Alfonsina y el mar – Mercedes Sosa.

– Qué feliz soy, Baptiste. En París, contigo, bailando y con esa canción.

– Te quiero – le dijo en confidencia Baptiste.

– Bobo, ya lo sé. – y le dio un pequeño golpe con su mano en el pecho.

Seguía siendo la niña de diez años.

Sergio Carvajal, modelo.

Hacía tiempo que no os presentaba a un modelo nuevo.

Hoy toca.

Se llama Sergio Carvajal. O Sergi Carvajal. Él no es nuevo, ya lleva dos años pateando las pasarelas y los estudios del mundo. Empezó en esto de la moda a través de su Facebook. Alguien vio fotos suyas y le propuso una sesión de fotos.

Nació un el 27 de noviembre de 1993, en Tarragona, aunque luego se fue a vivir a Barcelona. 1,80 de estatura, con pelo castaño y ojos marrones. Y con unos labios muy sensuales. Él es muy sensual en general.

Una de sus aficiones es la fotografía. Afición o más que eso. Podéis encontrar muchas fotos firmadas por él como fotógrafo. Y me parece que tiene algo que decir en ese campo. Un día espero poder traeros sus trabajos como fotógrafo. De momento, disfrutaremos de él como modelo.

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Una entrevista para conocerlo mejor y para escuchar su voz.

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Y volverá, seguro. Volverá a aparecer por aquí. Sergio Carvajal. Pincha y disfruta de más fotos de él.

Carta de amor por San Valentín: Manolo y Juan.

Querido Manolo:

Hoy es San Valentín. Hoy es nuestro día. Hoy estamos juntos, al fin. Después de tantos años.

Te oigo trastear por la casa. Estás preparando la comida. Vamos a hacer una comida especial los dos solos. Mañana comeremos con nuestros hijos, como una familia feliz. Ya era hora. Lo que nos ha costado. Casi cuarenta años.

¿Te acuerdas de cuándo fue la primera vez que nos vimos? Teníamos 19. Yo había empezado ese año la carrera. Tú ibas con tu padre, de pintor. Estabais pintando los pasillos de la Facultad. Era la hora del almuerzo y estabas sentado sobre una lata de pintura, con tu bocadillo de tortilla de patata y cebolla, tu preferida. Tu madre te lo había preparado esa mañana, como todos los días. Tu padre andaba por ahí, haciendo relaciones con el secretario de la facultad. Se le daba bien eso de hacer la rosca. No decía que no a nada, a todo que sí. A lo sumo, cuando el interlocutor había acabado, le proponía lo que él creía que era mejor. Lo dejaba caer como una posibilidad que se le había ocurrido. Y a veces se salía con la suya, sin que el otro se diera cuenta. A ti esas cosas te repateaban, pensabas que era un jodido lameculos. Y no te faltaba razón. Aunque a eso ahora se le llama relaciones públicas o marketing. Estabas enfurruñado viéndolo en la distancia. Te parecía que se rebajaba.

Te había estado observando un rato. Llevaba días que te veía de lejos. Te confieso que soñaba contigo y te imaginaba desnudo, con tu cuerpo lleno de pintura. Eso me ponía a cien. Menudas manuelas me cascaba a con esa imagen tuya. Pero no me atrevía acercarme. Eras tan… macho que me parecía imposible que te pudiera gustar yo. Pero el día anterior, te pillé observándome, a hurtadillas. Cuando te atisbaba, apartaste deprisa tu mirada y disimulaste dando vueltas a la pintura en un cubo donde mezclabais el color. Por eso ese día, me armé de valor y me acerqué a ti. Te iba a preguntar si podrías ir a pintar mi casa, que mi madre buscaba unos pintores buenos y tal y que le había hablado de vosotros. Era una bobada de escusa, pero no se me ocurrió otra para acercarme. Pero iba tan nervioso que me tropecé con algo y me caí sobre el cubo de pintura y lo tiré todo. Fue un desastre, porque hubo que limpiar todo el suelo corriendo y juraste en hebreo. Pero aún así, aun enfadado, te acercaste y me ayudaste a levantarme del suelo. Aunque me mirabas con cara de pocos amigos.

Ese día llegué a casa muy triste. Había perdido la ocasión de entablar una conversación contigo. Era lo que más me importaba en el mundo en ese momento: conocerte. Pensé que ya no podría acercarme a ti, porque me habías llamado de todo y porque tu padre, me miró de una forma que nunca olvidaré. Con un odio y un asco que nunca le había visto a nadie. Con lo pelota que era con el Secretario de la Universidad, lo sercicial que era con los clientes, y el asco con el que me miró. Yo creo que ya en ese momento, se imaginó algo.

Pero al cabo de una semana, nos encontramos de nuevo. Estabais pintando al lado del gimnasio. Yo iba corriendo porque llegaba tarde al entrenamiento de baloncesto. Y chocamos. Volviste a jurar y a llamarme patán. Yo no dije nada, solo intenté excusarme torpemente. Pero de repente, te callaste y te quedaste mirándome. Me levanté y corrí hacia el gimnasio. Por dentro iba llorando, frustrado por mi mala suerte. Y encima el entrenador me echó la bulla por llegar tarde.

Cuando salíamos del entrenamiento, te vi en la calle, escondido detrás de un árbol. Me despedí de los compañeros y me acerqué, despacio, nervioso. Allí estabas, fumando un Ducados, apoyado en el árbol, con una pierna doblada, con el pie apoyado también en el árbol, con tu pelo negro ensortijado tapándote parcialmente esos los ojos marrones, con tu camisa de franela abierta, dejando ver los primeros pelos del pecho, con tu cazadora de cuero negro, tus deportivas azules, tus pantalones vaqueros ajustados. Pude ver que tus manos tenía restos de pintura, aunque se notaba limpias. “¿Tomamos una cerveza?”, me propusiste. Lo hiciste brusco, seco. Pero no pude negarme. Y lo hice bruscamente, sin gracia: “Sí”.

Estuvimos muchos días quedando. Paseábamos por sitios poco concurridos, donde sabíamos que no veríamos ni a tus padres ni a los míos, ni a nadie conocido. Aunque todo eso no lo decíamos en voz alta, simplemente lo hacíamos. Si íbamos por una calle que podía ser peligrosa para alguno, decíamos: “por aquí no”. Acelerábamos el paso para alejarnos y lo bajábamos cuando estábamos en territorio seguro.

Recuerdo el primer día que nos besamos. Escondidos en un portal que encontramos abierto, debajo de la escalera, a oscuras. Era un sitio lúgubre e insalubre. Yo creo que pisamos un montón de cucarachas mientras estuvimos allí. Pero aunque tampoco dijimos nada, necesitábamos besarnos, tocarnos. Fueron unos besos nerviosos, sin gracia. Me acuerdo que mientras lo hacíamos, nos metimos mano igual de torpemente que nos besábamos. Pero sentir tu mano fría buscando mi miembro, fue una sensación increíble. Como la mía, luchando con la cremallera de tu pantalón y con la goma de tu calzoncillo y acariciando tu muslo peludo buscando… Tuvimos que salir de estampida, porque bajó el vecino de la entreplanta que nos debía haber oído besarnos. “Hijos de puta, degenerados”, nos gritó. Nosotros corrimos y corrimos hasta que caímos jadeando en el banco de un parque. Nos reímos. Y ahí, nos volvimos a besar. Ese beso fue mejor.

Pero las circunstancias no nos lo puso bien. Unos días después, inopinadamente, tu padre decide mandarte a estudiar fuera. Él se olía algo, lo sé. Desde el primer día. Me lo dijiste llorando aquella tarde de viernes. Te ibas el lunes siguiente. Pensamos en hacer el amor antes de que te fueras y lo organizamos todo; pero fue complicado. Porque justo ese sábado, antes del partido, se presentó un enviado del Real Madrid de baloncesto. Quería ficharme. Me vino el entrenador, me apartó del resto del equipo y me dijo muy serio: “sin mariconadas, Juan. No la jodas. Esto no pasa dos veces en la vida. Ahí no se permiten esas cosas.”

Vinieron mis padres después del partido, y nos reunimos todos. Parecía la mejor oportunidad de mi vida, algo impensable. Ahora a pocos sucede, pero en aquellos tiempos, recuerda, todo era más complicado. Simplemente jugar en un equipo de baloncesto profesional, era para unos pocos. En el Real Madrid, imagina. Y yo era uno de ellos. Uno de los once escogidos. Pero aún así, les dije que me lo pensaría. Lo dije muy seguro, dejando a mis padres y al entrenador con la boca abierta. Cogí mi bolsa de deporte y salí del polideportivo, corriendo, llegaba tarde a mi cita contigo.

Y fui a buscarte donde habíamos quedado. Y te habías ido. Llegaba dos horas tarde, no era de extrañar. Corrí por todos los sitios por los que solíamos ir, y por delante de tu casa, y por el parque, y por la casa aquella de nuestro primer beso. Luego se me ocurrió… el polideportivo. Y allí estabas, escondido en las sombras, esperando porque pensabas que estaría dentro. Cundo llegué a tu altura, no pude contenerme y te abracé y te besé con pasión. Me daba igual que nos vieran, me daba igual el Real Madrid, el baloncesto, mis padres, el entrenador… solo me importabas tú. Fuimos a casa de Rosa, tu amiga, que nos había dejado su pequeña apartamento para esa noche. Y lo hicimos. Fue mal sexo, pero fue buen amor. Nos reímos mucho por nuestra incompetencia en la materia.

Luego hablamos. Mientras fumábamos. Yo quería irme contigo, seguirte. Pero… luego nos dimos cuenta de que eso no sería posible. Hace cuarenta años, las cosas no eran como ahora. Ya estábamos en boca de todos y eso que teníamos cuidado con lo que hacíamos cuando había gente. Pero estaba claro que tu padre lo sabía y que mi entrenador, también. Y me imagino que mis padres. La torta que me dio mi viejo al llegar a casa de madrugada, me hizo pensar que así era.

No nos volvimos a ver en muchos años. Ni siquiera nos escribimos. Triunfé en el Real Madrid. Triunfar en un equipo de esos tiene sus costes. Me impusieron una novia, con buenas palabras, pero ahí la tienes. La comedia acabó en boda, por el qué dirán. Quizás unas miradas inapropiadas por mi parte hacia un utillero, lo precipitaron todo. Pero es que me recordó a ti, y por un momento pensé que eras tú. Pero no eras tú. Y acabé casado con Mª Carmen. Y la he querido, no lo niego. Y tuvimos tres hijos estupendos a los que quiero. Pero siempre estuviste en mi mente, cada día, cada vez que hacía el amor con Carmen.

Un día mi carrera acabó. Se alejaron los focos, los fans. Mi cara empezaba a pasar desapercibida.

Y nos encontramos de nuevo. Tú también te habías casado. Y también tenías hijos. Era difícil. Te acuerdas aquella vez que quedamos en un hotel de Alicante. Un fin de semana. Lo pasamos bien. Nos amamos, nos pusimos al día, y decidimos seguir con nuestras vidas. Me dolió mucho, porque no sabes lo que te añoraba en aquellos días. Me dolía tanto tu ausencia cada día… No te miento, cada día de mi vida te he recordado. Cuando he besado con pasión a Carmen, te besaba a ti. Cuando hacía el amor con ella, lo hacía contigo, era la única forma que había de que pudiera hacerlo. Renunciar a ti de nuevo, era un gran sacrificio. Lloré mucho en el avión de vuelta. Pero teníamos una familia cada uno, familia a la que queremos. No podíamos dejarla de lado de repente. Los chicos estaban en una edad complicada. Decidimos no vernos durante un tiempo, pensamos que era lo mejor. Tampoco era cuestión de arriesgarse a habladurías y que nuestros hijos fueran afectados.

Pero no pudimos resistirlo mucho tiempo. Y las casualidades de la vida hicieron que Carmen y Felisa se conocieran por casualidad en un curso de cocina de la Caja de ahorros. Y eso nos dio justificación para retomar nuestra amistad de cara a la gente, nuestro amor para nosotros. El jueves era nuestro día.

Cuando Carmen murió hace cinco años, lo pasé muy mal. La quería de verdad. Fue un matrimonio concertado, por así decirlo. Me buscaron la novia, ya te he dicho. Ella lo sabía desde el primer día. Pero nunca se quejó. Y me quiso con toda su alma. Por eso cuando murió, de alguna forma sentí que la había traicionado, que no había sido justo con ella. Porque en realidad, la había querido, pero… no la había amado como ella se había merecido. Porque, sabes, joder, es que siempre te he amado a ti. Y ha sido un amor de los que duelen. Dolor por la ausencia, siempre la ausencia. Dolor por la impotencia. Y por la mentira que te obliga a vivir. Menos mal que estabas cerca para sujetarme en aquellos momentos.

Poco después, vino Felisa a verme. Me dijo que te iba a pedir el divorcio. “Ya ha llegado el momento de que seáis felices juntos”. Me lo dijo sonriendo. Ella también lo sabía. Se lo había contado Carmen. “Si es que se os nota la chispa que hay entre vosotros”. “Os pensáis que nadie se da cuenta pero… se os cae la baba”. “Yo voy a dedicarme a ligar por ahí, que de joven no pude echarme al monte.” Os divorciasteis al poco. Lo chicos se quedaron contigo y ella cumplió su palabra de vivir la vida. Y lo feliz que se la ve.

Bueno. Y aquí estamos. Llevamos cinco años viviendo juntos. Con nuestras manías, y rarezas, ya somos mayores. Pero cada vez te quiero más, Manuel. Te amo, te amo, te amo. No he podido pasar mi vida junto a ti, desde esos 19 años en que nos encontramos por primera vez. Por eso ahora, quiero, deseo no perder ni un minuto de tu amor. De tu compañía.

Por cierto, se me ha ocurrido una cosa, una pregunta que nunca te hice: ¿Te quieres casar conmigo?

Con mucho amor,

Juan.

Carta de amor por San Valentín. Óscar.

Hola Elio.

No sé por donde empezar esa carta. Llevo rumiando ideas todo el día, llevo empezando como cien frases, todas muy bonitas, pero ninguna me convence. He hablado con Marga para que me diera ideas, ella está tan enamorada de Jorge y es tan enrollada, se le da tan bien decir lo que siente y además, lo hace casi poesía; pero en este caso, tampoco me ha podido aconsejar sobre lo que decirte y como decírtelo. Será porque no ve lo nuestro. Quizás sea yo el único que lo vea.

Lo peor es que puede que no leas esta carta nunca. Ahora que lo pienso, me ha dado una idea. Como no la vas a leer nunca, puedo decir lo que me plazca. Y como me salga del coño. ¿Ves? Eso nunca lo hubiera escrito así, y mucho menos te lo hubiera dicho en voz alta.

Nunca me atreveré a decirte que desde el primer día en que te vi en el ascensor de la empresa, me enamoré de ti. ¿Recuerdas? Tú estabas dentro y yo llegaba corriendo. Grité para que esperaras, te percataste de mi carrera y le diste al botón para mantener la puerta abierta. Pero iba tan atolondrado que tropecé con el borde de la puerta y casi me caigo. Pero tú me sujetaste por el brazo. Casi fue un medio abrazo. Yo respiraba agitado y tú me mirabas sonriendo. “Parece que persigues a tu novia”, me dijiste. Yo sonreí con cara de bobo y contesté algo así como: “en todo caso novio”. Y luego añadí, como si eso importara: “Pero no tengo; es por el trabajo, una reunión”. Luego he pensado un ciento de veces: ¿Por qué diría toda esa sarta de bobadas y explicaciones?

Entonces me di cuenta que se me había abierto el maletín con el portátil y que se habían desparramado por el suelo todos los cachivaches que llevaba. Juré en hebreo y me agaché a recogerlo todo. Tú te agachaste a mi lado y me ayudaste. En algún momento nos rozamos y me quedé un segundo, mirándote de reojo. Había sido algo extraño. De repente te vi de otra forma, te vi como un hombre interesante. No, eso es una bobada. No te vi como un hombre interesante, quise follar contigo. Allí, en el ascensor. Aunque no subíamos solos. Allí mismo, te hubiera quitado la corbata y la americana y te hubiera tirado al suelo y te hubiera comido la boca y… me imaginé tu culo blanco y suave, asomando entre tus pantalones medio caídos… fue solo un instante y me pasó todo eso por la cabeza. Todo eso y algo más, que ni aquí me atrevo a confesarte.

Al final acabamos de recoger todo del suelo cuando llegamos a la planta en que te bajabas. Me diste la mano “me llamo Elio”. Y yo te dije en susurros “Óscar”. No me atreví ni a mirarte a los ojos por si veías que te estaba imaginando desnudo, solo con la corbata y sonriendo, y pasándote la lengua por la boca.

Los que subían en el ascensor, respiraron con alivio. Entonces no lo entendí. Incluso percibí una mirada reprobatoria en algunos de ellos. No les hice ni caso. En ese momento estaba mordiéndote los pezones. Me imaginaba tu pecho lleno de vello, y una de mis manos jugueteaban con él mientras con la otra buscaba tu miembro.

– NO sabes la que te espera, muchacho – me dijo al salir una señora de mediana edad y con cara avinagrada. – Ya puedes preparar el petate. La acabas de cagar,

Te juro que me pregunté si es que había leído mi mente y estaba reprobando mis pensamientos libidinosos contigo. Y a lo mejor eso era causa de despido. Pensé en preguntar a mi jefe o en leer yo mismo el reglamento interno. Y lo del petate… ni idea de lo que era. Lo de cagar, no le pegaba a esa señora. No me refiero a que no cague, que espero que lo haga con regularidad, sino a decir la palabra “cagar” en público y delante de desconocidos. A lo mejor el único desconocido era yo y el resto de los compañeros de ascensor tenían una confianza que te cagas.

Pero todo se aclaró media hora después, en la reunión esa por la que perdía el culo corriendo y casi me rompo la nariz si no me llegas a sujetar. Manolo, mi jefe de equipo, entró en la sala mientras probaba el equipo para la presentación y el resto de compañeros se acomodaban con sus tabletas, para iniciar el sarao.

– Chicos, os presento a D. Elio Ruipeña, que como sabéis es el consejero delegado de esta casa. En otras palabras, el gran jefe.

Y entraste.

Me puse colorado. Los demás se levantaron y fueron dándote la mano, muy serios todos de repente y con la espalda muy recta, mientras Manolo se los iba presentando. Cuando llegaste a mí, que no había sido capaz de levantarme de la silla y tenía cara de bobo, me miraste sonriendo y dijiste: “Ya nos conocemos. Tengo mucho interés en ver tu presentación. ¿Se ha roto algo?”

Manolo me miró de forma inquisitiva “¿Pero qué has hecho, inútil?” no lo dijo, pero su cara era muy expresiva. Y con solo tres meses de trabajar con él, no había ninguna duda de lo que me gritaba con ella. Luego cerró el puño y me amenazó con aplastarme los testículos si metía la pata.

Fue difícil no meterla, porque mi cabeza volvió al ascensor y en el momento en que te sacaba los calzoncillos por las piernas y me lanzaba a tu miembro. Y la señora del “cagar” se levantaba las gafas y nos miraba con un gesto repleto de profundo desdén, aunque se podía percibir también la saliva que goteaba por las comisuras de sus labios. Apuesto a que ella se ha imaginado un ciento de veces dando el braguetazo contigo y follando en una bañera llena de champán. Aunque una mirada fugaz a Manolo, me quitó tu polla de la boca y de la cabeza de un golpe. Y la señora “cagar” se desvaneció en el limbo de las historias imposibles.

Hice la presentación del proyecto. Al final salió más o menos. Tú te acercaste de nuevo para felicitarme y empezamos un debate. Manolo te miraba con cierta inquietud. Luego me dijo que no era normal que te quedaras a los debates. Ni siquiera era normal que te acercaras a esas reuniones y menos, sin avisar.

“Es el gran jefe”, me repitió al menos diez veces cuando nos quedamos solos. “Tío, parece que le ha gustado”. “Es un puntazo”. Estaba tan emocionado que se le olvidó preguntarme de qué nos conocíamos y se le pasaron las ganas de meter su puño de un golpe en mi cerebelo.

El proyecto salió adelante y me encargaron el coordinarlo. Con lo que me había dicho Manolo me hice ilusiones y esperé alguna señal tuya, que me llamaras o algo. Pero no ocurrió nada. Nos cruzamos alguna vez en el vestíbulo y me saludaste, pero siempre ibas con otros ejecutivos de la empresa y no pasó nada más. Algunos días esperaba para que llegaras con la intención de hacerme el encontradizo; pero las veces que conseguía verte, al final me rajaba y me iba a mi departamento con la cabeza baja y el rabo entre las piernas.

Mi amiga Marga me dio un par de collejas. Se lo conté todo y no se lo podía creer. Yo que había dominado siempre a hombres como tú, que era un tío que se dedicaba a salir por la noche, viernes, sábado y domingo, y algún jueves también, para hacer una buena caza y follar. Siempre con tíos a los que elegía yo, atractivos y con mucho músculo, de los que se rifan. Era el rey de la noche y dominaba el reparto de las prebendas del sexo. Y de repente me quedo prendado de un tío que me saca veintitantos años y de músculo, lo justo. De fofo un rato. Y encima, un tío al que no se puede dominar como me gusta a mí. Pero atractivo tienes para regalar. Ahí le hemos dado.

Y ya no salgo a cazar por las noches. Me quedo en casa abobado, mirando la tele o en todo caso, trabajando para tu empresa. Manda cojones.

Te confieso que he intentado investigar sobre ti. Quería saber si estabas casado, si te iban los hombres, rumores al respecto, etc. Y salvo la típica reseña de la empresa sobre los logros del Consejero Delegado, su precocidad en la dirección de empresas y sus numerosos premios por la gestión de los puestos que había ocupado, no he encontrado más. Ni si estás casado, ni si tienes novia, o novio. Sería un puntazo que encontrara algún sitio en que dijeran que Fulanito fue tu novio en la universidad.

Pues no, nothing.

El caso es que no he vuelto a soñar contigo follando, como en aquel ascensor. Los demás sueños han sido del tipo “novios empalagosos”, “Cena empalagosa por San Valentín”. “Paseo empalagoso por la playa cogidos de la mano”. “Tirados los dos en el salón, el domingo, leyendo, uno apoyando la cabeza sobre el pecho del otro. Tú apoyando la cabeza en mi regazo”.

– Manda cojones que te has enamorao – me dijo un día Marga llevándose las manos a la cabeza escandalizada – Y de tu puto jefe que en la puta vida te va a mirar a la cara de nuevo. Y mucho menos te va a mirar la punta de tu polla apuntándole.

Antes he dicho que Marga era muy poética, pero también sabía ser un poco arrabalera.

Aunque en eso se equivocó, en lo de mirar a la cara, no en lo de la punta de la polla, que está por ver. (esto no lo debería haber escrito) Porque ayer sí me miraste a la cara. Directo a los ojos. Otra vez en el vestíbulo. Ibas de nuevo con otros trajeados y nos hemos cruzado. Esta vez no te había esperado a posta. Y otra vez, llegaba tarde a una reunión. Y otra vez, el ascensor. Pero esta vez tú salías. Casi nos chocamos, casi me caigo, y de nuevo, me has sujetado. Tus colaboradores han tirado de ti, debías ir con prisas también, pero te has quedado mirándome un segundo. Solo un segundo, aunque a mi me ha parecido toda una eternidad. La vieja del primer día, también estaba. “Chico, has tenido suerte; te hacía en la puta calle”. Lo ha dicho como masticando las palabras. “A otros por menos les ha dado una soberana patada en los cojones”. No he contestado nada, no se me ocurría nada. Lo único que se me vino a la cabeza fue lo de Marga y la… el miembro apuntando.

Quizás ha sido el tropiezo de hoy el que me ha llevado a escribirte. No he podido trabajar casi, me he escusado y me he largado antes de tiempo. “Estoy cogiendo la gripe” le he dicho a Manolo. Es que me ha entrado como un bajón, un estado melancólico del copón. He sentido tu falta, como si alguna vez te hubiera tenido. He paseado por las calles y al final, cuando mis piernas no podían dar ni un solo paso, me he venido a casa. Y me he sentado al ordenador a escribirte esta carta. Llevo la misma chaqueta de esta mañana, los mismos pantalones, la misma camisa… es como si no quisiera quitarme esta ropa que has tocado tú. Es una bobada, ya lo sé, pero… soy bobo, que le voy a hacer. 24 años de bobez o como se diga. A lo mejor Marga tiene razón y debo salir otra vez de caza. Un buen polvo quizás me cure esta tontería.

Pero joder, es que te quiero, joder. No sé explicarlo mejor.

Bueno, Elio, esta ha sido mi carta de amor. Espero que… no sé como acabar. ¿Qué espero?

Acabo de meter la mano en el bolsillo de la americana y he encontrado una tarjeta tuya. No recuerdo que me la dieras. Y con un número de móvil escrito a mano.

Joder.

Joder.

¿Será una broma de Marga?

Joder, no creo.

¿Y si llamo?

¡Qué vergüenza si es una coña de alguien!

Es muy tarde.

Pero es Viernes.

Es muy tarde.

¿Y si llamo?

¡Qué palo!

Es muy tarde.

Llamo. Que le den a todo.

Joder, acabo de escuchar tu voz. He colgado. Me ha dado un subidón y rápidamente un bajón. ¿Y qué te digo?

Suena el móvil. Joder, es un número privado, pero yo sé que eres tú. Joder. ¿Qué hago?

Ha saltado el buzón de voz.

Pero suena otra vez.

– ¿Si? – contesto entre estertores de pánico.

Hostias. Me estás hablando. Me dices si tengo algo que hacer mañana. Joder, si quieres voy ahora. No, no, no. No. digo que sí, que mañana estaría bien.

Joder, no era una broma. Era tu teléfono de verdad. Y eras tú el que lo contesta. Y eres tú el que me ha metido la tarjeta. Y eres tú…. joder, joder, joder.

Hemos quedado mañana.

De repente me he relajado como desde aquella primera vez no había conseguido. Es como si hubiera llegado a una meta a la que ni yo era consciente que debía llegar. Siento que soy feliz. ¿Feliz es la palabra? Contento a lo mejor. No lo sé. Feliz, sí, a lo mejor es feliz. O eufórico. O… no lo sé.

Lo que suceda entre nosotros… sé que vamos a congeniar. Que follaremos algún día. Que nos amaremos. Sé que no va a ser fácil. Muchas cosas nos separan: la edad, la condición social, los gustos, me imagino. La gente nos lo pondrá difícil. No me he atrevido a ir de frente contigo cuando lo he hecho con decenas de hombres. Antes he mentido un poco, no me he limitado a ligar con chicos buenorros y medio tontos de mi edad. Lo he hecho con muchos hombres mayores que yo y siempre he ido avasallando. El rey de la noche. Pero contigo no he podido.

Tú que eres el jefe supremo de la empresa, no lo has hecho tampoco. Has metido una tarjeta en mi bolsillo, a hurtadillas. Y hemos tardado cinco meses en llegar a este punto. Las cosas no van a ser fáciles, lo sabemos los dos. Pero sabes, tengo el pálpito que nos vamos a hacer felices. Lo sé, porque lo siento dentro de mí. Eres el hombre que he estado esperando desde que nací.

Mañana hemos quedado en tu casa. Mañana me pondré nervioso por qué ropa llevar, por si llegar pronto o tarde, por si llevar algún detalle para ti, o llevar una botella de vino para la comida. Por si ir en taxi o ir andando. O pedirle a Marga que me acerque. Eso será mañana. Esta noche, voy a dormir como hace cinco meses que no hago. Y voy a soñar con dormir abrazado pegado a ti. Y hacerlo durante los próximos 60 años, por lo menos.

Hasta mañana, Elio. Te quiero.

Óscar.