Carta de amor por San Valentín. Óscar.

Hola Elio.

No sé por donde empezar esa carta. Llevo rumiando ideas todo el día, llevo empezando como cien frases, todas muy bonitas, pero ninguna me convence. He hablado con Marga para que me diera ideas, ella está tan enamorada de Jorge y es tan enrollada, se le da tan bien decir lo que siente y además, lo hace casi poesía; pero en este caso, tampoco me ha podido aconsejar sobre lo que decirte y como decírtelo. Será porque no ve lo nuestro. Quizás sea yo el único que lo vea.

Lo peor es que puede que no leas esta carta nunca. Ahora que lo pienso, me ha dado una idea. Como no la vas a leer nunca, puedo decir lo que me plazca. Y como me salga del coño. ¿Ves? Eso nunca lo hubiera escrito así, y mucho menos te lo hubiera dicho en voz alta.

Nunca me atreveré a decirte que desde el primer día en que te vi en el ascensor de la empresa, me enamoré de ti. ¿Recuerdas? Tú estabas dentro y yo llegaba corriendo. Grité para que esperaras, te percataste de mi carrera y le diste al botón para mantener la puerta abierta. Pero iba tan atolondrado que tropecé con el borde de la puerta y casi me caigo. Pero tú me sujetaste por el brazo. Casi fue un medio abrazo. Yo respiraba agitado y tú me mirabas sonriendo. “Parece que persigues a tu novia”, me dijiste. Yo sonreí con cara de bobo y contesté algo así como: “en todo caso novio”. Y luego añadí, como si eso importara: “Pero no tengo; es por el trabajo, una reunión”. Luego he pensado un ciento de veces: ¿Por qué diría toda esa sarta de bobadas y explicaciones?

Entonces me di cuenta que se me había abierto el maletín con el portátil y que se habían desparramado por el suelo todos los cachivaches que llevaba. Juré en hebreo y me agaché a recogerlo todo. Tú te agachaste a mi lado y me ayudaste. En algún momento nos rozamos y me quedé un segundo, mirándote de reojo. Había sido algo extraño. De repente te vi de otra forma, te vi como un hombre interesante. No, eso es una bobada. No te vi como un hombre interesante, quise follar contigo. Allí, en el ascensor. Aunque no subíamos solos. Allí mismo, te hubiera quitado la corbata y la americana y te hubiera tirado al suelo y te hubiera comido la boca y… me imaginé tu culo blanco y suave, asomando entre tus pantalones medio caídos… fue solo un instante y me pasó todo eso por la cabeza. Todo eso y algo más, que ni aquí me atrevo a confesarte.

Al final acabamos de recoger todo del suelo cuando llegamos a la planta en que te bajabas. Me diste la mano “me llamo Elio”. Y yo te dije en susurros “Óscar”. No me atreví ni a mirarte a los ojos por si veías que te estaba imaginando desnudo, solo con la corbata y sonriendo, y pasándote la lengua por la boca.

Los que subían en el ascensor, respiraron con alivio. Entonces no lo entendí. Incluso percibí una mirada reprobatoria en algunos de ellos. No les hice ni caso. En ese momento estaba mordiéndote los pezones. Me imaginaba tu pecho lleno de vello, y una de mis manos jugueteaban con él mientras con la otra buscaba tu miembro.

– NO sabes la que te espera, muchacho – me dijo al salir una señora de mediana edad y con cara avinagrada. – Ya puedes preparar el petate. La acabas de cagar,

Te juro que me pregunté si es que había leído mi mente y estaba reprobando mis pensamientos libidinosos contigo. Y a lo mejor eso era causa de despido. Pensé en preguntar a mi jefe o en leer yo mismo el reglamento interno. Y lo del petate… ni idea de lo que era. Lo de cagar, no le pegaba a esa señora. No me refiero a que no cague, que espero que lo haga con regularidad, sino a decir la palabra “cagar” en público y delante de desconocidos. A lo mejor el único desconocido era yo y el resto de los compañeros de ascensor tenían una confianza que te cagas.

Pero todo se aclaró media hora después, en la reunión esa por la que perdía el culo corriendo y casi me rompo la nariz si no me llegas a sujetar. Manolo, mi jefe de equipo, entró en la sala mientras probaba el equipo para la presentación y el resto de compañeros se acomodaban con sus tabletas, para iniciar el sarao.

– Chicos, os presento a D. Elio Ruipeña, que como sabéis es el consejero delegado de esta casa. En otras palabras, el gran jefe.

Y entraste.

Me puse colorado. Los demás se levantaron y fueron dándote la mano, muy serios todos de repente y con la espalda muy recta, mientras Manolo se los iba presentando. Cuando llegaste a mí, que no había sido capaz de levantarme de la silla y tenía cara de bobo, me miraste sonriendo y dijiste: “Ya nos conocemos. Tengo mucho interés en ver tu presentación. ¿Se ha roto algo?”

Manolo me miró de forma inquisitiva “¿Pero qué has hecho, inútil?” no lo dijo, pero su cara era muy expresiva. Y con solo tres meses de trabajar con él, no había ninguna duda de lo que me gritaba con ella. Luego cerró el puño y me amenazó con aplastarme los testículos si metía la pata.

Fue difícil no meterla, porque mi cabeza volvió al ascensor y en el momento en que te sacaba los calzoncillos por las piernas y me lanzaba a tu miembro. Y la señora del “cagar” se levantaba las gafas y nos miraba con un gesto repleto de profundo desdén, aunque se podía percibir también la saliva que goteaba por las comisuras de sus labios. Apuesto a que ella se ha imaginado un ciento de veces dando el braguetazo contigo y follando en una bañera llena de champán. Aunque una mirada fugaz a Manolo, me quitó tu polla de la boca y de la cabeza de un golpe. Y la señora “cagar” se desvaneció en el limbo de las historias imposibles.

Hice la presentación del proyecto. Al final salió más o menos. Tú te acercaste de nuevo para felicitarme y empezamos un debate. Manolo te miraba con cierta inquietud. Luego me dijo que no era normal que te quedaras a los debates. Ni siquiera era normal que te acercaras a esas reuniones y menos, sin avisar.

“Es el gran jefe”, me repitió al menos diez veces cuando nos quedamos solos. “Tío, parece que le ha gustado”. “Es un puntazo”. Estaba tan emocionado que se le olvidó preguntarme de qué nos conocíamos y se le pasaron las ganas de meter su puño de un golpe en mi cerebelo.

El proyecto salió adelante y me encargaron el coordinarlo. Con lo que me había dicho Manolo me hice ilusiones y esperé alguna señal tuya, que me llamaras o algo. Pero no ocurrió nada. Nos cruzamos alguna vez en el vestíbulo y me saludaste, pero siempre ibas con otros ejecutivos de la empresa y no pasó nada más. Algunos días esperaba para que llegaras con la intención de hacerme el encontradizo; pero las veces que conseguía verte, al final me rajaba y me iba a mi departamento con la cabeza baja y el rabo entre las piernas.

Mi amiga Marga me dio un par de collejas. Se lo conté todo y no se lo podía creer. Yo que había dominado siempre a hombres como tú, que era un tío que se dedicaba a salir por la noche, viernes, sábado y domingo, y algún jueves también, para hacer una buena caza y follar. Siempre con tíos a los que elegía yo, atractivos y con mucho músculo, de los que se rifan. Era el rey de la noche y dominaba el reparto de las prebendas del sexo. Y de repente me quedo prendado de un tío que me saca veintitantos años y de músculo, lo justo. De fofo un rato. Y encima, un tío al que no se puede dominar como me gusta a mí. Pero atractivo tienes para regalar. Ahí le hemos dado.

Y ya no salgo a cazar por las noches. Me quedo en casa abobado, mirando la tele o en todo caso, trabajando para tu empresa. Manda cojones.

Te confieso que he intentado investigar sobre ti. Quería saber si estabas casado, si te iban los hombres, rumores al respecto, etc. Y salvo la típica reseña de la empresa sobre los logros del Consejero Delegado, su precocidad en la dirección de empresas y sus numerosos premios por la gestión de los puestos que había ocupado, no he encontrado más. Ni si estás casado, ni si tienes novia, o novio. Sería un puntazo que encontrara algún sitio en que dijeran que Fulanito fue tu novio en la universidad.

Pues no, nothing.

El caso es que no he vuelto a soñar contigo follando, como en aquel ascensor. Los demás sueños han sido del tipo “novios empalagosos”, “Cena empalagosa por San Valentín”. “Paseo empalagoso por la playa cogidos de la mano”. “Tirados los dos en el salón, el domingo, leyendo, uno apoyando la cabeza sobre el pecho del otro. Tú apoyando la cabeza en mi regazo”.

– Manda cojones que te has enamorao – me dijo un día Marga llevándose las manos a la cabeza escandalizada – Y de tu puto jefe que en la puta vida te va a mirar a la cara de nuevo. Y mucho menos te va a mirar la punta de tu polla apuntándole.

Antes he dicho que Marga era muy poética, pero también sabía ser un poco arrabalera.

Aunque en eso se equivocó, en lo de mirar a la cara, no en lo de la punta de la polla, que está por ver. (esto no lo debería haber escrito) Porque ayer sí me miraste a la cara. Directo a los ojos. Otra vez en el vestíbulo. Ibas de nuevo con otros trajeados y nos hemos cruzado. Esta vez no te había esperado a posta. Y otra vez, llegaba tarde a una reunión. Y otra vez, el ascensor. Pero esta vez tú salías. Casi nos chocamos, casi me caigo, y de nuevo, me has sujetado. Tus colaboradores han tirado de ti, debías ir con prisas también, pero te has quedado mirándome un segundo. Solo un segundo, aunque a mi me ha parecido toda una eternidad. La vieja del primer día, también estaba. “Chico, has tenido suerte; te hacía en la puta calle”. Lo ha dicho como masticando las palabras. “A otros por menos les ha dado una soberana patada en los cojones”. No he contestado nada, no se me ocurría nada. Lo único que se me vino a la cabeza fue lo de Marga y la… el miembro apuntando.

Quizás ha sido el tropiezo de hoy el que me ha llevado a escribirte. No he podido trabajar casi, me he escusado y me he largado antes de tiempo. “Estoy cogiendo la gripe” le he dicho a Manolo. Es que me ha entrado como un bajón, un estado melancólico del copón. He sentido tu falta, como si alguna vez te hubiera tenido. He paseado por las calles y al final, cuando mis piernas no podían dar ni un solo paso, me he venido a casa. Y me he sentado al ordenador a escribirte esta carta. Llevo la misma chaqueta de esta mañana, los mismos pantalones, la misma camisa… es como si no quisiera quitarme esta ropa que has tocado tú. Es una bobada, ya lo sé, pero… soy bobo, que le voy a hacer. 24 años de bobez o como se diga. A lo mejor Marga tiene razón y debo salir otra vez de caza. Un buen polvo quizás me cure esta tontería.

Pero joder, es que te quiero, joder. No sé explicarlo mejor.

Bueno, Elio, esta ha sido mi carta de amor. Espero que… no sé como acabar. ¿Qué espero?

Acabo de meter la mano en el bolsillo de la americana y he encontrado una tarjeta tuya. No recuerdo que me la dieras. Y con un número de móvil escrito a mano.

Joder.

Joder.

¿Será una broma de Marga?

Joder, no creo.

¿Y si llamo?

¡Qué vergüenza si es una coña de alguien!

Es muy tarde.

Pero es Viernes.

Es muy tarde.

¿Y si llamo?

¡Qué palo!

Es muy tarde.

Llamo. Que le den a todo.

Joder, acabo de escuchar tu voz. He colgado. Me ha dado un subidón y rápidamente un bajón. ¿Y qué te digo?

Suena el móvil. Joder, es un número privado, pero yo sé que eres tú. Joder. ¿Qué hago?

Ha saltado el buzón de voz.

Pero suena otra vez.

– ¿Si? – contesto entre estertores de pánico.

Hostias. Me estás hablando. Me dices si tengo algo que hacer mañana. Joder, si quieres voy ahora. No, no, no. No. digo que sí, que mañana estaría bien.

Joder, no era una broma. Era tu teléfono de verdad. Y eras tú el que lo contesta. Y eres tú el que me ha metido la tarjeta. Y eres tú…. joder, joder, joder.

Hemos quedado mañana.

De repente me he relajado como desde aquella primera vez no había conseguido. Es como si hubiera llegado a una meta a la que ni yo era consciente que debía llegar. Siento que soy feliz. ¿Feliz es la palabra? Contento a lo mejor. No lo sé. Feliz, sí, a lo mejor es feliz. O eufórico. O… no lo sé.

Lo que suceda entre nosotros… sé que vamos a congeniar. Que follaremos algún día. Que nos amaremos. Sé que no va a ser fácil. Muchas cosas nos separan: la edad, la condición social, los gustos, me imagino. La gente nos lo pondrá difícil. No me he atrevido a ir de frente contigo cuando lo he hecho con decenas de hombres. Antes he mentido un poco, no me he limitado a ligar con chicos buenorros y medio tontos de mi edad. Lo he hecho con muchos hombres mayores que yo y siempre he ido avasallando. El rey de la noche. Pero contigo no he podido.

Tú que eres el jefe supremo de la empresa, no lo has hecho tampoco. Has metido una tarjeta en mi bolsillo, a hurtadillas. Y hemos tardado cinco meses en llegar a este punto. Las cosas no van a ser fáciles, lo sabemos los dos. Pero sabes, tengo el pálpito que nos vamos a hacer felices. Lo sé, porque lo siento dentro de mí. Eres el hombre que he estado esperando desde que nací.

Mañana hemos quedado en tu casa. Mañana me pondré nervioso por qué ropa llevar, por si llegar pronto o tarde, por si llevar algún detalle para ti, o llevar una botella de vino para la comida. Por si ir en taxi o ir andando. O pedirle a Marga que me acerque. Eso será mañana. Esta noche, voy a dormir como hace cinco meses que no hago. Y voy a soñar con dormir abrazado pegado a ti. Y hacerlo durante los próximos 60 años, por lo menos.

Hasta mañana, Elio. Te quiero.

Óscar.

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