Alfonsina y el mar.

Aimée se agarraba al brazo de Baptiste. Caminaban parsimoniosamente por los aledaños de la Plaza de la Bastilla. Estaban de vacaciones, en París.

Paseaban despacio, disfrutaban del aire y de la luz de París, esa que dicen que es tan especial. Miraban todo con mucha atención, despacio y abiertos y sonreían mucho. Caminaban sin rumbo, alejándose del orden y la simetría. Decidieron seguir por una bocacalle de la Plaza de la Bastilla. Y allí les llamó la atención una tienda escondida, pequeña, de aire vintage, “de hippies de esos”, y que vendía ropa artesana; por la puerta entreabierta, se escapaba una canción.

Aimée agarró más fuerte el brazo de Baptiste, y lo miró con los ojos muy abiertos.

Aimée, en realidad, miraba todo con los ojos muy abiertos. Los ojos ilusionados de una niña de 71 años. Una niña que nunca había podido ir a París, ni subir a la torre Eiffel, ni pasear por los Campos Elíseos. Ella soñaba de pequeña con ir allí y entrar en las tiendas de moda, y saludar a Coco Chanel y besarse con Jean Paul Gaultier, y salir a comer con Paco Rabanne. Su madre se desesperaba cuando a los 10 años la pillaba en su habitación con las revistas de moda atrasadas, las que la peluquera le guardaba. “La de veces que le he dicho a Chantale que no le de esas revistas”.

Pero sí la madre de Aimée las tiraba, ella aguardaba pacientemente al mes siguiente y volvía a la peluquería del barrio en las afueras de Lyon en dónde vivían. Chantale le tenía preparadas ya las revistas del mes antarior. Ella las guardaba en su cartera y al llegar a casa las escondía mejor. Y si su madre las volvía a encontrar, al mes siguiente volvía y procuraba cambiar de escondite.

Pero la vida, Mon Dieu, no trascurre por donde los sueños de una niña de diez años marca.

Podría haber sido una nueva Coco, o un nuevo Armani, o un compañero de viaje para Karl Lagerfeld. No llegó nunca a París, aunque sí se dedicó a la moda, haciendo arreglos en Chez Rosa. Y para ser sinceros, tampoco se le daba excesivamente bien.

Pero se sacaba unos francos que le venían bien a la familia. Eso dejaba a su madre satisfecha.

En algún momento tuvo ganas de estudiar después del colegio, pero su padre se opuso radicalmente. Eso no era para las mujeres.

Tuvo muchos novios. Bueno, era guapa, era natural. Pero todos acababan por dejarla. Quizás ese aire soñador, o esa distancia que ponía entre ellos y ella. Ninguno la hizo feliz, y mira que sus padres hacían lo posible por llevar a casa a los mejores partidos de la comarca. Los mejores partidos que estuvieran a su nivel, claro. Lo del nivel en aquella época era importante.

Su padre estaba desesperado. Quería colocar a la niña. Pero no. No pudo ser. Ni su madre ni su padre lo vieron.

Cuando murieron, fue entonces, cuando apareció Baptiste. “¡Qué hombre!” le dijo su amiga Natalie. “Es el hombre más apuesto que he visto en mi vida”. Aimée disimuló para evitar que su amiga le diera la matraca con ese hombre. Hombre, porque ya por aquel entonces tenía sus treinta y. Además, Aimée pensó que seguramente estaba casado, aunque no le veía el anillo en el dedo. “No se lo pondrá por la circulación”, pensó para sus adentros, para no hacerse ilusiones.

Ese hombre paseaba todas las tardes con Monsieur Charron, el bibliotecario del pueblo. Se las daba de erudito, pero todos sabían que le faltaba mucho para poder ser considerado así, fuera de los límites del barrio. Ni siquiera en Lyon, pasaría de ser un hombre culto, pero sin más. Y todas las tardes, Aimée paseaba por la calle Mayor del barrio, sola o acompañada, cada día de una amiga distinta. Incluso de su hermano Charles. O de su cuñada Marguerite, la mujer de su otro hermano, Jean-Jaques.

Pero un día, una tarde del mes de octubre en la que había salido el sol y la temperatura se había templado, que los días anteriores había empezaba a refrescar, entró en el café “Bologne” a tomar un té con pastas. No le apetecía pasearse de nuevo, porque no veía avances. Se miraban, alguna vez ella se había atrevido a sonreírle, pero nada más. Él no dio ningún paso para conocerla, para presentarse, y ella, como hacían antiguamente según había visto en las películas, dejó caer el pañuelo al suelo, para que el diligente Athos, o quizás su compañero D’Artagnan, se agacharan galantes a recogerlo.

Baptiste o no vio el pañuelo, o le dolían los riñones y no podía agacharse. O ella no le importaba nada. Es que así, con los paseos, llevaban 11 meses y 17 días. Con sol, con nieve, con lluvia. Arriba y abajo de la calle Mayor.

Pero esa tarde, en el café, sonó esta canción.

Alfonsina y el mar – JULIO MAZZIOTTI al piano.

Y ella, se emocionó.

Se levantó y le dijo al camarero que si podía ponerla otra vez. El hombre se acercó al tocadiscos y presto, se dispuso a levantar la aguja y ponerla de nuevo en el corte de Alfonsina y el mar. Aimée se puso al lado del tocadiscos y miraba como giraba y giraba y como sonaba el piano y como las notas viajaban y le llenaban de gozo, de tristeza, de melancolía, y de alegría, y otra vez de melancolía.

Una lágrima se escapó. Se giró para volver a su mesa a coger el pañuelo que había dejado en su bolso, y enjuagarse esa primera lágrima y la segunda, que pugnaba por escaparse.

Pero no llegó a su destino, porque ese hombre con el que había compartido paseos durante 11 meses y 17 días, había entrado en el café al escuchar la canción que se escapaba por la ventana abierta, y estaba unos pasos detrás de ella.

Ella se dio un susto al chocar, y él, estuvo rápido en evitar males mayores como que se cayera o que se torciera el tobillo “Ya se sabe, los tacones son traicioneros”.

Se miraron. No, no descubrieron nada nuevo, llevaban mirándose 11 meses y 17 días. No es verdad, sí vieron algo distinto: Que se querían.

Resulta que él paseaba también por la calle Mayor, por verla a ella. Pero era muy tímido y no se atrevía a decirla nada, por más que su amigo el bibliotecario le insistía y le amenazara con dejar de ser su carabina.

Ahora, allí, en París, con Aimée agarrada del brazo de su marido Baptiste, paseaban despacio, disfrutaban del aire y de la luz de París, esa que dicen que es tan especial. Y de una tienda escondida, de ropa artesana, salía esa canción. Esa canción que les convirtió a los pocos meses en matrimonio.

– ¿Te acuerdas? – le dice Aimée.

Él sonríe. La coge de la mano y la empuja a separarse de él.

– ¿Bailamos amor?

– ¿Aquí? – contesta con los ojos muy abiertos, con la cara de una niña de 10 años el día de Navidad abriendo los regalos que ha dejado Papa Noël. – Con lo tímido que tú eres, Baptiste.

Él la agarró de las dos manos, las enlazó con las suyas, las puso sobre su pecho y empezó a moverse al ritmo de la música.

.

Alfonsina y el mar – Mercedes Sosa.

– Qué feliz soy, Baptiste. En París, contigo, bailando y con esa canción.

– Te quiero – le dijo en confidencia Baptiste.

– Bobo, ya lo sé. – y le dio un pequeño golpe con su mano en el pecho.

Seguía siendo la niña de diez años.

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Un pensamiento en “Alfonsina y el mar.

  1. oh, dios, soy una romántica sin remedio… y me da que tu también, a juzgar por todo esto. no, no creo que el romance sobre nunca. Esto es precioso, escribes genial y te transpor ta a ese lugar en el que estas cosas pasan y me pasan… Que mal y bien a la vez hace sentir un buen romance… Eres el mejor, Jaime

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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