Carta en sueños a mi amor.

Amor, amor, amor.

Qué bien me suena esa palabra pensando en ti.

Amor, amor, amor, amor. Es sinónimo de tu nombre.


El otro día soñé contigo. No me veías, estaba detrás de ti. Tú estabas haciendo tus cosas, nervioso, no sé por qué. Conseguí acercarme a ti y rodeé tu cuerpo con mis brazos. Quisiste soltarte así con un gesto brusco y tal. Pero yo persistí en el abrazo de oso cavernario.
Al final te diste la vuelta y me miraste… al principio no me reconocías, pusiste una cara como que era la primera vez que me veías. Yo estaba un poco confundido… pensé en que me había confundido… a lo mejor… estaba… perdido… ¡¡perdido!! ¿Me había confundido? A lo mejor no eras tú, no sé… o sí… pero yo era el que no era… pero no, porque yo era, estaba seguro.

Empecé a sudar en mi sueño… y sentí de pronto que estaba al borde de un precipicio…


– Mi príncipe.

Lo susurré muy bajito, como … no sé… como si se escapara de mi boca… como una súplica al destino, como… un grito silencioso en busca de… de ti.

De repente sonreíste. Fue una sonrisa, he de decirte, un poco parca, así como de aquella manera. Pero era una sonrisa. Puede que de todas formas llegara en mal momento. Pero, espoleado por ese cambio en tu gestualidad, yo me envalentoné y me pegué a ti. Parecíamos que yo o tú, o tú y yo, o al revés, que eramos uno la imagen del otro en un espejo. Parecíamos iguales: yo con unos kilos de más, un poco demacrado por el peso de la vida, poco agraciado, etc. y tú un adonis perfecto, con tu mirada profunda, a veces perdida en tu mundo personal, un cuerpo apolíneo, delgadito, un poco demasiado… pero bueno, nada que no se pudiera solucionar si yo te daba de comer un par de días.

Hiciste una mueca, y yo la imité.

Hiciste otra, sorprendido por lo anterior, y yo la imité de nuevo.

Levantaste las cejas como para mandarme a picar piedra en el infierno, pero… yo lo imité.

Y yo entonces te dije… te quiero.

Y no te diste cuenta pero… dijiste: te quiero.

Y me reí, y te reíste, y reímos, y te abracé y me abrazaste, y nos abrazamos y giramos sobre nosotros, apretados, y al fin, volamos los dos por encima de todo y de todos, con el animo encendido, con la brisa acariciando nuestros rostros, la brisa de la felicidad.


Me desperté. Todavía sentía lo que había sudado en ese momento de dudas en tu mirada. Pero… lo que predominaba en mi ánimo, era tu abrazo, y la felicidad que sentimos en el sueño, dando vueltas y vueltas, echando a las nieblas del ánimo de nuestras vidas, suspirando de felicidad, con amor, mi príncipe y su vasallo.


Amor, amor, amor.

Cuando me leas y veas que escribo esta palabra, amor, piensa que estoy escribiendo tu nombre.

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