La historia de amor que no pudo ser.

Todo un año con ese hombre en la cabeza. Todo un año esperando; esperando el día en que el Mercado Medieval volviera a ocupar las calles del centro de Burgos. Todo un año soñando cada noche con él, con el hombre del mercado, con sus ropajes medievales, sus sandalias romanas, sus piernas al aire, que hizo buen tiempo, su sonrisa tímida, su mirada hipnotizante… al menos así lo recordaba. De tanto soñar con él, posiblemente la idea que se fue haciendo en mi cabeza distara mucho de la realidad. No sé para que nos empeñamos a veces en vivir la realidad, con los bonitos sueños que construimos en nuestra mente.

Hace un año. Solo fueron diez minutos, más algunos otros mirando desde una distancia prudencial. Fui a sacar fotos y de repente, al principio de una de las hileras de puestos, en el Espoloncillo, allí estaba él, bailando un diábolo. Saqué algunas fotos y luego me acerqué para comprar algunas cariocas multicolores para adornar el pasillo de mi casa. Ahí tuve mis diez minutos. Y solo fueron diez porque no se me ocurrió nada para alargarlo.

Me fui luego como en una nube. Era consciente de que era una historia imposible, que nuestros destinos no se juntarían. Por inconvenientes prácticos y porque no había sentido yo ninguna conexión. Él tenía el interruptor apagado. No sería posible ni una historia que aspirara a durar una eternidad, ni siquiera una historia de una noche de pasión. Siquiera de plática distendida y jovial. Y aún así, aún siendo consciente del interruptor apagado, de la imposibilidad del asunto, su cara de incomodidad cuando le dije si le podía sacar fotos de cerca, se me clavó en el corazón. Y ha sido un año de pensar, soñar, sentir con él y por él. Jodidos asuntos los referidos al amor. Él, él, él, siempre él. Amor u obsesión, no sé.

El mercado se había instalado la tarde anterior. Ya había llegado el momento. Esa noche fui incapaz de cerrar un ojo. La tensión, los nervios, la esperanza en algunos momentos, el desaliento en la mayor parte de ellos. Un millón de sensaciones contradictorias inundaron mis entrañas impidiendo mi descanso.

“Encima me presentaré con ojeras, que mierda”.

Ese sábado, salió el sol. Levanté la persiana y miré por la ventana. Respiré profundo, como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que introduje aire en mis pulmones. Quería que me reviviera, que ese aire fresco, vivificante, sacara de mi interior esa especie de globo que me oprimía por dentro. “¿A qué viene estos nervios?” me preguntaba una y otra vez. No lo sabía, pero ahí estaba. Era un sueño, algo imposible, pero… Volví a inspirar profundamente, abrí los ojos y disfruté del brillo de las hojas de los árboles enfrente de mi casa, verdes todavía, aunque con los tonos ocres iniciando la conquista.

Miré el reloj, el tiempo corría. Desayuné frugalmente y me senté a escribir unas líneas en el relato que me quedó pendiente la noche anterior. Me vestí con especial cuidado y me fui a la calle, con una ligera sensación de ir a conquistar el mundo. El mundo era, en este caso, un chico con ropajes medievales.

Pero está claro que el espíritu de Hernán Cortés, o de Napoleón, no habita dentro de mí. A los pocos pasos de mi casa, mi determinación se quebró. El miedo me atenazaba las piernas y unas irrefrenables ganas de echar a correr en dirección contraria se apoderaban de mi ánimo. Tuve cinco minutos cómicos de darme la vuelta no menos de cinco veces. “Me voy”; “No, adelante”; “Esto es una chuminada, me largo”; “No jodas, al menos disfrutemos de la vista”; ¡Qué hostias, me largo”. Pero al final el mercado medieval me rodeo por todas partes y seguí adelante, mirando con fingido interés todos los puestos y lo que vendían, pero en realidad buscando lo único que me importaba: él.

Casi lo había recorrido entero y empezaba a desesperar. Cuando llegué al lugar en dónde el año anterior había estado su puesto, el corazón me empezó a latir más deprisa. Pero no, no estaba allí. Una nube tapó el sol en mi entendimiento y los hombros se me doblaron hacia delante por el peso de la decepción. Prácticamente no quedaba nada por recorrer, así que posiblemente significara que este año no había venido. En su lugar, había una señora que decía leer el futuro. Una señora arrugada y con el ceño fruncido, con un perenne enfado en su rostro. El futuro que leyera esa “bruja” debía anunciar irremisiblemente desgracias horripilantes. A lo mejor era una señal, pensé. Y era mejor dejarlo.

Al menos la bruja con el entrecejo tenso, me sirvió para reírme para mis adentros.

Paseé sin rumbo, pensando ya en irme a otros menesteres o en comprarme un dulce pretendidamente artesanos pero que rezumaban industria por todos los lados. Y en estas estaba cuando, al final de los tenderetes, frente a la catedral, en una esquina con poco glamour y poco vistosa, lo encontré.

Otra vez el corazón galopando. Otra vez las piernas que me empezaban a fallar. Otra vez sentí unas ganas increíbles de salir corriendo y alejarme. Quizás ahora podría olvidar, o no. Pero aunque todo esto se me pasó por la cabeza, allí me quedé, mirándolo. Observando como se movía. Sus gerstos, sus muecas. Se había teñido el pelo y se había dejado una cresta. No era muy alta. Parecía un indio de las películas, con una carretera de pelo en medio y los laterales rapados. Manejaba los juegos que vendía, para atraer a la gente. Jugaba con los niños que se acercaban. Con ellos no parecía tan tímido. Les explicaba como se bailaba las cariocas y como se jugaban con los palos del diablo. Y hacía volar el diábolo, alto, muy alto. “Hala”, exclamaban algunos infantes. Les sonreía y bromeaba con ellos. Tenía una bonita sonrisa.

Por detrás del tenderete, aparecieron otros chicos que debían venir de otros puestos. Su actitud cambió. Se convirtió de repente en alguien brusco, desapegado. Dejó de jugar con los niños, como si súbitamente, le hubieran dejado de gustar. Incluso parecía que le molestaban. De repente parecía que el mercado se la traía al pairo, como si lo hiciera por obligación. Rieron todos con fuerza, bromas y tomaduras de pelo. Saqué la cámara de fotos y tiré algunas desde donde estaba. Él de repente, me vio de reojo. Creía que no me iba a recordar pero… sí, lo hizo. Se puso nervioso, como aquella primera vez cuando le dije que le iba a sacar fotos de cerca. Apartó la mirada rápidamente y siguió con su comedia, más exagerada, sin duda, dedicada a mí.

Ese chico, ese que veía ahora, ya no me interesaba. Ya no era dulce ni educado. Ya no le gustaba vestir como hace 4 siglos. Ya no jugaba con los niños a gusto. Comedia, pura comedia. O drama, puro drama. El de su miedo a no encajar. Se acercó una señora con sus hijos. Apenas la hizo caso para decirle los precios. Sus amigos vigilaban desde detrás. Uno de ellos, miró el reloj. Dio un codazo al que estaba a su lado y salieron corriendo.

El vendedor de juguetes los siguió con la vista. Otro señor se acercó al puesto. De nuevo parecía disfrutar con lo que hacía. Volvió su timidez, su interés por vender, se le veía a gusto. Aunque de reojo, noté como seguía pendiente de mí.

“Ayudo a mi madre”. Eso es lo que me contó el año pasado. “Ella está en otra feria en Cuenca”.

Unos niños se asomaron por detrás. Él los vio por el rabillo del ojo. Sonrió pícaro haciéndose el despistado. En un momento dado, se dio la vuelta de improviso y los niños salieron corriendo, riendo, perseguidos por el vendedor de juguetes.

– No les dejes que te molesten – dijo su madre cuando llegaron corriendo a esconderse detrás de ella.

– Si no me molestan – dijo él sonriendo.

La madre se encogió de hombros.

– No les des confianza, luego se desmadran.- insistió ella en tono indiferente, como si fuera una funcionaria de la maternidad.

Ahora fue el vendedor de juguetes el que se encogió de hombros.

Me acerqué al puesto. Fue un impulso poco meditado. Noté como el vendedor se ponía nervioso nada más verme caminar hacia él. Quizás me recuerda porque insistí en sacarle unas fotos de cerca el año anterior. No le hizo mucha gracia, aunque no puso impedimentos. Los gestos que puso mientras le sacaba fotos, fueron en realidad un impedimento suficiente ya que todas las instantáneas resultaron un desastre. Al llegar al puesto, el vendedor me miró con cara de pocos amigos. No se si pensaría que me iba a lanzar sobre él y meterle mano allí mismo. O a lo mejor temía que sus amigos aparecieran de nuevo. Aunque intenté quitarle importancia, me sentí molesto por esa actitud. Y sin meditarlo mínimamente, me salió un exabrupto:

– ¿Por qué no dejas de hacer el payaso y te comportas como eres de verdad, sin seguirles la corriente a esos imbéciles de antes? ¿De qué tienes miedo?

Se lo escupí, casi. Estaba enfadado por su actitud y por el asco con que me observaba. Tuve claro que me había equivocado totalmente.

El vendedor me miró con altanería. Decidí que debía terminar con todo ese globo de mis sueños con él. Todo se había desecho como un azucarillo en un vaso de agua.

– Tú qué sabrás – contestó con todo el desprecio del mundo.

– Sé que te gusta estar en el puesto. Sé que te gusta jugar con los niños, porque has cuidado de tu hermano pequeño y eso siempre te ha hecho feliz. Sé que ayudas a tu madre porque la quieres. Sé que echas de menos a tu hermano, que estará posiblemente con tu madre, en otro mercado medieval. Hay que aprovechar la temporada. Lo sé porque lo llevas escrito en la cara, para el que sepa y quiera leer en ella.

– Tú no sabes una mierda – lo dijo con los ojos inyectados en sangre, con asco en la mirada.

Me fijé entonces que en un lateral, estaba uno de los chicos que había estado antes. Atendía a la escena con atención. Clavé mis ojos en él, escrutándole. En pocos segundos vi que era otro que fingía lo que no era. No les diría nada al resto de la panda, aunque tampoco defendería al chico de los juegos si el resto se metían con él. Él tendría su propia guerra de fingimientos y no quería arriesgarse a ser descubierto.

Volví de nuevo mi atención al vendedor de juegos. Cuanto odio en su mirada. Parecía imposible que el mismo chico al que saqué fotos el año anterior, con esa cara dulce, ahora lo mirara con ese odio y ese asco.

– Tú mismo. Tú vivirás tu vida, a mí me la suda. Tú serás feliz o un desgraciado. Yo creía que te merecías ser feliz, pero veo que a lo mejor me equivoqué. Que te merecías que soñara contigo, pero eso sí, fue un error mayúsculo. Un año de sueños tirados. No pasa nada, estoy acostumbrado. Perdona por las molestias. Adiós.

Me giré y me fui. Guardé la cámara de fotos. Saqué el paquete de tabaco y se encendí un cigarrillo. Las manos me temblaban de la rabia. Y por qué no, de decepción. Es duro cuando los sueños de chocan contra la realidad.

Ya no me interesaba sacar fotos del mercado medieval. Solo sentarme un rato en una cafetería, sacar un libro de la bandolera y leer un rato mientras apuraba un café e intentaba que el mal humor se diluyera en el ambiente del siglo XVI y pudiera encarar el XXI con algo de serenidad el resto de la jornada.

– ¡Eh! ¡Oye!

Tardé en darme cuenta que a lo mejor me llamaban a mi. Me giré y vi al chico que venía corriendo entre la gente. Me paré a esperarlo con un rictus de mal humor en mi jeta. No esperaba nada agradable de ese nuevo encuentro. “Ahora vendrá a insultarme o algo peor”, pensé mientras tensaba los músculos.

– Me llamo Isidro. – dijo en cuanto llegó a mi lado.

– Manuel – contesté mecánicamente.

Nos dimos la mano ceremoniosamente. El vendedor alargó lo que pudo su apretón. Noté como su dedo pulgar acariciaba suavemente la parte de mi mano que tocaba. Todavía no se me había pasado el enfado, así que no hice mucho caso de ese gesto que a todas luces parecía conciliador.

– Si… – el chico balbucía – tomas un café… te invito.

Me miraba con ojos suplicantes. Pensó en decir algo más, era evidente por los gestos que hacía con las cejas, pero no parecía decidirse.

– Es que…

– Vamos, allí parece que hay una mesa. – señalé una cafetería en el otro lado de la calle.

Pero Isidro no se movía. Parecía que lo que quería decir le atenazaban las piernas.

– Que … – su voz sonaba nerviosa – que no se como lo has hecho, joder, pero que tienes razón. Ya está. Y que perdona.

– Vamos anda – le puse la mano en la espalda y lo empujé con suavidad hacia la cafetería. – Me gustaba más el pelo que llevabas el año pasado.

Sonrió.

– A mí también.

Nos reímos juntos. Un matrimonio por nuestra derecha, señaló la misma mesa a la que nos dirigíamos. Así que hicimos un pequeño sprint para cogerla. Vino un camarero y pedimos.

– ¿Y el puesto?

– Se ha quedado Luis, un colega de los guays. Es de los de recreación. Hasta el desfile no hay problema.

Isidro contó sus cosas. Su hermano se llama Saúl.

– Tiene 14 tacos y es un pavo real. Se lleva a las chicas de calle.

Lo decía con orgullo mal disimulado.

– Si saco el móvil seguro tengo 20 wasaps de él. Está en el pueblo, con mis tíos. Las clases, ya sabes.

– ¿Y tus clases?

– Lo dejé a los 16. Mi madre necesitaba un cable.

Siguió contando sus cosas. Hablaba por los codos. Se le notaba cómodo. Me miraba con esa cara que se pone cuando estás liberado por haber encontrado a alguien con el que hablar sin tapujos. Tenía una mirada limpia. Pensé que sentía envidia de su hermano. Si lo miraba de esa forma, debía ser el chico más feliz del universo.

– Me hubiera gustado estudiar Arquitectura – dijo de repente con un velo en los ojos. – Pero mi padre se fue y todo se acabó. Al menos mi hermano estudiará. Le mola la Historia. Dice que para contarla luego por los pueblos con mi madre y conmigo. Estoy ahorrando. Duermo en la furgoneta para no pagar un hostal. Así me queda más para su carrera.

– Vente a casa, tengo una cama libre.

Me salió sin pensar. Me arrepentí al momento. Por un lado, siendo sinceros, no lo conocía de nada. Podía ser un ladronzuelo o algo peor. Por otro, pensé que lo ponía en un compromiso. Él lo vio así, porque de repente su cháchara se detuvo en seco. Tenía las mismas dudas que habían asomado en mi cabeza.

– Apunta mi teléfono y me dices. – ya no podía retroceder sin parecer descortés. Total, pensé, no parecía muy dispuesto a aceptar la invitación.

Justo cuando acabó de hacerlo, su amigo Luis le llamó para recordarle que debía irse al desfile.

– Me abro.

Y sin decir nada más, salió corriendo.

Me quedé mirando como se alejaba. Sus sandalias estilo romanas no le permitían ir muy deprisa. El numeroso público que empezaba a inundar el mercado, tampoco ayudaba. Sonreí. Era una sonrisa triste, resignada. Intuía que esa historia era todo el recorrido que podía tener. Saqué el libro y para desesperación del dueño de la cafetería que esperaba que me levantara para ocupar la mesa con nuevos clientes, me puse a leer. Aunque no leí casi nada, porque mis sueños de que Isidro decidiera llamarlo me ocupaban la mente.

Al final me levanté y me alejé del mercado. La melancolía se instaló en mi ánimo. Pero al menos, había conocido la historia de Isidro. Al menos, tenía una historia que escribir. Es un consuelo, pensé. Pero pequeño.

Anuncios

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s