¿Ya no te gusto? 1ª parte.

Me estaba empezando a doler las cervicales. Habían sido pocos kilómetros de conducir despacio, con cuidado: la nieve caía lentamente para teñir de blanco las calles. Un blanco noche nieve. Me arrepentí un ciento de veces de haber cogido el coche esa tarde. La nieve me contraría en gran medida. Y me inquieta sobremanera si voy conduciendo.

Habían sido pocos kilómetros, sí, pero muy jodidos.

Al llegar a la rampa del garaje, respiré profundo. Casi cierro los ojos antes de lanzarme cuesta abajo. Una fina capa de nieve tamizaba el embaldosado. Me imaginé dando bandazos y estrellándome contra las paredes sin poder controlar el vehículo.

– Siniestro total – dijo un señor muy serio vestido de perito del seguro.

Gracias a Dios no pasó nada. Otro suspiro al entrar en el garaje sin contratiempos. Miré la puerta mientras se cerraba, a la vez que hacía un corte de mangas a la rampa, a la nieve y a la madre que lo parió.

Llegué a mi plaza con urgencia, la de tirarme en el salón de casa, cerrar los ojos y darme un masaje en las sienes, para relajarme; aparqué sin importarme mucho como quedaba y, sin pausa, embestí el camino hacia el ascensor, como un bisonte en una película del Oeste.

– ¿Ya no te gusto?

Me volví sobresaltado. No había visto a nadie en el garaje. Escuchar esa voz a mis espaldas, me dio un susto del copón.

Sonreí con una cierta cara de pena al encarar a mi interlocutor.

Era Rodrigo.

Rodrigo es un vecino del portal de al lado. Es forofo de los coches y de la natación. Compite en este último campo, y conduce todo vehículo que tenga ruedas y lleve motor. De BMW hacia arriba. Tendrá 22 años, un cuerpo de nadador, como es natural, una cara agraciada pero no espectacular, que mejora mucho cuando sonríe. También es un poco chulo. Se sabe atractivo. Y es pijo. Pero a quien no le gusta de vez en cuando un bad boy pijo.

Nunca hemos pasado del hola ¿qué tal? Y el “qué tal” dicho por mi con voz cantarina y expectante, se suele quedar sin respuesta, o como mucho: “Hasta luego”. “¿Ya no te gusto?” era la frase más larga que me había dedicado hasta ese momento, salvo que haya tenido un lapsus mental y haya echado en el olvido alguna conversación trascendente.

Lo miré durante un rato, un poco descolocado. Es una de esas veces en que te asalta la duda de cual es la respuesta que debes dar. Si fuera un cazador, pensaría en la mejor para que Rodrigo acabara entre las sábanas de mi cama esa misma noche. Su pregunta podía ser una ventana abierta inesperadamente para ese final. Rodrigo me llamaba la atención, siempre lo había hecho, pero nunca había considerado la posibilidad de que fuera una historia posible, entre otras cosas porque él no da la impresión de que le guste alguien como yo. Ni ningún otro hombre, dicho sea de paso.

– Me gustas como siempre – al final me decidí por una respuesta que se podía interpretar de muchas formas.

– ¿Te gusto? – insistió con vehemencia.

– No sé como te llamas – mentí.

– Rodrigo – contestó apresurado, vigilando con miradas furtivas el resto del garaje.

Me acerqué a él con el brazo extendido para estrecharle la mano. Pero al llegar a él, que se había quedado como paralizado, se me ocurrió:

– ¿Prefieres que nos demos dos besos?

Solo atinó a levantar la ceja derecha. Así que yo reconduje la mano hacia la cintura y la apoyé en ella suavemente y le di dos besos. Me recordó a alguno de mis amigos con los que suelo bromear con el palo que llevan como espinazo, por lo rígidos que están cuando dan un abrazo o un par de besos. Me imagino que cuando follan la flexibilizan… o eso espero, por el bien de sus partenaires, pero fuera de esa acción, son unos desaboridos rígidos y poco efusivos. Como Rodrigo.

– Me llamo Jaime.

– Ya.

Un punto a su favor, sabía  mi nombre, cosa que hizo que le diera mentalmente dos puntos positivos.

Nos quedamos en silencio. Silencios, silencios. Qué incómodos son cuando estás con alguien con el que no tienes ninguna confianza. La verdad, es que no se me ocurría decir nada. No me decidía a preguntar, a tirar por conversaciones intrascendentes… pienso que me entró el miedo escénico. Sí, como si de repente hubiera partida y pudiera ganarla. No con Rodrigo en mi cama, sino en mi vida. Era la partida que me interesaba.

– ¿Te gusto? – volvió a la carga.

– Claro que me gustas. – exclamé con una vehemencia espontánea – ¿Por qué piensas que ya no me gustas? – rápidamente me arrepentí de la respuesta que di y la intensidad con que lo hice. Mi estrategia de indefinición se desvaneció por completo.

– No sé – dudó en seguir – ya no me miras. Ayer, por ejemplo. No me dijiste nada, ni noté tu mirada recorriendo mi cuerpo.

Me extrañé, porque no recordaba haberlo visto hacía muchas semanas.

– Y el otro día pasó igual – parecía que había escuchado mi razonamiento mental.

– Pero yo no te gusto. Y a veces he notado tu incomodidad si te miro con algo de insistencia. – de nuevo, fue terminar de hablar y no estar contento con lo expuesto.

– Sería porque habría alguien mirando. Mi novia, una vez, sí, que me dijo algo y tuve que disimular.

– Ya. – preferí callarme a hablar ante la perspectiva de que nuevamente no me gustara lo que saliera por mi boca. Aunque al final, sentí la necesidad de seguir.

– Tu novia te dirá que le gustas.

– No tengo novia.

. Vaya. ¿Lo dejasteis?

Asintió con la cabeza, lentamente. De repente pareció reparar en algo y habló con apremio.

– Podíamos subir a tu casa y charlar.

Empezó la frase mirando hacia donde estaba yo, pero sin encontrarse con mis ojos, y la acabó mirando al suelo. Yo pensé en el desorden que había dejado al mediodía, en el caos que es mi casa últimamente, en que me iba a poner colorado cuando entrara ese chico…

– Por favor – insistió.

– Te advierto que mi casa está desordenada y… – me arrepentí de las explicaciones. – Vamos.

Y le cogí la mano para tirar de él hacia el ascensor. No lo hice por nada especial. Ahora que lo pienso, aunque pudiera parecer contradictorio, lo hice para no arrepentirme yo. Él al principio mantuvo la mano abierta, rodeada por la mía. Al dar el primer recodo del pasillo, me envolvió con sus dedos y apretó. Le miré pero él volvía a esquivar mi mirada. Ya en el ascensor, giró la mano para entrelazar sus dedos y los míos. Giré la cara, pero me encontré con su oreja y su pelo cortado casi al 0 por los laterales.

Nos soltamos al llegar a mi piso. Saqué las llaves y abrí.

– Pasa.

– Tienes bombillas fundidas – dijo mirando a la lampara, una de esas de varios brazos, antigua.

Suspiré arrepintiéndome de haberlo invitado.

– Si es que no tengo tiempo últimamente. Ni ganas.

– Si quieres… – y dejó la propuesta en el aire. Me hice el despistado y me fui a quitar los zapatos a mi habitación.

– Ponte cómodo, ahora voy. – le grité.

Me miré en el espejo. Me vi cansado, casi ojeroso. Sin vida en la mirada. No tenía muchas ganas de nada. En ese momento, de seguir mis instintos, le hubiera dicho a Rodrigo que se fuera. Pero no me parecía bien. No porque pensara que de ahí podía salir algo interesante, sino porque ese chico que parecía un poco chulo las más de las veces, hoy parecía pequeñito y perdido. Cogí fuerzas con una respiración profunda y volví al salón.

– ¿Quieres tomar algo? Pero quítate el abrigo, hombre. Y acomódate, que estás ahí sentado casi en el límite del sofá.

– Casi mejor me voy. Esto… quizás…

No siguió. Se quedó ahí. Al menos se quitó el abrigo.

– ¿Quizás? – le animé a seguir. – Quédate y charlamos. O vemos algo en la tele. – se me ocurrió que a lo mejor quería compañía o hablar de algo que le atormentaba y a lo mejor, el haberle cogido de la mano o los besos le habían hecho coger miedo o alguna cosa de esas.

– No, no sé.

Me levanté y fui a darle al botón de la tele.

– No, no.

Volví a sentarme a su lado.

Me recosté sobre el respaldo. Al final él también lo hizo. Estuvimos así un buen rato. Estuve pensando si hacer algo o no. Al final opté por dejarlo a su aire, que hiciera lo que le saliera de dentro. Ya estaba pensando en otras historias, cuando noté que se incorporaba, se sentó a horcajadas sobre mis piernas, me agarró la cara con sus manos, y posó sus labios sobre los míos. Y me besó. Largo, suave, delicado.

Se separó al cabo de un rato. Se me quedó mirando directamente por primera vez. No sabía que mostrarle con mi mirada. No me gustaba la idea de que eso fuera una especie de broma o de juego. No se me ocurría otra posibilidad. O que él estuviera mal por algo y buscara un apoyo en mí. Pero ese apoyo, no estaba yo dispuesto a darlo. Al menos no estaba seguro. Son de esas ayudas que al final te dejan tocado porque sin querer alimentan tu imaginación.

Vi algo en sus ojos que me empujaron a atraer su cabeza hacia la mía y esta vez, besarle yo. Largo, suave, delicado, más largo, y abrazando su cuerpo. Al principio noté ese palo de escoba a modo de espinazo, pero al final, parecía relajado. Se le daba mejor dominar el juego que otro llevara la iniciativa.

“¿Y ahora qué?” me pregunté. Seguimos así, mirándonos. El sobre mis piernas. Al cabo de unos minutos que parecieron muy largos, se puso de pie, sin dejar de mirarme.

– Gracias – me dijo.

Se agachó un segundo y me dio un suave beso en los labios. Buscó de nuevo mis ojos, se giró, cogió su abrigo, que había dejado sobre una butaca y se fue de mi casa.

Y yo allí me quedé, sin saber muy bien qué había pasado. Sin acabar de decidirme por una de las varias posibilidades que se me ocurrieron para dar con la causa por la que Rodrigo hubiera ido a mi casa esa noche e hiciera lo que hizo.

Así que retomé mi plan inicial, me tumbé en el sofá cuan largo soy y masajeé mis sienes con los ojos cerrados, escuchando de fondo música suave que había puesto minutos antes en la televisión.

El caso es que eso acabó así, y no lo volví a ver en muchas semanas. Y cuando lo vi, volvimos al “Hola” a secas, para mi estupor.

Eso sí, un día me encontré en el pomo de la puerta, una bolsa con un montón de bombillas de vela, para la lámpara de la entrada. Sin una nota, sin un algo.

Tampoco hacía falta…

 .

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