Y ahí me lo encontré, en el descansillo.

Me había decidido a hacer algo de limpieza en casa. Limpieza del tipo “vamos a tirar cosas”. Ya tenía un par de bolsones enormes de ropa vieja e inservible y de trastos varios. Otra caja de móviles obsoletos, cargadores de mil clases, GPS modelo año de la polca, máquinas de fotos de ¡¡1 megapixel! y otros útiles inservibles que iba a llevar al Punto Limpio. Pero ya estaba cansado. Y no había hecho más que empezar. Y es que a mí, estas cosas… empiezo con mucho empeño, pero éste me dura un suspiro, quizás dos. Oscurecía y era el momento de sentarse a leer un rato o de ver la televisión sin criterio.

Miré lo que me faltaba de revisar desde mi atalaya allí en el suelo, y se me vino el mundo encima. Montañas y cordilleras de cosas amenazaban con caer sobre mí. Me entró miedo. Definitivamente iba a ser “Para otro día”. Suspiré y me levanté como pude, que me había quedado varado en el suelo. Las piernas estaban que no me querían responder, las rodillas se negaban a estirarse. Si ya lo digo yo que estos ejercicios no son buenos.

Pensé en dejar las bolsas para tirarlas otro día, pero corría el riesgo de que se quedaran ahí, en una esquina, durante meses. Así que hice un esfuerzo, cogí un abrigo, que hacía rasca, y para el contenedor de basura. Sin pensarlo mucho.

Abrí la puerta. La escalera estaba a oscuras. Encendí la luz del descansillo y casi me da un pasmo. De pronto, ahí, apoyado en la barandilla, como salido directamente del averno, apareció un hombre joven con una mochila al hombro. Estuve a punto de cerrar de golpe la puerta y coger el móvil para llamar a la policía. Lo primero que se me ocurrió es que era un ladrón que venía a por mis cosas, y no precisamente a por la basura que iba a tirar. Cuando casi tenía la puerta cerrada, lo reconocí.

– ¡Isidro!

Él sonrió tímidamente. No se había movido casi de donde estaba. Miraba de refilón, como para no hacer daño. Estaba apoyado en la barandilla de la escalera. Parecía un poco triste, desanimado. Como un derrotado antes de iniciar la batalla. Pero sonreía. Tímidamente.

– ¿Qué haces ahí? ¡Qué susto me has dado, cabrón!

Sonrió con más intensidad, pero no decía nada.

– Pasa, hombre, no te quedes ahí.

Hacía ya cuatro meses de aquel día que habíamos hablado en el mercado medieval. Me contó que dormía en la furgoneta para ahorrarse el hostal para que su hermano pudiera estudiar en la Universidad. Le ofrecí que se viniera a casa a dormir, pero evidentemente, no lo hizo. Ya casi me había olvidado de él. Eso no era cierto del todo, porque me seguía gustando y muchas noches seguía ocupando mi imaginario de sueños imposibles. Peleas al despertarnos, juegos a todas horas, besos todavía más frecuentes y mis manos paseándose por los rincones secretos de su cuerpo. Amor del prohibido para diabéticos. Pero ya era solo eso, un sueño irrealizable y ya había dejado de pertenecer a la clase de “Sueños obsesivo-compusivos y diarios”. Y eso que por una vez en la vida, al menos había estudiado la posibilidad de que se convirtiera en un sueño vivido. Lo había buscado, habíamos hablado y… hasta luego.

– Pasa y siéntate. Perdona el barullo, estaba tirando cosas.

– Si quieres te ayudo a tirar esas bolsas – se ofreció. Creo que para él fue una escusa para tener una forma de justificarse. Y yo pues no vi inconveniente en allanarle el camino.

– Venga, vamos. Coge esa y así me ahorras un viaje.

Dejó la mochila apoyada en el aparador de la entrada y salimos.

No hablamos mucho camino del contenedor. Me fijé que ya no tenía la cresta de color azul ¿O era verde? Se había dejado crecer el pelo por los laterales. Y me pareció que había adelgazado un poco. Seguía teniendo esa mirada tímida y esquiva que tanto me gustaba. Y esa luz en los ojos que era capaz de derrumbar todas las murallas de la tierra. Al menos con las mías había sido muy eficaz.

– Casi no te conozco vestido del siglo XXI.

– Pues tengo las calzas en la furgo, si quieres… – puso cara de niño travieso.

Nos reímos nerviosos. No le dije nada, pero a lo mejor, como elemento morboso, sería interesante. “¿morboso?”, pensé para mis adentros. Ya volvía a soñar despierto. Me empezaba a asustar el resultado de esa visita inesperada. ¿Y si a su marcha, fuera cuando fuera, me provocaba el despertar de la obsesión que tuve por él?

De vuelta a casa nos sentamos en el salón. Le pregunté por su hermano.

– No recuerdo su nombre…

– Saúl.

– Es cierto, Saúl. Tengo un amigo que se llama así, no sé como me he olvidado. Lo quiero mucho, además.

– Pero no te has olvidado de mi nombre.

Sonreí como un bobo. No puedo negarlo. Pero callé, no iba a decirle así de primeras, sin conocer sus intenciones, que lo imaginaba en mi cama, desnudo, apuntándome con su miembro duro y pasándose la lengua de forma libidinosa por sus labios. Borré esa idea, empezaba a tener problemas de excitación.

– Pero cuéntame que haces por aquí, como has venido, ¿Hay algún mercado por aquí cerca? ¿O solo has venido a pasar unos días conmigo? Eso estaría bien para elevar mi ego.

– Dentro de unos días, en Palencia. En un pueblo.

– Vaya, no lo has hecho por mí – dije un poco decepcionado.

– Pero he venido unos días antes para verte. – y me guiñó un ojo. Yo suspiré para mis adentros lleno de dicha y felicidad. Y de algo más, aunque no diré nada al respecto que me da vergüenza. Ya he dicho bastante unas líneas más arriba.

Pero a la vez, una duda me rondaba. ¿Y si quería quedarse en casa esos días de espera? Por un lado me gustaba la idea, por otro… me aterraba. Era complicado lidiar con un sueño que pensaba que no se iba a cumplir, y la realidad resultante de que ocurriera. Y esas comparaciones, por mi experiencia, siempre solían resultar favorables a los sueños.

Bajó la mirada y en un susurro me dijo:

– Como me dijiste que podía quedarme aquí…

Sonreí de forma abierta y sincera. ¡Fuera dudas!

– Pues habrá que cenar un poco. No te he preguntado, a lo mejor quieres ducharte o algo así. ¿Cuando has llegado? No me has contado nada…

– Ayer.

Me había levantado para ir a preparar la cena. Me paré en seco y me volví a mirarlo.

– ¿Ayer?

Se encogió de hombros.

– ¿Y dónde has estado? – se me ocurrió de repente una idea – ¿Has estado todo el dia y la noche en la furgoneta? Pero ¿Por qué no me has llamado? ¿Por qué…? ¿Has comido algo? Pero si hace un frío de narices.

Me callé. Me di cuenta que lo estaba aturullando.

– No me atrevía. Pensaba que ya no te acordarías de mí. Vine muy decidido pero al llegar me entró el miedo.

Me senté a su lado y le puse la mano en la rodilla.

– Pues no ha pasado nada, me he acordado perfectamente de ti, así que has perdido un día. Si hasta sueño contigo muchas noches – me arrepentí de haber hecho ese comentario de inmediato.

Al sentarme a su lado, sentí de repente frío. Es de esas veces que sientes cuando alguien viene de la calle y tú estás en un sitio calentito, y parece que el frío emana de esa persona. Hasta que pasa un buen rato no desaparece esa sensación. Incluso sentí que la pierna le temblaba un poco. Tenía el frío dentro de él.

– Vamos al baño. ¡Estás helado! Dúchate con agua caliente y así entrarás en calor. Mira que eres…

– No sabía si te acordarías de mí y si dijiste aquello de verdad de que me quedara aquí y me apetecía… – se había arrepentido de lo que iba a decir.

– Pues ya ves que sí. Me acuerdo y me apeteces. – no me sonó bien lo que había dicho. – Bueno, me apetece que te quedes. – maticé.

Lo guié hacia el baño. Saqué las toallas para él. Me quedé mirándolo un minuto antes de irme. Seguía estando conturbado. No se me ocurría nada para que se sintiera cómodo.

– ¿Puedo hacer algo por ti, para que te sientas cómodo? – decidí que lo mejor era preguntar. – Te noto inquieto.

No me contestó. Solo se quedó mirándome. Parecía pedirme algo, pero no acertaba a saber el qué. Decidí dejarle solo, a su aire. Me di la vuelta para ir a la cocina y preparar algo de cenar. Se me ocurrió que a lo mejor le gustaría un caldo caliente, aunque fuera de pastilla, o un café o una infusión. ¿Tenía infusiones? Era buena pregunta.

Me volví de nuevo y ahí seguía sin moverse. Parecía tan temeroso… al final se me ocurrió que podía darle un abrazo y eso hice. Me pegué a él y lo abracé, apretándolo contra mi cuerpo. Estuve un buen rato abrazándolo. Le obligué a recostar su cabeza en mi hombro y la rodeé con mis brazos. Al final él tambien me rodeo con sus brazos por la cintura. Y me apretó fuerte. Solté entonces los míos y separé la cabeza unos centímetros de la suya. Puse mis manos en sus mejillas, miré sus ojos avellana y le di un beso en los labios. Me separé para ver el efecto. Sus ojos se iluminaron un poco más y su sonrisa fue más clara y sincera.

Ahora sí, empezó a desnudarse y yo me fui a la cocina. Se me había olvidado preguntarle lo del café o la infusión, pero me arriesgué y puse la cafetera con café descafeinado. Hice una tortilla de patata y freí unas salchichas. Y saqué lo que quedaba de un arroz con leche que había hecho el día anterior. Suerte que no me lo había comido todo… no suelo hacer postres por eso, porque no paro hasta que los acabo. Y ya que me pongo, pues hago bastante. Con lo cual, me trapiño una cantidad destinada a ocho personas en un santiamén.

Cuando estaba dándole la última vuelta a la tortilla apareció en la puerta de la cocina. Vestía solo la toalla que le había dado en la cintura.

– Te vas a quedar helado.

– Es que…

No le dejé seguir. Intuí que no traía más ropa, más que la de trabajo. Fui a mis armarios y saqué algunas prendas mías, cómodas y anchas. Ancha era fácil, él es mucho más liviano que yo. Pero sobre todo calientes. Hacía buena temperatura en casa, pero con el frío que había pasado, no quería que después de entrar en reacción se volviera a quedar helado. “Y si me coge una pulmonía en la primera visita, menudo éxito”.

Se la acerqué para que se la pusiera y me concentré otra vez en la cena.

– Para mañana ya prepararé algo más preparado. ¡huy! Qué redundante me ha salido la frase.

– Si quieres cocino yo, no lo hago mal.

– ¿A sí? A, pues estupendo. – y le miré con la mejor de mis sonrisas. Y eso me permitió ver como se acercaba a mí, decidido, pero yo diría que era una decisión tomada por impulso, de esas “bajo la cabeza y que sea lo que Dios quiera”, y como se pegaba a mi cuerpo y como pegó sus labios a los míos. Y conseguí no cerrar los ojos para disfrutar del momento. Él si lo había hecho. Pero al final, cuando se separó de mí, los abrió con temor, para comprobar mi reacción.

No era capaz de pensar con lucidez en ese momento. Por un lado me gustaba, era mi sueño en el último año. Podía decir que en ese momento era feliz. Ese chico me había encandilado y soñaba con él desde casi año y medio antes. Pero por otro lado, mi inseguridad me atacó y pensé: “este chico no puede ver en mí a alguien interesante”. Y después de todo aquella comedia que intentó interpretar hacía unos meses en nuestro reencuentro con la finalidad de mandarme a zurcir calzoncillos, no llegaba a comprender el cambio tan radical. Eso sí, se lo había pensado cinco meses para presentarse en mi puerta y besarme bajo la luz del fluorescente de la cocina. Si hubiera sido en mi sueño, en lugar de fluorescente habría luna llena. O cuando menos un Led de esos modernos, con intensidad graduable.

Pero era darle vueltas a lo tonto. No me iba a atrever a preguntarle, por si la magia se disipaba. Aunque quizás hubiera debido hacerlo. Decidí que lo mejor era dejarme llevar y abrazarlo de nuevo y besarle mientras mis manos recorrían su cuerpo. No era un cuerpo de revista, pero a mí particularmente me encantaba. Tenía curvas, tenía chicha, tenía la piel suave, no tenía demasiado pelo y parecía dulce. Unas piernas poderosas y unos pies bonitos. Unos ojos luminosos y expresivos y una sonrisa desarmante. Era como Dios hecho hombre. Mi Dios.

– Te mentí el otro día.

Sumido en mis cavilaciones, no me había dado cuenta de que él quería hablar. Lo decían sus ojos.

– ¿Sí?

– Hace dos años, cuando me compraste las cariocas, que quedan bien en el pasillo, por cierto, pues me gustaste. Fue así algo sorprendente. Normalmente no me molan los hombres como tú. Y aunque me mole un chico, me suelo cortar, la gente en el mercado no es de los que van al orgullo y menos en mi pueblo. Ya solo de no tener novia, me acribillan a preguntas y murmuran cuando paso. “Joder que soy joven, dejad que viva antes de casarme”, bromeo cuando se ponen plastas, pero tío, es una mierda. Así que si me llegan a ver fijarme en el culo de Hugo, un chico que me mola desde siempre, se me cae el pelo. Pues que me gustaste, pero que me asusté. Y me acuerdo que me sacaste unas fotos de cerca y que te puse caras, porque estaba Guillermo mirando. Y Pedro, que son los dos más “macho-man”. Y me asusté y tal. Ya me dijeron que por que no te había partido las piernas, que se notaba que perdías aceite. Yo les dije que se les iba la cabeza, pero no me dejaron de dar el coñazo toda la feria. Otro día te vi que pasabas, pero me hice el despistado, como si no te conociera. Pero mientras estaba agachado, pues te vi alejarte. Ibas cabizbajo. Yo pensé que a lo mejor era porque no te había dicho nada, y me puse contento. Pero luego pensé que era una tontería porque no te iba a ver en la vida. Pero me moló mucho que me sacaras fotos, no suelo gustar a la gente y ver que a ti sí, me hizo sentirme guay.

Me quedé con la boca abierta con su confesión. Estaba… no sabía que decir.

– Joder, Manuel, soñé contigo casi todas las noches. Es cierto, no me pongas esa cara de sorpresa. No te rías de mí…

– No, por favor, no me río. Sigue, por favor.

– Pues eso, no hay nada más. Que cuando te acercaste este año, pues me diste una alegría grande. Y me puse de los nervios. Me temblaba el cuerpo y me puse a cien. Pero otra vez me acojoné con Hugo y Guillermo y el resto de la gente. Te acuerdas que se acercaron mientras me sacabas fotos desde lejos. Luis es distinto, porque el también es gay, pero tiene novio y no lo dice tampoco. Pero él es de los actores y ahí es un poco distinto, son más abiertos. Aún así no dice nada y eso que su novio es también del grupo. Pues eso, que me alegré la hostia y que me puse como un bobo, pero es que me habían estado dando el coñazo con que me iban a llevar de putas y eso me sacaba de quicio, y apareciste tú y me alegraste, pero a la vez me sentí mal porque no podía estar contigo y conocerte y…. y luego charlamos y tal, bueno, hablé yo que te solté una charla de aburrir, y me dijiste de quedarme en tu casa, pero me acojoné, porque sabes, pensé que a lo mejor el sueño, al convertirse en realidad…

– …Se iba a convertir en una mierda. – acabé yo la frase.

– ¡Exacto! Sí, eso, pero además pensé que si me conocías pues ya no te gustaría, porque soy muy pánfilo y aburrido. Y no tengo nada así interesante que contar, soy muy callado, sí eso es, o simple, o… no acierto con lo que quiero decir… y soy feo y gordo, no le suelo gustar a nadie. Y sentir que te gusto, pues me hace sentir guay. No me suele ocurrir.

– A mí me gustas – reiteré innecesariamente.

– Pero ya me has visto, estoy gordo.

– No lo estás y de todas formas me gustas así, con carne que pellizcar. Además, has adelgazado desde octubre.

– Si, bueno, no quería…

Iba a bromear con la posibilidad de que se hubiera puesto a régimen para venir a verme, pero lo descarté, porque pensé que a lo mejor le hacía sentir incómodo. Me estaba diciendo cosas que le habría costado mucho decidirse. Y no quería romper el encanto. Solo faltaba un marco más acorde con el momento de las declaraciones. Pensé si debía decirle yo algo también, o darle un beso, o tirarle sobre el lavavajillas y follar como unos posesos el resto de la noche.

– El caso es que estás aquí, y que tu sueño y el mío parecen que por una vez, se han hecho realidad.

– ¿Tú también…?

– ¿Por qué crees que fui al mercado a buscarte? Hubo algo en ti, desde que te vi, que me hizo perder la razón. Durante semanas fui incapaz casi de trabajar pensando en ti, y en poder verte otra vez, y en imaginar historias contigo y conmigo de protagonista, y escribirlas en mi blog… algunas de ellas las escribí.

– ¿A si? Me da miedo leerlas…

– Pues no te las enseño.

– Sí, sí, las leeré si tu quieres – noté como se había tomado a pecho mi afirmación última que había hecho en broma. Pero él estaba muy centrado en lo que quería decir… y no captaba las sutilezas de la ironía.

– ¿Hace cuanto no comes? – cambié de tema, más que nada porque la tortilla se estaba enfriando, y me gusta más calentita.

– Una semana.

Disimulé pero me dieron ganas de llevarme las manos a la cabeza. No dije nada más. Le obligué a sentarse y añadí a lo que había preparado una lata de paté que tenía por ahí olvidada. Fui al congelador para sacar algún filete, pero Isidro no me dejó. “Así vale, de verdad”.

Fue una cena agradable. Para ser un chico callado, hablaba mucho. Pero eso me gustaba. Así podía mirarlo, seguir el movimiento de sus labios, fijarme en la expresión de sus ojos. Hubo varias veces que hubiera jurado que parecían indicar que de alguna forma, Isidro, el mago de los palos del diablo, se había enamorado de mí. Un flechazo como el que sentí yo al verlo.

Nunca he sido muy crédulo con la posibilidad de los flechazos. Y menos de que acabe todo bien. Esa noche, fue muy bonita. Cenamos, y luego nos fuimos a la cama. Le estaba preparando una en otra habitación, pero él me dijo que quería dormir conmigo. Lo dijo mirando al suelo, con carita de niño bueno. Al final nos fuimos a la mía, los dos. E hicimos el amor. No fue la mejor noche de sexo de mi vida. No nos acoplábamos, estábamos nerviosos, nuestros sueños pesaban demasiado en la realidad que estábamos construyendo beso a beso, caricia a caricia. Pero solo con la posibilidad que tuve de acariciar ese cuerpo, de besarlo, de recorrerlo con mi lengua, centímetro a centímetro, de mirarle a los ojos… fui un hombre feliz.

Luego cuando acabamos y estábamos los dos desnudos, descansando mirando al techo, él apoyó su cabeza en mi pecho, y casi al instante, se quedó profundamente dormido. Eso fue algo estupendo para mí, me hizo sentir como… una explosion de dicha en mi cuerpo. Era algo físico pero también algo emocional, espiritual. Tenerlo ahí, abrazado, sobre mi pecho, desnudo; y velar su sueño. Lo besé en la coronilla y sentí como murmuraba algo que no entendí, pero casi me recordó al ronroneo de los gatos. Se movió un poco y rodeó mi cintura con sus brazos.

Por una vez en mi vida, un sueño se habia hecho realidad, y, encima, la realidad había resultado mejor que el propio sueño.

Estiré el brazo para llegar al interruptor de la lámpara de la mesilla. Le eché una última mirada antes de apagar la luz. Al acomodarme para dormirme yo también, se me escapó un beso en su frente. Y al cerrar los ojos y recordar mis sueños, no eché de menos la luna, ni una música suave de fondo. Estaba todo tan bien, me sentía tan dichoso…

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