Aquella noche maravillosa.

Aquella noche fue especial. No recuerdo exactamente cual fue, ni siquiera en dónde estaba. Todo eso, aunque parezca importante, no lo es. Solo recuerdo lo que sentí. Eso sí es importante.

Mirad, era una noche muy oscura. Debía estar nublado, porque no se veían las estrellas, ni la luna. Todas las noches miro al cielo buscándolas. Recuerdo sentir el aire que me daba en la cara, y eso que yo creía estar en el salón de mi casa, viendo la televisión. Recuerdo como sentí el frescor que se desprende de la hierba cuando oscurece. Y ese olor especial, como si hubiera llovido, pero no recuerdo que lo hubiera hecho.

Recuerdo sentir como una ola de felicidad dentro de mí. Me levanté y extendí los brazos, abiertos y miré hacia el cielo oscuro y grité…

No recuerdo lo que grité. Ahora se me ocurre que pudo ser eso de “Soy el Rey del mundo” de la película Titanic. Yo sería Leonardo DiCaprio. “Soy el Rey del Mundo”.

Preferiría ser el novio de Leonardo DiCaprio.

“Soy el Rey del Mundo”.

No, no puedo asegurar que fue eso lo que grité.

No, no soy el novio de Leo. Eso sí lo puedo asegurar.

Aunque sabes, puede ser que… no, no fue eso. Es una horterada y si algo odio, es hacer el ridículo con horteradas como esa.

Intento recordar si pasó algo ese día, o si conocí a alguien. Hubiera estado bien que hubiera sido por amor. Soy un romántico. Podía haberme enamorado ciegamente y … mi Príncipe en el umbral de mi casa, sonriéndome y con la melena mecida por el viento. En mis sueños mi Príncipe siempre parece tener melena y es mecida por el viento. Y luego resulta que me fijo en los rapados, o en los de pelo corto, o en los de media melena, o en los de pelo punta, da igual. Y en los engominados, que no mueven un pelo ni por equivocación, por mucho aire que haga.

Estaría bien que tocara la trompeta, o el violín, o el xilófono. Mi novio, digo. Esperándome recostado sobre la cama, desnudo, con la melena recogida en un coqueto moño. No sé porque se me ha ocurrido lo del moño… no creo haberlo soñado nunca…

No, no conocí esa noche a mi Príncipe. A lo mejor lo vi pasar por el camino de delante de mi casa, como veo pasar a Magdalena, la vecina de la casa de al lado. Pasa y ni siquiera me dedica una mirada. Yo tampoco se la dedico, que conste. Ella no me saluda, yo tampoco. Puede que tenga que ver aquella vez que envenené a su perro. Me arrepiento. El pobre no tenía la culpa. Debía haber envenenado a su marido, como él hizo con Hugo.

Hugo era mi perro, no mi marido.

Diente por diente. ¿O era Ojo por ojo?

Esa noche, lo recuerdo perfectamente, estaba muy feliz. Muy feliz. La felicidad son eso: momentos felices. Y el mío, fue esa noche.

Llamaron a la puerta. El viento mecía mis cabellos, tenía los ojos cerrados dirigidos al cielo empañado por un manto inabarcable de nubes. Parecía que la noche acabaría en tormenta. Sí, efectivamente, a lo lejos pude escuchar un trueno. O eso me pareció. O era premonición, la tormenta de la vida.

Volvieron a llamar. Muy fuerte. Parecían enfadados ahí fuera. Recuerdo que pensé: ¡Qué pesados!

Tuve que dejar de sentir esa sensación plena de felicidad. Y me fui a la puerta. Por la ventana entraba el reflejo de las sirenas azules del coche de policía. Seguro que era Gregorio. A lo mejor venía también Kike. Los dos me odiaban. Lo sabía.

Cogí la pistola del aparador y disparé todo el cargador a través de la puerta. Se hizo el silencio. Pensé que era una bobada tener una mínima esperanza de que ellos estuvieran tan campantes frente a la puerta de un hombre al que odian y del que piensan cosas infames. Ellos eran profesionales y además veían la televisión, y eso se veía en las series de policías: uno a cada lado de la puerta y así, si disparan, pues las balas pasan de largo.

Abrí la puerta despacio, esperando chocarme con sus cuerpos. “No hay que mover los cuerpos”. “No toques nada, Borj”, como en la tele.

Pero no había nada. Ni un cuerpo. Ni nada.

Me volví a mirar la puerta y los agujeros que había hecho con las balas, no estaban. Volví a girarme y… buscaba el coche y sus sirenas azules, pero ya no estaba… “Si yo vi el reflejo de las sirenas”.

– Buenas noches Borj. Parece que va a llover.

Sonreí como pude, intentando que no se notara nada mi estupor ante la falta de cadáveres en la puerta.

– Va a ser terrorífico. ¿Has oído el trueno de hace un rato?

– Si tienes miedo te vienes a casa. Yo te abrazo.

Pedro se había parado frente a la cancela del jardín. Yo lo miraba desde el porche. Se me habían levantado las cejas de la sorpresa. Los nervios me agarrotaban mi en otras ocasiones rápida respuesta. Rápida y original. Pedro, una vez descartado el DiCaprio por razones obvias, siempre había sido mi primera opción de enamoramiento. Lo miré procurando disimular mi estupor y con la pretensión de estudiar sus gestos, pero en lugar de su cara solo vi un enorme corazón de corchopan, rosa y latiendo a todo meter.

– Abrázame.

Lo dije de sopetón, se me escapó como si… como un eructo, vaya. Casi me atraganto.

Él saltó la verja de mi jardín con agilidad, y con su cara convertida en un corazón. Eso ya lo he dicho, pero es que era sorprendente, y me parece importante remarcarlo. Y ahora tenía como un ribete de encaje rodeándolo. Y sus brazos me rodearon y su cara se apoyó en mi hombro y yo apoyé mi cabeza en el suyo y de repente, a ese corazón a modo de cabeza le salió una boca y unos labios y se posaron en los míos y nos besamos y la vida es maravillosa y yo tenía granas de gritar “Soy el rey del mundo”, a lo DiCaprio, pero con Peter en mis brazos y la vida es maravillosa y soy feliz…

Fue una noche maravillosa. Los detalles se me pasan. Fue hace muchos años, demasiados. Fue difícil. Pero mereció la pena.

Lo que sentí. Eso es lo importante.

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