Una noche de San Juan.

Podía ver el reflejo de las hogueras a través del cristal. Su crepitar refulgía de cristal en cristal a lo largo de la calle hasta que llegaba difuminado al suyo.

Pilar.

Otra noche de San Juan. Recordaba aquellas de su juventud en la que los abuelos organizaban en el jardín de su casa, en el pueblo, una enorme hoguera.

– Lo viejo, hay que quemar lo viejo.

– Menos a los abuelos – apuntaba la abuela socarrona.

Y todos reían. Y los abrazaban y los besaban. “Los abuelos no son viejos”, clamaban los nietos dispuestos a recibir sus dádivas generosas y agradecidas por el cariño recibido.

Los niños tienen buenos recuerdos de los abuelos, en general. No siempre son como los recordamos; algunas veces eran tan indeseables como el peor de los villanos de los culebrones de televisión. Los abuelos de Ángel eran así. Retorcidos, malos. Tacaños. Aunque su marido no tenía el mismo recuerdo:

– Qué van a ser así, Pilar. Lo que pasa es que no congeniaste con la abuela.

– Ni con tu madre. Las dos igualitas.

– Por favor, Pilar, no seas así. Yo quise mucho a mi abuela.

Y Pilar callaba. “Al menos no defiende a su madre”. “Tiene derecho a querer a su abuela; total, ya está muerta y no puede tocar los cojones a nadie”. “Su madre en cambio, está en plena forma tocapelotas”. Si su marido le pudiera escuchar pensar así, se lo recriminaría: “Luego dirás que tus hijos son unos malhablados”.

Sus hijos eran unos malhablados, todo sea dicho. Aunque Pilar no era consciente de que tuviera arte ni parte en esa deriva de sus descendientes. “Las compañías, los amigotes, esos malnacidos a los que sus padres deberían haber lavado la boca con lejía”.

Luego, la vida avanza, y quemamos otras cosas en las hogueras. Ya no es tan material, es más espiritual. Y quemas cosas como las traiciones, las amarguras, la mala suerte en la lotería, o incluso los males de amores. La desesperanza, la decepción.

Pilar se encoge sobre si misma envolviéndose en la toquilla que le regaló precisamente su abuela. Todavía siente que huele a ella, aunque eso era imposible. Siente frío aunque hace mucho calor. La noche es veraniega.

La última semana ha sido especialmente dura. El jueves tuvieron que parar la quimio. No la soportaba más. Era como morir en una sala de tortura en la que se habían reunido los mejores maestros del ramo y todos y cada uno se había hecho cargo de una parte de su cuerpo. “El de la cabeza, ese es un puto crack”. Una gota cayendo en el mismo punto en la cabeza. Otra gota cayendo en un vaso. Choff. Choff. Choff. Una y otra vez. A un ritmo uniforme. Aunque te taparas los oídos, el “choff” penetraba en tu cabeza. Y la gota cayendo en la nuca. Choff. Desgarrada por dentro, informe por fuera. Cada choff era una muesca más en el avance de la rueda dentada del dolor y el malestar. Choff, choff.

– Ya no tengo forma humana – se quejaba a su marido amargamente por la noche, al acostarse. Él se acercaba a ella despacio, sonriendo, de esa forma que tiene él y que solo emplea con ella. Bueno, también lo hizo con Luis, pero esa es otra historia y aquello duró un par de meses. O eso piensa Pilar. Y fue hace mucho tiempo. O eso cree Pilar. Luego se dedicó a ella, solo a ella. Sonreía y le decía:

– A mí me gustas mucho. Hagamos el amor, mi vida.

Tenía que tener cuidado con lo que decía a su mujer. No podía decir “Estás guapísima”, porque ella lo negaría al hacer una afirmación racional. Siempre debía tener cuidado de mostrar sus opiniones, cosa que no podía rebatir con la razón y la evidencia como armas. Debía darla todo su amor, pero sin que sonara a obligación, a que lo hacía por pena, por animarla. Pilar era muy orgullosa, muy dura, y nada de “esas monsergas” iban con ella.

Esa misma noche era una muestra de su dureza. Les había echado a todos de casa para que fueran a la hoguera. Ángel no quería, ni los chicos, pero al final tuvieron que claudicar.

– Como todos los años, no sé que hay de diferente. Id y divertiros.

Loren le fue a replicar, pero una mirada de su padre le contuvo. Miró a su madre de refilón. Hubiera querido acercarse y abrazarla, pero sabía que eso la alteraría. Hacía ya unos años que no prodigaba esos afectos. Ahora se arrepentía, porque sabía que a ella le gustaría, y sentía que a él le calmaría el ardor permanente que recorría cada célula de su cuerpo. Ardor de necesidad del roce de la piel de su madre, necesidad de sentir que puede hacer algo por ella. Le diría tantas cosas, haría tantas cosas con ella… por ella, para ella…

– Cabezota la puñetera…

Casi en el mismo instante que habían salido por la puerta, Pilar se había arrepentido. Si hubiera tenido una miaja de fuerza, les hubiera seguido. Aunque se hubiera tenido que colgar del brazo de Ángel, o del brazo de Loren o de Gonzalo, los dos pequeños, los que estaban en casa. “Pequeños y me sacan dos cabezas, los jodidos”. Dieciocho y veinte. “Me hacen tan mayor…” Pero no tenía esa miaja de fuerzas y se mordió el orgullo y permaneció sentada frente a la ventana, esperándoles, echándoles de menos. Porque sí, los necesitaba, necesitaba su amor, su compañía, sentirles, poder echarles la bronca, poder… todo. Eran su vida. Ni su profesión, ni su trabajo, ni nada de todo lo que le había gustado en la vida era comparable a sus hijos, a su marido. Sentía que hacía un tiempo les perdió. Los mayores se fueron a sus cosas, sus carreras, sus nuevas familias. Estaban pero no era lo mismo. Con los mayores además fue otra cosa. Era difícil de explicar.

Tres pequeñas sombras rompieron el juego de sombras del fuego, al principio de la calle. Acababan de girar por la esquina tres de sus amores. Volvían con los hombros caídos, sin apenas hablar. Loren venía como encogido y Gonzalo parecía darle masaje en los hombros.

– Mi pequeño sufre.

Es jodido tener que reconocer que nada importaba ya más que la salud. Que todo lo que en los cuarenta y tantos años anteriores había quemado en la hoguera con tanta intensidad, ahora eran futilidades sin sentido.

– A partir de ahora solo quemaré el dolor, joder…

Volvió a encogerse y a cerrar los ojos. Se concentraba en los focos del suplicio con la intención de aislarlos y sofocarlos. Escuchó los pasos de sus chicos por el camino de grava. Luego llegó el sonido del llavero de Ángel. La llave en la cerradura. Pilar respiró hondo, hizo un supremo esfuerzo y abrió los ojos a la vez que sonrió lo mejor que pudo, justo a tiempo de mostrarles su mejor cara. No supo bien como lo consiguió pero incluso tuvo fuerzas para decir en un tono que le pareció hasta feliz:

– Qué bien, habéis quemado mis dolores en la hoguera, estoy mucho mejor.

Era mentira y todos lo sabían, pero quizás el hecho de haberla dicho, era una buena señal. Eso quisieron pensar.

– Ven, Lor, ven que te doy un masaje en las cervicales, que tu hermano no sabe. Os he visto por la ventana.

– Pero mamá, si… no es nada… si…

Fuera lo que fuera lo que iba a decir, la patada que le soltó su hermano hizo que se lo tragara. Loren se acercó con la cabeza gacha y se sentó delante de su madre. Ella se incorporó un poco y empezó a masajear los hombros de su hijo.

– ¿A qué ya estás mejor?

El chico fue a contestar pero apenas podía articular un sonido que se pareciera a algo parecido a una palabra, fuera en el idioma que fuera. La congoja acumulada desde que su madre los reunió hacía ya unos meses para comunicarles que estaba enferma, pero que iba a luchar y bla, bla, bla, “No os preocupéis, todo saldré bien”, había estallado esa noche de hogueras. Y esos dedos, los de su madre, esos que tantas veces, de pequeño, habían hecho eso mismo, esos masajes relajantes que le daban la vida, había vuelto a hacer el milagro de hacerlo sentir bien, de conseguir que su dolor despareciera, que la rigidez se disipara sin demora.

Pilar se agachó un poco más y sin dejar de acariciar el cuello de su hijo, le dio un beso en la coronilla. Y ese beso bastó para que los dos empezaran a llorar, juntos.

Gonzalo y su padre, sin decir nada, con los ojos acuosos también, se fueron camino de la cocina. Parecía que esa noche de San Juan, en la casa de los Uriarte, el fuego se había transformado en agua sanadora y milagrosa. Agua de lágrima, muchas veces, el mejor remedio para el dolor y la necesidad de amor.

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2 pensamientos en “Una noche de San Juan.

  1. Uff que historia más triste…me ha gustado el personaje tan fuerte de la madre ( que es que las madres siempre parecen ser así y acostumbran a anteponer todo lo que concierne a su familia a ellas mismas ) y también me gustó esa imagen que es el amor maternal, que casi siempre tardamos demasiado en darnos cuenta de que es un bien con duración limitada y ni lo disfrutamos lo suficiente ni hacemos lo posible por revertirles mientras ellas están con nosotros.
    Ya he visto que te gusta escribir ¡hasta escribiste una novela!…entonces no hará falta que te diga que lo haces muy bien, ¿verdad?
    Abrazos y ¡feliz semana!

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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