Salvarlo por última vez.

Por primera vez en su vida se encontraba sin fuerzas para luchar. Había agotado todo su ánimo, su alegría, su empuje. Su determinación.

Martín dormitaba en la cama. Tenía cogida su mano entre las suyas.

Luis se llevó la mano a su boca y la besó suavemente. Notó como Martín suspiraba aliviado en algún lugar de los sueños artificiales provocados por la medicación.

Entraron las auxiliares y celadores. Era la hora de cambiar la cama, de asearlo. Y entró también Isabel, la enfermera.

– Vaya a tomar un café, D. Luis. Nosotras cuidaremos de él. Estamos aquí, Martín, las guerreras de la planta 7ª.

La enfermera le apretó el brazo aunque sabía que no le contestaría. De alguna forma también sabía que lo estaba oyendo todo. Luis soltó la mano con cuidado, despacio. No sería la primera vez que lo apretaba desesperado para que no se fuera de su lado. Dio un beso a su hijo, lo miró durante unos segundos para asegurarse de que se quedaba tranquilo, y salió cabizbajo de la habitación camino de la cafetería.

– Debería irse a casa un rato, ducharse y echarse en la cama.

Luis se giró para enfrentarse a la enfermera.

– No puedo dejarlo solo tanto tiempo.

– Esta tarde me quedo yo. – propuso decidida Isabel.

– Pero…

– Es mi tiempo libre y puedo gastarlo como quiera. Martín me tiene cariño, lo noto. Le dejará irse un rato a casa si estoy yo aquí.

– No…

– Hágame caso, le vendrá bien dormir. Si no, cuando lo necesite de verdad dentro de unos días, no tendra fuerzas y no podrá ayudarlo.

A Luis no le apetecía discutir con la enfermera. Era una mujer muy agradable que se había preocupado especialmente por Martín casi desde el primer día que lo ingresaron. Y éste se lo había agradecido dándole un poco de confianza. Era raro porque su hijo no se abría fácilmente con la gente, sobre todo con la gente mayor. Su vida había sido muy complicada. 16 años que valían por 90.

Luis se pidió un café con leche. De repente se dio cuenta que llevaba casi dos días sin comer nada. Y sintió hambre. Se pidió un bocadillo de lomo con pimientos. Era el bocata preferido de Martín. Casi todas las semanas hacían en casa un día del bocata. Ese día se sentaban en la terraza debajo de la sombrilla, con una Coca Cola de 2 litros, y un enorme bocata con mucho relleno. “Con chicha”, como decía Virginia, la mujer que iba a hacer la limpieza. Y muchas patatas fritas. Y luego una enorme tarrina de helado de yogur.

– ¡Guay!

Le pegó el primer mordisco al bocadillo. Masticó despacio. Pensaba. Recordaba. 8 años atrás. Luis todavía trabajaba. Era un matón a sueldo que se dedicaba a trabajar para el mejor postor. Era bueno en lo suyo, así que cobraba bien. Pero aquel día del mes de mayo de 2007, algo se rebeló en su conciencia y no pudo seguir con su misión. Cubría las espaldas a una organización que se dedicaba al tráfico de niños. No eran niños para adoptarlos, ni siquiera eran niños para usarlos como juguetes sexuales. Su misión eran salvar la vida a personas pudientes que necesitaban un trasplante. Niños condenados a morir muchos de ellos, dependiendo del órgano que necesitaran.

Martín era uno de esos niños. Intentó escaparse. Los que se ocupaban de los chavales lo persiguieron. El chico acabó escondiéndose en el lugar en donde Luis estaba vigilando que nadie ajeno se metiera dónde no le llamaban. Éste le apuntó con su arma y fue a llamar a sus colegas. Pero se cruzó con la mirada del niño y dejó en suspenso el teléfono a medio camino hacia su oreja. El caso es que en dos minutos lo organizó todo para que el niño pareciera que había muerto huyendo. Hizo varios disparos y tiró una gran piedra al agua desde el acantilado. Había mucha marea así que no pareció extraño que no pudieran ver el cuerpo.

A sus jefes no les gustó. El niño no valía nada muerto.

– Había que cogerlo, no matarlo – le gritó acaloradamente uno de los jefes.

– Si hubiera escapado lo hubiera contado todo. Era peligroso – contestó él secamente.

El jefe lo miró atravesado, aunque no se atrevió a replicarle porque en el fondo pensaba que tenía algo de razón.

Luis se lo llevó a su casa y a partir de ese día se convirtió en su hijo. Arregló los papeles para que asi fuera a todos los efectos. Gente que le debía favores se encargaron del tema.

Esa fue la primera vez que lo salvó.

Dos años después, apareció en su casa uno de los tipo que cuidaban a los niños aquella noche. Le había buscado porque no se creyó su historia. Llamó a la puerta y fue Martín el que la abrió. El hombre sonrió. Martín lo reconoció y se meó encima. Luis lo hizo pasar a la casa. El hombre llevaba una imagen del chico: la fotografía del expediente que le hicieron en la organización.

– ¿A que se parecen? – El hombre intentó hacer una mueca como habría visto a algún malo de la televisión.

– Un millón de euros, si no, el niño estará muerto en una semana. Sabes como se las gastan los Huidobro. Y no sabes el trastorno que les hizo la “muerte” del chico. Quedaron muy mal con un pez muy gordo.

Fue su último gesto, sus últimas palabras. El chantajista ni se enteró. Alternaba su mirada entre el chico y su charco de orín y Luis. La mano de éste fue rápida rajándole el cuello con un cuchillo que siempre llevaba en la cintura. Martín miró al hombre desangrándose en el suelo. Se agarró a la cintura de Luis y se apretó fuerte, fuerte.

A los pocos meses, aparecieron otros con las mismas intenciones. Martín ya tenía 12 años. Estaba dando un estirón espectacular. Era un chico fuerte, con decisión, muy callado y desconfiado con los adultos. Estaba en la terraza mirando la calle y se fijó en ellos cuando salían del coche. Luis también se había fijado cuando volvió de la compra y los vio en el auto, esperando. Se hizo el loco y entró en casa.

– Ya estoy en casa – gritó a Martín. – No bajes en un rato ¿Vale?

– Vale.

Los acontecimientos se precipitaron. Tres de los hombres llamaron a la puerta. Luis los dejó pasar y cerró. En cuanto lo hizo, los tres sujetos se abalanzaron contra él. A uno lo mató con su cuchillo, a otro le rompió el cuello, al tercero lo disparó con su pistola. Pero el cuarto entró por detrás y lo sorprendió. Le dio un golpe en la cabeza con la culata de su arma. Luis cayó al suelo medio aturdido. El atacante apuntó su arma. Ese momento de duda o de regodearse en su triunfo, fue fatal para él. Martín había bajado la escalera en silencio. Había cogido el arma que siempre tenía en su habitación y que Luis le había enseñado a utilizar. Y eso hizo. Apuntó a la rodilla. Disparó. El hombre se tambaleó sorprendido. Fue a dispararle, pero Martín volvió a disparar a la muñeca que tenía la pistola.

– No Martín, no.

Luis no quería que siguiera. No quería que lo matara. No quería que traspasara esa línea, al menos mientras él pudiera hacerlo por él. Y menos de la forma que lo estaba haciendo. El asaltante miraba al chico con los ojos muy abiertos. Luis observaba todo también con estupor. No por lo que pasaba sino por la mirada de odio controlado, de decisión, que vio en el chico.

– Ya tengo edad para defenderme solo. – dijo con voz monocorde sin perder de vista al hombre.

– No, Martín, no tienes edad. Eres un niño.

– Dejé de serlo la primera vez que me violaron. Me convertí en un viejo cuando quisieron matarme para sacarme el corazón para dárselo a otro.

– Martín – suplicó Luis, incorporándose todavía con la cabeza un poco aturullada.

El asaltante pensó que era un buen momento para intentar algo. Sacó otro arma de uno de los bolsillos con la mano que tenía sana. Martín no dudó y disparó con acierto solo un tiro, que entró por el ojo izquierdo del malhechor. Fin de la historia.

Luis seguía en la cafetería del hospital. Cerró los ojos para intentar quitar de su mente la imagen de Martín disparando y la aparente impasibilidad que este hecho había provocado en el chico. Con su café ya frío y su bocadillo con apenas un par de mordiscos. Y la mirada triste y sin luz perdida hacia ningún sitio. Volvió a concentrarse en el bocadillo y retomó el almuerzo. Debía estar fuerte para poder ayudar a Martín en la operación.

Notó vibrar su teléfono en el bolsillo. Era un wasap de la enfermera:

Martín acaba de despertar”.

Luis corrió hacia la habitación. Cuando estaba en la puerta de la misma, se paró un segundo. Agitó su cuerpo para que cayeran de sus hombros el pesar y la tristeza, enfundó en su cara el mejor gesto de serenidad y ánimo, y entró con paso decidido.

Se quedó mirándolo unos instantes. Había crecido mucho. Eran ya 8 años con él. Seguía siendo un chico distinto, con un cierto aire permanentemente melancólico. Con una mirada dura hacia los demás, salvo a él. Desconfiado y retraído. Pero con mucha necesidad de querer a alguien y de sentirse querido.

Se acercó al chico y le besó repetidamente en la frente.

– Hueles a bocadillo de lomo con pimientos – le dijo con sorpresa.

– Me acabo de trapiñar uno en la cafetería.

– Pero si no te gusta.

– La costumbre de pedirlo para ti, enano.

– Ya soy más alto que tú.

– Eso habrá que verlo – le discutió Luis, aunque sabía que ahora sí sería ya más alto que él. – ¿Cómo estás?

– Vivo. – dijo rotundo, aunque Luis percibió que iba a decir algo más– de momento.

– Cumplirás 90 años al menos. Ya lo verás.

– Ya he cumplido 8 más que los que me tocaban. Y te lo debo a ti, papá.

Normalmente no le llamaba papá. Cuando lo hacía, lo hacía con tanto sentimiento, que casi siempre conseguía emocionar a Luis. Esa vez no fue una excepción.

– Vamos a poder con esto, Martín. No sé por qué dices estas cosas ahora.

– Porque he estado pensando mientras dormía y quería decirte que te quiero, que te lo debo todo. No te lo he dicho casi.

– Yo también te quiero. Y estoy aquí, junto a ti, y no te dejaré y todo va a salir bien, ya lo verás.

Luis se sentó en la cama, al lado del chico. Rodeó su mano con las suyas, con cuidado para no soltar las vías. Martín puso su otra mano sobre las de su padre. Por primera vez desde que en la consulta del médico les anunciaran la enfermedad, tenían la sensación de que iban a poder con este nuevo reto.

Luis volvió a inclinarse y besó repetidamente la mejilla de Martín.

– Te quiero, enano.

– Yo también te quiero, papá.

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