Un chico y bola de cristal.

Anacleto tiene un don: puede ver el futuro. Tiene una bola de cristal en la que, si se concentra y pone las manos sobre ella, se ilumina y puede ver imágenes.

Nunca ha intentado ver su futuro. Pero Hoy es distinto. Lo necesita.

La noche anterior, había estado con Lucio. Había sido una noche de sexo intenso. Aunque por alguna causa, las imágenes que le venían cuando deseaba rememorándola, eran muy difusas. Y solo habían pasado unas horas.

Creía haber disfrutado, incluso haber tenido los ojos cerrados mientras se la comía, para poder aprehender todas las sensaciones del momento. Creía haber recorrido su cuerpo milímetro a milímetro con su lengua. Creía haberse besado con pasión con él, de una forma  obsesiva. apremiante, sin poder separar sus labios. Sentir sus miembros palpitar, uno dentro del otro y viceversa. Disfrutando al máximo de cada instante. Debían ser unas imágenes indelebles, perdurables, gratificantes.

Pero hoy, la mañana siguiente, su recuerdo eran imágenes difusas; y eran seguidas por otras.

Se sentía encadenado, atado de pies y manos. Con la cabeza gacha, sin sentir nada, solo esperando los designios de Lucio. No lo entendía.

Ni un paseo por el campo con las primeras luces de la mañana logró quitarle esa sensación de ser un prisionero.

Su aspecto dulce y sosegado parecía esconder una forma de ser que le haría daño. O eso parecía decirle sus instintos. Una parte de ellos, porque la otra estaban enganchados a su cuerpo, a un “noséqué” que emanaba de él. El primer instinto quería alejarse de él sin mirar atrás, y la otra quería quedarse colgado de su miembro y de su aura, sin determinar el orden del cuelgue.

Se concentró y miró la bola. Buscó a Lucio, pero… no lograba verlo. Solo lograba verse a si mismo atado y a merced de él. Sin voluntad, doblegado a sus deseos. Renunciando a lo que es, a sus amigos, a su familia.

Su corazón empezó a latir desbocado. Le faltaba el aire. Parecía que le iba a dar un ataque al corazón. Esas visiones le habían alterado sobremanera.

Apartó las manos de la bola de cristal e intentó recuperar la calma. Cerró los ojos y se imaginó en una playa desierta, con sus palmeras, paseando por el agua, con las olas robando la arena bajo sus pies.

En ese momento, recibió un mensaje. Era Lucio. Lo invitaba a tener una tarde de sexo.

“Ha sido la hostia, ven.”

“Ven”. En ese momento, lo tuvo claro.

Aunque Lucio le ponía cachondo desde el mismo momento en que lo conoció, no le merecía la pena.

“Bye”.

Y apagó el móvil. Cogió las llaves del coche, un bañador y una toalla y puso rumbo a la playa.

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