Él vigilaba sus sueños.

Abrió despacio los ojos. Intentó controlar la respiración. De nuevo, había tenido la misma pesadilla que en los últimos meses. Día sí y día también, por la noche, en su habitación, cuando dormía, aparecía en la cabecera de su cama un hombre que lo miraba dormir. El hombre estaba desnudo. Lo observaba con mirada penetrante. Se sentía él también desnudo, pero de una forma que iba más allá de la mera ropa sobre el cuerpo. El pijama no era obstáculo para los ojos de ese hombre. Ni siquiera su piel. Ni siquiera los ojos cerrados o la mente vacía. Nuño sabía que ese hombre estaba dentro de él, que hurgaba en sus miedos, en sus deseos…

Un día incluso llegó a sentir que ese hombre recorría cada centímetro de su piel con un dedo. Él intentaba hacerse el dormido y apenas respiraba. Intentaba abrir los ojos, despertarse, pero no lo conseguía. Solo cuando el hombre se retiro de la vera de su lecho y volvió a su trono en la cabecera, un poco elevado, eso sí, él consiguió abrir los ojos y empezar a respirar caóticamente. Casi se ahoga… estuvo tosiendo un buen rato para recuperar el aliento. Las lágrimas le atosigaban cayendo a raudales por sus mejillas y la vida parecía que no tenía sentido.

– Joder – exclamó entre indignado y estupefacto.

Su pantalón estaba pegajoso a la altura de la bragueta. Se había corrido en sueños. Desde los quince años no le había ocurrido eso. Y ya iba para los treinta y alguno. El alguno era un secreto para muchos. No llevaba bien el paso del tiempo. Ni de la vida. No llevaba bien nada, en realidad. Y ese hombre vigilando sus sueños, no ayudaba. No lograba dormir en condiciones. Y eso empezaba a pasarle factura en su trabajo, en su aspecto. Había avejentado en pocos meses al menos cinco años. Se lo vio en la cara a Jimena, la amiga de su madre. Siempre le había demostrado mucho cariño y cuando se encontraron en la calle, no pudo disimular su gesto de preocupación al verlo.

– ¿Estás bien, Nuño, cariño?

Cinco veces lo preguntó en el breve espacio de tiempo de tres minutos y cuarenta y siete segundos que estuvieron hablando. “Seguro que llama a mi madre”.

Llamó a su madre que a su vez, le llamó a él.

– Vienes a comer el domingo.

No admitió réplica. Y fue.

Y comieron y su madre le puso su comida preferida y eso que a su padre no le gustaba nada. Lasaña de verduras de primero y pollo asado con patatas asadas.

– Odio la lasaña – dijo con poco tacto. Pero nadie le hizo caso. Nunca le hacía caso nadie, porque era un hombre que permanentemente estaba enfurruñado. Solo su mujer lograba llevarlo. Los demás lo ignoraban, so pena de acabar discutiendo a voces.

Ese día, durmió la siesta. Y no se presentó el hombre de la cabecera de la cama. A lo mejor ayudó que no estaba en una cama, sino en la butaca del salón de sus padres.

En la merienda, su madre le despertó suavemente.

– Tenemos visita. Es Eduardo, el veterinario del pueblo. ¿Te acuerdas de él?

No, no se acordaba de él.

– Sí, si te pasabas el día con él. Y ya eras mayor. Hasta segundo de la universidad ibas siempre que podías al pueblo para acompañarlo en sus visitas. Lo raro es que no estudiaras veterinaria. Siempre me extrañó.

Pero Nuño no se acordaba de él. Hasta que abrió al puerta y lo vio. Su cara fue un poema. Su madre lo miró extrañada, pero no le hizo demasiado caso. El veterinario del pueblo, Eduardo, se llama, lo miró sonriente. Él con los ojos como platos, el pulso acelerado y su miembro un poco alegre.

Eduardo lo abrazó. Al principio Nuño se puso un poco estirado, pero al final acabó fundiéndose con el veterinario.

– De repente desapareciste. Los animales me preguntaban por ti.

– Ah.

– ¿Por qué me vigilas por las noches? – preguntó de repente. – Eres tú el que me vigilas desnudo.

El silencio se hizo con la situación. Era denso, lo llenaba todo. Su madre los miraba alternativamente, y su padre ponía caras de hastío, y su hermano Evaristo silbaba mirando por la ventana. Ese veterinario era el hombre que lo vigilaba por las noches. El hombre que estaba desnudo, que un día lo acarició de arriba a abajo y provocó que se corriera en sueños. Y aunque no recordaba el orgasmo, sentía que había sido uno de los mejores de su vida. No recordaba ningún otro orgasmo.

Volvió a despertarse exaltado. Miró a su alrededor buscando a su madre, a su hermano el silbador, a su padre el enfurruñado. Pero no estaban. Miró detenidamente la estancia y comprobó que no estaba en casa de sus padres, sino en la suya.

Ya no era como esos otros días que lo hacía sudoroso pero con calma. Se incorporó de un salto y fue directo al cuarto de baño. Se miró en el espejo, los ojos vidriosos y el cuerpo lleno de sudor. Se sentía nervioso, alterado. Se palpó su miembro buscando restos de semen, o de algo, pero no encontró nada. Si acaso que estaba un poco excitado, pero eso era normal por las mañanas.

Le angustiaba tomar una decisión. Pero había llegado el momento. Eso, o su vida carecería de sentido. Ahora lo veía claro. Ocho años había tardado en darse cuenta. “Otros no lo consiguen en toda una vida”, se consoló.

Se metió en la ducha y se vistió rápidamente. Cogió el coche y se fue al pueblo. Aparcó delante de la consulta y entró sin llamar. Eduardo estaba sentado detrás de la mesa, rellenando algunos informes, o eso aparentaba. Nuño sabía que en realidad estaba disimulando porque lo estaba esperando. Llevaba muchos años esperando. Dio la vuelta a la mesa y le obligó a levantarse. Le quitó la bata, el jersey de cuello vuelto que llevaba, la camisa, le desabrochó los pantalones, le bajó los calzoncillos y cuando lo tuvo desnudo, lo miró de arriba a abajo.

– Joder. Eres tú.

No se le ocurrió decir nada más. Eduardo lo miraba sin decir nada, sin hacer ningún gesto.

– Has tardado 8 años en hacer algo.

– Podías haber hecho algo por animarme.

Nuño creyó notar una ligera sonrisa en su cara. Pero no lo podría jurar.

– Era tu parte del trato. Debías venir y declararte.

No contestó. Solo se acercó a él y besó su boca.

– ¿Contento? – dijo al cabo de un rato justo antes de saborear en sus labios los restos del beso.

– Pssssss.

Volvió a besarle.

– Tienes el armario preparado para tus cosas. 8 años lleva preparado.

Nuño sonrió.

– Voy a subir a dormir un rato, tengo mucho sueño. ¿Velarás mi sueño?

– ¿No lo he hecho siempre? – contestó haciéndose el medio ofendido a la vez que le guiñaba un ojo.

 

Anuncios

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s