La carrera de Romeo, el actor.

Romeo se sentía un perdedor. Y eso que había alcanzado su sueño. Tenía apenas 15 años cuando decidió que sería actor. “Actor”. Se le llenaba la boca con esas dos sílabas. “Actor”.

Y lo consiguió al poco.

Convenció a su madre para que lo llevara a los castings. Eso le costó el divorcio, porque su marido no estaba de acuerdo con eso. No estaba de acuerdo con que “el chico vaya de puerta en puerta vendiendo su cuerpo”; “no vende su cuerpo”; “No seas ingenua, Hilda, tú lo sabes mejor que nadie”. “Si quiere ser actor, que estudie, se prepare y poco a poco vaya haciéndose una carrera”. “Así no son las cosas en ese mundo”. “Hilda, no estoy de acuerdo; estás proyectando tus frustraciones en tu hijo, llevándolo de casting en casting medio desnudo. Tiene 15 años”. “Eso es un golpe bajo; y no va medio desnudo, no seas carca”. “Hilda, no lleves a tu mismo abismo a tu hijo, recuerda lo que te costó salir de ahí, Hilda, por favor.” “¡Deja de repetir mi nombre, cabrón. Eso ha sido bajo, bajo”.

Pero su madre no dio su brazo a torcer. Y eso fue la excusa para que su marido pidiera el divorcio. La carrera de Romeo no fue la causa, pero si fue el acicate que precisaba. Hacía tiempo que su matrimonio se había acabado aunque ninguno quería darle la puntilla.

Romeo se sintió triunfante. Nunca había congeniado con su padre. Él siempre le ponía pegas a todo, le decía que no estaba enfocando su vida adecuadamente. “Como si él lo hubiera hecho, no te jode”. Lo miraba de reojo mientras comían todos juntos, que era el único momento en que solían coincidir. Lo miraba con asco, intentando penetrar en su mente y dilucidar si es que su padre era así de imbécil o solo lo odiaba. Él si odiaba a su padre. Éste no miraba a su hijo porque sentía ese odio y no quería verlo. “Ojos que no ven…”.

La familia se dividió en dos. Todos eran mayores ya, así que decidieron. Sus hermanos Juan y Rubén se fueron con su padre y él se quedó con su madre. Todos contentos. Ni sus hermanos quisieron saber nada de su madre ni él, por supuesto, quiso saber nada de su padre.

Tras algunos intentos en algunas pruebas para películas, un día la cosa cambió. Isabel Higueras, una de las directoras de reparto más reputadas cogió al chico para la segunda temporada de una serie de televisión: “Tómate otra, Sam”. Su papel fue cogiendo relevancia, como el novio del sobrino del protagonista. Le llamaron para otros papeles episódicos en otras series y para una película basada en una novela de éxito: “deSergio”. Carrera meteórica.

El dinero fue haciendo crecer su cuenta corriente. Todo el mundo quería a Romeo Polter. Las fans lo perseguían por los pasillos de los hoteles, su teléfono no dejaba de sonar: amigas y amigos reclamándolo para sus fiestas. Su 19 cumpleaños lo celebró en la entrega de los Goyas: su papel en “deSergio” le llevó a hacerse con el Goya al “mejor actor revelación”. Y al año siguiente, lo recibió como “mejor actor principal” por su increíble interpretación del papel de “Hugo Gómez” de la película “Muchachito”, un joven roto por la ansiedad en busca del éxito a todo tren, compitiendo consigo mismo, destruyendo mucho de lo que tocaba y de paso, destruyéndose. ¿Premonitorio?

Han pasado dos años desde entonces. De su siguiente trabajo lo despidieron. La ansiedad le empezaba a superar, pero su madre le convencía una y otra vez de que todo iba bien. Del siguiente trabajo no lo despidieron, pero fue un sonoro fracaso. Romeo no encontró el tono del papel en toda la película. La crítica empezaba a preguntarse si el éxito de Romeo había sido solo un espejismo. Alguien en que todos veían a un actor con posibilidades de triunfar en América, de repente… ¡bluff!

Romeo empezó a encerrarse en sí mismo. Notaba que la gente no le miraba igual por la calle. Ya no le pedían tantos autógrafos y si se fijaba, podía ver algunas miradas burlonas. Su cama seguía estando llena, si lo quería. Porque él seguía siendo muy atractivo. Pero ya no era lo mismo. El teléfono sonaba menos. Aunque no era una cuestión tanto de cantidad, como de calidad.

Su madre le insistía en que aceptara esas invitaciones a fiestas para seguir cobrando, pero Romeo no quería eso. Él quería ser actor. Su madre a sus espaldas, empezó a rechazar los proyectos que todavía seguían llegando a su mesa. Hasta que un día ella misma recibió una propuesta para retomar su carrera frustrada y decidió abandonar a su hijo a su suerte.

– No puedo perder este tren – le dijo una tarde de lunes sin mirarle a la cara y sin dejarle otras opciones.

Hoy, Romeo está en medio de la acera en la que hasta hacía un par de horas era su casa. Está sentado sobre una maleta y al lado de algunas pocas cajas de cartón que contienen todas las cosas que ha podido conservar después de que le embargaran todos sus bienes. Intentó volver a las fiestas aunque no le gustaran, pero ya fue tarde. Ha intentado llamar a algunos amigos, a su madre, pero… la cosa ya no funciona así. Ya nadie corre a coger el teléfono cuando aparece su nombre en la pantalla. En algunos de esos aparatos, incluso, ya no aparece su nombre, porque lo han borrado.

– ¡Romeo!

Se giró lentamente. Apenas reconoció a su padre y a sus hermanos. Hacía ya tanto tiempo que no los veía…

– ¡Papá! – exclamó avergonzado.

No supo que decir. Se había levantado al escuchar que lo llamaban, pero al comprobar quienes eran, se volvió a sentar desanimado. Después de todo lo que pasó hacía 7 años, después de cómo acabó todo en la familia, no podía esperar nada de ellos, más que vinieran a echarle en cara su olvido en sus años de triunfo, su desprecio y el odio a su padre, del que intuía que era plenamente consciente, aunque nunca se lo había dicho a la cara. Incluso una vez se hizo el despistado al cruzarse con Juan cuando llegaba a un hotel a la presentación de una de sus películas.

– Hemos venido a buscarte.

– No, si… estoy esperando…

Romeo balbuceaba. No tenía dónde ir, pero el poco orgullo que le quedaba le impedían rebajarse ahora y rendirse sin condiciones a su padre.

– Pues esperas en casa.

– Yo no tengo casa – respondió orgulloso.

– Pero nosotros sí. Así que vamos.

A su padre le salió un tono muy rotundo. No fue premeditado, pero ver a su hijo mediano derrengado sobre unas cajas de cartón en la calle, cuando hasta hacía unos meses se sentaba en el trono del orgullo patrio, le hacía sentirse triste, agobiado, rendido. No quería verle pasar por eso, no quería que le sacaran fotos y que alguno las subiera a Internet y se convirtiera en viral. Se dio cuenta inmediatamente de que esa actitud no iba a funcionar con Romeo, aunque estuviera desesperado. Se recriminó a sí mismo esa brusquedad que no pudo reprimir, más que nada por la urgencia de llevárselo de allí y evitarle una fama destructiva. Pero, y eso le pasaba solo con Romeo, no sabía muy bien como actuar con él, le desconcertaba. Había celebrado cada uno de sus triunfos en esos años, le había hecho sentirse orgulloso, feliz. Su frustración era que no lo había podido compartir con él. Lo había hecho en silencio, solo compartiéndolo con sus otros hijos y con algunos amigos íntimos.

– Por favor, Romeo. Ven a nuestra casa.

Se acercó titubeante mientras vigilaba que nadie lo reconociera y le sacara alguna foto. Se paró a pocos centímetros de él y, tras vacilar unos instantes, le puso la mano sobre el hombro. Sus hermanos se acercaron y también y le daban pequeños golpes de ánimo. “Vamos, tío, no te hagas de rogar”.

– No hago más que ver “Muchachito”, papá. Me siento guay al verlo. Estuve sembrao ahí. ¿Por qué no he sido capaz de …? Todo se fue a la mierda.

Su padre se encogió de hombros.

– A veces triunfar deprisa es un problema, Romeo. Vivir deprisa es un problema.

– Nadie me quiere, papá. Soy un perdedor.

– No digas eso, Romeo. Tienes 23 años y has llegado muy lejos. – se mantuvo en silencio unos instantes – Aquella chica, Jimena, parecía muy enamorada de ti.

– Se fue.

– ¿La quisiste tú?

La pregunta se quedó en el aire. Había una respuesta, pero Romeo no estaba preparado para decirla en voz alta. No había querido ni a Jimena ni a ninguna otra. No había querido a nadie desde que empezó a triunfar. Le sobraba todo el mundo.

Una chica que pasaba por allí le reconoció. Fue a sacarle una foto pero sus hermanos, con la disculpa de abrazarlo, le rodearon para taparlo. Y con esa excusa lo empujaron hacia el coche y lo metieron en él a empellones.

No se dijeron nada durante el camino a casa. Romeo se acurrucó en una esquina y solo miraba por la ventana. Veía pasar las calles, los árboles, la gente. Llegó a su habitación y se sentó en el suelo, con las piernas encogidas sobre su pecho. Su padre le dejó a su lado un paquete que alguien le había dado en una cafetería hacía un par de semanas.

– Para Romeo.

Él fue a explicarle que él no veía a su hijo, pero el hombre no le dejó oportunidad.

– Mejor sería que lo vaya a buscar. Le necesita. Y yo lo necesito a él.

Tan rápido como apareció, se fue.

– Rome, está la cena.

– No tengo hambre, Juan. Gracias.

– Rubén es un cocinero guay. Y quiere impresionarte. Molaría que le dijeras lo bien que lo hace.

– No… – fue a excusarse de nuevo, pero Juan no se movió de la puerta.

– Se lo debes un poco.

Le vino a la cabeza su imagen acelerando el paso y evitando encontrarse con su hermano. Y otra vez que lo vio a lo lejos y cambió de dirección. Juan se refería a otro sucedido, aunque intuyó que Romeo no sabía nada de eso.

Se sentaron a la mesa. Rubén estaba nervioso y no dejaba de parlotear.

– Yo prefiero una tortilla – dijo su padre para picarlo.

– No hay tortilla – le contestó rotundo Rubén – es una cena especial porque ha vuelto Romeo.

– Sigo prefiriendo una tortilla – le picó de nuevo su padre.

– Así no se puede progresar, con esa predisposición negativa, papá.

Romeo no tuvo que esforzarse por elogiar la cena que había preparado su hermano pequeño. Todo lo que comió le gustó y le pareció digno de cualquiera de los restaurantes de postín en los que había comido en su época de triunfos. Le hizo un comentario sobre presentarse a Master Chef, pero notó incomodidad en ellos, así que obvió el tema elogiando un postre que le estaba volviendo loco.

– Esto es una maravilla.

Rubén se relajó y se sentó a la mesa, feliz. De repente le había entrado un cansancio eufórico que le hizo quedarse dormido apoyado en la mesa. Su padre le despertó suavemente y le guió hasta su cama. A la vuelta, le volvió a dejar el paquete a Romeo.

– No creo que nadie me contrate – Romeo apartó suavemente el paquete.

– No sabes lo que es – se quejó su padre.

– Es un guión, papá. Serán esas mierdas que me ofrecían para que me desnudara y enseñara la polla, es lo único para lo que sirvo ya.

– A mí me ha gustado la historia. Y si te quedas así más contento, enseñas la polla.

“Una buena mañana para correr”.

– ¿Cual sería mi papel?

– Joan.

– No me van a contratar…

– Entonces le llamamos al director y le decimos que sí. Como no te van a coger…

– ¿Lo has leído tú?

– Sí.

– ¿Te ha gustado?

– Sí.

– ¿A pesar que me tengo que desnudar? Mercado de la carne y esas cosas…

Su padre se sonrió recordando lo que le dijo cuando quiso triunfar por la vía rápida.

– Sí – contestó rotundo sin abandonar la sonrisa.

– Pues llámalo y dile que sí.

– No, Romeo. Debes ser tú el que digas sí, porque te guste a ti, y le llames.

– Pero…

Romeo quería decirle a su padre que no tenía representante. Y que esas cosas de llamar no le gustaban.

– Puedes ser mi representante. – le propuso al final.

– ¿Y tu madre?

– La despedí. Se despidió ella, más bien.

– Yo no se nada de eso.

Él se sonrió.

– Como si ella supiera algo, no te jode.

– Romeo… – fue a recriminarle sus palabras, pero Romeo se adelantó y levantó la mano para pedir disculpas.

Pasó casi toda la noche leyendo el guión. Desde el de “Muchachito”, no había leído otro: su madre había decidido por él. Le gustó. Pero no creía que ningún productor pusiera dinero en esa película si él encabezaba el cartel. No tenía buena fama en el ramo. Ni apoyos, ni amigos.

Aunque estaría bien… era un personaje complejo y con muchos matices. Pero no… no le contratarían. Se fue quedando dormido…

Cuando su padre se levantó al servicio y lo vio en la butaca, con el manuscrito en el regazo, abierto por la mitad, se sonrió. “No todo está perdido”. Fue a por una manta y lo tapó. Apagó la luz.

– Papá, por favor, no la apagues. Tengo miedo a la oscuridad. La ansiedad…

La volvió a encender.

– Todo está bien hijo. No estás solo. Eso te debe quitar todos los miedos.

Sonrió. Romeo le devolvió la sonrisa, la suya triste. No acababa de creerse que eso funcionara.

– Gracias.

Tuvo ganas de agacharse y darle un beso en la frente. Pero no se atrevió. Todo había ido mucho mejor de lo que se esperaba. Los antecedentes de su relación no daban buenos presagios. Mejor dejar las muestras de afecto para más adelante, si las circunstancias lo propiciaban. Se giró despacio para regresar a su habitación.

– ¿Qué pasó con Rubén? – preguntó de repente.

Su padre se paró en la puerta.

– No sé a qué…

– Papá, Juan no me lo ha querido contar, pero algo pasó. No te hagas el loco.

– No tiene importancia… ya pasó.

– Papá, por favor.

– Le pedí a tu madre que fueras con él a las pruebas de Masterchef. Le hubieras dado tranquilidad… él siempre te ha admirado mucho, aunque se lo ha callado. Pero se lo noto. Y bueno, pensé que además, si ibas con él, podías abrirle algunas puertas… pero ella se negó. Dijo que no querías. Que eran bobadas y que Rubén nunca pasaría de la primera ronda de pruebas y que eso te iba a perjudicar.

Romeo intentó recordar alguna conversación con su madre al respecto. No recordó nada. Aunque no hubiera sido extraño que se hubiera negado, como aquellas veces que lo esquivó en la calle.

– Mañana hablaré con él.

– No importa.

Romeo volvió a cerrar los ojos y siguió descansando. Soñaba con Joan y su personaje, como lo enfocaría, como lo haría… al final acabaría enseñando la polla… pero por esa historia merecía la pena. Aunque no… nadie le contrataría. El director debería cambiar de actor. Fijo.

Y en algún momento de la historia de Joan, se le coló una escena acompañando a Rubén al próximo casting de MasterChef. Incluso se imagino haciendo de ayudante suyo, cocinando sin camiseta, por supuesto. “Eso dará audiencia”. Y se sonrió.

Anuncios

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s