La media maratón.

Fue un día como otro cualquiera. Un día nublado, con buena temperatura, gente en la calle, los coches atascados y las tiendas abiertas. El árbol de la esquina se mecía lentamente al ritmo de una canción de Alborán. Era lo que iba escuchando Aitor en su MP3.

Corría como todos los días. Entrenaba para una carrera popular; quedaba a penas una semana para su celebración. Su objetivo: entre los 200 primeros. La anterior había quedado el 1.158 de unos 30.000, sin apenas entrenar. Era su reto de este año. Uno de ellos. Estaba confiado en que su propósito sería una realidad.

Su vida siempre se había centrado en los retos. Su padre se lo había inculcado desde pequeño. Era cuando lo admiraba. Luego, esa admiración se desvaneció cuando su padre perdió la empresa que había fundado cuando apenas tenía 20 años. Pasó de ser un hombre con relaciones y posición a ser un empleado cualquiera de una multinacional. Eso no se lo perdonó nunca. Se rindió. Muchas palabras pero al final, él fue el que no cumplió su parte. El que fracasó en su vida y llevó a su familia al ostracismo social.

Eso supuso que Aitor no fuera a estudiar la carrera a Estados Unidos. Ni que su regalo por su 18 cumpleaños fuera un BMW, como soñaba desde los 15 años. Cambiaron de casa, de barrio, de amigos. Ya no había piscina en casa, ni siquiera jardín. Su maravilloso chalet rodeado por miles de metros cuadrados de jardín se transformó de un día para otro, en un piso de 80 metros, en un tercero, en una calle cualquiera. Solo un árbol en la esquina recordaba los pasados esplendores. Él intentó mantener a su gente durante un tiempo, pero era evidente que no podía seguir su ritmo de vida y eso le frustraba. Y aunque a ellos no parecía importarles ese detalle, su orgullo no lo resistía. No podía permitir que sus amigos le pagaran las juergas o le regalaran ropa de marca, para que no desentonara en las fiestas a las que iban. Pero esa era la gente con la que quería codearse, no la de su nuevo barrio, gente sin glamour y sin aspiraciones. Hombres grises en el mejor de los casos, fracasados sin ambiciones la mayoría. Sin dinero y sin posición. Sin poder. Sin glamour, sin vida, sin nada.

Nada más mudarse, Tico se quedó prendado de Aitor. Se lo encontró en el portal cuando salía corriendo como siempre, para no llegar tarde al trabajo. Casi chocan; Aitor entraba con mucho aire de grandeza y sin mirar hacia ningún sitio para no enfrentarse a la fealdad a la que la incompetencia de su padre le había empujado. Se miraron unos instantes. Tico se quedó con la boca abierta y Aitor mostró inequívocamente el rechazo que el súbito encuentro le produjo.

Como su padre había fracasado, se propuso que él, Aitor del Álamo Porteño, se convertiría en alguien influyente y con dinero en el bolsillo. Dejaría a su familia y se iría a vivir a su antiguo barrio. Y eso iba a pasar antes que tarde. Los medios no importaban. La gente que le podía proporcionar ese tránsito hacia el mundo que él quería, tampoco. Pisaría a quién se pusiera en su camino.

Fue un día como otro cualquiera. Un día nublado. El árbol, el de la esquina de su calle, se mecía suavemente al ritmo de una canción de Pablo Alborán. Los coches parecían atascados, como casi todos los días a media mañana. La acera estaba llena de viandantes que iban centrados en su destino. Una señora fue la primera que gritó. Luego fueron otros los que empezaron a correr despavoridos. Algunos se apartaban de un salto, incluso otros, rodaron por el suelo. Un coche se subió a la acera y cogía velocidad. Aitor corría con sus cascos, centrado en el ritmo de su trote, tomándose de vez en cuando sus pulsaciones. No se enteró de nada. Salió volando dando vueltas sobre sí mismo. Los cascos se le salieron de las orejas y el reproductor se cayó al suelo haciéndose añicos. El árbol de la esquina lo recogió entre sus ramas y lo dejó bruscamente a sus pies, en el suelo, en una posición grotesca que hacía pensar lo peor.

Despertó unas semanas después en el hospital. Muchas cosas habían ocurrido en ese tiempo. La policía había descubierto su implicación con una organización que se dedicaba al tráfico de personas. Pero la oportuna llamada de su repudiado padre a un antiguo amigo, le apartó de la posibilidad de ser acusado de los muchos delitos que se acusaban a sus colegas, que fueron cayendo poco a poco. Todo se quedó en un “No hay pruebas definitivas”. “Ya tiene bastante castigo”, le había dicho su padre, roto por el dolor y la certeza de que para Aitor, toda la culpa de todo era suya. A sus asaltantes, no los encontraron nunca. La banda rival se había salido con la suya. De un golpe se habían quitado a la competencia. Un plan maestro.

Tico fue el primero en llegar al pie del árbol que detuvo su vuelo esa mañana nublada. Sus estudios de medicina en una vida anterior también derruida, consiguieron que Aitor no perdiera la vida en ese instante. Pero eso no lo consoló cuando los médicos le dijeron que no podría andar por sí solo nunca más. Deseo haber muerto a los pies del árbol, en la esquina de su calle, esa mañana nublada que era como cualquier otra.

Tico se convirtió en su sombra. Aunque pagaba con él su amargura, era al único que apenas soportaba. A su padre lo culpaba de todas su desgracia, y a su madre, la culpaba por ser su excusa, por no abandonar a su marido. “Dale la patada, joder, es un puto fracasado”, le gritaba con los ojos inyectados en odio y desesperación. Aunque a ésta la soportaba, sin duda porque la necesitaba.

Una obsesión se apoderó de él. La media maratón. Todas sus frustraciones las centró en ello. En no correrla, en no superar su marca del año anterior.

A su padre se le ocurrió que, a lo mejor, si buscaban a alguien que la hiciera con él, empujando la silla de ruedas, su humor mejoraría y recuperaría sus ganas de vivir. Tico lo escuchó y se ofreció inmediatamente a hacerlo. No era un deportista, pero tenía tiempo para entrenar. Así sus padres no tendrían que pagar a nadie para hacerlo. Su posición económica era delicada. Habían tenido que hacer obras en casa para adaptarla a la nueva situación de su hijo. Y eso había supuesto un importante desembolso.

Y a ello se puso, sin contar los planes a Aitor. Entrenando todos los días. Con sol, con el cielo encapotado, o lloviendo a mares.

Llegó el día de la carrera. Las calles de la ciudad cortadas. Miles de corredores en la línea de salida. Aitor con su chándal, sentado en su silla. Sin mostrar emociones. Tico pensó que cuando se viera allí, se pondría contento, ilusionado. En cambio, la madre de Aitor no estaba convencida del plan. Y menos de que fuera Tico el que se empeñara en esa historia. Ella veía como lo trataba, como lo despreciaba. Ella podía oir lo que decía Aitor cuando Tico se iba. Tenía sentimientos encontrados: por un lado su hijo, y por otro, ese chico, Tico, que se desvivía por su vástago aguantando sus desplantes, sin tener una mala mueca, siempre sonriendo, aguantando.

Su padre tenía una pequeña esperanza de que las cosas salieran bien. Estaba un poco apartado de todo. No quería que su presencia pudiera enturbiar el enclenque equilibrio que había en la calle. Tico estirando los músculos. Aitor a la expectativa. Su madre, intentando mantener la esperanza.

Cuando Aitor, esa misma mañana, se dio cuenta de los planes de sus padres y de Tico, no supo reaccionar. De alguna manera se sintió alagado e ilusionado por la idea. Por otra, le recordaba una vez más su desdicha. Luchaba por decidirse qué actitud tomar. Y no lo tenía claro.

Se dio la salida. Ellos estaban hacia la mitad de todo el gentío que participaba. Habían oído que eran casi unos 40.000 participantes. Tardaron en poder empezar a correr. Pero al final, se pusieron en marcha. Según empezaban a correr a su lado, los participantes aullaban en una especie de grito de guerra. Era emocionante, pensó Tico. Y aunque Aitor se resistía, también se emocionó. Estaba allí, dentro de ese aullido generalizado. De alguna manera, participando en ello.

Al principio todo iba bien. Además, la gente parecía entregada a su paso. Los padres de Aitor iban atajando por las calles para estar pendientes de los problemas que pudieran surgir en la carrera. Una televisión que ofrecía la carrera en directo les entrevistó. Y a partir de ese momento, todavía más espectadores estaban pendientes de ese chico en silla de ruedas empujado por un gran amigo, decían.

Pero en el entrenamiento para el evento, Tico tuvo un fallo: no previó que debía empujar la silla y eso era un esfuerzo extra, sobre todo en las calles con pendiente. Y se fue desfondando poco a poco. Era un esfuerzo no medido adecuadamente y para el que no estaba preparado.

La gente empezó a rebasarlos. Aitor no podía soportar esto. Su competitividad le hizo ir cambiando su ánimo: ese estado expectante incluso emocionado, empezó a transformarse en algo cercano a la furia. Y empezó a zaherir a Tico. Su amargura no tenía piedad. Tico estaba completamente hundido. Si no hubiera sido porque notaba como todo el mundo estaba pendiente de ellos, se hubiera rendido, hubiera acercado la silla de ruedas a la acera, dónde estaban los padres de Aitor, y se hubiera perdido entre la muchedumbre. Prácticamente era incapaz de dar dos pasos seguidos. En las piernas solo tenía calambres y en el espíritu, solo tenía desaliento. La gente aplaudía, animando. Ya eran los últimos, pero nadie se movía de las aceras. Les seguían las cámaras de televisión, sin perder detalle.

– Eres un mierda Tico. Estamos haciendo un puto ridículo. Porque estoy así, si no, te daría una pequeña lección de huevos. Eres un inútil. Eres un perdedor, un fracasado.

A Aitor parecía darle igual que las cámaras que los enfocaban llevaran micrófonos de ambiente y captaran sus palabras. Los espectadores empezaron a corear el nombre de Tico. Éste luchaba por seguir en la carrera, pero ya sus piernas no le respondían, ni para ir al paso. De repente, a mitad de una calle que tenía una pendiente bastante pronunciada, se paró. Le fallaba la respiración, sus piernas se negaban a dar un paso más. Notaba como el objetivo de la cámara de televisión le enfocaba directamente a la cara, buscando su sufrimiento. Aunque la calle era un puro bullicio de aplausos y ánimos, creyó escuchar al zoom de la cámara acercando todavía más su imagen al mundo: la imagen de la derrota, pensó. En cambio, no podía oir los improperios de Aitor. Veía su cara de asco, sus labios moviéndose sin parar, pero no podía escuchar nada. Se sintió desfallecer, sintió como las piernas se negaban siquiera a soportándolo de pie. Miró al cielo, el sol abrasaba ya, el cielo estaba azul fuerte, como nunca en su vida lo había visto. Una canción llegó a sus oídos. Le recordaba las películas de soldados americanas, cuando una compañía entera corría al ritmo que marcaba el sargento cabrón de turno. Le gustaban las películas de soldados, de guerras, de héroes. Quizás porque él sentía que no sería nunca uno de ellos, aunque le gustaría. Empezó a caer. Su cabeza le daba vueltas, el sol en lo alto, alguien le acercó una esponja llena de agua y se la puso en la cara para refrescarlo. Sintió que alguien ponían en sus labios una botella de agua tibia. La canción se acercaba. Aitor arreciaba en sus desplantes. Los padres de Aitor habían saltado a la calle y lo miraban con lo que él creyó que era pena.

– ¿Estás bien, campeón?

Se giró hacia dónde venía esas palabras. Era un chico alto y fuerte, con el pelo cortado casi al cero. Tenía un cuello robusto, musculado, perlado por gotas de sudor. Una camiseta verde pegada al cuerpo.

– Sí – contestó en un susurro, mintiendo. Solo quería desaparecer de repente.

No supo por qué lo dijo. No acertaba a reconocer a ese chico tan fuerte, con ese aplomo. Tampoco reconocía a los que estaban alrededor de ese chico, todos con la misma vestimenta, todos con unos cuellos que parecían troncos de árbol. Todos con aspecto decidido.

– ¿Seguimos?

Quiso decir que sí, quiso hacerlo con su cabeza, con su voz, pero no podía. Quería pero sus fuerzas se lo impedían. Quiso decir que no, que no podía, que solo quería que la tierra se abriese bajo sus pies y se lo tragara para siempre. Pero no dijo nada, o eso le pareció.

– No te preocupes, nos ocupamos nosotros.

Vio como hacía un gesto y otros dos de esos chicos con la camiseta verde, fuertes, con el pelo corto, se pusieron a su lado. Rodearon su cintura con sus brazos a la vez que pusieron los brazos de Tico sobre sus hombros. Lo levantaron ligeramente y empezaron a correr.

– ¿Te llamas Tico?

No supo quien lo dijo. No sabía muy bien lo que pasaba. Solo tuvo fuerzas para asentir ligeramente con la cabeza.

– Vamos allá, Tico. Eres un puto héroe.

La canción que escuchaba hacía unos instantes como en sueños, se hizo presente a su alrededor. Vio como delante de él, otro chico con la misma camiseta verde y unos pantalones cortos de deporte, también verde, empujaba la silla de ruedas de Aitor. Avanzaban por la calle, por el centro. Los laterales estaban llenos de espectadores que aplaudían y vitoreaban. Dos motos de la televisión los flanqueaban por ambos costados, haciendo que sus cámaras no perdieran detalle de la carrera.

De vez en cuando se detenían un instante. Bebían un poco de agua. Lo apoyaban en el suelo, y cambiaban los chicos que lo flanqueaban llevándolo en volandas. También cambiaba el chico que empujaba la silla de ruedas de Aitor.

Tuvo ganas de llorar. No sabía cual era la razón exacta. Si por su fracaso, por la ayuda que le daban esos chicos, por su entrega, por sus ánimos. Por la gente que lo vitoreaba, por la televisión, por la imagen de los padres de Aitor que iban cerca de ellos.

El tiempo era una medida absolutamente irreal. De repente, vio delante suyo la línea de meta. A unos pocos metros, los soldados se pararon. El primer chico que se había acercado a él volvió a hablarle:

– ¿Podrás?

Le sonreía. Lo miraba con seguridad. Con aplomo. Él estaba seguro que sí y sintió que no podía defraudarle. Miró a su alrededor y vio a todo el resto de la compañía que lo observaba con el mismo gesto de determinación. Sintió que podría hacerlo, aunque sus fuerzas eran mínimas. Se acercó a la silla de Aitor que permanecía callado aunque con gesto hosco, y empezó a correr empujando la silla. Los soldados caminaban detrás de él, pero dejándole un espacio de separación. Seguían entonando su cántico típico acomodándose al ritmo que él podía seguir. Bajó la cabeza, apretó los labios y aceleró un poco la marcha. Ya eran unos pocos metros. Ya estaba la meta al alcance de la mano. Pudo ver una cinta que marcaba la línea, como si hubiera sido el primero en llegar. Cerró los ojos fuerte, y un grito desesperado salió de su boca. Dio un último acelerón y sintió como se llevaba la cinta de la meta.

Todo había acabado.

El speaker no dejaba de decir su nombre. Una maraña de gente lo rodeó manteniéndolo en vilo. No era capaz de centrar su atención en nada. Había acabado la carrera. Todo el mundo quería tocarlo, abrazarlo. Él no era capaz de fijar su atención en nada ni en nadie. Estaba abrumado, descentrado. Era consciente de que por él mismo, no sería capaz ni de mantenerse en pie. Pero todas esas personas que lo rodeaban, lo hacían por él. Se acordó de Aitor. Lo buscó con la vista, quería comprobar que estuviera bien. Quería decirle tantas cosas… En el fondo, necesitaba buscar la aprobación de ese chico que había robado su corazón. Quería comprobar que estaba orgulloso de él, que todo ese esfuerzo sobrehumano había conseguido levantar su ánimo. Pensó que la muchedumbre lo estaría agasajando, como a él. Y esa idea le llenó de ilusión. Quería decirles a todos los que lo rodeaban que felicitaran a Aitor. Que todo era por él.

Al final, los soldados volvieron a rodearlo y consiguieron poco a poco apartarlo de la gente. Lo llevaron a la ambulancia para que su personal le hicieran una revisión.

– Eres un puto campeón, tío.

Consiguió mirar al chico que se lo había dicho. Era ese primer soldado que lo había abordado en la calle.

– ¿Te conozco?

– Eduardo.

Le tendió la mano.

– Ahora ya me conoces.

Los sanitarios empezaron su trabajo. Tico seguía buscando con la mirada a Aitor. Al subirlo en la ambulancia, en un lateral de la calle, pudo ver como Aitor se alejaba lentamente empujado por su madre. Su padre caminaba detrás, con los hombros hundidos. Se dio la vuelta un momento y sus miradas se encontraron. La desesperanza inundaba su rostro. Pero al ver a Tico, sonrió y se llevó una de sus manos al corazón. Y en sus labios marcó una palabra: “Gracias”.

Era un héroe, le había dicho ese soldado, Eduardo. Y algunos de sus compañeros, también lo habían dicho. La gente le jaleaba, la televisión había seguido su periplo con atención. Pero él se sentía un fracasado. No había conseguido su misión: Aitor. El fracaso y el desamor lo inundaban todo a su alrededor.

Y se echó a llorar.

 

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