Vida o muerte de un personaje de un poeta maldito.

Otro cigarrillo. Y otro. Tirado en el suelo, en el salón de casa, frente a una chimenea existente solo en mi imaginario. Montañas de libros empezados y nunca acabados me rodean. Me amenazan con perder la verticalidad y caer sobre mí, como rocas ardientes escupidas por el volcán de la desesperanza. Como los días de mi vida inconclusos en su aspecto emocional o vital, días perdidos, días enterrados.

¿Nacemos con un propósito? Nacemos con un propósito, sí, lo creo. Un destino universal, divino, para cumplir algún objetivo, quizás espurio, quizás solidario, quizás de mecenazgo. Psico-social, puede ser, aunque se trate de hacer que con nuestra propia humildad demos alas a los dioses nacidos para pisar a la plebe y darnos lecciones magistrales a cada segundo. Qué sería de los dotados, de los intelectuales, de los ricos, si no hubiera pobres, limitados de entendederas, humildes, para comparar y que el interfecto subido a un pedestal, pueda tener un orgasmo de placer al comprobar lo bueno que es, lo divino de su misión en la tierra. Una misión en la vida. Para amar, o ser amados, para odiar, para joder al prójimo. O para ayudar a la gente. O para animar al Real Madrid o al Barcelona. O al Miravalles Club de Fútbol.

¡¡Dios!! Voto a bríos para que mi misión sea amar sin descanso, rozar con mis dedos esa piel tersa y suave, para besarla, para elevarme a la estratosfera del placer. Elevarnos, mejor elevarnos que elevarme, si no, no sería amor, sería… otra cosa.

Siempre creí que tenía ante mí una vida llena de alicientes, de grandes cosas que hacer. Un destino, un destino, un destino, que la vida me llevaría por el camino que debía seguir para llegar a él. Que todo lo que pasaba lo hacía por algo, para preparar el siguiente paso. Sería alguien querido, amado y admirado por todos. Sería famoso, o no, vete tú a saber, pero lleno de alegría.

Amado, si, un hombre amado y amante.

Pero…

Pero no… no, no ha sido posible.

No… no sé dónde se torció el destino, dónde lo perdí. Perdí la senda marcada. Dónde la brújula se volvió loca y se negó a mostrarme dónde estaba y cual era mi destino. Quizás era de noche, o me despisté en una tormenta. Jodida tormenta. La lluvia y los vientos chocaban contra mí impidiéndome avanzar. Caí, y aunque creí levantarme, a lo mejor fue un sueño y estoy desde entonces en ese abismo insondable, después de la tormenta, tú sabes.

 Quizás solo nací para ser el felpudo en donde los dioses del destino dejaban el polvo y la mierda de perro que pisaron en la vereda. Quizás ese era mi destino y me confundí al mirar las estrellas, aquella noche en la que soñé con grandes consecuciones vitales.

Hoy llueve. Lo veo desde la ventana. Hoy hace viento, parece que hace frío. Y es verano. Parece que es de noche, pero apenas son las cinco de la tarde. No recuerdo si he comido. Y si no fuera por el cenicero que tengo al lado, repleto de colillas, tampoco recordaría haber fumado. Todo está gris, como el día. ¿Para qué he nacido? Es ridículo nacer para nada, para mirar por la ventana sin ver, o para ver la lluvia sin mojarte, o sentir el viento a través del cristal. Mejor muerto, ¿no? Muerto en vida, quizás, muerto al fin y al cabo. Vida o muerte. ¿Qué lo diferencia? ¿Qué los separa? Muchas vidas son igual que la muerte. La mía. ¿La tuya?

Preguntas, preguntas… ¡¡Quiero respuestas!!

Quisiera levantar los hombros, levantar uno de esos libros que me rodean. Libros que tampoco han llegado a cumplir su finalidad. Libros para ser leídos que permanecen a mi vera, sin recibir la atención que merecen. Pero no tengo fuerzas. Vidas ajenas, personajes con vida, aunque nunca han podido respirar, no mojarse de verdad con esa lluvia de esa tarde de verano. De esa, o de esta. Tarde de verano, llena de viento, de lluvia, de tristeza.

Vida o muerte.

Muerte.

Busco un cigarro. Pero no me quedan. Podría salir a comprar, pero tendría que vestirme. Hoy no me he vestido. No recuerdo la última vez que lo hice ¿Para qué? No espero a nadie. Durante un momento he pensado que me podían ver desde la calle, o el vecino de enfrente. Desnudo. Sucio. Desastrado. Se reiría sin duda de este adefesio desaliñado, con barba de un mes y aspecto de haber salido de ultratumba. Antes de vestirme debería ducharme y quitarme este olor a sudor y a desesperanza que expido por mis poros. No recuerdo la última vez que pasé las manos por mi cuerpo. Es una suciedad y un olor profundo, interno, no solo pegado a mi piel sino a mi alma.

¡Alma! ¿Qué es eso? ¿El espíritu? Recuerdo que alguien me dijo que es lo que nos diferencia de los animales. Ellos son felices. Nacen, comen, se reproducen, y ya está. Yo ni siquiera he hecho eso. Mejor. No quisiera que nadie llevara mis genes de fracaso.

Mejor haber nacido perro.

Se me ha ocurrido de repente que a lo mejor, soy un personaje de ficción. Uno de esos personajes malditos, nacidos de la pluma de uno de esos poetas malditos y tuberculosos. Una vida de mentira, solo plasmada a través de los rasgos de una pluma sobre un papel trufado de manchas de alcohol y de semen. Ya se sabe la vida de los poetas tuberculosos y malditos, llenos de amantes atraídos por el aura de eternidad que desprenden, y con una botella de whisky malo pegado a sus labios.

¡Maldito poeta que me has dejado a merced de los vaivenes del pensamiento! ¡Maldito por siempre!

¡Joder! ¡Qué mal huele! Huelo, que todo viene de mí. Mi poeta maldito no me ha concedido ni un mal orgasmo en los últimos tiempos. Mi semen no trufará el papel en el que el poeta tuberculoso ha pergeñado mi personaje. Malditos sean el tuberculoso, el poeta, el semen y la puta vida de mierda que ha elegido para mí. Y para ti.

Debo levantarme un momento. Debo ir al servicio y sentarme en la taza del váter a orinar bilis de olvido y desesperación. ¿Dónde estáis, personajes que debíais amarme y cuidarme? ¿Dónde estáis malditos? ¿Dónde estás poeta de mierda que te has olvidado de una de tus creaciones, dejándome a merced de mis pensamientos apocalípticos y filosóficos?

Malditos todos. Vivir o morir, en mi caso, son dos conceptos unívocamente iguales.

Nací de su mente enferma y moriré sin merecer un último orgasmo de mi creador. Moriré solo, sin conocer amor verdadero que es el último de los amores.

Malditos todos. Maldita vida, maldita muerte.

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