El escritor quiere saber. 1ª parte.

Era una pequeña librería de Burgos. Apenas cabían veinticinco personas, dejando un pequeño hueco para el escritor. Sin ese espacio, bien juntos, podían llegar a las veintinueve.

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Álvar fue saludando uno a uno a todos los asistentes según entraban en la librería. Un apretón de manos, un abrazo o un par de besos, según notara lo que cada uno esperaba. Unas palabras de bienvenida y agradecimiento por haber venido a esta charla, “estoy emocionado, muchas gracias, creía que iba a estar solo y no cabe un alfiler, y ayer pasó lo mismo, muchas gracias, Álvaro lo ha organizado todo muy bien, y ¿Lees mucho? Qué bien que eligieras mi libro y que te haya gustado. Muchas gracias, muchas gracias. Sabes, es una sensación que todavía no puedo describir, me gustaría que luego expresaras tu opinión, sí, aunque no te haya gustado, pero te ha interesado porque estás aquí y si fuera horrible, pues no te hubieras molestado en venir, ya, muchas gracias, ya o sea que no tenías nada mejor que hacer, pero hoy juega el Real Madrid en la tele, vale, vale, si es por darme ánimos – bromeó el escritor – ¿Qué te devuelva el dinero? Ay, maja, si soy pobre, no tengo un duro, que divertida eres, sí.” Muchas gracias. Gracias.

– Por favor, vayan sentándose – Álvaro, el librero, levantó la voz para empezar el acto. Él estaba refugiado detrás del mostrador, al lado del extintor, por si era necesario.

Ese día, Álvar estaba un poco preocupado cuando se sentó en su sitio para empezar la charla. No habían definido la reunión de una manera especial, porque no querían constreñirla. Preferían que las cosas fluyeran al ritmo de los comentarios de los lectores que ese día estaban allí. Cada día de una forma. Y ese día, Álvar había detectado más asistentes que iban guerreros, que asistían con ganas de criticar la obra o a él. Le gustaban esas veladas, pero hasta hacía unos días, los asistentes eran mayoritariamente adeptos y era fácil afrontarlas. Según iba vendiendo más, según se iba haciendo más notorio su éxito, notaba que empezaban a aparecer opiniones negativas, y algunas con ganas de machacarlo. El hecho de vender parecía poner a algunas personas en su contra. Ese día parecía que a ese respecto, iba a alcanzar un récord. No estaba seguro de poder afrontarlo con serenidad y que sobre todo, no le fuera a afectar en su ánimo.

– Cómo te comentaba hacía un momento, tu novela me ha parecido una mierda, y te lo digo con toda sinceridad y sin nada de acritud, tú sabes – la última señora a la que había saludado había tomado la palabra sin encomendarse a nadie ni esperar siquiera una pequeña presentación a cargo del anfitrión.

– Hombre señora, si…

Álvar atajó la protesta del librero y su intento de reconducir la reunión.

– ¿Natalia te llamabas? Pues cuéntame un poco por qué de esa opinión.

– Es un best sellers, está claro, y eso es sinónimo de una mierda. No se busca la excelencia de la palabra, es un lenguaje del montón, barriobajero…

– Eso del lenguaje barriobajero, no lo acabo de entender.

– Pues esos chicos protagonistas, Ignasi y Koldo, pues que…

– Pero esos chicos deben hablar como se habla en la calle hoy, al menos en los ambientes en los que ellos se mueven.

– Así no hablan los jóvenes. – la señora miraba con los ojos desorbitados, incrédula con lo que acababa de escuchar. “A ella le iban a decir como hablaban los jóvenes”.

Ahí empezó el debate sobre el lenguaje, sobre la literatura, sobre la forma de escribir, sobre si escribir para eruditos o para que la gente de la calle disfrutara de una historia, se zambullera en ella y se pudiera imaginar como alguno de los personajes de la novela.

Natalia llegó a tal extremo en sus ataques, que el resto de los asistentes empezaron a atajarla, porque querían otras líneas de conversación sobre la historia y además era difícil de entender la inquina que esa señora desbordaba por todos sus poros contra Álvar y su novela.

– Si tanto odias esta novela, no se a que coño has venido aquí. Ni se me ocurriría ir a una reunión en dónde se fuera a hablar de algo que me repugna. A no ser que disfrute machacando a la gente que triunfa -. Había hablado un hombre de unos cuarenta años que ya hacía tiempo que empezaba a mostrarse enfadado con la mujer.

– Es que hay que decirle las cosas al escritor para que no se crea Dios, porque luego todos se creen que son …

– No sé si será Dios, pero está sentado a tres centímetros de mí, y todavía no lo he visto levitar.

Algunos rieron quedamente, más un intento de que las cosas cambiaran de rumbo que la de encumbrar la gracia.

Álvar también sonrió; pero estaba un poco desorientado. La energía que esa mujer empleaba en denigrarlo le desbordaba. Era un momento que había temido siempre: enfrentarse con la gente a la que no le gustaba como escribía y que insistía en decírselo una y otra vez, con descalificaciones e insultos. Le habían avisado en la editorial que ese momento llegaría, “Cuanto más vendas, más cerca estarás de ello; pero tú tranquilo, habrá alguien que salga en tu defensa. Debes mantener la calma y la sonrisa y no darle al coco después”.

“No darle al coco después… como si eso fuera fácil.”

El precio del éxito.

.

.

Álvaro había accionado el mando del sistema de ambientación musical y había empezado a sonar muy bajito la música de violín.

– A ver si amansa a las fieras – le susurró al escritor.

Álvar sonrió delicadamente mientras se alejaba mentalmente de la reunión. Iba tomando altura y recordando otras circunstancias a las que la música le estaba llevando. Antes de tener ninguna novela publicada, pero muchas cosas escritas, cuando comentaba sus historias con sus interlocutores virtuales y ellos las leían y le daban sus opiniones, y le decían, y con algunos quedaba un día y se tomaban un caldito caliente en las mañanas frías de domingo para entrar en calor y seguir hablado de sus cosas, de las historias, del mundo, del amor… de su falta, de la soledad… cuanta soledad de uno u otro tipo había en la sociedad… “Hay tanta gente sola”, comentaba con Joaquín, un joven con el que solía quedar muchos sábados para ir al cine y luego tomar un gin-tonic y hablar. “Yo mismo, me siento muy solo, y eso que tengo mi grupo del fútbol, el del instituto, el del trabajo, cientos de amigos en Facebook, en twitter, todo el día ocupado, pero… llego a casa y me siento solo. No lo puedo entender”.

De repente se acordó que esa música se la puso alguien un día en el MSN. Por eso había asociado la melodía con esos tiempos pasados.

– ¿Has puesto esta música por algo? – intentó preguntar al librero, aunque éste no le oyó. Justo en ese momento se levantó de su silla y empezó a aplaudir y a darle las gracias señalándolo, dando por terminada la tertulia. Se hacía tarde y la señora había conseguido que el coloquio perdiera todo el sentido.

Álvar se levantó rápidamente y sonrió un poco despistado a la concurrencia que empezaba a acercarse para que les firmara su ejemplar, con una dedicatoria especial, claro. Hasta su enemiga acérrima llegó con una sonrisa de oreja a oreja. Se pensó en escribir una dedicatoria que pudiera decir algo como:

Con mucho cariño, escrito sobre una mierda mierdosa, por un mierda, mierdoso. Fdo. Álvar.

Al final fue mas cauto y puso un:

“Aunque no te haya gustado, me alegra que te decidieras a leerlo. Fdo. Álvar.”

Mientras hablaba con el resto de la gente, no podía evitar pensar que esas cosas le afectaban. Por mucho que fuera algo que debía llegar, que él lo sabía y creía haberse preparado mentalmente para afrontarlo y relativizarlo, esa negatividad en las opiniones le contagiaba. Ahora mismo, sonriendo a unos y a otros, sabía que en cuanto se fuera camino de su casa, paseando con los cuellos subidos para intentar mitigar el frío húmedo de esa noche, su ánimo se volvería negativo, y sus hombros le pesarían. Nada le haría volver a volar hasta un par de días después, aunque de la editorial le mandaran un mail anunciándole que las ventas volvían a subir y que ya llevaba 50.000 ejemplares vendidos.

– ¡Adiós Álvaro! Muchas gracias por todo.

– Que nos vemos la semana que viene. Espero no te hayas arrepentido de seguir con estas reuniones. A esa mujer, ni caso, no jodas, que te veo cara de tristeza.

– No, no…

– Bueno. Hasta la semana que viene entonces. – Álvaro no quiso insistir aunque ya empezaba a conocer lo suficiente a Álvar para saber que estaba tocado.

– Adiós.

El escritor fue muy seco en la despedida. Se dio cuenta de inmediato pero no le apetecía recular y buscar una forma de suavizar su brusquedad. Se giró para irse y ahí, enfrente de la librería, lo vió.

Lo miraba fijamente, con una ligera sonrisa que parecía traslucir un poco de inseguridad, de temor al rechazo. Llevaba abrazado contra su pecho un ejemplar de su libro.

– ¿Te lo firmo? – le animó Álvar.

El chico tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, se lo tendió con un gesto rudo y en su rostro afloró ahora ya más nítidamente sus nervios. Álvar creyó que hasta temblaba.

– ¿Cómo te llamas?

El chico lo miró como si la pregunta estuviera fuera de lugar, como si no la esperara de ninguna forma.

– Es para dedicártelo. – Álvar sonrió para intentar tranquilizarlo.

– Diego.

Contestó al final.

– Lorenzo – se corrigió.

Álvar levantó la vista que había fijado en la primera hoja del libro, dónde iba a firmar.

– Andrés – lo dijo por último, trastabillando, haciendo un amago de sonrisa al final, mientras hundía los ojos en el suelo.

– ¿Así que eres tú?

Álvar cerró de golpe el libro y se lo devolvió con una mano, mientras se guardaba el bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Ni siquiera quiso mirarlo a la cara de nuevo. Se volvió a abotonar el abrigo y se giró para irse hacia su casa.

– No te vayas, por favor, tómate algo conmigo. Hablamos. Hablemos.

Álvar se detuvo. Bajó la cabeza como si esperara algo.

– Siempre te he querido y te sigo queriendo, eso siempre ha sido verdad. Siempre. Siempre – suplicaba.

– Y si yo hubiera sido tan sincero sobre mis cosas, como lo has sido tú con las tuyas, ¿me seguirías queriendo?

Ni siquiera se dio la vuelta. Esperó una respuesta un par de minutos, pero el chico de los mil nombres, no era capaz de articular palabra. Solo le salía llorar.

Álvar metió las manos en los bolsillos, se encogió de hombros, y empezó a caminar cansinamente hacia su casa.

Lloraba.

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