El escritor quiere saber. 2ª parte.

– Por favor, no tengo dónde ir, no tengo dinero, acabo de llegar en el autobús. – era un intento desesperado de apelar a la buena persona que creía que era Álvar.

Éste se detuvo y miró el reloj.

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Modelo: Paolo Anchisi

– Bueno, – rectificó Andrés – hace un par de horas, pero he estado esperando a que acabaras, no podía entrar por lo de que no tenía invitación y claro, pues no sabía lo que duraba y he estado esperando, y hace frío ¿sabes? Y me he quedado helado y no tengo dónde ir porque no tengo dinero y…

– Creo recordar que eras de buena familia y tú mismo ganabas mucho dinero con tu trabajo.

– Te he pedido perdón – interrumpió el chico. – No me lo pongas más difícil. No estoy acostumbrado a pedir perdón.

– Ya.

– He venido a verte.

– Me asalta la duda de por qué. ¿Por qué has venido después de la espantada?

Por primera vez Álvar se dio la vuelta y enfrentó su mirada con la de Andrés.

– Te lo he dicho: porque te quería. Te quiero. Quiero arreglarlo.

Diego Lorenzo Andrés de Todos los Ángeles Martínez-Ruipablos, hundió la cabeza en sus hombros y se giró para alejarse. Había sido una pérdida de tiempo, pensaba. Su amiga Tina le había empujado a que fuera a buscarlo, pedirle perdón, que se arrodillara si fuera preciso en un charco de inmundicias, con sus pantalones de marca y sus mocasines de mil euros destrozados por la nieve o el hielo, dependiendo del día que hiciera en Burgos. Imaginaron una escena para darle pena, para que se sintiera en la necesidad de ayudarlo. Álvar era así, dejaría cualquier enfado, cualquier cosa por ayudar a alguien con el que tuviera alguna relación, aunque estuviera enfadado con él.

Lo de arrodillarse y tirar a la basura sus apreciados mocasines de mil euros, no entraba en sus planes, aunque no se lo dijo a Tina. En todo lo demás, si estaba de acuerdo. Hasta en lo de humillarse hasta los máximos extremos. Pero ahora, frente a Álvar, no le salía. No sabía muy bien por qué, pero no le salía.

Estaba fingiendo de nuevo. Había mentido de nuevo y se había dado cuenta de que si seguía por ese camino, nunca conquistaría el amor del hombre que, sin conocerlo físicamente, le había subyugado hasta un extremo que le había sorprendido hasta a él. Al principio creyó que era un juego, el cual dominaba con maestría. Medía los tiempos, la información que le daba, se entretenía inventándose cosas, “Pues me voy a vivir a Katmandú con mi primo Federico con el que follo por las mañanas” Y luego me iré a pasar las tardes a Boadilla de las Altas Almenas, donde follaré con Aristémulo, que es un pavo de 90 años el cual está de vicio, me mola cantidubi y mi polla le vuelve loco.”

“Y luego follaremos tú y yo en nuestro mundo mágico, los dos frente al ordenador. Me pondrás caliente y yo me la pelaré con mucho gusto pensando en ti, jodido Álvar con pretensiones de puto escritor de mierda.”

“Así ya tengo cubierto el carnet de baile de los folleteos de todo el año. Cuatro al día, porque siempre dejo un hueco para alguien que se ponga a tiro.”

Álvar parecía un incauto necesitado de un poco de cariño. Y él se propuso ser ese cariño. Pensó que al necesitar, sería un hombre fácil de manejar. Y así parecía, pero un día se dio cuenta de que ese “incauto” le había calado. Y también se dio cuenta que en realidad lo había calado hacía tiempo, pero que le dio cuerda.

Fue por una tontería, una indirecta que dijo como si no quiere la cosa. Andrés no reparó en ella hasta que se metió en la cama; cuando cerró los ojos para dormir, se le apareció como por ensalmo. ¡Zas! Y le fue imposible cerrar un ojo en toda la noche. “Lo sabe, lo sabe, lo sabe”. Lo repetía una y otra vez.

Tuvo que esperar de nuevo para hablar con él hasta la tarde-noche. Le insinuó, le picó… pero Álvar no entró al trapo. Le dio carrete como había hecho desde hacía tiempo.

Y entonces lo tuvo claro: Álvar lo sabía todo y estaba esperando la ocasión para machacarlo.

No tuvo claro lo que sintió: vergüenza, rabia, o enfado. De alguna forma Álvar también le estaba engañando y eso le molestaba.

Enviarle fotos de modelos como propias, había sido como una especie de guinda al pastel. O inventarse hermanos y demás que hablaban con él y le escribían correos. Se lo pasó genial inventándose todo eso, lo que se reía con su amiga Tina. Un par de veces incluso se hizo pasar por su hermano en el MSN, fingiendo hasta otra forma de hablar. Fue la leche, ¡Qué subidón!

Al darse cuenta de que se había descubierto, lo dejó todo. Fingió un viaje lejos, y fingió una actividad frenética que no le permitía mantener el contacto con él. Fingió que cuando le escribía, le contestaba por educación, pero que en realidad sus correos eran una molestia. Álvar era un hombre con una cierta sensibilidad, se daría cuenta y lo dejaría en paz.

Y le dejó en paz.

Pero cuando todo estuvo ya encarrilado, el telón echado y su mente buscando otros entretenimientos, cayó en la cuenta de que lo echaba de menos. Tuvo la certeza muy a su pesar, de que durante meses, había vivido todo el día solo para la hora en la que se encontraría en el MSN con él.

Se dio cuenta que cuando fingía que hacía el amor con él a través de la palabra en el MSN, en realidad, era cuando más amor había puesto y cuando más cachondo había estado. Nunca en su vida se había sentido así, con nadie. Y había tenido muchas oportunidades de sentirse así con toda la gente que había pasado por su cama.

Su familia se dio cuenta de que algo pasaba. Sus padres empezaron a preocuparse: no les entraba en la cabeza que su hijo se hubiera enamorado de un hombre al que no conocía y que estaba muy lejos de ser de su nivel intelectual y social. No estaban dispuestos a dejar que esa relación tuviera un presente, y menos un futuro. Su hermano el único verdadero, sabía que aunque no se había dado cuenta, Andrés se había enamorado del escritor, como ellos lo llamaban. Se lo intentó decir varias veces, pero Andrés estaba en una etapa de la vida en la que se creía que era superior a todo el mundo. Era inteligente, aplicado, con su propia empresa que iba muy bien, su carrera dramática, con éxito incontestable en el mundo del sexo, amantes esperando turno, propuestas hasta con dinero de por medio, decenas de amigos mendigando una migaja de su tiempo y de su atención; se creía el rey del universo.

– Por favor.

No lo pensó. Le salió solo. Hasta se sorprendió de escucharse. Y le salió un tono tan quejumbroso que Álvar no tuvo más remedio que ceder y dejarlo ir a su casa.

– Pero te advierto que no hay grandes lujos, esos a los que estás acostumbrado.

– El único lujo que quiero ahora, eres tú.

Álvar lo miró poniendo la cara de medio lado. Pensó que de esa manera, podría penetrar mejor en la mente de Andrés. Lo que vio, lo convenció, aunque notó una pequeña nube que matizaba la luz del sol que parecía salir esa noche. Algo dentro de él le prevenía sobre lo poco inteligente que sería bajar la guardia. Algo le decía que si se despistaba, podría acabar llorando de nuevo en soledad, por las esquinas de su casa. No ya por el amor perdido, que al fin y al cabo, no se puede perder lo que nunca se tuvo, sino por el ridículo. Pensaba que ya había cubierto el cupo de esa sensación con largueza. No era un ridículo de cara a la galería, puesto que nadie conocía esa historia. Era algo mucho peor: el ridículo ante su reflejo en el espejo.

– Al menos dime como debo llamarte.

Andrés bajó la cabeza.

– Me llamo Carlos. – hizo una pausa mirando al suelo – Carlos Aguado.

– ¿El músico? ¿El violinista?

Carlos bajó la vista.

– ¡Joder! ¿Hay algo de verdad en lo que me has contado? O sea que ni Andrés, ni Lorenzo, ni Federico, ni Pere. Ni actor. ¿Quién eres? ¿Dónde vives?

Álvar estuvo a punto de volverse atrás y no aceptar tener más contacto con él.

– Vamos, antes de que me arrepienta – se giró para seguir el camino a su casa.

“Al menos saldré de dudas y sabré quién es en realidad”, se justificó. Aunque él sabía que en realidad, lo que quería, es que lo convenciera de que lo amaba de verdad.

– Gracias – contestó Carlos en un susurro.

Intentó agarrarlo del brazo, pero Álvar le soltó. “No se lo voy a poner fácil, porque además estoy enfadado, muy enfadado”. Así que caminaron en silencio hacia la casa de Álvar, con la cabeza gacha, pensando.

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