El escritor quiere saber. 3ª parte.

En cuanto llegaron, Carlos se desnudó y anduvo así por la casa. Lo hizo con la escusa de ducharse, aunque antes de meterse en el cuarto de baño, se exhibió con generosidad por todas las estancias del piso. Y de todas las posturas. Álvar lo miraba con los ojos muy abiertos. Tenía un cuerpo muy bonito. Tampoco era el cuerpo del que le había mandado fotos, aunque los desnudos se los enviaba sin rostro. Si el resto de las mentiras no las comprendía, lo del cuerpo de otro teniendo él mismo un cuerpo muy atractivo, le superaba definitivamente.

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Modelo: Peter Bruder.

Estuvo a punto de decirle que eso no era conveniente. No le iba a conquistar con sus bíceps, ni con su culo, ni con su polla. Aunque tampoco tenía fuerzas para rechazarlo. Y total, era un placer para la vista, y fortuitamente el tacto “casual”.

Mientras Álvar preparaba algo de cenar, Carlos se acercó por detrás y le rodeó el cuerpo, besándole en el cuello. Pegó su miembro contra su culo y lo dejó ahí, para que lo llenara de sensaciones a través de los pantalones de loneta. Esas sensaciones le gustaban, no lo negaba, pero no era lo conveniente. No era una cuestión de moralidad, ni de nada de eso. Solo era una cuestión de salud mental. La suya, que era la que le interesaba.

Él quería alguien con el que compartir su vida, con el que reír, ir al cine, pasear, jugar… hacer viajes, ir a comer con los amigos, estar pendiente de su carrera, y que él estuviera pendiente de la suya. Pero… para eso debía saber con quién estaba, quién era esa persona que pugnaba por hacerse un hueco en su vida. Esa persona que hasta hacía unas horas no conocía en persona, pero que había conseguido que algo se moviera dentro de él. Y eso que desde el primer día sabía que le estaba mintiendo en un gran tanto por ciento de lo que le decía. ¿Cuál era el tanto por ciento? Esa era la cuestión. Por lo poco que iba descubriendo, ese promedio de mentiras iba creciendo.

– Deberías vestirte.

Hizo un esfuerzo y se negó a seguir con el juego del adonis desnudo paseando sus encantos por toda la casa, poniéndolo a mil, y de paso, poniendo su polla pegada a su cuerpo a la menor ocasión.

– Sabes que soy un exhibicionista, te lo dije.

Álvar movió la cabeza afirmando. Se dio la vuelta despacio y encaró los ojos de Carlos, que ahora chispeaban y mostraban un cierto grado de diversión.

– Otra vez me la intentas dar. No estás acostumbrado a andar desnudo, estás incómodo. Estás haciendo una representación para … ¿Para qué, Carlos o como te llames? Ahora que lo pienso, enséñame tu DNI.

– ¿No confías?

– No, no confío. No se de que te extrañas.

– Soy quién…

– No tocas el violín, o al menos no lo has tocado en los últimos tiempos. Así que no creo que te dediques a ello.

– Eso es mentira.

Álvar señaló delicadamente el cuello.

– ¿Qué? – preguntó nervioso Carlos.

– Es mejor que te vayas, como te llames. Me alegra que al menos en el tamaño de tu polla no hayas mentido. – miró directamente a su miembro – pero por desgracia, eso es lo único que me la trae floja de ti y de cualquier hombre.

– Pues te pone.

– Cierto, me pone tu cuerpo. Como el de miles de hombres.

– A ver cuantos de esos miles estarían dispuestos a tener algo contigo. ¿Te miras en el espejo por las mañanas? Eres patético, gordo, fofo, y estás viejo.

Álvar afirmo despacio.

– Y entonces ¿Qué haces aquí?.

Se miraron durante unos segundos.

– Más mentiras – Álvar suspiro agotado. – Es mejor que te vistas y te vayas. No has acertado con la estrategia. Lamento que pienses que soy tan patético como para conformarme con cualquier milonga. ¿De verdad has pensado que iba a ponerme de rodillas y adorarte, o adorar a tu falo como si fuera el oremus de mi existencia?

– Porque ya has vendido cuatro libros ya te crees algo.

Álvar se encogió de hombros.

– Me echas a la calle como a un perro.

– Seguro que tienes recursos. Y si no, vendes esos mocasines que te dará para vivir unos cuantos días; y a cuerpo de rey.

Carlos cogió sus cosas de muy malas formas y salió de la casa sin mirarlo ni una sola vez.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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