Maldito destino de mierda.

¿Por qué no podemos cambiar los finales tristes?

¿Por qué no podemos escribir finales felices a los personajes que se lo merecen?

Y que ese hombre tirado al lado de su mesilla de noche, tú, sí, tú, se levante, te levantes y vayas a acurrucarte al lado de ese hombre que te acaba de abrir los ojos, que te acaba de tocar la tecla adecuada para hacer que ames la vida, que tengas ganas de seguir adelante, quizás con ese hombre nuevo, con ese amor nuevo, o quizás no. Pero adelante para seguir buscando, para encontrar, para buscar en todo caso. Para vivir, para ayudar a los demás, para hacer pensar a la gente de alrededor, para pensar, para reir, para… soñar.

Los muertos no sueñan. ¿Por qué has de morir cuando alguien te sonríe de esa forma? Cuando alguien se preocupa para venir a buscarte y evitar que tomaras una decisión equivocada. Se guardó las pastillas que ibas a tomar y durmió a tu lado. No se lo dijiste, pero lo supo. No conocía nada de ti, pero leyó en tu mirada. Vino para salvarte, joder, pero, ¡joder! te moriste igual. El jodido destino te mató de una estocada en la vida y en los sueños de la gente.

Por favor. No. Quiero escribir otro final. Quiero… quiero que te levantes y le digas a ese hombre: “Mantor, estoy malo. ¿Llamas a una ambulancia?”

Y Mantor la llama, y te acompaña en ella y se queda contigo esperando los resultados de las pruebas. ¡No ha sido nada! Grita alborozado el médico, porque el médico también quiere que esta historia tenga un final feliz.

Joder.

O mejor, que no haga falta ambulancia, porque no pasa nada. Porque no te va a dar un ataque, porque te vas a levantar por la mañana y le vas a dar un beso en la mejilla a ese hombre. Y él abrirá los ojos, te volverá a sonreír de esa forma y sabrá que todo va bien, que no te va a perder y que, si tú quieres, no le vas a perder a él. Se va a quedar a tu lado, para decirte, para que le digas, para amarte, para que le ames.

Y ese amor, ese amor encontrado, buscado. Él te buscó, te persiguió para hablar contigo, para que le dijeras y para decirte él. Joder. Y tanto que le costó reconocer eso, que le gustabas, y se dio cuenta, sin casi conocerte que estabas mal, que estabas triste, que habías dejado de amar el aire que respirabas, y no quería perderte; no te tenía, pero sabía que podía tenerte y no quería, no, no deseaba perder esa posibilidad, ese amor, tus palabras, tus halagos, tu sapiencia, tu amor.

No sabías que podías enamorarte de nuevo. No, no lo sabías, pero él, te lo dijo. Te lo dijo con una sonrisa, te lo dijo confiando sus dudas sobre las cosas, te lo dijo con esa forma de darse la vuelta cuando se fue al servicio. Te dijo: “no hagas tonterías mientras no te veo”.

Ahí tirado, al lado de la cama. Él duerme en el sofá. ¿Qué será de él? ¿Cómo llevará que no haya nadie que le escuche, cuando despierte a la mañana siguiente? ¿Por qué no escribimos otro final en el que no mueras? ¡Joder!

¡Maldito destino de mierda!

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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