Te quiero mamá.

Tuvo un acceso de tos. Se intentó incorporar para respirar mejor, pero los dolores que atenazaban su cuerpo no se lo permitía.

Iván se despertó y se levantó de un salto. Agarró a su madre de la mano y la sostuvo por la espalda. Ella inmediatamente se sintió mejor, segura. Cerró los ojos sonriendo, orgullosa. Orgullosa y triste.

– Tranquila mamá.

Susana notó que su hijo se balanceaba ligeramente. Se había levantado tan de repente que se le había ido ligeramente la cabeza.

– Respira despacio, Iván – le dijo en un susurro, intentando que esa corta frase no le dejara de nuevo sin respiración y empezara a toser de nuevo.

– Ya está mamá.

– Siéntate.

– Ya está mamá.

– Estás mareado.

– Ya está mamá – dijo pacientemente Iván, sin perder la mansedumbre, diciendo la frase como si fuera la primera vez – Ya está mamá – repitió de nuevo imprimiendo a su voz todo el tono calmoso del que fue capaz.

Ella se recostó de nuevo en la cama, despacio. Su respiración era pesada, sus fuerzas escasas. Veía a su hijo cansado, tirando del carro, sin perder la paciencia.

– ¿Como está tu novio? – preguntó ella de repente. – ¿Era Ignacio? ¿Se llamaba…?

– No mamá, se llamaba Iñaki. Y no salió bien. Ya no somos novios.

– Pero si os llevabais muy bien – intentó pasar la mano por el rostro de Iván, pero éste rechazó la caricia. Sabía que ahora vendría una mentira.

– No era así. No congeniamos. Cortamos hace tiempo.

Ella sabía que hasta que cayó enferma, ellos seguían juntos. Incluso los primeros días los acompañó alguna vez al médico. Siempre solícito… siempre amable… ¿Por qué de repente…? Miró a su hijo a hurtadillas. Él se había vuelto hacia la silla y la había acercado a la cama. Se sentó en el borde y le cogió la mano. Le dio un beso y la empezó a acariciar suavemente.

– Ya está mamá, no te preocupes.

Susana se preguntaba todos los días si merecía la pena seguir luchando. Desde que había caído enferma, Iván se ocupaba de todo. De los médicos, de cuidarla, de la tienda, de las cuentas, de ir pagando a toda esa gente que le dejó dinero para salir adelante en tiempos difíciles… por el día la tienda, por la noche el hospital y la casa, dependiendo de dónde tocara luchar esa temporada.

– Iván, debes… solo tienes 20 años…

– No insistas, mamá. Antes yo estaba ahí, en la cama, enfermo. Y luchaste y perdiste tu vida por mí. No seré muy listo, ni seré muy inteligente,no tengo habilidades especiales ni soy artista, ni destaco en nada, ni jugando a las canicas; y no seré el hijo con el que sueñan todas las madres, tampoco soy guapo, no soy el yerno perfecto, como dicen en la tele. Pero mamá, soy lo poco que soy porque renunciaste a todo por mi. Hasta que estés bien, mi vida eres tú, y más te vale luchar y salir adelante porque me moriría si te pasara algo.

Susana le apretó la mano sin querer. Se había emocionado y no quería mostrarlo. Por eso intentó hacerse la dormida. Pero se le escapó el reflejo de su mano. Aún así, cerró los ojos e intentó serenar sus emociones. Tendría que buscar la forma de decirle a su hijo que ella era vieja, que él era joven y que debía mirar por él. No merecía la pena alargar la agonía de ella a costa de perder la vida de él. Seguro que había echado de su lado a Iñaki. No había estado atenta, debería haber preguntado antes por qué no iba con él al hospital, como al principio, por qué no le veía nunca ni siquiera a esperarlo. Qué bobo era. Se parecía a ella, no cabía duda. Del idiota de su padre, no tenía más que los ojos. Más le valía haberse parecido a él y haber salido corriendo en cuanto el médico dictó sentencia.

– Tu madre está enferma – recuerda Susana que le dijo a su hijo, como si fuera un niño de dos años.

– Eso ya lo sé, antes he estado enfermo yo, todavía no he olvidado los síntomas. – le contestó mirándolo fijamente a los ojos, ofendido por el trato y sin ocultarlo.

– No sé si tiene a alguien que pueda cuidar de usted – esta vez se dirigió a Susana. Pero no fue ella la que contestó, Iván se adelantó. Nunca había escuchado a su hijo con un todo de voz tan glacial:

– Por supuesto que tiene: yo.

Su padre hubiera escurrido el bulto. Ya lo hizo cuando nació Iván. Podía haberse parecido a él.

– Mamá

Susana abrió los ojos despacio. Temía volver a ese momento de hacía unos minutos y del que había huido.

– Feliz Navidad. Tengo unos regalos para ti.

Centró la vista en su hijo. ¡Llevaba un gorro de Papá Noel en la cabeza! En la vida había conseguido que se disfrazara o que hiciera un poco el tonto. La infancia se la dejó en hospitales como ese y nunca quiso recuperarla.

– Iván – fue lo único que acertó a decir. Si hubiera tenido fuerzas hubiera soltado una carcajada o al menos una gran exclamación de sorpresa, abriendo mucho la boca y tapándosela rápidamente con la mano, mientras pensaba a toda prisa los últimos meses de la vida de su hijo buscando el momento en que empezó a darle a la droga.

– Es Navidad mamá. ¿Te acuerdas cuando yo estaba malito? Venías a la habitación vestida de Papá Noel y traías muchos caramelos y regalos que habías hecho tú por las noches, mientras yo dormía. No teníamos dinero pero te las arreglabas para hacerme un montón de regalos.

– Y tú ponías cara de acelga y decías que ni Navidad ni leches. Eras muy mal hablado y muy podo detallista.

– Y tú insistías y al final me hacías cosquillas y me reía.

– Pero con cara de acelga.

– Ya no tengo cara de acelga. Además, cuando me reía no tenía cara de acelga.

Susana sonrió de nuevo. Cada vez le era más costoso aguantarse las ganas de reírse a carcajadas, pero sabía que eso le haría toser de nuevo y le dolería todo el cuerpo y se perdería la magia del momento. No, no tenía cara de acelga. Era un chico muy guapo, cansado eso sí, y necesitaba una buena siesta y una buena ducha. Y esa expresión de desesperación porque ella se animara, porque entrara en su juego…

– ¿O sí la tengo? – lo dijo en tono de falso ofendido e intentando poner una expresión de chico soso, necesitado de una pizca de sal y pimienta para seguir en este mundo.

– Me lo tengo que pensar – no se iba a dejar vencer tan rápido. No quería ser una enferma fácil así de repente. – Hagamos un trato.

– Tu dirás – Iván se puso a la defensiva. Se imaginaba algo de Iñaki o que dejara de ir al hospital o algo así. No iba a ceder en algunas cosas.

– Te vas a ir a casa. Si es Navidad, no se abre la tienda. Así que te vas a duchar, no menos de media hora. Te relajará. Y luego, te meterás en la cama, no menos de 8 horas. Luego volverás con el gorro puesto y … – se le estaba quedando la boca seca, pero no quería pedirle que le acercara un vaso de agua todavía. Así que movió la boca suavemente buscando un poco de saliva que le permitiera seguir hablando – abriremos los regalos. Y me darás un beso y un abrazo. Muchos besos.

– ¡Mamá! – se hizo el ofendido… siempre se había sentido reticente a los besos y los abrazos. Aunque desde que su madre había enfermado, quería estrujarla y besarla muy a menudo, pero no se había atrevido a hacerlo por no parecer que se ablandaba porque su madre estaba mala o porque pareciera que daba a entender que estaba peor. – Vale, porque es Navidad. Pero no te acostumbres.

– Pues vamos, no pierdas el tiempo. Tengo ganas de abrir los regalos.

Iván pensó en darle un beso antes de irse, pero se arrepintió. Luego se lo daría, como pago del trato. Fue a salir de la habitación pero mientras cogía su abrigo, se volvió a la cama.

– Pero me tienes que prometer que esas ideas que se te pasan por la cabeza, no … no… – no encontraba las palabras – que vas a seguir luchando, que tienes que ponerte bien y que como me decías cuando era yo el que estaba enfermo, tu voluntad es un 40% de la victoria.

Susana cerró los ojos. De repente se había agotado. No estaba segura de poder prometerle eso a su hijo. De hecho, tenía la secreta esperanza de que mientras él se iba a casa, ella podría descansar para siempre… era una tontería, lo sabía, las cosas no suceden así, pero podría suceder. Entreabrió los ojos y vio el rostro decidido, expectante de Iván. Los papeles se habían cambiado. Durante su última recaída, con 15 años, esa conversación la habían tenido en papeles opuestos. Y seguramente sus sensaciones serían idénticas, pero en los personajes antagonistas.

– Tenemos un pacto – dijo al final.

– Feliz Navidad, mamá.

Le salió una gran sonrisa. Y un casi eufórico Iván no pudo contenerse y se agachó para darle un beso en la frente a su madre.

– Volveré en un rato.

– 10 horas al menos debes estar fuera. Si no, no habrás cumplido tu parte. Y sabré si has dormido solo con mirarte a los ojos, así que no me la intentes dar. Y sabré si has estado media hora bajo el agua de la ducha. Lo sabes que lo sabré.

– Vale – Iván contestó un tanto fastidiado. Su idea era abreviar los tiempos marcados por su madre o aprovechar a hacer alguna cosa en casa.

– Antes de irte, dame un poco de agua, por favor.

Iván se acercó a la mesilla y cogió el vaso de agua y una paja. Se la acercó a su madre mientras la ayudaba a incorporarse un poco.

– Te quiero mi niño.

Lo dijo en un susurro, cuando se volvió a recostar sobre la almohada.

– Lo sé mamá – Iván estaba al borde de las lágrimas. – Yo también te quiero.

Susana se había dormido. Iván acarició la cara de su madre y volvió a darle un beso. Se secó las lágrimas que se escapaban por sus mejillas y salió de la habitación. Lloraba, sí, pero era de felicidad. Fuera por lo que fuera, era la primera vez que había visto en su madre una cierta disposición de lucha. Quizás así todo se arreglaría.

Mientras bajaba en el ascensor se hizo la promesa de que si su madre salía de esa, todas las Navidades se pondría el gorro de Papá Noel y no se lo quitaría hasta año nuevo. Y haría que su madre tuviera cada año las Navidades con las que siempre había soñado.

Se le escapó una sonrisa.

– Te quiero mamá.

Se le escapó al abrirse la puerta del ascensor. Se prometió decírselo cada día.

– Te quiero mamá. ¡Feliz Navidad!

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