Fernando y Saúl.

Tíoas, que metedura de pata la de ayer. Joder. que me hice la picha un lio y que el fiestuqui era para hoy. Joder, que cara se me quedó cuando me lo soltó el Rubén ese de los cojones. El “acompañante”, com dice el. Un puto chapero que se cree mejor, no te jode.

Y la jodí aquí también. No me ha dicho na el Jaime, no lo ha debio ver. Cuando se entere, me monta una del copón. fijo. Fijo que no vuelve.

pues que mirando por ahí las cosa que tenía escritas y tal he pillao un relatillo la hostia de majo. Que voy a ver si acierto a ponerlo en el blog, que es la primera vez. Si no, le llamo al Richard para que me ayude, que el se arregla guay con los ordenatas. Pues que es de amor y tal. Le tengo que decir al jaime que escriba very historias de amor y tal, que molan. Es que lo del amor, me mola y tal. el está así como pluff al respecting, pero eso ya me encargo yo de hacerle ver las estrellas, que me he dao cuanta que le quiero a rabiar. le hecho muhco de menos, joder.

pues que eso, que es una historieta de mor y tal. que la tenía el jaime sin poner en el blog. Y yo se la pongo, que para esto estoy y tal.

 

Adri.

PD. Hostia, casi se me olvida poner lo de la letra inclinating esa. Lo que faltaba. Y ahora sí, me voy a Acicalarme, que hoy toca chapa Vip. Hoy sí. Que los reyes os den mucho sexo para el año que viene. Os hago precio especialing, por ser lectores de mi jaime. Chao, bacalao.

—-

Fernando y Saúl.

– ¿Sois novios? – preguntó Raúl, rubio y con ojos azules, de 12 años muy descarados.

– ¡No! – respondió Saúl con presteza.

– ¿Lo parecemos?

Preguntaron a la vez, Saúl y Fernando. Éste último se echó a reír por la incomodidad reflejada en la cara del primero.

Oller hizo un gesto como indicando que era evidente. Margot no pudo por menos que reírse, aunque recuperó rápidamente la seriedad.

Saúl no dejó de mirar a todos sorprendido. Estaba un poco enfadado con Fernando porque no le había contado nada de eso. Le había seguido cuando había abandonado la fiesta de su empresa. Quería saber cual era ese plan por el que había rechazado las muchas alternativas que le habían propuesto todos. De repente se encontró en el hall de un piso que parecía enorme, lleno de chicos y chicas que parecían esperar con ansias a Fernando. Así entendía que algunos días saliera antes que de costumbre y que los fines de semana se perdiera y nadie supiera de él. Por otro lado, eso le llevó a pensar que, si eso no lo había compartido con él, no tenía ninguna esperanza de tener alguna posibilidad de tener una historia en común, un romance digno de un cuento de Navidad.

– Estos niños están solos. Una ONG los ayuda manteniendo esta casa y Margot y Luis se encargan de ser una especie de padres de acogida – le explicó Fernando.

– ¡Qué bonito! – dijo Saúl con poco entusiasmo. Estaba más concentrado en que Fernando no le hubiera contado nada.

– Brindemos por Fer – propuso Raúl. Raúl le había cogido mucho cariño a Fernando. En cuanto llegaba éste de visita, no se separaba de él. Le llevaba sus deberes para que se los corrigiera, le enseñaba las nuevas canciones que había añadido a su lista de Spotify. Y si se sentaban todos a cenar, todos sabían que debían dejarle al lado de Fernando. Si no era así, no decía nada, pero todos notaban que se ponía tremendamente triste.

– ¡Y por su novio! – propuso Esther, toda una mujer de 15 años, muy estirada, pero de buen corazón.

– ¡Esther! – le riñó Margot. Se estaba arrepintiendo de su arranque a reírle la gracia a Raúl y Oller.

– Lo ha dicho Raúl – se disculpó la chica.

Saúl se puso colorado. Fernando bajó la mirada, un poco confuso. La primera vez fue gracioso, la afirmación de Oller también. Pero las demás… le estaba desconcertando tanto insistir de los niños, cuando no había hecho nada para dar esa impresión. O eso pensaba él.

Pero enseguida se le echaron los chavales encima, intentando abrazarse a él y besarle, y se olvidó de todo.

Saúl los miraba a todos con sentimientos encontrados. Por un lado, estaba contento porque Fernando parecía salir del pozo de melancolía en el que estaba esos últimos meses. Por otro, seguía dando vueltas a que no formaba parte de esa faceta de la vida de él. Pero ver la cara de felicidad de los niños, le hizo postergar su decepción a un segundo plano.

– ¡¡A cenar!! – gritó Luis saliendo de la cocina vistiendo un delantal demasiado pequeño para su corpulencia y sucio, muy sucio.

– Estás para meterte a la lavadora.

– El jodido pavo, la madre que lo parió. Es tan grande que no he sido capaz de cortarlo con una mínima dignidad para meterlo al horno.

– Y menos mal que estaba hecho – se mofó Oller, que era su ayudante en la cocina.

– Oye, no te pases – Luis se hizo el ofendido y le tiró un bombón a la cabeza.

– Siéntate aquí Saúl – le indicó Margot.

– Nosotros a su lado – se apresuraron a decir Nuño y Rodrigo, los gemelos.

– No agobiéis a Saúl, que si no se va a asustar y no va a volver.

Ellos hicieron un mohín de inocencia.

– ¿No vas a volver? – preguntaron a la vez compungidos.

– Os conozco, enanos. Saúl no va a adoptar a nadie.

Saúl levantó las cejas asustado. “¿Habían dicho adoptar?” De repente se vio en una casa, con el delantal que llevaba puesto Luis y con la nariz llena de harina, persiguiendo a los gemelos que tenían pinta de ser dos picias de cuidado. Y su cara se puso blanca del susto. “¿Será una broma que me gasta Fernando?”. “Joder, no consigo que haga ni puto caso y ahora resulta que me trae aquí para que adopte un churumbel” “¡¡Dos, no uno, e iguales!!”. Saúl tenía mucha imaginación y era propenso a construir grandes producciones cinematográficas en su cabeza con cualquier detalle de su vida cotidiana. Sus amigos se reían de él por ello. Ya conocían la cara que se le ponía cuando estaba en proceso de construcción de secuencias.

Fernando también conocía esa cara. Se levantó y fue hacia él. Sabía de su tristeza porque no le hiciera caso y del susto que le había dado el comentario de la adopción. Se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.

– Poco a poco, Saúl. Ten paciencia conmigo. Y con los chicos. Están de broma. Es Navidad y alguno no la ha disfrutado hasta ahora.

Fernando volvió a su sitio. Mientras daba la vuelta a la mesa recapacitó sobre lo que acababa de hacer. No fue algo premeditado. No lo pensó pero lo sentía así. Debía dejar paso a otras cosas. Debía dejar paso a otros sentimientos, a otras personas. Debía dejar el pasado atrás y el sufrimiento que llevaba arrastrando desde hacía ya demasiado tiempo. Quizás los niños de ese hogar artificial le estaban haciendo cambiar. Quizás lo estaban ayudando más que él a ellos. Y Saúl siempre había estado ahí, esperándolo. Y él apreciaba esa paciencia. Y cuando Saúl cogía sus vacaciones y no lo veía durante semanas, se encontraba llamándolo a su despacho, porque lo echaba de menos. Incluso alguna vez se había inventado alguna excusa para llamarlo al móvil y preguntarle, solo por escuchar su voz, que le daba como un plus de compañía y seguridad.

– Poco a poco. – repitió mientras en un arranque volvía hacía el sitio de Saúl y daba otro beso en la mejilla. – ¿Has llamado a tu madre para decirle que te has quedado a trabajar hasta tarde por mi culpa y que no irás a cenar?

– ¡¡Hostia!!

– Cinco euros al bote. Has dicho un taco.

– ¿Eh? – miró a Rodrigo, que lo señalaba con su dedo acusador.

– Son las normas. Cinco euros los mayores, un euro los peques.

Saúl los miraba con cara de “¿Pero qué me están contando?”desconcertado. Cada vez estaba más confundido. Eran demasiadas cosas. Se había olvidado de su madre. Sacó el móvil y vio la ristra de wasaps que tenía de su madre y de su familia. Estaban muy enfadados con su retraso. Además, había quedado en ir a buscar a su abuela y su padre había tenido que salir a todo correr para evitar que saliera de casa por su cuenta.

– Le diré que mañana vendrás a comer, para hacerte perdonar.

– ¿Eh? – ahora era Fernando el que ponía cara de asustado – ¡La madre que…!

– Cinco Euros – gritó alborozado Raúl.

– Qué bien, el bote a este paso se va a llenar cagando leches.

– ¡Cincoo Euros! – gritaron alborozados los chicos mirando y señalando a Margot, que se había puesto colorada de la vergüenza. Ella que siempre era tan mirada con las formas y se le había escapado

Comieron y rieron. Los chicos se lo estaban pasando en grande. Y los mayores también. Fernando estaba tan feliz… Saúl lo miraba de vez en cuando y se sonreía. Hacía tanto tiempo que no lo veía así… casi desde que empezó a trabajar con él. Entonces Fernando estaba felizmente casado con Pablo. Una pareja perfecta. Pero al poco, la vida de Fernando se trastocó completamente. Sus padres tuvieron un accidente. Su padre falleció al poco tiempo por las heridas. Su madre casi no sufrió heridas en el accidente. Pero la muerte de su marido la sumió en un estado depresivo del que no salió nunca. Falleció al año sin haber recuperado en ningún momento la sonrisa ni las ganas de vivir. En medio de todo eso, Pablo le pidió el divorcio. Se había enamorado de otro. Fue un divorcio traumático, lleno de mentiras y de abogados, todo por dinero. Pablo quería llevarse un buen pellizco de la fortuna de Fernando. Y a fuer que lo consiguió. Éste acabó claudicando al poco de fallecer su madre. Su ánimo no lo soportaba. Esto casi le cuesta la quiebra de su empresa. Y su salud mental. Pero Fernando tenía ese don que hacía que la gente con la que se juntaba, le acababa cogiendo tanto afecto que todos a una lucharon por él y con él. Y salieron adelante. Aunque un cierto halo de tristeza nunca le abandonaba.

Saúl no se dio cuenta pero llegado un momento, solo tenía ojos para él. Estaba prendado de ese gesto risueño que tanto añoraba. Verlo, sentirlo allí, en ese momento íntimo que había ocultado a todo el mundo, le hacía sentirse el hombre más dichoso de la tierra. Hubo un momento en que las miradas de los dos se cruzaron. Fernando se asustó de lo que vio en los ojos de Saúl, y apartó rápidamente su mirada. Saúl bajó también la suya mientras sus mejillas se teñían de rojo y empezaba a sudar profusamente.

Los niños se dieron cuenta de todo. Pero algo les hizo comprender que no era el momento de sacarles más los colores. Los gemelos que al final habían conseguido sentarse uno a cada lado de Saúl, se recostaron sobre sus brazos. Y Raúl agarró para sí, el brazo que le tocaba de Fernando. Margot, por su parte, le cogió la mano que el niño le dejaba libre y se la apretó. Se miraron un momento y ella aprovechó para animarle a lanzarse a la vida de nuevo.

Fernando y Saúl bajaron en silencio las escaleras. Se ataron sus respectivos abrigos y empezaron a caminar.

– Es genial lo que haces con los niños.

Fernando se encogió de hombros para quitarle importancia.

– En serio. Están como locos por ti.

– Anda que tú, mira los gemelos, los has conquistado nada más entrar.

– Puedes venir a comer mañana si quieres. Iba en serio. Mi madre no me perdonaría si no consigo que vayas después de lo de esta noche.

Lo dijo como si se le acababa de ocurrir. De sopetón. Pero en realidad llevaba gran parte de la noche pensando la manera de decírselo.

Fernando miró de reojo a Saúl. Sintió ganas de abrazarlo. Le enternecía su forma insegura de comportarse, él que en el trabajo, en los cinco años que llevaba en al empresa, siempre se motraba seguro, decidido. Entró al final de la buena época siendo muy joven y había luchado como profesional de larga experiencia y de más edad. Y ahora casi tartamudeaba. Y se le había olvidado por completo que ya le había dicho a mitad de velada que le había dicho a su madre que iría al día siguiente.

Se pegó a él y le rodeo la cintura con su brazo. Apoyó la cabeza en su hombro.

– Así me haré perdonar no haber ido a cenar a casa. – repitió, como si nadie lo hubiera dicho ya. Fue lo primero que se le ocurrió.

– Lo que quieres es que tu madre no te eche la bronca, ponerme de parapeto.

Siguieron caminando despacio. Saúl con sus manos metidas en los bolsillos y Fernando rodeando la cintura de Saúl.

– Ya te he puesto de excusa. Eres el culpable de mis desgracias familiares de esta noche.

– Vale – contestó al final Fernando.

– Le diré que haga croquetas.

Se rieron.

– ¿Por qué nunca me has dicho que me querías?

Fernando se paró. Soltó la cintura de Saúl y se enfrentó a él. Le obligó a sacar las manos de los bolsillos y las sostuvo entre las suyas.

– No quería importunarte – contestó Saúl dubitativo. – Estabas con tus cosas y demás.

Fernando arrugó el ceño. Se fue acercando hasta quedar pegado a él. Saúl era un poco más alto, así que tenía que mirarlo hacia arriba.

– Es cierto, estabas tan triste con todo que… – parecía un niño pequeño buscando excusas.

– ¿Vienes a casa?

– ¿Estás seguro? – volvieron los sudores fríos al cuerpo de Saúl.

– Sí – contestó rotundo Fernando.

Saúl no dijo nada. Así que Fernando le cogió de la mano y tiró de él.

– Pero mañana tenemos que ir a comer a casa, no me la líes que mi madre me echa.

– Bueno, te vienes a vivir a la mía.

– Fernando, me… estás… no sé que decir. Así todo de repente. Estoy que ya no tengo más líquidos que sudar ni más colorete para mis mejillas.

– Me he dado cuenta de muchas cosas esta noche. Y es Nochebuena, la noche más mágica de todas, en la que ocurren cosas bonitas y sorprendentes.

– ¿Sí? ¿De cuales? – preguntó con miedo.

– De que a lo mejor te quiero.

A Saúl se le iluminaron los ojos.

– ¡Joder! – exclamó con los ojos muy abiertos.

– Solo a lo mejor – bromeó Fernando.

– No me tomes el pelo…

– Vamos, anda, que hace frío. Y debes otros Cinco euros al bote por el taco.

La noche era fría y oscura. Las calles estaban vacías. Las ventanas de las casas empezaban a apagarse. Ya habrían acabado las partidas de cartas, las del scatergoris, las charlas, incluso las peleas entre cuñados. Los niños estaban en la cama, esperando quizás que llegara la mañana, ilusionados con los regalos que Papá Noel pudiera haberles traído. Miles de historias había ocurrido esa noche. Dido y Peter, Gonzalo y su hermano Matías, Adri y Jaime, la madre de Saúl con el resto de la familia, los niños de la casa de acogida, Luisp, Dídac, Pilar y Ángel, Borja, Saúl, Ricardo, Javi, Valyria, Rilkerainer, Mario, Alex, Israel, Lorien, Francesc, Pere, Robert, Jérôme, Alain, Sonia, Virginia… Adri. La ciudad se apagaba lentamente recogiendo el halo que dejaban esas historias. Las tristes y las alegres.

Mañana sería otro día. Pero en esa noche, muchas historias habían empezado. La magia había hecho su trabajo. Los demás, la gente, las personas, solo deberíamos hacer lo posible por no cagarla.

Fernando y Saúl se pararon de repente, los dos a la vez, como si hubiera llegado a su destino. Pero no. Miraron hacia arriba y vieron una estrella fugaz. Bajaron la cabeza y se miraron. Sonrieron y se dieron un suave beso en los labios.

Se abrazaron y siguieron caminando.

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Que soy Adri otra vez y tal. Mola la historia ¿A qué si? Pues que he mirao la lista de canciones que tenía así como para poner, y que me voy a tirar el moco de poner una de ellas. Los tíos están monos y tal, pero yo estoy mejor. Eso sí, yo no canto una mierda y ellos pues molan dándole al gargorito o como se diga.

Se llaman algo así como “The vamps”. Y pega el vídeo porque parece el Luis ese con el pavo. el del relato, digo. como ligo la salsa ¿eh? para que se queje el jaime. Lo de los reyes de ayer, pues para hoy.

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