La señora que se sentaba en un banco.

La primera vez que me senté junto a ella, apenas hablamos. Miramos los dos al frente, buscando las imperfecciones de la pared que había al final de nuestras miradas.

La veía casi todos los días, en el banco, sola, con las piernas juntas y sin llegar a apoyar la espalda, con la mirada perdida en vete tú a saber qué recuerdos. Era una calle sin glamour, los coches pasando continuamente. Eso sí, un árbol le daba cobijo y evitaba que los rayos de sol la machacaran con denuedo.

Siempre tenía una actitud como de indefensión. Encogida un poco sobre sí misma. Elegante, con su pelo blanco bien cuidado, y su ropa, igual de bien cuidada. Piel luminosa, pero triste.

Siempre sola. Melancólica.

Un día pasé por delante de ella, como tantos otros, apresurado, haciendo cosas del trabajo, y algo sentí al mirarla que, tras rebasarla en unos metros, me volví y me quedé observándola. Debía seguir con mi preventa, pero… había tanta pena contenida en su rostro… no sé explicarlo. Pena, no, no era pena. Desesperanza, soledad, no sé, una mezcla de ellas. Solo sé que me revolvió algo dentro. Quizás porque me veía a mí mismo igual que esa señora dentro de unos años. Quizás porque estoy cansado de escuchar disquisiciones elocuentes sobre la era de la comunicación. Y esa mujer, solo se comunicaba con su gesto, y no sabía muy bien si alguien recibía ese mensaje. Porque posiblemente no tuviera a nadie a quien comunicar. Ni siquiera la intención de hacerlo. A veces las tortas que te dan te hace evitar decirle a nadie, nada.

Volví despacio sobre mis pasos. Vacilante, mirando al suelo. No soy de acercarme y hablar con desconocidos. Y normalmente incluso, rehúyo el contacto con los conocidos. No soy muy abierto a entablar conversación con desconocidos ni a sentarme junto a ellos en un banco de la calle. Quizás las prisas, quizás que no tengo claras mis aptitudes sociales, quizás por timidez y no hay más que hablar, o por inseguridad, y tampoco hay que darle más vueltas. El caso es que, después de tener un debate conmigo mismo en el tiempo en que recorrí el escueto espacio que me separaban de la señora, escasos segundos, aunque otra cosa es que a mí me pareciera un trecho de mi vida largo y tortuoso, me acomodé junto a ella.

Saqué mi tablet y empecé a disimular repasando los pedidos que había tomado de los últimos clientes que había visitado. Bajaba y subía con gesto decidido mis apuntes en la pantalla, aunque no veía nada. De reojo la miraba de vez en cuando. No se movió un ápice. Puede que se acomodara ligeramente de vez en cuando.

Tras pensarlo y dudando mucho, lancé un comentario sobre el tiempo.

– Qué buen día hace – acabé la frase con un teatral suspiro que ni Lola Herrera en “Cinco horas con Mario”.

– Ni calor ni frío – insistí.

Ya lo sé, no fue muy original, pero ya os digo que no estoy acostumbrado a entablar conversaciones aleatorias con gente aleatoria en medio de la calle y sin venir a cuento. Aparté la tablet esperando una respuesta. Pero no llegó. Apenas si me miró un instante, para volver a su abstracción centrada en algún ladrillo de la pared de enfrente.

– Me llamo Santi.

No se me ocurrió otra cosa.

– Se está bien aquí, si pudiera me quedaría todo el día.

Tardó en contestar, pero al final, parecía que había llamado su atención.

– Seguramente no.

Era la primera vez que la veía mirarme directamente. Y tenía un ligero gesto burlón en la cara.

– Esmeralda.

Fui a decir algo del bonito nombre, pero al final me contuve. Mi cupo de frases vacuas y tópicos del día estaba ya amortizado. Solo sonreí. Hubiera querido darle la mano, pero no me pareció adecuado.

– ¿Escuchas?

Lo dijo levantando un dedo y señalando al cielo. Presté atención y al final, abstrayéndome del ruido de los coches y de unos jóvenes que intentaban hacer piruetas con sus skates a unos metros de nosotros, logré discernir el canto de un pájaro.

– ¿Sabes cual es?

Me encogí de hombros.

– Siempre pienso en mi padre y en sus intentos de enseñarme los distintos pájaros, sus cantos, los árboles y las plantas. Nunca le hice caso. Ahora me arrepiento de mi desdén juvenil.

– Yo tampoco les hice caso a los míos.

No era cierto, porque ninguno de mis progenitores intentó nunca enseñarme como cantaba un gorrión, o una paloma, o un águila imperial. Mi hermano mayor devoraba con dedicación los vídeos de los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. Nunca me invitó a verlos con él. Y en su descargo, no lo eché de menos en ningún momento. De hecho, no lo he echado de menos en los últimos veinte años que será el tiempo que no sé nada de él.

Apenas hablamos nada ese día. Seguí sentado en ese banco una media hora. Hicimos algún comentario más, pero ni siquiera lo recuerdo. Me despedí de ella con la misma falta de fluidez que había exhibido al presentarme. Al levantarme, pensé que fuera cual fuese el motivo íntimo que me llevó a sentarme allí, había sido un fracaso. Pero, cuando me iba, ella me sonrió. Fue una cosa muy fugaz, pero… bueno, me hizo sentirme importante. Como si fuera un boy scout y hubiera hecho mi buena obra del día.

Tuve que correr para acabar mis clientes. Incluso perdoné la comida para que mi supervisor no me echara la bulla. Es uno de esos que aunque no le des ningún motivo durante 56 años, si un día te pilla en un renuncio, te monta un cipitoste de cuidado.

Los siguientes días que coincidí con ella y me senté en ese banco, hablamos más. Me confesó un día que no tenía costumbre de hablar con nadie. Solo con la cajera del Dia, y “no vamos más allá del tiempo”. Cuando dijo eso del tiempo, yo creo que se rió un poco de mí y mi presentación el primer día.

– Con lo que me gustaba hablar de joven.

– Pero si todavía es joven.

– Huy, 75 años, no son de joven.

– Pues no los aparenta.

– Gracias por la mentira piadosa.

– No…

Pero su gesto pícaro me quitó las ganas de protestar.

Me gusta escucharla. No sé por qué. Me cuenta muchas cosas… pero lo importante es que creo que ella se siente bien diciéndolas en voz alta y yo me siento bien escuchándolas. Cuando no la encuentro, me siento mal, perdido el resto del día. Como que me faltara algo, no sé si me comprendéis. Mi ración de comunicación.

Otro día si eso, os lo cuento. No sé si a alguien le interesarán sus historias tan cotidianas y anodinas como las de cualquiera. No sé si a alguien le interesará la historia de un hombre que en medio de su trabajo, se detiene un momento para escuchar a una señora de 75 años que le gustaba mucho hablar de cuando era joven. Historias anodinas, sin glamour pero que nos son tan necesarias: escucharlas y decirlas.

Aunque no lo sepamos.

Otro día, si eso.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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