Volviendo al pasado.

Apenas había amanecido. Era el mes de enero, una mañana oscura y triste. Fría. Muy fría.

Humberto envolvía el vaso del café caliente con sus manos desnudas, en un vano intento de templar el cuerpo. De vez en cuando pegaba un pequeño sorbo a través de la abertura de la tapa y saboreaba despacio el líquido caliente.

A pesar de todo, sus manos estaba rojas de frío. Y notaba sus pies helados dentro de sus zapatos de verano. Llevaba tanto tiempo viajando sin parar que a veces las transiciones no las asimilaba hasta días después de llegar a un nuevo destino. Y eso le había pasado esta vez. Ropa de verano para un día de duro invierno. Pensó en dejarlo para otro día, pero la impaciencia le contuvo. “Ya que estoy, al tema, que mañana a lo mejor me arrepiento”.

La puerta del portal se abrió. Y esta vez sí, era él.

Hacía casi diez años que no lo veía. Pensó en un primer momento que estaba igual que la última vez. Pero no era así. Estaba más viejo, claro. Y más triste. Y menos guapo. Pensó que a lo mejor era esa juventud perdida, aunque poco después creyó más bien que era ese amor perdido el que cambiaba su percepción. Durante unos segundos se cruzaron sus miradas. Pero él no lo reconoció, o al menos supo disimularlo. “Me habrá olvidado por completo”.

Lo vio alejarse. Humberto suspiró y empezó a seguirlo. Ahora que lo tenía delante, recordaba mucho mejor aquellos días en que la vida sin él no tenía sentido. Se sonreía pensando en que al final, todo pareció arreglarse y las cosas volvieron a su sitio. Fue cuestión de tiempo y de trabajo. Tiempo, constancia, dinero y trabajo. Recuperó su vida profesional a la que había renunciado por él y voló fuera de su mundo que le oprimía con su presencia silenciosa e invisible en sus lugares de vida comunes.

Un claxon. Un frenazo. Humberto soltó el café por el sobresalto. Miró con sus ojos marrones oscuros muy abiertos hacia el coche que lo enfilaba a pocos centímetros de sus piernas. No se había dado cuenta y estaba parado en medio de la calle, mirando como él compraba un periódico y se entretenía un par de minutos hablando con el kioskero. Se disculpó con su mejor sonrisa y saltó a la acera. Siguió con la mirada al conductor que lanzaba improperios mudos, pero que sonaban a voz en grito dentro del vehículo. Se encogió de hombros e hizo una mueca graciosa, si alguien hubiera podido verla.

Cuando quiso volver a poner su atención en él, y recordar mejor aquellos días en los que su corazón estaba lleno de los latidos del amor, como decía la canción, él ya no estaba. Miró con desasosiego a un lado y a otro, pero no pudo reencontrarlo. Pensó en ir directamente al sitio dónde trabajaba hacía diez años, pero… no quiso tentar a la suerte y que alguien lo reconociera y que se descubriera que estaba de nuevo en la ciudad.

Volvió caminando despacio. Intentaba rememorar aquellos días, pero solo conseguía fijarse en el camino que seguía el vaho que salía por su nariz al respirar.

Al día siguiente lo volvería a intentar. Debía saber, debía sentir si ese amor que se rompió podía haber sido su amor de verdad. No sabía si serviría de algo, pero era lo único que podía hacer para calmar su alma. Viajar al pasado e intentar buscar dentro de él.

Subió a su habitación y se sentó frente al ventanal. Y allí, mirando como los primeros copos del invierno se mecían suavemente camino del abismo, se quedó dormido pensando por qué hacía diez años había sido capaz de hacer tando daño a la persona que más quería en el mundo.

Retazos de vida imperfectos 03. Chúpate esa.

Estaba sentado en la taza del váter. Era el baño del trabajo, un cubículo limpio pero apretado.

Ni se había bajado los pantalones. Solo quería escaquearse unos minutos y perder de vista a Julián y a Helga. No los soportaba.

El silencio lo embargaba todo. Cerraba los ojos y podía creer que estaba en cualquier sitio. En el pueblo, en la casa de sus abuelos. En la playa, paseando con las olas mojando sus pies. Solo, siempre solo, sin esa gente que le producía tanta zozobra.

De repente, en el reservado de al lado, escuchó un estruendo grandioso. Pegó un salto y apenas pudo contener una exclamación de sorpresa. En la vida había oído un cuesco semejante. Ni los de Guillermo, su amigo de la infancia, podían competir con eso.

Escuchó el ruido de la bomba, la tapa bajando, el roce de la ropa, el pestillo de la puerta, ésta que se abre.

El ruido del agua al abrirse el grifo y se imagina al dueño del cuesco lavándose las manos.

En esto que vuelve a escuchar otro estruendo de origen flatulento. Y un suspiro de satisfacción. Hasta creyó escuchar un “chúpate esa”.

No pudo contenerse y sin hacer ruido, entreabre la puerta de su cubículo y miró. Casi se le cae la mandíbula de la sorpresa: era D. Enrique, el jefe de su departamento. Un hombre elegante y estirado. Un hombre serio, que no daba pie a la mínima intimidad personal.

Cierra la puerta corriendo. Se sienta de nuevo y se tapa la boca con la mano, la cual no podía cerrar de otra forma, ante el peligro de que salieran ruidos indeterminados por ella, como carcajadas o suspiros admirativos.

Nunca volvería a ver a D. Enrique de la misma forma. La próxima vez que se pusiera chulo, recordaría ese momento flatulento. Quizás si se ponía demasiado chulo podría decirle entre dientes: “Chúpate esa”, y hacer un gesto como de explosión nuclear. Seguro que lo entendería.

Kimel, el fotógrafo.

Parece la habitación de un hotel. Simplemente una habitación. Un hotel sin alma, sin nada que decir a sus inquilinos. Una cama, un par de sillas, una mesa y una lámina enmarcada de unos cuadrados voladores, a modo de decoración.
Es grande, eso sí. Y no me había dado cuenta, en el otro extremo, hay un pequeño sofá y una mesita auxiliar a su lado, con una lámpara inclasificable en ella. Al menos funciona y no se le cae ninguna pieza si intentas colocarla en otra posición.
El baño está bien, con su ducha amplia, su taza y su lavabo. Incluso tiene un calienta toallas. Y mira, tiene bidé. Está bien que lo tenga.
Kimel abre la puerta con esfuerzo. Su manía de no dejar en el suelo todos los bultos que lleva, no le dejan mucho margen de maniobra. No quiere olvidarse ninguna de sus bolsas. Son importantes. Lleva su equipo de trabajo. Parte de su equipo, mejor dicho. Le pasó una vez hace no mucho que no reparó en que se dejó una bolsa en el ascensor. Cuando se dio cuenta y volvió corriendo, había desaparecido. Tuvo que reponerlo y le supuso un gran problema económico. A parte, llevaba dos sesiones de fotos. Tuvo que repetirlas. Gastos. Y no estaba para esos dispendios.
Kimel es fotógrafo. Acaba de llegar a la ciudad para retratar a algunos chicos. Kimel se pasa medio mes de ciudad en ciudad haciendo esas sesiones de fotos aparentemente improvisadas, de chicos que quieren mostrar su cuerpo al mundo y cobrar por ello. Le gustaría hacer otro tipo de trabajo, o cuidar más el que hace ahora, pero necesita dinero. Y el tiempo es importante. Le pagan por modelo fotografiado. Cuantos más, más cobra. No puede dedicar a cada chico el tiempo que sería preciso para hacer una buena sesión. Simplemente debe buscar en un rato sus lados más favorecedores, hacer que pierdan el pudor, se desnuden con naturalidad y se pongan a tono en un ambiente más bien frío. Eso puede llevar su tiempo, pero él debe abreviarlo al máximo. Sus deudas no admiten escusas.
Kimel prepara rápidamente el ambiente. Cubre el sofá, el suelo y la pared del fondo con una sábana blanca, saca de una de sus bolsas algunos detalles de decoración para dar un cierto carácter distinto a la sesión. Mira la luz, coloca algunos focos para dar calidez. Está echando un último vistazo, moviendo un pequeño pañuelo de color magenta sobre la sábana blanca. Apenas ha sacado la cámara y el ordenador, cuando llega el primer chico.
“Hola, que tal”. “Bien, gracias”. “Pasa, pasa”. “Gracias”. “¿Estás nervioso?” “Yo no follo con hombres”. Kimel levanta las cejas y sonríe con hartazgo. “¿Y quién te ha dicho que eres lo suficientemente atractivo para que quiera follar contigo?”. Ese chico le dejó de interesar en ese instante.
Pol, que así se llama el chico, lo mira descolocado. Parece del tipo “Aquí estoy yo, Dios de la belleza”. Algunos se creen que son especiales porque les hayan escogido para las sesiones. No se dan cuenta que hay decenas de chicos como ellos. Y que luego, en la sesión, será donde deben demostrar si tienen algo que ofrecer a parte de su cuerpo cuidado. Si dan bien en cámara. o si encajan con el tipo de chicos que busca una página determinada. Kimel le tiende el contrato, le pide que le deje su documentación antes de que se quite siquiera el abrigo. Está en orden, tiene la edad que dijo en los primeros contactos que tenía. Aun así se le pasa por la cabeza rechazarlo, ponerle cualquier disculpa y decirle que no es posible la sesión. Pero necesita el dinero. Otra vez el dinero.
– Vamos a ello.
Se terminó. Hoy han pasado por la habitación tres chicos. Los dos primeros estaban bien, pero no le han dicho nada especial. La cámara los ha inmortalizado de todas las poses posibles para contentar a los amantes de cada parte del cuerpo. Se han masturbado y ha habido suerte: ha podido sacar el momento de la eyaculación. Eso equivale a 50 euros más. Pero no han enamorado a la cámara. El primero, ni siquiera ha logrado mirarla con convicción. “Que le den”, piensa casi contento Kimel.
Danny ha sido el tercero. Ese ha sido otra cosa. El viaje había merecido la pena, pensó el fotógrafo, después de hacer el trabajo con él. Se había alargado un poco, porque el cuarto chico citado, había dado la espantada. Aunque si hubiera estado Amanda, su ayudante, y hubiera podido traer parte de su material, el resultado hubiera sido mucho mejor.
Sí, ese último chico… le había gustado. Su mirada perdida en muchos momentos, su comodidad al mostrarse desnudo. Sus labios carnosos, su cuerpo casi sin pelo, modelado y con apariencia de seda. A este sí, le hubiera gustado morderle las orejas y besarle el cuello. Acariciar esa piel blanca que parecía tan suave. Eso era lo peor. Tener tanta belleza delante y no poder disfrutar de ella.
Tuvo un arranque y le dejó su tarjeta. “Por si te apetece un día viajar un par de cientos de kilómetros y que te saque unas fotos más cuidadas o lo que sea”.
Danny o como se llamara, había sonreído, pero de aquella manera. Era la forma de decir: “Va ser que no, pero mira que bien que te he puesto cachondo”. Kimel lo sabía, le había pasado otras veces y nunca había sido distinto. Luego había la mirada de “Si quieres te llamo ahora mismo”. O la de “Lástima que seas de fuera y no tenga un pavo para irme tras de ti”. O la de “Pero qué se ha creído este estúpido”.
A Kimel, el fotógrafo, no le gustaba mezclar placer con trabajo. Además, algunas veces eso le había granjeado algunos problemas con los modelos y con los estudios para los que trabajaba. Sino, quizás hubiera sido más directo con Danny y lo hubiera intentado.
Suspiró cuando el chico salió de la habitación. Recogió rápidamente las sábanas con las que había cubierto el sofá y el suelo, colocó las lámparas en su sitio, recogió sus fotos y sus elementos ornamentales y sin más, se lanzó a la calle. Necesitaba aire, necesitaba dejar de respirar el olor a sexo frustrado que había en el cuarto.
Miró el móvil por si alguien se ofrecía para tener un bailecito en la cama. Pero no.
Tomaría un par de cervezas y luego volvería al hotel. Se metería en su habitación, abriría la ducha y allí, bajo la lluvia caliente y artificial, se masturbaría a la salud de Danny. O de Arturo, que recordaba del viaje anterior y al que no había vuelto a ver. O de Huidobro, un chico al que fotografió unos meses atrás en Lyon. O a Carles, con el que quedó durante un tiempo para follar hasta quedar exhaustos.
Pero esta vez, sería él solo y su mano. Y el recuerdo de la belleza y sensualidad que había visto a través del objetivo de su cámara.

Xavier Serrano, fotografiado por Sergio Carvajal.

Xavier Serrano, fotografiado por Sergio Carvajal.

Hoy os presento a un modelo que no ha salido nunca en el blog: Xavier Serrano. Y lo hago de la mano de un modelo y también fotógrafo que sí ha salido en este blog: Sergio Carvajal.

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Es evidente el atractivo de Xavier Serrano, poco que añadir. Por eso y por su buen hacer, está triunfando en el mundo. Y me parece evidente que Sergio Carvajal tiene un lugar también en el mundo de la fotografía. Aunque espero que eso no sea impedimento para que siga trabajando delante de la cámara.