Enri y el día de la marmota.

Joni se llevó la mano a la frente. Acababa de darse cuenta: era el día de la marmota.

Enri y él se habían reído toda la vida de ese día. Lo hacían los días antes y los días después. Porque el mismo día de la marmota, rendían al animal o a la tradición, no sabían muy bien a cual de las dos cosas, un homenaje sentido.

Era una forma de llamarlo. Homenaje. Joni por mucho que lo intentaba no lograba saber que diablos pasaba exactamente ese día. El caso es que Enri se quedaba como pasmado en la cama. Y así pasaba el día.

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Joni alguna vez había pensando que al menos, para seguir con el homenaje perfecto a la marmota, podía acercarse a la ventana y ver si hacía sol, si veía su sombra o la sombra de la madre que lo parió. O si llovía o algo. Pero no. Fuera el día de la semana que fuera, hiciera viento, nieve o un sol del carajo, del mes de febrero, pero del carajo al fin y al cabo, el caso es que siempre pasaba lo mismo.

Sonaba el despertador como siempre a as 7 y 12. lo de las “y 12” era por ese afán de no tener querencia por los numeros justos, o sea, en 5 o en 0 acabados. Cuartos o y medias o incluso en punto clavados. Desterrados las horas justas. Los demás días del año, Enri sonreía y se levantaba feliz cual perdiz. Cantarín y directo a la ducha. Dicha ducha, o ducha de la dicha, que ducha más dichosa. Joni se había levantado un rato antes porque en el reparto de las tareas domésticas, le tocaba hacer el desayuno y la cena, día sí y día también, que a Enri lo de la cocina le daba sarpullido.

El caso es que salía de la ducha dichosa, cantarín y feliz, cual perdiz o codorniz, y se sentaba a la mesa de la galería, para ver caminar a la gente mientras se comía unos huevos revueltos y sus lonchas de Pavofrío. Y café solo, muy solo y aguado, muy aguado, como los americanos, y unas galletas Chiquilín, que maravilla de galletas. “Que me gustan la leche”, siempre se lo decía a todo el mundo, cuando quedaba con los amigos o cuando iba a reuniones familiares. “las Chiquilín las mejores; ¡Molan!”.

A Joni le gustaban las “Campurrianas”, pero tampoco se encargaba de pregonarlo a los cuatro vientos, que tampoco era fan así como fan, fan, de friki.

Enri siempre acaba el desayuno con un par de yogures naturales, de Danone, por favor. Siempre cantarín, siempre feliz, siempre con ganas de comerse el mundo, de salir a la calle y contagiar a todo el mundo de su felicidad.

El día de la marmota no.

Se levanta al sonar el despertador. Levantarse no es el concepto exacto. Se incorpora es más adecuado. Pone los pies en el suelo y ahí se queda. La mirada perdida en lo que tiene delante, la respiración pausada, los ojos abiertos, pero sin vida, sin alma, sin ganas de nada. Como si fuera una marmota, piensa a veces Joni.

Hoy, como todos los días de la marmota, al ver el panorama, ha llamado a Willy, el vecino. “Tómate el desayuno, Willy, que no me acordaba de la marmota”.

Joni ha cogido el teléfono y ha llamado al trabajo de Enri: “Está indispuesto, Marisa. Pero no creo que sea nada grave”.

– ¿Es vuestro aniversario? – pregunta curiosa – Seguro que vais a pasar el día en la cama, follando como cosacos.

Joni levanta las cejas, que casi se le escapan de la cara de lo rápido que ha hecho el gesto. Marisa había conseguido asustarlo con la pregunta y con lo de “follar todo el día”.

Carraspeó incómodo antes de tirar algunos balones fuera.

– ¿Por qué lo dices? No entiendo a que viene esto…

– Enri siempre se pone malo todos los 2 de febrero.

– ¡Ah!

Joni dio por terminada la conversación. NO sabia muy bien que decir y siempre le había dado buen resultado hacerse el tonto. Se lo hizo una vez más.

Volvió a la habitación y se aseguró de que Enri estuviera bien tapado. Una vez se despistó y al día siguiente Enri tenía un gripazo del veinte.

Llamó luego a Paúl. Paúl era un chico que había vivido hasta el año pasado en el piso de abajo. Era un buen chico. Casi se había criado con ellos. Ahora se había ido a vivir con sus padres a unas calles de distancia. Pero seguían viéndose todos los días. Era casi como de la familia.

– El día de la marmota, me lo esperaba. – dijo a modo de saludo al contestar el teléfono. – No te preocupes, me quedo de vigilancia.

No solía pasar nada, pero por si acaso. Enri no se iba a mover en todo el día. No iba a cambiar de postura, ni iba a mirar a otro lado que no fuera la pared de enfrente. No iba a mover los brazos ni iba a ir al servicio. No iba a tener sed ni hambre. Por no tener, no tendría ni recuerdos de ese día. Y tampoco tenía que recordar nada especial, vamos. Pero por si acaso, Joni prefería que se quedara vigilado.

– Con esta tontería, Joni, acabamos celebrando el día marmotero ese – dijo al entrar en la casa con su propia llave. – Vete que llegas tarde.

Joni sonrió pesaroso y salió corriendo. Paúl se acomodó en una butaca de la habitación y se dispuso a pasar el día leyendo y mirando a Enri.

Y mañana el tío, tan normal, tan sonriente, tan feliz y sin acordarse de nada. Y yo que creo que es para no celebrar el aniversario de boda… pobre Joni, otro año que se tiene que guardar el regalo.

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