Vístete, que hace un poco de corriente.

Dos hombres sentados en el sofá del salón de su amigo Ramiro. “¿Qué haremos por San Valentín?” Preguntó uno de ellos. Nadie contestó.

Una fiesta de Carnaval por todo lo alto. En casa de Ramiro, claro. No podía ser en otro sitio. Mucha comida, mucha bebida, muchos amigos y amigas, todos y todas disfrazados. Música, baile, todo estupendo. “Una gran fiesta, Ramiro”. “Un fiestón Ramiro”. “Eres el puto amo, Ramiro”. “La hostia que fiestuqui”. “Ramiro for president”.

Hacía un rato que Ramiro se había retirado a su habitación con Jorge, uno de los camareros del cátering. Ramiro había contratado al cátering por Jorge, el camarero. Le echó el ojo en una fiesta en el club de tenis y se dijo: a éste lo conquisto yo.

Pero esa es otra historia, la de Ramiro y Jorge. Ramiro el apestado de pasta, y Jorge, el camarero jovencito que rompe corazones. Sexo y deseo. Pero tienen su historia. Otro día.

Dos hombres sentados en el sofá del salón. Uno de ellos acaba de sentarse. Toda la noche bailando, riendo, está sudoroso. No ha parado de bailar. El tío, como se lo ha pasado. ¡Qué aguante! ¡Qué marcha! El ritmo en el cuerpo. Esto último es un poco exagerado o incluso un poco irónico. Lo comentó otro bailingo un poco celoso del éxito del otro, y que se fijó en que iba un poco desacompasado con la música. El otro hombre del sofá ya lleva un rato en él. Hasta hacía una hora o así había estado tan divertido, tan bailón y tan sudoroso como su novio. Él nunca se desacompasaba. El baile y su cuerpo siempre habían constituido una simbiosis perfecta. Pero de repente, tras un redoble de tambor que no supo muy bien de dónde salió, no sabe si fue en su cabeza o en su imaginación, o que el DJ le había dado por ahí, o fue su cabeza, entrecerró los ojos y lo miró fijamente. Fue como un flash y mientras todo a su alrededor dejaba de ser real para ser una pantomima sin sonido ni color, vio sucederse capas y capas en el rostro de él. Capas que se levantaban para dejar paso a la siguiente. Primero la capa de colorete, luego la de maquillaje del disfraz, luego la de la diversión, la cara de la chunga, la cara de estar pasando una noche de vicio y la cara de ser un hombre feliz. Y por último, fue así como rápido, como si fuera una película de estas de ordenadores, de investigadores o algo así, se desprendió de la cara de su novio el rostro de hombre enamorado. Después de todas esas capas desaparecidas y alguna más que debido a la impresión no vio separarse del rostro de su novio, no reconoció lo que veía.

– ¿Qué te pasa, Bernardo?

– Jonatan, no te conozco. Me acabo de dar cuenta.

– Ya estás con la coña.

Se miraron.

Jonatan supo de inmediato que no era coña. Supo que algo había pasado. Supo que Bernardo no se contentaría como otras veces con una broma y un buen polvo.

– Quítate el disfraz de una vez, Jonatan.

Estuvieron así, quietos, mirando al frente, en el salón de la casa de su amigo Ramiro un largo rato. Ramiro pasó a despedirse cuando subió a su habitación con el camarero Jorge, por el que había contratado el cátering. Esto es repetitivo, ya lo había dicho antes. Pero era por si acaso se me olvidaba. Bernardo se dio cuenta que el tal Jorge no iba muy feliz de la mano de Bernardo, pero sabía que el chico haría cualquier cosa por su padre y su negocio. El cátering era de su padre.

– No te conozco Jonatan. – repitió al cabo de un rato largo. – Quítate el disfraz. Y no me refiero al de payaso. – se lo pensó un rato antes de seguir – bueno, ese también. Estás un poco ridículo.

Al cabo de otro buen rato, una media hora o 35 minutos más o menos, Jonatan se levantó y miró a Bernardo.

– ¿Y si no te gusta lo que hay debajo del disfraz?

Silencio.

Jonatan hizo un gesto con la cabeza, apremiando una respuesta.

– ¿Y si me conquistas de verdad siendo tú? Ahora me tienes perdido.

Jonatan se quitó la peluca lentamente, sacó una toallita desmaquillante del bolsillo de la chaqueta y se limpió la cara. Despacio, mirando a Bernardo.

Éste tampoco quitaba ojo de Jonatan. Quería comprobar si el resultado de la limpieza de la piel de su novio, tenía el resultado que en su flash imaginario estilo película de intriga moderna y futurista. Pero era imposible, porque el flash había sido como muy de serie de televisión de cable y la realidad en este caso no tenía nada que ver.

Jonatan se quitó la chaqueta, y los pantalones. Y los zapatones de payaso. Y la nariz de Pinocho y los pendientes de Lola Flores.

Se quitó los calzoncillos de mercadillo y los calcetines de tres pares 1 euro. Y la camiseta del Barcelona, que llevaba debajo.

Se quedó en cueros, mirando a su novio. Con su piel llena de pequeñitos huevecillos, que no se debían al frío o a la pequeña corriente que había en la casa, seguramente los del cátering se habrían dejado alguna ventana abierta en la cocina, sino por el miedo a que lo que veía Bernardo ahora en él no le gustara y le dejara antes de abandonar la casa de Ramiro, sin darle una oportunidad siquiera de celebrar San Valentín, con la ilusión que le hacía, ir a un restaurante de la mano y decirle al mundo que ese hombre de al lado, el de la mano era su hombre. La de caras que iba a tapar que ya le habían condenado a la soledad viejuna, y eso que todavía le faltaba un siglo y medio para ser siquiera aspirante a viejuno. Pero la gente es muy mala y enseguida te condena, sobre todo si comprueba que no encajas con ninguno de los hombres que frecuentas, y que los intentos de enoviarte han salido rana, rana, y alguno muy rana, con auténticos tarados de esos que encima se creen víctimas de la sociedad y que con esa excusa, la de ser víctimas, se dedican a machacar a los demás con denuedo e impasibilidad, en el rostro y en el alma.

Bernardo no veía nada en la cara de Jonatan. Aunque tuvo un momento de raciocinio y pensó que a lo mejor era por lo de comparar con el flash del baile, que a lo mejor fue un bajón de tensión o algo de eso.

Jonatan se dio cuenta de que a parte de su cuerpo desnudo, no le estaba mostrando nada a Bernardo. Tenía que hacer algo. Algo que no lo había hecho en el año y medio que llevaban juntos. Tenía que hacer algo. Algo impactante. ¡¡Èso!! No le había dicho casi ninguna vez que lo quería, ni se lo había demostrado. ¡¡Tenía que decir algo, joder!!

– Te quiero.

Le salió así, de repente. Dolió como un parto. Es que eso de decir a alguien “Te quiero” era como si le apretaran los cojones así como muy fuerte, muy fuerte después de darle una patada con botas de “chupamelapuntatontodelhaba”. Todavía recordaba algún intento de decir algo así y que acabo en risas y más risas por el destinatario y su troupe. Joder, pero le atenazaba el pecho el miedo a que Bernardo le dejara. Es que lo amaba tanto… lo amaba tanto que había intentado construir algo pensando en lo que le gustaría a Ber. No se le había ocurrido que a lo mejor, él quería todo lo contrario. A lo mejor ver quería lo que encontró aquel día en la cafetería que quedaron después de ligar por una APP de esas del móvil.

– Sí, sí, Ber, te quiero. No te lo digo nunca y … sabes es que… no puedo vivir sin ti. No fue algo que saliera de mí al principio, sabes que me costó, que al principio pues no te quería mucho, y tú demasiado y pues que poco a poco, fui así como que me fui enamorando poco a poco, sí, es verdad y me conquistaste… yo creo que fue aquel día en que te caíste de culo en la nieve. Ese día me enamoré. Al final acabé enamorándome y enamorándote. No, eso no, que eso ya lo traías tú desde el principio. Estabas ahí en la nieve, y querías llorar de rabia, pero te reíste a carcajadas. Al final acabé enamorándome. Tú ya estabas enamorado. Siempre llego tarde, ya lo siento.

Bernardo entrecerró los ojos una vez más. Creyó que esta vez, en ese momento, su novio estaba desnudo de cuerpo y que de alma, también.

– No quiero que te disfraces para mí. Quiero verte a cara lavada siempre. Quiero ver tu piel, sentir tus palpitaciones, sentirte. A ti. No a un personaje prefabricado por lo que crees o no crees que quiere el mundo.

– ¿Celebraremos entonces San Valentín?

Bernardo sonrió ligeramente e hizo así un gesto como de medio de lado, asintiendo.

Se dieron un suave pico. Y los dos dijeron a la vez un te quiero de estos que emociona escucharlos.

– Vístete que hace un poco de corriente.

Y salieron de la casa de su amigo Bernardo, que en su habitación hacía el salto del tigre con Jorge, el camarero del cátering, por tercera vez.

2 pensamientos en “Vístete, que hace un poco de corriente.

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