Kimel, el fotógrafo.

Parece la habitación de un hotel. Simplemente una habitación. Un hotel sin alma, sin nada que decir a sus inquilinos. Una cama, un par de sillas, una mesa y una lámina enmarcada de unos cuadrados voladores, a modo de decoración.
Es grande, eso sí. Y no me había dado cuenta, en el otro extremo, hay un pequeño sofá y una mesita auxiliar a su lado, con una lámpara inclasificable en ella. Al menos funciona y no se le cae ninguna pieza si intentas colocarla en otra posición.
El baño está bien, con su ducha amplia, su taza y su lavabo. Incluso tiene un calienta toallas. Y mira, tiene bidé. Está bien que lo tenga.
Kimel abre la puerta con esfuerzo. Su manía de no dejar en el suelo todos los bultos que lleva, no le dejan mucho margen de maniobra. No quiere olvidarse ninguna de sus bolsas. Son importantes. Lleva su equipo de trabajo. Parte de su equipo, mejor dicho. Le pasó una vez hace no mucho que no reparó en que se dejó una bolsa en el ascensor. Cuando se dio cuenta y volvió corriendo, había desaparecido. Tuvo que reponerlo y le supuso un gran problema económico. A parte, llevaba dos sesiones de fotos. Tuvo que repetirlas. Gastos. Y no estaba para esos dispendios.
Kimel es fotógrafo. Acaba de llegar a la ciudad para retratar a algunos chicos. Kimel se pasa medio mes de ciudad en ciudad haciendo esas sesiones de fotos aparentemente improvisadas, de chicos que quieren mostrar su cuerpo al mundo y cobrar por ello. Le gustaría hacer otro tipo de trabajo, o cuidar más el que hace ahora, pero necesita dinero. Y el tiempo es importante. Le pagan por modelo fotografiado. Cuantos más, más cobra. No puede dedicar a cada chico el tiempo que sería preciso para hacer una buena sesión. Simplemente debe buscar en un rato sus lados más favorecedores, hacer que pierdan el pudor, se desnuden con naturalidad y se pongan a tono en un ambiente más bien frío. Eso puede llevar su tiempo, pero él debe abreviarlo al máximo. Sus deudas no admiten escusas.
Kimel prepara rápidamente el ambiente. Cubre el sofá, el suelo y la pared del fondo con una sábana blanca, saca de una de sus bolsas algunos detalles de decoración para dar un cierto carácter distinto a la sesión. Mira la luz, coloca algunos focos para dar calidez. Está echando un último vistazo, moviendo un pequeño pañuelo de color magenta sobre la sábana blanca. Apenas ha sacado la cámara y el ordenador, cuando llega el primer chico.
“Hola, que tal”. “Bien, gracias”. “Pasa, pasa”. “Gracias”. “¿Estás nervioso?” “Yo no follo con hombres”. Kimel levanta las cejas y sonríe con hartazgo. “¿Y quién te ha dicho que eres lo suficientemente atractivo para que quiera follar contigo?”. Ese chico le dejó de interesar en ese instante.
Pol, que así se llama el chico, lo mira descolocado. Parece del tipo “Aquí estoy yo, Dios de la belleza”. Algunos se creen que son especiales porque les hayan escogido para las sesiones. No se dan cuenta que hay decenas de chicos como ellos. Y que luego, en la sesión, será donde deben demostrar si tienen algo que ofrecer a parte de su cuerpo cuidado. Si dan bien en cámara. o si encajan con el tipo de chicos que busca una página determinada. Kimel le tiende el contrato, le pide que le deje su documentación antes de que se quite siquiera el abrigo. Está en orden, tiene la edad que dijo en los primeros contactos que tenía. Aun así se le pasa por la cabeza rechazarlo, ponerle cualquier disculpa y decirle que no es posible la sesión. Pero necesita el dinero. Otra vez el dinero.
– Vamos a ello.
Se terminó. Hoy han pasado por la habitación tres chicos. Los dos primeros estaban bien, pero no le han dicho nada especial. La cámara los ha inmortalizado de todas las poses posibles para contentar a los amantes de cada parte del cuerpo. Se han masturbado y ha habido suerte: ha podido sacar el momento de la eyaculación. Eso equivale a 50 euros más. Pero no han enamorado a la cámara. El primero, ni siquiera ha logrado mirarla con convicción. “Que le den”, piensa casi contento Kimel.
Danny ha sido el tercero. Ese ha sido otra cosa. El viaje había merecido la pena, pensó el fotógrafo, después de hacer el trabajo con él. Se había alargado un poco, porque el cuarto chico citado, había dado la espantada. Aunque si hubiera estado Amanda, su ayudante, y hubiera podido traer parte de su material, el resultado hubiera sido mucho mejor.
Sí, ese último chico… le había gustado. Su mirada perdida en muchos momentos, su comodidad al mostrarse desnudo. Sus labios carnosos, su cuerpo casi sin pelo, modelado y con apariencia de seda. A este sí, le hubiera gustado morderle las orejas y besarle el cuello. Acariciar esa piel blanca que parecía tan suave. Eso era lo peor. Tener tanta belleza delante y no poder disfrutar de ella.
Tuvo un arranque y le dejó su tarjeta. “Por si te apetece un día viajar un par de cientos de kilómetros y que te saque unas fotos más cuidadas o lo que sea”.
Danny o como se llamara, había sonreído, pero de aquella manera. Era la forma de decir: “Va ser que no, pero mira que bien que te he puesto cachondo”. Kimel lo sabía, le había pasado otras veces y nunca había sido distinto. Luego había la mirada de “Si quieres te llamo ahora mismo”. O la de “Lástima que seas de fuera y no tenga un pavo para irme tras de ti”. O la de “Pero qué se ha creído este estúpido”.
A Kimel, el fotógrafo, no le gustaba mezclar placer con trabajo. Además, algunas veces eso le había granjeado algunos problemas con los modelos y con los estudios para los que trabajaba. Sino, quizás hubiera sido más directo con Danny y lo hubiera intentado.
Suspiró cuando el chico salió de la habitación. Recogió rápidamente las sábanas con las que había cubierto el sofá y el suelo, colocó las lámparas en su sitio, recogió sus fotos y sus elementos ornamentales y sin más, se lanzó a la calle. Necesitaba aire, necesitaba dejar de respirar el olor a sexo frustrado que había en el cuarto.
Miró el móvil por si alguien se ofrecía para tener un bailecito en la cama. Pero no.
Tomaría un par de cervezas y luego volvería al hotel. Se metería en su habitación, abriría la ducha y allí, bajo la lluvia caliente y artificial, se masturbaría a la salud de Danny. O de Arturo, que recordaba del viaje anterior y al que no había vuelto a ver. O de Huidobro, un chico al que fotografió unos meses atrás en Lyon. O a Carles, con el que quedó durante un tiempo para follar hasta quedar exhaustos.
Pero esta vez, sería él solo y su mano. Y el recuerdo de la belleza y sensualidad que había visto a través del objetivo de su cámara.

2 pensamientos en “Kimel, el fotógrafo.

    • Es que Ángel, a veces, la belleza admirada o la propia, creo que tiene unas consecuencias a veces insospechadas. El contacto con la belleza muchas veces inalcanzable, te produce a veces melancolía. Y la propia, a veces, asusta tanto a los demás, que te convierte en un solitario.

      Gracias por tus pensamientos.

      Besos.
      muchos.
      envueltos.

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