La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 1ª parte.

Ramiro es un hombre apuesto. Tiene sus años en cada pata, tampoco tantos, diría él, y sus millones, o muchos más, diría él, también en cada pata. La vida le sonríe desde el día que nació. Papá era millonetis y mamá era… mamá.

Pero no se conformó con los millonetis de papá. En cuanto tuvo las empresas de papá en sus manos, se dedicó a multiplicar hasta el infinito su cuenta corriente. Se le ha dado bien, tonto no es. De tantos ceros que ha amasado, el banco había tenido que hacer una edición especial de su libreta de ahorros, porque no cabían en las normales. La directora del banco le pone una alfombra cuando anuncia su visita y llama al subdirector que se recuesta debajo de la mesa de la jefa para masajear los pies a cliente tan ilustre mientras está en su despacho. Entre tú y yo, a la directora le encanta verle en esa tesitura al subdirector, un hombre zafio y creído, de mirada sucia y sonrisa aún más sucia, al que soporta por orden de la superioridad (“Debe comer muy bien, conchas y troncos”). La comercial le trae café (con leche con un sobre de sacarina, ni caliente ni frío, con espuma en la leche) a Ramiro (con familiaridad pero sin pasarse) y siempre había un botones joven y apuesto que vestía un pantalón 5 tallas más pequeño de lo que le tocaba para que se le marcaran bien los bultos y una camiseta de lycra que era como su primera piel.

Los hombres entraban y salían de su morada con la misma celeridad y abundancia que los millones entraban en su cuenta corriente. O incluso más. Nadie le tomaba el corazón. Su miembro lo acariciaban todos; todos no, muchos; muchos, tampoco, los elegidos. Algunos chillaban de los espasmos del placer del sexo, otros eran menos expresivos pero ahí estaban, otros los fingían, que lo de los millones en cada pata tenía su erótica, no vamos a negarlo, y todos dispuestos y felices de intentar la conquista de la plaza inexpugnable que era el corazón de Ramiro.

Otros, muchos, la mayoría, les hacían chiribitas los ojos pensando en los millones de Ramiro. En los millones de euros. Y se dejaban caer por sus alrededores, pero Ramiro no los señalaba con su dedo divino. Se acercaban, rondaban, pero él los ignoraba.

Algunos hombres, pocos, fueron señalados por ese dedo divino y se resistieron a los encantos de Ramiro y a los de su cuenta corriente. Él, si se fijaba en alguno, lo perseguía con denuedo y perseverancia. Lo conocía, lo invitaba a un café y lo llevaba al teatro. Al cine. De baile. De vacaciones. Pero todas las veces, las excursiones acababan en desengaño al 100.

– No es él – decía en su bañera hidromasaje, antes se salir con la espuma cayendo por su piel camino de la alcoba en donde dormitaba el aspirante, recuperándose de los estertores del placer nocturno.

– No eres tú.

Lo decía secamente y mirando a los ojos.

– Lo siento. – sentenciaba con voz rotunda, volviendo al baño para aclararse.

Ramiro era muy educado.

Entraba entonces Óscar, su secretario, y acompañaba a la salida al candidato fallido. Si era necesario, le ayudaba a buscar los calzoncillos. Incluso le ponía los calcetines. A Ramiro, no le gustaban las despedidas y al salir del baño perfectamente compuesto y peinado, el fallido candidato no debía estar en el cuarto.

Pero en el club de tenis, un día como otro cualquiera, después de jugar un partido con Selena, la mujer que mejor jugaba a tenis en toda la comarca y parte del extranjero, llegó al salón social después de una ducha reparadora. Se celebraba una gran fiesta con comida así de guay y toda la gente también guay de la ciudad y algunos pueblos de alrededor. De repente, y sin que hubiera aviso divino por medio, saliendo de la cocina, vio a un ángel que portaba con mucho empeño y diligencia, una bandeja llena de copas de champán. El ángel, a sus ojos, iba rodeado de una estela de luz de mil colores y una flecha colgada encima de él. La flecha llevaba un gran corazón sustituyendo a las plumas que normalmente guiaban la flecha. “¿Será la flecha del amor?”, se preguntó en silencio, sonriendo ligeramente, de medio lado, con ilusión en el ceño y sin apartar la mirada del camarero en cuestión, por si se desvanecía en lo que tardaba en pestañear.

Empezó entonces una persecución al ritmo de las músicas que tocaban con delicadeza un cuarteto de cuerda que había en una esquina. Si el camarero iba a la derecha, 10 º, él iba a la derecha, 10 º. Si el camarero tomaba la dirección de las 9, él iba a las 9. siempre dispuesto a coger de su bandeja una copa de champán o un canapé de ciervo escabechado, con virutas de trufa de Soria y gotitas de confitura de frutos rojos.

En su cuarto encuentro, Ramiro con los ojos brillantes y cara de pilluelo, se atrevió a preguntar suavemente su nombre.

– Jorge – contestó un dispuesto camarero ajeno hasta entonces al interés que suscitaba en Ramiro, el millonetis.

Y Ramiro, sin poder evitarlo dijo con voz tenue y melodiosa:

– Eres tú.

El anfitrión de la fiesta que lo había oído, pensó que Ramiro quería escuchar la canción de Mocedades y rápido fue al cuarteto de cuerda y les pidió que tocaran “Eres tú”. El chico que parecía dirigir el grupo puso caras pero el anfitrión fue contundente.

– Doblo el estipendio estipulado si lo cantas con voz melodiosa. ¡Canta! – dijo con tono imperioso y decidido.

No se pudo negar. El mes pasado las habían pasado canutas para llegar a final de mes, que lo de la música era como bonito y tal, pero que no solía dar para caprichos ni nada, ni siquiera a veces para comer, como el mes pasado. Pasta con pasta de lunes a viernes y el sábado y domingo, arroz blanco con salchichas marca Hacendado. Así que se aclaró la garganta, miró con ojos decididos a sus compañeros y empezaron a cantar y tocar:

– Eres tú, como el agua de mi fuente… – y el “Eres tú” sabía a lomo de cerdo y patatas con chorizo, del picante.

El anfitrión volvió a la vera de Ramiro, al que quería engañar para que fuera su socio en una aventura empresarial de dudoso resultado y le hizo ver, con mucha sutileza, que había escuchado su petición y la había cumplido.

– Has pedido la canción y yo te he conseguido la canción “Eres tú”. (“Eres tú al que le voy a dar el sablazo para el negociete”, pensó para sus adentros, ilusionado, muy emocionado)

Ramiro abrió muchos lo ojos de la sorpresa, lo que le permitió observar al camarero Jorge con mayor atención e intensidad si cabe y reiterar en su apreciación de que le gustaban sus curvas, su prestancia, sus labios, sus ojos, su culo, le gustaba su mirada limpia, su aura y que le gustaba todo de él.

Jorge, estaba que no sabía si tirar la bandeja al suelo y tener así excusa para salir por patas por la puerta de la cocina y no parar de correr hasta el mes de agosto, o meterse debajo del sofá más cercano con la esperanza de que no lo encontrara nadie. Ya era consciente del interés que suscitaba a ese hombre al que todos parecían conocer y respetar, y del que él lo ignoraba todo. Pero Ramiro que lo había cogido del brazo suavemente, pero con insistencia, no lo soltaba ni a tiros. Y la cara del anfitrión le dieron arcadas, y todo fue un poco confuso para él, y el “Eres tú” sonando y la voz del músico que no lo hacía mal, y Ramiro que lo miraba con insistencia…

– Tengo novio.

Lo dijo así sin pensar, pero se le ocurrió de repente, que a lo mejor, así lo dejaban en paz, que todo parecía muy raro en ese servicio de la empresa de su padre. El anfitrión lo agarraba de un brazo, el Ramiro ese del otro brazo, y la bandeja se mantenía en un endeble equilibrio. Menos mal que pasaron por allí una pareja con mucho ritmo en el cuerpo, Jonatan y Bernardo, y le cogieron las dos últimas copas y los dos últimos canapés de coliflor al queso de Parma con virutas de Jamón de la huerta de Huelva.

Hubo un apagón y todo se desmandó. Jorge el camarero aprovechó para echar patas. Ramiro se confundió y acabó cogiendo del brazo al anfitrión y éste acabó cogiendo el brazo de Hermenegilda, la abuela de Ubaldo de la Guerra que Pena, el Presidente de la Diputación.

Al volver la luz, que la cosa no duró ni un par de minutos, las caras de susto y disculpas, risas tontas de “que papelón estoy haciendo”, Jonatan dando un beso a Yepes, el tío del cuarteto que tocaba el chelo, y Bernardo agarrando el trasero de Guillemino, el testaferro de Hugo Jiménez de la Gula, el capo del lugar.

Todos soltaron lo que estaban agarrando que no les correspondía y elevaron las manos al cielo, cual coro de gospel en la misa dominical. El cuarteto carraspeó y empezó a tocar un movimiento del Romeo y Julieta de Procofiev o como se diga, a modo de “vamos, que la fiesta sigue”.

Ramiro buscó con denuedo a Jorge, el camarero. Pero no lo encontró ya en la fiesta. Lo que si encontró era la tarjeta de la empresa en la mano del anfitrión.

– No, Enrique, no voy a ser tu socio en esa tontuna que se te ha metido entre ceja y ceja. Y sé que lo haces por tirarte a Jimena, pero no lo harás con mi dinero. Esa mujer te va a desplumar.

El anfitrión se picó y le espetó con toda la rabia que pudo.

– Como a ti el bailabotes del camarero ese. Seguro que le huelen los sobacos y los pies. ¡Y la tiene pequeña!

Y ahí lo dejó, retirándose todo digno a agasajar a los demás invitados en busca de su socio de honor, al que estaba dispuesto a incentivarlo con una sesión de vídeo de su conquista de Jimena. Que alguno sabía que esas cosas le daban morbo.

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