La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 2ª parte.

A Ramiro no le gusta dejar nada al albur de los acontecimientos y delegar las cosas importantes. Podía haber llamado a Óscar, su secretario, y que se encargara del tema del catering. Podía haber llamado a Fito, su jefe de agasajos y otras festividades, o incluso podía haber llamado a Manu, la voz melodiosa y suave que se ocupa de las relaciones con los medios. Buenos dineros les paga por nada y no dudaba en otras ocasiones de encargarles algún que otro marrón, como el de aquel hombre, Higinio, al que conoció en un resort y al que consideró candidato a aposentarse en su corazón, pero del que renegó en el tercer baño matutino: “No eres tú”, le espetó la tercera mañana con su cuerpo rebosando de espuma de jabón con olor a lavanda.

Pero el tal Higinio no se rindió y esa misma tarde, le siguió por todo el resort. Y por la noche, le interrumpió una cena importante con el marqués de la Huiplaza y el director de la multinacional Jitula International Group. No contento con esto, los días siguientes lo persiguió y persiguió. Y empezó a acosarle cibernéticamente e incluso, mandó fotos comprometidas de Ramiro a algunos de sus contactos. El trío de marras, Óscar, Manu y Fito, fueron los encargados de encauzar el tema. Óscar lo atrajo a una estupenda noche de sexo y pasión, Manu lo enamoró, y al final, Fito le puso dinero y unas fotos e informaciones comprometidas, unas reales, otras inventadas y las más tergiversadas, que lo hubieran metido en la cárcel de haber llegado a las manos adecuadas.

No se supo nada más del tal Higinio. Echó a correr y que se sepa, aún no ha parado. Los tres mosqueteros celebraron el éxito del mandado de su jefe con una orgía monumental en casa de Manu. Diez días estuvieron en ello. Sin descanso. Unos sementales el tal Manu, el tal Fito y el tal Óscar, y otros muchos de los que no trascendieron las filiaciones.

En la sede central de la empresa, corrió como la pólvora el caso del “Actor porno Adri Kilmer”, al que Ramiro vio en una peli del gremio. Óscar cogió esa misma noche un avión a Vladivostok, lugar en el que estaba el citado actor porno haciendo una chapa VIP, según las informaciones que había recabado con urgencia el compañero Fito. Óscar viajó de vuelta con el citado actor porno a la mañana siguiente. Ramiro lo vio, lo cató y cayó rendido a sus pies. Unos pies preciosos, por cierto. Pero cuando rodilla en tierra se declaró, Adri Kilmer, de nacimiento García, le dijo muy convencido que estaba enamorado, y que ese amor, estaba incrustado en su corazón para siempre. “Es pobre, pero lo amo”, le dijo rotundo. Ramiro lo creyó y sintió una punzada de pena por no haber encontrado a semejante persona antes que ese que le había robado su corazón. Y le creyó tanto y vio en sus ojos que no podía hacer nada, que le pagó un sustancioso premio por el viaje y las molestias y lo despidió con un suave beso en los labios.

– Si te desenamoras, me llamas.

Y le dio su tarjeta privada, que Adri Kilmer, guardó en su cartera de tarjetas VIP privadas con una nota en su reverso: “Majo”. Eso porque no se enteró de que a Ramiro, sus tres mosqueteros, con tal de ver acabada la caza del amor imposible de su jefe y no soportar más los marrones que la búsqueda les acarreaba, le habían aconsejado desembarazarse (al estilo novela de Víctor del Árbol) del amor del actor porno. Pero Ramiro, con buen criterio, desestimó la propuesta al instante.

Ramiro el millonetis, decidió que esta vez, en el caso de Jorge el camarero del cátering, sería él el que llevaría el peso del asedio de la plaza y su posterior conquista. Porque Ramiro estaba seguro de que lo conquistaría. “No se podrá resistir a mis encantos” se repetía seguro de si mismo, mientras iba en su coche oficial con chofeur hacia la sede de la empresa de cátering.

– Ceferino Herdaqués, para servirle – le dijo el dueño y sin embargo, jefe de la citada empresa, al recibirlo en su despacho. – ¿Un aperitivo? – le ofreció zalamero. No lo solía hacer con las visitas, pero lo había reconocido y como se había enterado de los sucedidos del servicio en el Club de Tenis, había decidido en un momento vender a su hijo. (vender no, que suena muy mal, pensó de repente el tal Ceferino; subastar, eso. Le parecía mejor concepto, como de más clase)

– No, gracias. Ya he almorzado. Venía a contratar un cátering para una fiesta en mi casa. Algo a lo grande, con mucho personal y mucha atención, con comida de postín y marcas selectas de bebidas espiritusas, espumosas y de larga crianza en barrica.

– ¡Ah!

Al tal Ceferino, gerente y sin embargo, dueño de la empresa, se le hizo la boca agua y los ojos empezaron a hacer caja a modo de Tío Gilito. Y la alegría para el cuerpo Macarena, que suponía librarse de su hijo menos querido, le producía hemorragias internas de un placer imposible de narrar en estas líneas por no haber palabras en el diccionario capaces de expresar todos los matices.

– Y quiero que un camarero al que vi en el club de tenis, Jorge, esté en el envite. Quiero que me sirva a mí solo.

– ¡Ah! – Ceferino se frotaba las manos, metafóricamente, claro. Y otra oleada de orgasmos etéreos inundaron su espíritu.

Pero no todo iba a ser alegría y fiesta ante las perspectivas que se abrían en su futuro. La boca de D. Ceferino se le secó un poco. De repente se dio cuenta que el tal Jorge, su vástago, el tercero en su línea sucesoria, un chico que iba a su bola, un poco rebelde y al que era difícil persuadir de algo, iba a ser imposible de convencer de entrar en la subasta que se había imaginado unos instantes antes. Al menos él, su padre, rara vez lo había conseguido después de que cumpliera los tres años.

– Es que es un camarero muy caro – empezó la subasta.

– ¿Cuanto?

– 10.000.

– Lo pago.

– Es que no es buen camarero.

– Me da igual. Que no sirva. Solo que esté. Y no es verdad que sea malo.

– Es que se ha ido de viaje al Ampurdán.

– ¡Que vuelva!

– ¡Es que es mi hijo!

– ¿Y a mí que? 50.000 euros por el servicio del tal Jorge, su hijo de usted y deje de marearme.

El señor Herdaqués, tragó con dificultad. Ese dinero así a mayores, con nada de dispendio asociado, porque su vástago no iba a ver ni un céntimo de ello, le podría venir de perlas para saldar algunas deudas acuciantes con bancos y otros intermediarios financieros.

– Veré lo que puedo hacer.

El festín iba a salir por una pasta. Pero a Ramiro le daba igual.

Ramiro el millonetis, abandonó como una exhalación las instalaciones del cátering de D. Ceferino. Al tal Ceferino, se le empezó a encoger los huevos pensando en lo que le diría a su vástago. En esos pensamientos estaba cuando entró él de improviso.

– Jorge, tenemos un fiestón el día 10 en casa de D. Ramiro de la Berza, por una pasta. – tragó saliva – pero quiere follarte. Paga 50.000, con lo que pagaremos a esos cabrones del Banco Kindalés.

– Tengo novio, ya se lo dije. – Jorge se puso digno.

– Eso o el subdirector del banco. El destino de la familia está en tus artes amatorias.

– ¿Y por qué no se encarga Elvirita o Jacinto, tus hijos preferidos?

– Te han pedido a ti.

– No.

D. Ceferino cerró los ojos con fuerza para provocar unas lágrimas. Buscó dentro de él todo el arte dramático que había estudiado en el internado de los Hermanos Luminosos, y empezó a declamar con voz engolada:

– Jorge, piensa en tu pobre madre, mírala en la calle, pidiendo limosna. Sin poder hacer esos pasteles que tanto le gustan y esa merluza a la cazuela por la que te pirras todos los domingos. Mírala, llorando, con el vestido raído, y la cara sucia, con lo coqueta que es… mírala con lo que la quieres…

– Vale, vale, déjalo, papá que me pones la cabeza a 100 cuando te pones así de dramático. La mitad de los 50,000 para mí.

– Pero mírala – insistió D. Ceferino, para asegurarse la victoria. – Y nada de 25,000. Confórmate con que te pague el sueldo de los 4 meses que te debo.

– Daré el cátering. Pero no follaré con el individuo ese.

– Gracias, gracias – y D. Ceferino cogió la mano de su hijo y se la besó repetidamente, hasta que éste la retiró con un gesto brusco. – Y claro que follarás con él. Y bailarás el lago de los cisnes si te lo pide. Tu pobre madre, piensa en ella, en la calle, pidiendo limosna…

– Bailaré el Lago de los Cisnes, pero nada más. No pienses que me lo voy a follar. Tengo novio.

– ¡¡Que vocabulario!! Estamos hablando de amor… nada de sexo por el sexo. Que lo he notado yo.

– ¡Que se va a enamorar ese de un simplón como yo! Lo que quiere es pillar. Tú mismo lo has dicho.

– Me expresé mal. Que mal pensado eres, hijo. D. Ramiro es un hombre cabal. Para follar – pensó en santiguarse después de soltar esa palabra, pero se contuvo – tendrá a todos los que quiera, sin necesidad de venir él en persona y gastarse una millonada.

– No me convences. Pero conmigo, va a morder hueso.

– Piensa en tu pobre madre, su traje sucio… y en tu pobre hermanito, sin poder comprarse colonia, esa que tanto le gusta.

Jorge se tapó los oídos y salió del despacho de su padre sin mirar atrás. No lo soportaba. Pero quizás tenía razón… el destino de su familia dependía de él. Siempre había querido hacer algo grande y ahora, estaba en disposición de hacerlo. Por su madre. Por su hermano Carlitos. Los demás le daban igual. Pero ellos… se merecían tener ropas limpias y dinero para comprar desodorante.

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