La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 3ª parte.

Ramiro vestía sus mejores galas. Era su fiesta de carnaval. Los invitados disfrazados, pero él, de anfitrión.

Jorge su uniforme nuevo, 5 tallas más pequeño de lo que le corresponde. A su padre le habían llegado informes del banco de D. Ramiro, que era el mismo que el suyo. El subdirector le dio todo lujo de detalles morbosos, para desquitarse de las humillaciones que Ramiro le proporcionaba los días que pasaba por la oficina. No hay nada para olvidar una humillación sufrida, como otra infligida. Esa era la filosofía del subdirector. Un hombre ruin y despreciable donde los haya.

– Le hará ir a cuatro patas y ladrar. Al botones se lo hizo. Y luego pedirá que se lo folle su hermano Carlitos. Es así de retorcido.

– ¿No me diga? – exclamó algo preocupado Ceferino, al que muy a su pesar la imagen de sus hijos no queridos a cuatro patas, no le producían espasmos de dolor, aunque fingir, fingía preocupación y repulsión.

– Y no te va a pagar, que es lo peor, por lo que te embargaremos. Y en la puta calle te vas a quedar, Salustiano, querido. Y tu mujer pidiendo a la salida de misa de 12 en la iglesia del Carmen. Y tus hijos Jorge y Carlitos prostituyendo sus cuerpos en los bosques del castillo, con el frío que hace. – iba a añadir que era para lo único que valían sus vástagos citados, pero pensó que a lo mejor era pasarse.

Lo estaba disfrutando el subdirector. Vaya que sí. Ceferino pasó por alto que el subdirector, ese gilipollas, no se acordara de su nombre.

– Creo que voy a mandar ya tu expediente al servicio jurídico. Por ir adelantando. Porque si se hubiera fijado en… – iba a decir el nombre de la hija de Salustiano, Elvirita (ese nombre no se le despistaba), una bella damisela un poco altiva de 23 años bien puestos. Unos pechos bien puestos también. Y un carácter bien puesto. Todo esto junto, le ponía farruco al subdirector. Pero se contuvo. – O en tu hijo mayor… – que no sabía el nombre pero que también le ponía a cien.

– Esos no tienen ángel, subdirector. – reconoció Ceferino muy a su pesar, porque eran sus ojitos. – Jorge y Carlitos son otra cosa.

Salió de la oficina del banco con los pantalones de repuesto del uniforme del botones y con un nudo en el cuello, a la altura de la nuez, por los vaticinios negros sobre el cobro de la factura. Las actividades sexuales a las que se verían abocados sus retoños no deseados, le daban igual. Aunque un poco preocupado, eso sí, de enfrentarse a su hijo Jorge, todo un carácter si se ponía en ello. Otras veces había atacado al subdirector, pero en esa ocasión, la cosa se le había atravesado. Él había visto una luz y el subdirector, “el malnacido” como le solía llamar en la intimidad de sus pensamientos, no solo se la había apagado, sino que le había quitado el casquillo de la bombilla.

Pero al llegar a la oficina-casa, su hija le anunció que había llamado el secretario del tal Ramiro para pedir un número de cuenta que no fuera del banco Kindalés, para hacerle un adelanto.

– 120.000 Eurazos, papá. – le dijo Jacobín, su primogénito. – Ya están en la cuenta. Ya están en el bote, papá. Podemos escatimar en el servicio y así nos quedará más y podremos… total ya ha pagado casi todo. Que le zurzan al Ramiro ese, que tiene para eso y para más.

Su padre lo miró moviendo la cabeza, negando. ¿Dónde se había equivocado con sus hijos mayores y queridos?

– Eres idiota, Jacobín. Mejor será que me ocupe yo. Así que no vuelven los clientes.

– No papá, no, esta es mi labor y…

– Estás despedido. Ya no tienes labor. Descansa, que te veo agotado.

El padre se dio la vuelta y el hijo abrió la boca. Una mosca que pasaba por allí decidió entrar en ella a buscar cobijo; y lo encontró.

Subió lentamente las escaleras de la casa en busca de la habitación de sus hijos Jorge y Carlos. El último no estaba, seguramente estaría en las clases de ballet clásico. Jorge estaba tumbado en la cama leyendo “El chico de las estrellas” de Chris Pueyo.

– ¡Qué guay este libro, mola! – dijo al ver a su padre y mientras se limpiaba algunas lágrimas que habían brotado de sus ojos al final del capítulo que estaba leyendo.

– Éste será el uniforme que lleves en el festejo del millonetis.

– Una mierda – contestó raudo en cuanto tuvo los pantalones en la mano. – Aquí no me caben las piernas, mucho menos el paquete. Me van a doler los huevos para los restos.

– Ese vocabulario, Jorge. Acabo de despedir a tu hermano mayor – lo dijo así, todo seguido.

– Si despides también a Elvirita, me los pongo.

– Hecho. Serás el responsable de que todo salga bien. Estaría bien ganar a ese tal Ramiro como cliente fijo. – carraspeo y preparó su mejor tono dramático – Por tu madre, Jorge, por tu madre, para que no tenga que ir a pedir a la puerta del Carmen.

No dejó reaccionar a su hijo. Ceferino se dio la vuelta y salió de la escena. No le había costado ceder a las pretensiones de su hijo, porque de hecho, lo tenía pensado hacer a continuación.

– Elvirita, estás despedida. – dijo abriendo, sin llamar, la habitación de la susodicha.

Su hija estaba haciéndose las uñas de los pies y ni siquiera levantó la mirada.

Por todo lo aquí contado, al final Jorge no tuvo más opción que ponerse los pantalones de repuesto del botones del banco Kindalés, Locati de nombre, Loca para los amigos, entre los que casualmente se encontraba él.

Ramiro el millonetis, al ver al camarero Jorge, se le iluminaron los ojos. Todo parecía ir como correspondía, salvo los pantalones del ínclito camarero Jorge, que no le gustaban nada.

– Devuelve esos pantalones al botones del banco, camarero Jorge.

– No he traído otros. Encima de que me los he puesto porque nos han dicho que le gustan a Vd.

– Sirve en calzoncillos. Es una fiesta de disfraces. Colará.

– ¿Y si no llevo?

– Sin ellos. Mucho mejor.

– Que corte.

– Que maravilla.

– Discrepamos en el punto de vista.

– Llevas calzoncillos, se te marcan.

– Están viejos y deshilachados.

– Mejor si tiene agujeros.

– Me da vergüenza.

– A tu madre también la dará vergüenza.

– ¿Ves? No debo hacerlo. Por mi madre.

– Te regalo unos calzoncillos nuevos.

– Luego.

– Ahora.

– No.

– Devuelve los pantalones.

– No tengo otros.

– Te regalo unos.

– ¿Son de mi talla?

– Tomamos medidas.

– ¿Con metro?

– Con las manos.

– Eso es muy atrevido para la primera cita.

– ¿Esto es una cita?

– ¿No lo es?

– Estás trabajando.

– Pero el trabajo acabará en unas horas. Luego estoy libre.

– ¿No tenías novio?

– Me han dicho que tengo que acostarme con usted.

– ¿Ahora de usted?

– Así es, en los negocios.

– ¿Negocios?

– Si no nos paga, nos vamos a la quiebra.

– Ya os he pagado.

– ¡Ah! entonces me puedo ir.

– Haz lo que quieras.

– ¿Me voy?

– Tú mismo.

– Me voy.

– ¡¡No!!

– Ya me parecía.

– Eres duro.

– No, no lo soy. Pero no me gusta que me traten como mercancía.

– ¿Te he tratado así?

– Has contratado a mi padre porque quieres follarme.

– No quiero follarte.

– Claro que si. Se le escapó.

– Me gustas. No es lo mismo.

– ¿Lo ves?

– ¿Lo ves tú?

– Lo que yo digo.

– Me gustas, no es “quiero follar contigo”.

– Lo que tú digas. Soy un chico de la calle y no me la das. Eso dicen todos. Amisgtad, bla, bla y lo que surja.

– Claro que sí, chico de la calle. Lo que tú digas.

– Cuéntame otra de que estás enamorado porque el otro día me viste en el club de tenis y viste un arquero divino que apuntaba la flecha del amor hacia nosotros.

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Eh?

– ¿Cómo sabes lo de la flecha?

– ¿Eh? ¡Era coña!

– ¿Lo era? A lo mejor es lo que viste. Había una flecha. No vi al arquero, eso sí. Confiesa que te gusté.

– ¿Yo? Yo no veo esas cosas. Ni flechas ni arqueros. Para nada.

– Eres de follar.

– ¿Preguntas o afirmas?

– Afirmo.

– ¡¡No!! ¿Lo eres tú?

– ¡¡No!!

– ¿Entonces?

– Me gustaste y creí que era interesante conocerte. Eso no significa que me vaya a casar contigo mañana. Tienes algo, un aura o llámalo como quieras.

– Vaya, que desilusión, yo que iba a utilizar esos pantalones como traje de novia.

– ¿Novia? – tono molesto en Ramiro.

– ¿No?

– Novio. No me gusta eso de “novia”.

– Perdona, a mí tampoco.

– ¿Entonces?

– Era por…

– ¿Por picarme?

– Sí.

– Pues me has picado.

– ¿Te has enfadado?

– Sí.

– La primera riña de enamorados.

– ¿Somos una pareja de enamorados?

– No entiendo – dijo un poco desesperado Jorge.

– Creo que puedo enamorarme de ti. Es una posibilidad.

– ¿Crees?

– Ya te lo he explicado dos veces, Jorge.

– Es que solo soy un camarero.

– ¿Solo un camarero? Te va el rollo víctima. Interesante.

– Contrátame entonces. Como jefe. Así dejo a mi padre.

– Ya tienes trabajo.

– Mi padre no me aprecia.

– Yo creo que sí, te lleva a sus eventos importantes y sales a dar la cara.

– Eso no es importante.

– Claro que sí.

– No lo veo así. Hoy estoy aquí porque quieres follarme.

– Dime que tu padre no te quiere. – obvió lo de follar.

– Mi padre no me quiere. Por eso me ha vendido a ti.

– No te ha vendido.

– Llámalo X.

– X.

– Me ha vendido – insistió Jorge.

– No, porque yo no te he comprado.

– Perdonad que interrumpa esta animada charla, pero los invitados esperan en la calle a que les recibas – Óscar, el secretario, vestido de orangután, avisando a su jefe de las obligaciones sociales que como anfitrión, debía cumplir ipso facto. Y así de paso dejaban esa conversación de besugos que le estaba poniendo de los nervios.

– Voy – contestó seco Ramiro. No le había gustado que le cortaran el rollo.

– Fuera hace frío, y alguno ha venido disfrazado de geisa – se disculpó Óscar, justo antes de salir por patas ante la mirada rubicunda de su jefe.

– Cámbiate los pantalones. No me gustan.

– En eso estoy de acuerdo. Y yo lo haría pero…

– Por favor. Búscate la vida. Pide unos prestados. Lo que se te ocurra. Eres un hombre de la calle, con recursos.

Jorge fue a responder, pero no supo el qué. Ramiro aprovechó y se fue a la puerta a recibir a los ateridos invitados que esperaban en la calle.

– Perdonad, queridos, pero Óscar no me ha avisado. Este Óscar es un desconsiderado. Teneros aquí esperando.

– ¡Despídelo! – dijo Kiara, la dama de 80 años que encabezaba la cola. Era una de las que se había disfrazado de geisa.

– Jorge, por favor, traed ponche caliente para que entren en calor.

– En 5 minutos está aquí.

– Bien cargado, chico – apuntó la dama geisa.

Jorge corrió a la cocina como alma que persigue el diablo. Lo del ponche no estaba en el menú previsto. Dos cosas a improvisar en cinco minutos: sus pantalones y el ponche.

– Ponche, ponche, ponche, hay que hacer ponche caliente. Kike, tus pantalones.

Kike, otro camarero, se quitó los pantalones. Kike cogió la primera cazuela que encontró y la puso al fuego. Pilar echó unos litros de vino, mientras Tomás hacía zumo de naranja y limón.

– Azúcar – gritó alguien.

Jorge salió con la primera bandeja de ponche humeante en apenas un suspiro.

– Id saliendo según esté y empezamos con los calientes – ordenó en la cocina antes de salir al salón.

– Has dicho 5 minutos, han sido 7. – le echó en cara Ramiro en cuanto llegó a su lado.

– 5 minutos por el ponche. 2 minutos por los pantalones. Y para no estar previsto, no ha estado mal.

– Touché.

– Acepto sus disculpas, señor.

– ¿Te quedarás luego?

– ¿Para follar?

– No.

– ¿No quieres follar conmigo?

– Quiero cenar contigo.

– ¿Una cita?

– Para conocernos.

– ¿Sin follar?

– Dale con el follar. ¿Quieres follar?

– No especialmente.

– Me vuelves loco.

– No te entiendo.

– El que no te entiende soy yo a ti.

– No, soy yo el que no te entiendo. ¿Ves? Esto no funciona.

– ¿Quieres follar?

– Yo siempre quiero follar.

– ¿Entonces follamos?

– Pero si decías que no querías follar.

– Es que parece que tú lo único que quieres es follar, solo piensas que quiero follar contigo, y pienso que a lo mejor, en realidad quieres follar y punto.

– No, es que no quiero follar.

– Acabas de decir que te gusta follar.

– Pero no contigo.

– No puedes saber si te gusta follar conmigo, no lo has hecho nunca.

– Ni haré. No me apetece.

– En eso estoy de acuerdo.

– Mira, ya era hora.

– Se va a enfriar el ponche.

– Mis compañeros están sirviendo.

– Pero este ponche se va a enfriar.

– Lo calentamos.

– ¿Me calientas?

– ¿Te caliento?

– ¿De qué hablamos?

– ¿De follar?

– ¿De hacer el amor?

– De ponche

– ¿Ponche?

– ¿De follar?

– De hacer el amor.

– ¡Qué cursilería!

– ¿A qué sí? Pero te mola. Se te ha puesto dura.

– ¿Me estás mirando el paquete?

– No, te estoy mirando a los ojos.

– ¿Y como sabes…?

– Porque me lo estás diciendo tú ahora.

– Que te den.

– ¿Amor?

– Por saco.

– ¿Tú?

– Me largo.

– Has perdido, reconócelo.

– Me rindo, he perdido, sí. Pero me abro.

– Como quieras. Si no sabes perder, a lo mejor no eres mi hombre.

– Llevo toda la vida perdiendo.

– Pues no has aprendido.

– Que te den.

– Respuesta repetida, no vale.

– Eres odioso.

– No es verdad, ya estás casi conquistado. Te gusto.

– Tu lo flipas.

– Te has cambiado de pantalones.

– Me apretaban los cojones.

– ¿Y es verdad que llevas calzoncillos viejos y raídos?

– Eso es cierto, no tengo pasta para compararme 7 CK todas las semanas.

– Se pueden lavar.

– Por eso están deshilachados y con algún agujero.

– Me pone eso.

– ¿Te pone la pobreza?

– Eso es un golpe bajo.

– ¿Qué es entonces?

– ¿Un pequeño resquicio por dónde se puede vislumbrar lo escondido de ti?

– Qué romántico.

– Veo que en cuando no tienes respuesta recurres al sarcasmo.

– Me gusta la ironía.

– Lo tuyo es sarcasmo, más bien.

– Es cuestión de detalle.

– Perdonad de nuevo, Ramiro el anfitrión, Jorge el camarero, que los invitados… deberías darte una vuelta.

– ¡¡Cállate!! – le dijeron los dos a la vez.

– Os sugiero que, como ya sois capaces de coordinar una respuesta para mandar a tomar por culo a un servidor, cual pareja ya consolidada, deis un par de vueltas a la fiesta, que es lo que se espera del anfitrión de una fiesta, y más si eres tú, Ramiro.. Así saludáis y podéis seguir con vuestros diálogos de besugos, entre invitado e invitado.

– ¡¡Vete a la mierda!! – volvieron a decir los dos.

Óscar se sonrió. Esa compenetración de los dos le hacía presagiar que no tendría que volver a estar pendiente de Ramiro mientras se bañaba por las mañanas por si salía lleno de espuma para dar la patada al ligue de esa temporada. Estaría bien dormir en su casa para variar. Cruzó los dedos y miró al cielo esperando que lo de Ramiro el millonetis y lo de Jorge el camarero, saliera bien.

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