La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 4ª parte.

Llegó un momento en que Ramiro cogió la mano de Jorge el camarero y le dijo.

– Vamos al piso de arriba. Tengo todo preparado en el mirador para que cenemos.

Ahí Jorge definitivamente se puso nervioso. Apartó la mano como si le hubiera dado un calambrazo del 15. Las piernas empezaron a temblarle y los labios, y los brazos. La boca se le quedó seca, seca, pero seca. Se devanó los sesos para buscar una excusa, pero la cabeza también le temblaba. No encontró ninguna que lo convenciera. Más que nada porque en el fondo, quería subir. No, no quería subir. Sí, quería subir. No. Sí pero no. O al revés. Miró al salón en busca de una margarita para deshojarla y decidir si “subo, no subo, subo, no subo. “Si es un viejo”, pero “Está guay”, pero “Me lo he pasado bien esta noche” pero “Es un ricachón de esos”, pero “Es interesante”, pero “No tengo nada en común”, pero “No me mola”, aunque a lo mejor… “Si me molaría”. “Me río. Lo paso bien”. Pero “¡Qué dices, alucinas!”.

Pero…

“Me ha perseguido”

“Me ha comprado”

“Le gusto, joder que le gusto”

“No tengo nada en común”.

“¿Qué dirán mis amigos”

“Si no tengo amigos, bueno alguno.

“¿Y qué dirá mi madre?”

“A mi madre no le va a gustar”.

“En realidad a mi madre le da igual”

“¿Y qué dirán sus amigos?”

“¡Y qué dirán sus padres!”

“¿Tiene padres?” “¡Qué fuerte! no me atrevo a preguntar”

“Joder que corte”.

“Joder que a lo mejor es cierto y solo quiere follar”.

“Joder, que casi prefiero la opción de Solo follar

“Voto por solo follar”

“¿Y si follamos? Me voy y ya está”.

“Seguro que luego me da boleta”.

“Seguro que dentro de tres días se ha cansado de mí”.

“Tiene algo con el secretario ese, fijo”.

“El Óscar ese me suena de algo”.

Loca dice que es majo, que no le ha metido mano. “Es un tío guay, Jorge. Te lo digo yo. En el banco me trata guay.” “Nunca me ha tocado un pelo, pero siempre hace un aparte conmigo, para que no me despidan. Y hace que me besa pero en realidad me cuenta un chiste al oído. Y luego me da una propina del copón y todo esto lo hace cada vez que va. Y cada semana llama al banco para pedir que me acerque a su empresa para un servicio especial. Y ya paso la mañana allí, con la gente, aprendiendo la leche de cosas.” “Y tiene un secretario que me pone y es muy simpático conmigo; me trae un sándwich a media mañana y una pepsi-cola”. “Es la leche de majo”.

“¿Leche? ¿Será una indirecta que quiere decir, pero no dice? ¿Me estará mintiendo el Loc?”

– Es un hombre guay – repite Loca.

“Joder”.

“Ramiro el guay”, pensó Jorge jocoso. “¿Y si le ha pagado para que diga lo de guay?” “Las propinas esas, fijo”

Jorge no quiso creerle. “No, no, no, no”. Estaba por pensar mal de Ramiro. Y pensaba mal de Ramiro todo lo que podía y algo más.

– Y tengo tu disfraz.

– ¿Y tú el tuyo?

– Yo no me disfrazo.

– Eso no es así.

– Corrijo: ya estoy disfrazado.

– Eso es un esmoquin.

– Ya.

– Eso no es un disfraz.

– Es un punto de vista. Para mí es un disfraz.

– Pues ya estoy disfrazado.

– Es cierto: de camarero.

– Pues eso, no hace falta que me disfrace.

– Vale. Te pido que te cambies de disfraz.

– ¿De orangután como tu secretario?

– No hombre.

– Te hace ojitos el Óscar ese.

– ¿Estás celoso?

– ¿Yo?

– Lo pareces.

– ¿Tendría motivos para estarlo, si es que estuviera celoso? Que no es el caso, no te creas, que te pones así estupendo y no. No estoy celoso. Para nada.

– ¿Lo estás?

– No contestas a mi pregunta.

– No sé lo que estás preguntando.

– Si te lo montas con el Óscar.

– No me lo monto con Óscar.

– ¿Nunca lo has hecho con él?

– ¿El qué?

– No te hagas el tonto.

– No he follado con él. Por eso es mi secretario.

– ¿Y hecho el amor?

– No por Dios, nunca ha sido candidato a tal cosa.

– ¿Quién ha sido candidato?

– Mucha gente.

– ¡Y no te ha gustado nadie! – exclamó un Jorge alucinado.

– Nadie pasó la prueba. Miento, alguno sí, pero estaba comprometido – se acordó de Adri el actor porno. Alguno más hubo, pero ya no los recordaba.

– ¿Haces un examen?

– El examen es pasar rato juntos, hacer cosas.

– ¿De ricos o de pobres?

– No sé, hacer cosas. ¿qué más da?

– ¿Tenemos que hacer cosas?

– Eso hacen las personas que se quieren conocer.

– Sí. pero yo no puedo hacer cosas de ricos.

– ¿De ricos? ¿Qué es hacer cosas de ricos?

– Pues ir al club de moda a jugar un paddel, o al gimnasio de a 500 euros la semana a hacer carrera en la cinta, o a la Ópera, o a cenar en un restaurante de a 400 euros el cubierto. O ir a pasar la noche a París en tu avión privado.

– Si pago yo, lo puedes hacer.

– Pero ese no es mi mundo, no estaría cómodo.

– Te harías enseguida.

– Eso sería comprarme.

– Ya estamos otra vez.

– Y luego no soy el elegido, y no sabría vivir sin esos lujos. A eso se acostumbra uno enseguida.

– ¿Y si lo eres?

– Eso está por ver.

– Tienes papeletas.

– ¿Cuantos tuvieron papeletas antes que yo? ¿50?

Ramiro hizo un gesto con la frente.

– ¿100?

– ¿200?

– ¿Más?

– No los he contado.

– 321 – contestó a sus espaldas Óscar.

– ¿Y tú porque no te callas? – le espetó enfadado a su secretario.

– Ramiro, te pido permiso para irme.

– Vete antes de que te dé una patada en los cojones, idiota.

– Siempre dices que hay que ir con la verdad en el amor.

Óscar iba a seguir con la explicación, pero una copa de champán que salió volando de la mano de Ramiro le hizo echarse a correr camino de la puerta de salida.

– ¿Seguro que no habéis follado?

– Que manía con el follar.

– Mucha confianza.

– Todos los que trabajan conmigo tiene mucha confianza.

– No me lo creo. Eres un millonetis del copón. Mira este casoplón. No puedes ser un hombre guay con tus trabajadores, además. Eso sería injusto con el reparto de cualidades del destino.

– Siempre pones en duda lo que digo. Esto empieza a ser un suplicio.

– ¿Ves? No tengo tantas papeletas. Te saco de quicio. Me abro.

– Una patada, sí te estás ganando.

– Nadie me aguanta.

– Otra vez el papel de víctima. Es el papel que has elegido.

– A lo mejor es que lo soy. Una víctima inaguantable.

– ¿Quién te ha tratado mal?

– Todos. En el colegio se reían de mí, mi padre me desprecia, mis hermanos igual, tengo pocos amigos de verdad. Y pocos colegas, que es lo peor. No le gusto a nadie.

– No me lo creo.

– Es verdad.

– Te haces la víctima. Conozco a muchos que se lo hacen. Presumen de ser incomprendidos y esa misma incomprensión les da derecho a fastidiar a los demás. Y tú has decidido fastidiarme a mí esta noche.

– Yo conozco a algunos así también, pero no es mi caso.

– ¿No?

– Me la suda ser querido o no.

– Eso no es cierto. Hablas y se te nota dolido.

– Conmigo mismo.

– Nos estamos poniendo serios.

– Es lo que hay, debes probar la mercancía antes de comprarla.

– Y dale.

– Es una forma de hablar, no te enfades.

– No me enfado.

– Vale.

– ¿Subimos?

– ¿Has visto a esos? Ese se está despelotando. Alucina vecina.

– Es una riña de parejas. Uno se ha dado cuenta de que el otro está fingiendo.

– ¿Y por eso se desnuda?

– Para mostrarse tal y como es.

– ¿Se quieren?

– No lo sé.

– ¿Y por qué finge?

– Porque le da miedo mostrarse como es por si no le gusta.

– Tiene miedo a quedarse solo.

– O le quiere tanto que no quiere perderlo.

– Tiene miedo a quedarse solo. No lo quiere de verdad. Lo noto en su mirada.

– Pero no se lo digas.

– No les conozco.

– Les conocerás, son mis amigos.

– ¿Los dos?

– Uno más que el otro.

– Eres amigo del estafado.

– Sí. Aunque el estafado tampoco quiere al otro.

– ¿Subimos?

– Pareces enfadado.

– Esta conversación me ha recordado algunas cosas que no me gustan.

– ¿Sobre la soledad?

– Digamos que sobre mi vida.

– ¿En soledad?

– En soledad.

– Vamos.

– Sí, vamos será mejor. Aunque deberías despedirte de los invitados.

– Que se encarguen tus camareros.

– Les digo y nos vamos.

– Has cambiado de actitud.

– He cambiado mi yo combativo por mi yo triste. No valgo la pena, Ramiro. Tú mereces alguien mejor.

– Si me gustas, no habrá alguien mejor.

– Yo no soy especial.

– Deja que yo lo decida. Eso es algo subjetivo.

– Yo soy objetivo conmigo.

– Y además, luego debes tú enamorarte de mí. Esto no es solo en un sentido.

– ¿Y si me engaño para no quedarme solo, como esos amigos tuyos?

– Eres joven para tener miedo a quedarte solo.

– Me siento viejo.

– No lo eres.

Jorge se quedó mirando a Bernardo y Jonatan. Bernardo estaba sentado y Jonatan ya estaba desnudo delante suyo, con los brazos abiertos. En sus labios pudo ver dibujadas las palabras “te quiero”. No lo podía escuchar desde donde estaba, pero sabía que no estaba acostumbrado a decirlo y lo había dicho mal. No, no lo quería. Estaba seguro. Tenía miedo. Por eso estaba con él.

Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él. Jorge al principio se resistió, pero enseguida se dejó hacer. Siguió a Ramiro sin ver ni oír.

Estaba triste. Quizás la continua batalla dialéctica con Ramiro le había cansado.

Cuando subían por la escalera, vio a D. Enrique, el que pagó el convite del Club de Tenis. Y leyó en su mirada el desprecio que le causaba Ramiro y el todavía mayor desprecio que le causaba él. Y a quien le quería oír le decía:

– Seguro que al camarero ese le huelen los pies y los sobacos.

Jorge disimuladamente se olió el sobaco. “¿Y si fuera verdad que le olían?” Pero quedó tranquilo: al menos una parte de la afirmación, era mentira. La otra, la comprobaría en casa.

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