La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 5ª parte.

– Ya han pasado tres días y no te he dado la patada, como decías.

Jorge levantó la mirada del libro que leía en su cuarto.

– ¿Quién te ha dejado entrar?

– Tu padre.

– Que servicial. Está frotándose las manos por ver si te me llevas y de paso, te llevas a mi hermano Carlitos, al que también odia. El del banco le dijo que te molaba ver a dos hermanos follarse a cuatro patas ladrando como perros.

– Hostias, no se me había ocurrido. ¡¡Carlitos!!

– ¿Qué haces? – Jorge se incorporó de un salto.

– Llamar a tu hermano para proponerlo. El del banco tiene razón debe ser un espectáculo. Ladra un poco, guau, guau.

– ¿Estás loco?

– ¿Sí?

– Carlitos, soy Ramiro – le tendió la mano.

– ¿El del riñón forrao que quiere ligarse a mi hermano? Mi padre está expectante, nervioso en el hall rezando a la virgen del Carmen por ver si es hoy cuando te lo llevas vestido de princesa, con sus labios pitados de rojo pasión y los ojos pintados de morado.

– ¡Ah!

– Lo de los ojos me lo he inventado.

– ¡Ah!

– Vete, anda, que no pasa nada – dijo Jorge.

– Sí, quería proponerte. – contradijo Ramiro.

– ¡Ramiro! Por favor. No querías proponer nada.

– Si lo ha dicho el del banco, habrá que hacerlo. Quería proponerte, Carlitos…

– Ramiro, joder, como te pasas.

– Tú me dices que el del banco, como si fuera no sé…

– El del banco nos quiere embargar.

– Di, guau, guau – a Carlitos.

– ¿Guau?

– No, guau.

– ¡¡Guau!!

– No, guau.

– Guau.

– Jorge, dí guau.

– Vete a tomar… – se contuvo.

– ¿Amor del tuyo?

– Vete a la mierda.

– Ahora enseguida. Di guau, Jorge.

– Dilo, coño, que me estoy meando – apremió Carlos.

– Guau – y no pudo evitar ponerse rojo.

– Y ahora montároslo.

– Me voy al servicio.

En la puerta se dio la vuelta y les dijo:

– Hacéis buena pareja, tú estás igual de ido que mi hermano. Me pido bailar en el convite vestido de Dalia blanca.

Y cerró la puerta.

– Cierro por si queréis montároslo. – gritó alejándose. – Guau, guau.

– ¡Qué lástima! Lo que hubiera dado por veros retozando al ritmo de guau, guau, para dar la razón al subdirector, ese gilipollas.

– Vayámonos. Estás medio loco.

– Y tú.

– Una mierda. Yo no pido que se lo monten dos hermanos, a uno de los cuales quieres conquistar.

Me has dicho que si te casas conmigo, deberé aceptar a tu hermano.

– Yo no he dicho eso.

– Me has dicho…

– He dicho que mi padre lo querría.

– Así que cuando le pida tu mano…

– Que bobadas, pedir mi mano. – atajó Jorge.

– Es tradición.

– Una mierda. Yo me caso con quien quiera.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¡¡No!!

– Todavía.

– No, para siempre.

– Mientes.

– No.

– Sí.

– Eres insufrible.

– Lo dicen tus ojos, estás enamorado de mí.

– Otra bobada.

– Da igual, acabarás reconociéndolo.

– Una mierda.

– Que nos vamos, has dicho. Nos vamos, digo yo también, que he venido a buscarte. Me lías y se me olvidan las cosas.

– Yo no he dicho nada de irnos. ¿O sí? Me vuelves loco. Además, estoy sin vestir.

– Me da igual – mintió – ¡Vamos! Esta casa no me gusta.

– A mi tampoco.

– Vamos, está el chofeur esperando.

– ¿Con la limusina?

– Algo así.

– Tengo que cambiarme.

Pero Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él.

– Que voy descalzo.

No le hizo ni caso.

– Que estoy en calzoncillos.

Ni caso.

– Hasta luego – se despidió Ramiro de Carlitos que volvía del baño.

– Guau – respondió socarronamente Carlos.

El chofeur estaba esperando con la puerta de la limusina abierta.

– ¡Que voy en calzoncillos!

– ¿Están rotos?

– Joder, no se te puede decir nada. Solo desgastados.

– ¡Calla! Ahí tienes para cambiarte.

– Joder, no quiero… – se quedó mirando un momento el perchero con un montón de ropa – joder, mola esta ropa. ¿Cómo has sabido lo que me gusta?

– Carlos.

– ¿Carlos? ¿Ese Carlos? – señalaba hacia su casa.

– Sí.

– Pero… ¡Qué cabrones, os habéis hecho los desconocidos y habéis maquinado a mis espaldas. Se va a enterar Carlitos, ahora mismo le mando un wasap.

– Quedamos ayer y me dijo. Y luego nos fuimos de compras.

– ¿Qué más te dijo? – preguntó expectante dejando a medio escribir el wasap prometido.

– Que me querías, que lo notaba.

– Ese es bobo. Le voy a poner a caldo.

– Y que eres buena gente.

– Que mono.

– Y que te quiere mucho.

– Yo también a él.

– Y que estás muy triste, por esto y aquello.

– Que gilipollas, que le va a él el ir contando mierda sobre mí.

– No es mierda.

– Yo no estoy triste.

– Depre.

– Una mierda.

– Cámbiate, que llegamos tarde. Y deja el móvil.

– Ahora, espera que le digo… ¡No me quites el móvil, capullo!

– Vístete, que llegamos tarde.

– ¿A donde? Y devuélveme el móvil.

– A una comida de trabajo. Y cuando te vistas, te doy el móvil.

– Pero si no tengo ni puta idea.

– Da igual. Tu fíjate en la gente y sonríe a todo el mundo. Eso hace un camarero.

– Ufff. Que corte. ¿Y cómo me vas a presentar? ¡No conozco a nadie!

– Como mi novio.

– Una mierda.

– ¿Mi marido?

– Joder. No lo soy.

– ¿Novio sí eres?

– Ya me entiendes.

– Mi prometido, entonces.

– ¡¡No lo soy!!

– Es cuestión de semanas.

– Ya estamos. Me vas a echar a los tres días.

– Ya han pasado.

– Otros tres.

– Como quieras. Cámbiate o te sacaré en calzoncillos.

– Pero si ni me has dejado ducharme.

– Así cuando te pongas al lado de Enrique, el del club de tenis, levantas el sobaco y se quedará contento.

Jorge se olió el sobaco asustado.

– ¡No me huele!

– Una lastima. Otra decepción para Enrique después de que no le saliera el negociete ese ni pudiera tirarse a Jimena, la deseada.

– Joder, como te pasas.

– Vamos.

– Pero no sé que ponerme.

– Lo que más te guste.

– Esta camiseta, esta chaqueta, estos pantalones.

– Y esos calzoncillos.

– Joder, que me vas a ver desnudo.

– Ya va siendo hora.

– ¿No ves? Solo sexo. Todo se reduce a eso.

– Pero no te he tocado un pelo en tres días.

– Fíjate tres días, como los noviazgos de antes – le salió su mejor tono sarcástico.

– Ahora no se lleva.

– Es cierto, no se lleva ni un noviazgo de un día. Ayer me llamó Camilo, un amiguete y me contó que se ha echado novia, una tal Olimpia, a la que ha conocido el martes. Follaron y el miércoles eran novios.

– ¿Lo ves? Ya somos más tradicionales que Olimpia y Camilo.

– Me da palo que me veas desnudo.

– Joder, ya miro para otro lado.

– Pasa adelante, mientras me cambio. No me fío.

– ¿Alucinas?

– Joder. ¡¡Hazlo o no me cambio!!

– ¡Mojigato!

– Yo también te quiero.

– ¿Lo ves? Ya lo reconoces.

– Es una forma de hablar.

– Claro, lo que yo decía.

– Es para decirte que te largues, joder.

– Vale, vale. Esto no lo he hecho por nadie.

– Así intimas con el chofeur.

– Ya he intimado muchas veces con él.

– ¿Te lo has montado con él? ¡¡Qué fuerte!!

– Apresúrate.

Ramiro se pasó al asiento del copiloto. Bajó la ventanilla de separación.

– Me parece que éste sí, Ramiro.

– Querido Juanma, ¿Porque me dijiste que no hace tantos años? Hubiéramos sido felices tú y yo. Fuiste mi primer elegido.

– ¿Porque estaba comprometido con mi Rosa?

– Me rompiste el corazón.

– Pero ya se te ha restaurado.

– ¿Te gusta?

– Sí, es peleón. Te va a costar conquistarlo.

– ¿Merece la pena, crees?

– Me cae bien.

– Ains. Entre tú y yo, ya lo tengo en el bote, y él lo sabe.

– Pero es peleón.

– Ya hemos llegado. Mira cuanta gente. Van a alucinar, saliendo yo del asiento de delante. Le abriré la puerta, para dar que hablar. No hace falta que salgas.

– Ya tenemos titulares de la prensa mañana.

– ¿Estás preparado? -gritó Ramiro por el intercomunicador.

– Joder, que susto. Casí.

– Que sea ya, que hemos llegado y es tarde – le apremió. – Nos esperan.

– Joder, que tensión.

– Súbete la bragueta.

– ¿Me estás mirando? ¿Hay cámaras?

– No, pero es que se te suele olvidar.

– Joder. ¡Qué corte!

– Le va a dar un ataque. – murmuró el chofeur señalando hacia atrás.

– Va a ser divertido.

La limusina se paró delante de la puerta del restaurante. Una nube de fotógrafos, periodistas y algunos curiosos, les rodearon inmediatamente. Ramiro salió sonriendo del asiento de delante, dejando boquiabiertos a todos.

– Unas declaraciones.

– No hay comentarios.

– Pero…

– No hay comentarios.

Abrió la puerta y le tendió la mano.

– ¡Vamos!

– Como si fuera un príncipe. – bromeó Jorge – ¡¡Hostias!! – en ese momento acababa de darse cuenta de la maraña de fotógrafos que había a su alrededor.

– La mano de Jorge se cerró sobre la de Ramiro. Éste sonrió y le devolvió el apretón.

– Sonríe.

– Esta no te la perdono – murmuró sin dejar de sonreír.

– Sonríe.

– Ya lo hago.

Y Jorge sonrió. Y caminó agarrado de la mano de Ramiro, el millonetis. Como si fueran novios. Pero como estaba tan nervioso por la de fotografías que le estaban sacando, ni se dio cuenta.

Luego le dolería la cabeza, cuando su hermano Carlos le mandó todos los enlaces de las fotografías que la prensa había colgado en sus medios.

¡¡Ramiro el millonetis y su nueva pareja!!

¡¡¿Quién es el que ha robado el corazón al soltero de oro?!! Seguiremos informando.

¡¡¡Exclusiva!!

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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