La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 6ª parte.

– Ya han pasado dos meses – dijo Ramiro a modo de saludo entrando en la habitación de Jorge – Y no te he dado la patada.

– No queda nada, lo noto. Tienes ganas de estrangularme – contestó Jorge levantándose de la cama, en donde estaba tirado pensando en esto y aquello.

– Eso es cierto.

– ¿Ves?

– Pero es que eres un pesado.

– No me queda nada. Y luego caeré en la depresión porque me he acostumbrado a la casa, a mi habitación nueva, al chofeur.

– Juanma está casado.

– Lo digo por follar. No me quiero casar con él.

– ¿Quieres follar? ¿Con Juanma?

– Joder, que martirio. No.

– Dos meses y sin follar. Eso es una novedad en ambos.

– Eso es que no te gusto.

– Eso es que decías que no querías y te he respetado sin intentar convencerte.

– A lo mejor mentía y quería que me convencieras.

– Reconoces que mientes.

– A veces.

– Me quieres. Está claro.

– No.

– Ahora también mientes.

– No.

– Nos casamos el mes que viene.

– Una mierda.

– Mis tres mosqueteros lo están preparando.

– Esos se lo montan juntos.

– Todos según tú, se lo montan. Pero te va a dar igual, nos casamos.

– Es que todos se lo suelen montar.

– Tú y yo no nos lo montamos.

– Es que no te gusto.

– Me gustas.

– No.

– Desnúdate.

– ¡¡Qué dices!!

– Pues follaremos como en la edad media, sin desnudarnos.

– ¡¡Qué dices!! ¡¡Alucinas!!

– Es que no veo otra solución.

– Me largo, me estás volviendo loco.

– Desnúdate y follamos.

– Desnúdate tú, no te jode.

Ramiro empezó a sacarse el jersey.

– ¡¡Para!! ¡¡Stop!! ¡¡Detente!!

– Has dicho que me desnude.

– Es que no estoy preparado.

– Tienes 25 años. Y has follado con intensidad desde los 16. Por decirlo suavemente.

– ¿Quién te ha contado eso?

– Carlitos.

– Qué traidor el capullo.

– No te gusto. Es eso.

– ¿Ves? No me gustas, es la respuesta.

– Pero si estás caliente

Jorge se levantó de la butaca en donde se había sentado un segundo antes, de un salto y se dio la vuelta para ocultarse.

– No me mires el paquete.

– No te lo he mirado.

– Y entonces… joder, que bobo. Otra vez he caído.

– Te lo haces, que te conozco. Me voy a quitar los pantalones. Como no miras, te informo.

– ¡¡No!!

– Ven y desnúdame tú.

– ¡¡No!! Alucinas.

Ramiro se acercó por la espalda y le puso la mano en el hombro.

– Joder, que susto.

– Ya estoy en pelotas.

– No, no, no, déjame – y empezó a correr hacia el pasillo con los ojos cerrados – No quiero verte.

Y vio tan poco que se estampó contra el quicio de la puerta, cayendo de culo cual largo es.

– ¡¡Joder!!

– ¿Te has echo daño?

– ¡Déjame! Todo es por tu culpa.

– Se te va a poner el ojo morado.

– Que se ponga. Así seré la bestia.

– Y yo el bello.

– Eso. Eso. Necesitas otro bello.

– Tú.

– No. Soy el monstruo.

– De las galletas.

– ¿Estoy gordo? – Jorge se palpó sus carnes.

– No lo sé. Me da igual.

– Mientes. Lo sabes. Estoy gordo.

Ramiro suspiró desesperado.

– No lo estás. Si no tienes carne. No se te puede ni pellizcar.

– ¿Ves? No te gusto.

Ramiro tiró de él, lo levantó del suelo, y pegó sus labios a los de Jorge. Éste luchó 0,0 para separarse. Ojos cerrados, boca abierta, su lengua sin control dentro de la boca de Ramiro, la de éste, dentro de la boca de Jorge.

– ¡Ay madre! – exclamó Jorge en un descanso.

– ¡Ay madre! – suspiró Ramiro en el mismo descanso.

Volvieron al tema. Las manos de Jorge recorrían el cuerpo de Ramiro que efectivamente estaba casi desnudo. Solo los calzoncillos estaban y por poco tiempo, porque las manos incontrolables de Jorge se los quitaron en un decir ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– ¡Ay madre! – exclamó con más intensidad Jorge al notar el miembro de Ramiro pegado a su paquete, todavía dentro de los pantalones y de los calzoncillos “¿Por qué me habré puesto calzoncillos hoy?”, se preguntaba desesperado Jorge.

– Joder, me voy a tener que desnudar yo, Ramiro. Es que no pones de tu parte.

– Ahora las prisas.

– Joder. Mírame.

– No te veo, tienes mucha ropa. Pero te siento.

– ¡¡Quítamela!! Les he visto más diligentes.

– ¿Cuantos?

– Da igual.

– ¿100?

– O así.

– ¿200?

– No los he contado.

– ¿300?

– Algo así.

– ¿350?

– 439, así ya estás contento.

– ¡Joder!

– Tú me ganas.

– Eso no lo sabes.

– Pero Óscar sí.

– Luego lo despido, por irse de la lengua.

– Trabaja bien la lengua.

– ¿Lo has hecho con él?

Ramiro se separó bruscamente de Jorge.

– ¡¡No!! – Jorge abrió los brazos.

– ¿Entonces?

– Loca, el del banco.

– ¡¡Ah!! – Ramiro se quedó aturdido. – ¿Se lo han montado?

Jorge asintió despacio.

– ¿Y por qué le has preguntado a Óscar?

– ¿Y por qué le has preguntado a mi hermano?

– Por si eras virgen. Como no querías hacerlo…

– ¿Quién ha dicho que no quería hacerlo?

– Joder, otra vez no.

– Si te pone caliente.

– Me pones caliente tú.

– Y estas discusiones.

– No me desesperes.

– Si te pone caliente.

– O te desnudas ahora mismo, o llamo a Óscar para que lo haga.

– ¿Óscar?

– Es cinturón negro de judo. Te hace una llave y te desnuda en un plis plas.

– ¿Esas son sus funciones de secretario?

– Y otras muchas.

– ¡Qué fuerte!

Jorge fue a decir algo más, pero Ramiro se había cansado y se había pegado de nuevo a él. Su lengua volvia a invadir la boca de Jorge y su miembro volvía a palpitar junto al de Jorge, todavía aprisionado entre sus pantalones.

– Desnúdate de una puta vez.

– Desnúdame tú.

Ramiro empujó a Jorge sobre la cama. Le quitó las zapatillas, los calcetines…

– ¡¡No!! Me da vergüenza. No mires.

– ¿Cómo?

– Que…

Ramiro no le dejó acabar. Cogió el mando y apagó las luces. Apretó otro botón y se bajaron las persianas.

– ¿Contento?

– Joder, que prisas. Si con cerrar un poco los ojos… ¡¡¡aggggggggggg!!

– Por si te arrepientes.

– ¡¡Cuidado!! que tiras lo que hay en los bolsillos.

– Me la pela.

– Joder, que me rompes los calzoncillos.

– Me la pela.

– Joder, que vocabulario. Que eres un millonrio de esos, un empresario de postín, con una imagen y demás. Los niños…

– Me la pela. Y como no te calles te juro que te amordazo.

– Agggggggg, joder. Que estoy muy…

– ¿Duro? Agggggggg…

– Aggggggg, sigue.

– Aggggggggg, por Dios.

– Agggggg, hostia puta.

– Agggggggggg, sigue.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggg, agggggggggg, agggggggggggggg, aggggggggg

– ¡Aggggg! Calla.

– Agggggggggg, no me da la gana.

– Agggggg

– Lamento molestaros, pero está en el hall…

– ¡¡Fuera!! – gritaron al unísono Jorge y Ramiro.

– Pero es que… – insistía Óscar.

Dos objetos volaron hacia la sombra de Óscar recortada sobre la puerta. Los dos le dieron de lleno.

– Si queríais que os dejara, haberlo dicho, no hace falta ponerse violento… vale, vale, me voy por donde he venido.

Y cerró la puerta justo antes de que impactara en ella una figura de cristal de Murano que alguno de los dos había lanzado contra él.

– Matías – le dijo a su ayudante que lo esperaba parapetado detrás de una esquina del pasillo, por si acaso – dile al Presidente de la Comunidad Autónoma que Ramiro está indispuesto. Que le llamará. Que lamenta no poder bajar a saludarlo.

– Ok. ¡qué marrones me da, jodido! Desde que no follamos…

– Calla, calla, no me hagas hablar. Eso te pasa por ponerme los cuernos cuando éramos la mejor pareja al Oeste del Missisippi.

– Aggggggggg, sigue.

– Agggggg, dale.

– Agggggggg, joder.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggggggggggggggg – gritaron a la vez Ramiro y Jorge.

– Eso es coordinación – murmuró Óscar sacando el móvil del bolsillo. – ¿Pero todavía estás aquí, Matías? Dale, vete a lo que te he dicho – marcó un número en el móvil – Fito, llama a Manu, tenemos que empezar a preparar la boda. – escuchó lo que le decía su amigo – No creo que tarden más de un par de meses.

– ¡¡¡Agggggggggggggggggggggggggggg!! ¡Aggg! ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– Corrijo, echale por si acaso un mes. ¡¡Ufffff!! Sí, eran ellos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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