Justin tuvo suerte. 4ª parte.

 Así fueron las rutinas unas cuantas semanas más.

Martes, jueves y viernes, entrenamientos. Peter lo recogía a veces en el colegio, otras veces en casa y lo llevaba a los campos de entreno. Lo esperaba tomando algo con los padres de otros chicos o con esos amigos con los que se encontró el primer día. A veces veía los entrenamientos un rato. Ahora procuraba no fumar, para toser menos en el partido de tenis de los sábados o los domingos, dependiendo de cuando jugara el equipo. Además, Justin empezó una campaña para que dejara de fumar. Y era tan pesado con el tema, que prefería fumar menos o no hacerlo, que aguantar sus puyas.

El sábado o el domingo, partido de fútbol. Algunos días, después de jugar, iban todos a tomar algo.

Cuando el equipo jugaba fuera de la ciudad, Peter no solía ir, al principio. Pero un día se lo propuso Justin al volver a casa.

– Estaría guay que fueras con el equipo el domingo. Si no te aburres o tienes otra cosa.

– ¿Te gustaría?

– Molaría. Si no te aburres del viaje – Justin no quería presionarlo.

– Llevaré un libro para leer. Por cierto…

– Estoy en ello, estoy en ello – dijo rápido Justin, cambiando de tema.

Como esa primera vez acompañando al equipo estuvo a gusto, y al chico parecía que le gustaba que fuera, a partir de ese día, en las salidas también se apuntaba.

Casi en Navidades, tuvo que hacer un viaje de trabajo. Iba a ser un viaje largo, casi dos semanas. Antes de tratar con Justin, esos viajes eran una suerte. Pero ahora, con sorpresa, se encontró con que no le apetecía. Y además, tenía que solucionar como se iba a arreglar Justin para ir a los partidos y a los entrenamientos. Era una sensación nueva, preocuparse por solucionar los problemas de otra persona. Una sensación que le gustaba. Aunque fue fácil, porque enseguida los otros padres se ofrecieron para llevarlo.

– Les caes bien – le dijo Justin – Si se lo pido hace un par de meses, me hubieran dado la espalda.

Quiso decir que no llevaba razón, pero como en otras muchas ocasiones, se calló por no meterse en temas escabrosos. Como tantas otras veces. Porque en aquellos días, cuando todo empezó, nadie lo bajaba aunque sabían que no tenía transporte.

La noche antes de irse, le dijo de salir a cenar.

– ¿Burguer o Pizza? – preguntó Justin.

– Vamos a ir a un restaurante bien.

– No jodas.

– ¿Tienes un traje? Se me ocurre que podemos ir de guapos. ¿Te hace?

– Mejor no. No tengo traje ni ropa guay. Mejor una pizza, sin complicaciones.

– Hacemos una cosa. Como es tu cumple dentro de poco, como regalo, el traje. Si te parece vamos a mirarlo esta tarde, por si tienen que cogerte los bajos o algo.

– No, no, porque mis viejos… mejor que no. Además no sé si estaría a gusto… – suplicaba con la mirada.

– Espérate. Que me acabo de acordar que tengo un traje de mi sobrino pequeño que no se puso nunca. Se lo compré para alguna fiesta y dio el estirón y se le quedó pequeño.

Justin lo vio con tantas ganas de hacer ese plan, que no se atrevió a oponerse. Y es que le hacía ilusión llevarlo a cenar por ahí, de bien. Para compensarle las dos semanas que lo iba a dejar desamparado. Estaba seguro que de alguna forma, estaba sirviendo de parapeto para él. Él lo veía más risueño, más comunicativo, no solo con él, sino con el resto del equipo o con sus amigos, alguna vez que se los había encontrado.

– El traje le estaba bien. Un poco cortos los pantalones, pero nada importante.

– Has crecido.

Justin sonrió.

– Algo hay, sí.

– Bueno.

Fue una bonita noche. Peter lo pasó muy bien y Justin todavía más. Era la primera vez que iba a cenar de restaurante restaurante, como decía él, sin que fuera una boda o algo de eso.

– En mi comunión me puse enfermo y no hubo comida. Un par de semanas después el cura me dio la hostia y solucionada la primera comunión.

– ¿Cogiste gripe?

– Algo de eso – dijo Justin, apartando la mirada.

Casi a Peter se le escapa una broma sobre la hostia como la forma del cuerpo de Cristo, y la hostia de un tortazo. Pero se contuvo a tiempo y cambió lo que iba a decir por una carcajada impostada al acordarse de un monaguillo al que se le cayeron las hostias en la iglesia del pueblo de su padre, y que el cura lo persiguió por medio pueblo, blandiendo una zapatilla con forma de gato, que nadie sabía de donde la habría sacado.

– Imagínate, el cura del pueblo corriendo, remangándose la sotana y con una zapatilla de gato en la mano.

No salio mal la distracción. Pero Peter se quedó pensando en cómo había apartado la mirada el chico al comentar lo de la gripe en su comunión.

Pasearon para volver a casa. Hablaron. Hablaban mucho. Era raro, porque todos los que conocían a Justin coincidían en que era muy callado. Aunque lo que más le gustaba a Peter era que Justin escuchaba muy bien. Prestaba mucha atención a lo que le decía. Él veía a sus compañeros de equipo, siempre pendientes del móvil, del wasap, de su insagram o la red social que tocara. Pero Justin, si estaba hablando con él, guardaba el móvil y ya podían sonar 40 avisos, que no lo miraba. Ni siquiera hacía intención alguna de hacerlo.

De vuelta, en el portal, Justin empezó a ponerse nervioso. De repente.

Se quitó la americana, la corbata y la camisa. Se quedó con los pantalones y con una camiseta que llevaba debajo de la camisa.

– A lo mejor mis padres se mosquean si me ven así.

Era la primera vez que nombraba a sus padres de esa forma.

– Gracias por todo, Peter. Ha sido genial.

Sin dejarle reaccionar, lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra él. Fue solo un segundo. Fue tan corto que a Peter no le dio tiempo a contestar al abrazo. Tampoco hubiera sabido como hacerlo, por lo de no hacerle daño. “A lo mejor no tiene golpes ya, no le he notado nada raro”.

“¿O no lo has querido ver, Peter?”

El chico subió corriendo por las escaleras. Algo le dijo a Peter que le convenía salir a dar una vuelta y hacer tiempo para llegar bastante después que el chico. Algo había cambiado. Quizás lo de la cena había sido un error.

A la mañana siguiente partió. Cogió sus maletas y se montó en un taxi, camino de la estación del tren.

A media mañana mandó un wasap a Justin, muy aséptico, preguntando por el día.

“Ya estoy en Barajas”.

No contestó.

Lo intentó unas horas después, pero tampoco respondió.

No contestó a ninguno. Es más, ni siquiera los había leído.

Justin tuvo suerte. 3ª parte.

 Si había algo que indignaba a Peter era el maltrato. Y eso tenía toda la pinta de ser un caso de ello.

Cuando él era niño, algunos de sus amigos del colegio, en el pueblo, llegaban con las mejillas coloradas a clase, después de que sus padres los castigaran como era debido, según ellos. Los padres de Peter en cambio, nunca le habían puesto la mano encima ni a él ni a su hermano. Eso siempre le había producido mucha aprehensión. Sobre todo después de que su amigo Junior muriera en extrañas circunstancias.

Fue un todo un acontecimiento en el pueblo. Todos hablaban del sucedido pero nadie comentaba las causas de ese accidente tan inverosímil. Pero una vez escuchó una conversación entre su padre y su madre en la que decían que seguro que lo había matado su padre a golpes. “No me creo nada eso de que se cayó por la noche al barranco,” decía su madre, impotente y triste.

No pudo dormir en una semana. Siempre su amigo Junior en su cabeza, mirándole, pidiéndole ayuda. “Por favor”, le imploraba lloroso en sus sueños.

Al cabo de un tiempo, la cosa se olvidó. Pero Peter nunca pudo mirar a la cara a los padres de su amigo Junior. Al principio incluso no podía evitar echarse a temblar al cruzarse con ellos.

“El entrenador sabe algo”, pensó Peter. “Por eso lo de echarle un ojo”. “Por eso todas esas frases enigmáticas”.

El martes cuando lo llevó al entrenamiento, intentó hablar con él. Pero se hizo el esquivo. Se lo debía oler.

Al volver a casa, le ofreció a Justin ducharse en su casa.

– Si quieres quedarte a dormir, ya sabes que tienes la habitación del otro día. Es toda para ti.

– No gracias, me esperan en casa.

Sin darse cuenta, le puso la mano en el hombro. El chico puso una mueca de dolor en un primer momento, pero enseguida controló. Peter apartó lentamente la mano intentando aparentar naturalidad y suspiró.

No sabía que hacer. ¿Denunciarlo?

Pero si lo hacía, a lo mejor en un primer momento era peor para Justin. ¿Y qué solución le buscaba? Entrarían en juego los servicios sociales o los jueces. ¿Podía ofrecerle quedarse con él? ¿Aceptaría? ¿Y los padres? ¿Estaría dispuesto Justin a denunciarlos? Suponiendo que fueran los padres. ¿Y si Justin ocultaba alguna relación distinta? Le venía a la cabeza lo de los comentarios de los vecinos sobre el chico y que era un bala perdida. “A lo mejor es porque saben que le zurran en casa y pensarán que es por ser un bandido”. “·A lo mejor hay algo por ahí que la gente sabe, pero que no dice en voz alta, como en el pueblo. Todos como el entrenador, tirando la piedra y escondiendo la mano”. “O todo son paranoias tuyas, Peter”. No, las marcas que había visto, no eran paranoias.

Y lo más importante. ¿Cómo hablarlo con él sin que se pusiera a la defensiva? ¿Y si fuera algo que le gustaba?

No hombre no. Hasta ese extremo no. Y menos con 16. ¿O sí? A lo mejor se metía en un lío gordo del que no podría salir tan fácil. Mejor dejarlo estar y echarle una mano en lo que pudiera, sin meterse en líos.

Ese era otro tema importante. ¿Quería él meterse en esos líos? No tenía madera de héroe. No le gustaban las confrontaciones. Ese tema sonaba a discusiones, juzgados y peleas. Y pudiera ser que no solo verbales.

– ¿Quieres que comamos una hamburguesa?

– Jo, no tengo pasta, no me gusta que pagues siempre.

– Eso no es cierto, no pago siempre. Por cierto ¿ya has leído “Los tres mosqueteros”? Fue el libro que elegiste entre los que te propuse ¿no?

Por la cara que puso, supo que ni lo había abierto.

– Bueno, pospondremos el partido de tenis. Y mira que me empezaba a apetecer. Como no has cumplido tu parte del trato… – picó Peter.

– Te juro que lo empiezo a leer esta misma noche. Me muero por jugar contigo un tenis. No me puedes hacer eso.

– Es una promesa. Que se te caiga la nariz si no lo cumples.

– ¿Perdona?

Peter se empezó a reír con ganas. Justin había puesto un gesto de indignación al sentirse tratado como un niño pequeño.

– Que suspicaz.

– No sé de que va todo esto.

– Un poco de sentido del humor, viejo.

– Vale, vale, metí la pata. No estoy acostumbrado a las bromas. A veces no las pillo a la primera. Sorry.

– Vamos al lío. A jugar ese partido.

Jugar, no jugaron demasiado. Primero porque Peter se lo tomó con calma, que hacía mucho que no hacía deporte. Luego, porque entre las risas de Justin cuando lo vio con su chándal de hacía quince años, que le estaba un poco demasiado justo, y descolorido por el paso del tiempo. Y las zapatillas un poco desgastadas. Un adefesio, vamos.

– Pero que birria – dijo señalando las zapatillas con el dedo y levantando éste poco a poco recorriendo el chándal.

Empezaron a jugar y los primeros golpes de Peter fueron desastrosos. Cada golpe que daba debían salir de la pista a por la pelota, porque la había lanzado al cielo.

Pero enseguida empezó a atinar un poco más, a controlar su fuerza y sus movimientos y consiguieron dar algunos golpes seguidos. Peter hablaba mucho para interrumpir el juego y disimular que enseguida se quedaba sin aire.

– Tienes que dejar de fumar – le recriminaba Justin.

– Sí papá.

– Y correr un poco todos los días. Cuando me lleves a entrenar, podrías correr con nosotros.

– Una leche, que vuestro entrenador tiene mala baba. Y no quiero que se partan la caja, como decís vosotros, todos tus compañeros. Y menos tú que te veo con ganas de reírte de mí.

– Huy, no me das ninguna pena. Na, que no. Corres con nosotros.

– Ya, como que no os oigo hablar y como os reís de todos. Y sois crueles. Yo soy muy sensible. De correr con vosotros, nada de nada.

Al final echaron un set. Justin lo ganó sin esforzarse mucho, pero hubo un par de tantos casi al final en los que Peter le hizo correr de lo lindo. Ya estaba recuperando las sensaciones antiguas.

– Tío, debías jugar bien. – dijo en una de esas veces que Peter lo llevó de lado a lado de la pista.

Cuando ganó Justin el set que echaron, levantó las manos y corrió por la pista para celebrar la victoria.

– Pero que payaso eres – le dijo Peter, que no paraba de reírse.

– Vamos a tomar un Acuarius, anda. Que veo que te desintegras.

– Si no he sudado nada.

– Anda, no te me pongas chulito, que ha habido un par de jugadas que te las he hecho pelear bien.

– No ha sido para tanto.

– Pero si tenías la lengua fuera, “pofesional”.

– Ya, no le des a las drogas duras que te hacen delirar.

Tomaron el acuarius y se fueron a casa. Peter no quiso hacerle pasar al chico por el trago de decirle que no se iba a duchar en el club. En casa se ducharon por turnos. Primero lo hizo Justin y luego Peter. Cuando este salió del baño, se encontró una merienda improvisada en la mesa de la sala de estar. Se quedó mirando las viandas, sorprendido.

– ¿Te molesta que…?

– No, no, no, que va. Está bien. No sabía que le dabas a la cocina.

– Na, si no he hecho nada.

– Pero si has hecho hasta creps. Yo no tengo ni idea de hacerlos.

– Mi abuela me enseñó. Está tirado.

Una sombra oscureció los ojos de Justin. Peter quiso acercarse y consolarlo, pero no se atrevió. Cuidaba mucho de no tener contacto físico con él.

Fue una velada agradable. Y Justin se fue a su casa haciendo la firme promesa de ponerse a leer en cuanto llegara a casa.

Justin tuvo suerte. 2ª parte.

 El sábado siguiente fueron a lavar el coche. Luego, Peter le llevó a jugar su partido de fútbol. Vio el partido incluso se emocionó cuando Justin marcó un gol. “Ha sido una jugada alucinante”, pensó para sí para justificarse esa congoja que le entró. Un padre allí al lado, le felicitó: “Tu chico juega de maravilla”. Se quedó sin saber que decir. “¿Cómo es posible que la gente ya se haya quedado con que he traído a Justin?” “Alucino con lo cotilla que es la gente”.

El entrenador cambió a Justin casi al final. Había hecho un gran encuentro. Los aficionados aplaudían al chaval. Y éste, cuando iba a sentarse en la caseta, señaló a Peter y aplaudió. Y todo el mundo pudo ver como le decía: “gracias”.

Peter se quedó traspuesto. “Ahora sí que me ha acongojado el jodido”. “El puto vecino de los cojones”.

Escuchaba los comentarios de la gente alabando el gesto de Justin de dedicarle el partido a su padre. Y empezaba a sentirse a disgusto con la situación. “¿Nunca ha venido su padre a verlo para que nadie lo conozca?”.

– Vamos a ir unos cuantos del equipo a comer unas pizzas – le comentó el padre de un compañero de Justin. – ¿Os apuntáis?

Justin acababa de salir de los vestuarios y se puso a su lado, apoyándose con las manos en su hombro. Sin ducharse, como la vez anterior. Parecía feliz.

– Peter, ¿te importa que vayamos? Hoy tengo pasta. Pago yo, que te debo la cena del otro día.

– Huy Peter, que forma más rara de llamar a tu padre.

– No es mi padre, es un amigo de la familia – dijo muy seguro, y a Peter le pareció que incluso había un tono de orgullo. Sonrió un poco confuso. No se atrevió a contradecir al chico. Tampoco sabía que decir. Y tampoco podía matizar lo dicho. Era la mejor versión de su relación. Al menos a él no se le ocurría nada mejor. Era una forma de zanjar el tema de que la gente lo confundiera con su padre. Siguió con la sonrisa.

Se juntaron diez jugadores del equipo, el entrenador y los correspondientes padres. Estuvieron a gusto y los chicos se lo pasaron en grande. Bromeaban y recreaban una y otra vez las mejores jugadas del partido “Y viste el número 4, que cerdo”. “Y el caño que le hiciste al 7, joder que caño”. “Jus, joder, que golazo. Ni el Messi lo hubiera hecho mejor”. El entrenador se acercó a Peter que miraba todo, apartado un poco del grupo, participando si alguien se acercaba o le pasaba una cerveza, o el bol de panchitos para que cogiera.

– Te quería dar las gracias.

Peter lo miró asombrado. “Hoy es el día de los agradecimientos”.

– ¿Por qué?

– Porque has conseguido que Justin se sienta bien. Estaba preocupado por él.

– Yo solo lo he traído. Nada más. Es un vecino. No he hecho nada.

– Tu eras el tío de Kike y Fede Quiñones ¿Verdad?

– Sí. Lo sigo siendo, que conste.

– Eran buenos chicos.

– Pero malos futbolistas.

Rieron.

– Justin es bueno.

– Sí lo es. No sabía que jugaba así de bien. En realidad hasta hace cuatro días, no sabía ni que jugaba al fútbol.

– Sus padres no se lo ponen fácil.

A Peter le sonó muy enigmático. Le sonó a que decía mucho menos de lo que quería, pero dejando claro que el tema era complicado. Tirando la piedra y escondiendo la mano, que se suele decir. O como si pensara que Peter estaba al cabo de la calle y supiera de qué hablaba.

– No sé mucho de ellos. Casi ni sé quienes son y eso que viven enfrente. No coincidimos. Si se presentan aquí, no los reconocería.

– Ojalá puedas seguir echándole un ojo. He llegado a pensar que lo perdíamos.

“¿Perder? ¿Qué quería decir con eso?” Otra vez el enigma. Peter iba a pedir explicaciones, pero el tiempo en que tardó en asimilar e intentar comprender lo que le había querido decir el entrenador, éste se apartó para hablar con los padres de los otros chicos.

– ¿Te aburres? ¿Quieres que nos abramos?

Justin se había acercado a él sin que se diera cuenta.

– ¡Ah, no, no! Estoy muy a gusto con la pizza y con la cerveza. Y lo estás pasando bien.

– Gracias – le dijo con una mueca. La segunda vez que lo decía, tercera si contaba la del campo de fútbol, y ya sonaba más natural. “Decididamente es el día de los agradecimientos”.

Volvieron a casa en silencio. Justin apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Peter de vez en cuando lo miraba. Veía en su rostro una pátina de felicidad que nunca antes había percibido. “Cómo cambia eso su cara; parece mucho más atractivo. Ahora seguro que las vecinas no dicen que es un chico malo”.

– ¿Estás bien? – preguntó en un momento, por romper el silencio tan duradero.

– Mejor que nunca – contestó Justin sin apenas abrir los ojos, pero sonriendo. “Sí, definitivamente se le nota que está feliz”.

Al salir del ascensor, se despidieron hasta el martes. Ese día Justin tenía entrenamiento y Peter lo llevaría.

– ¿De verdad que no te importa?

– ¡Claro que no! – ya se había olvidado esa promesa que se hizo el primer día en que no se convertiría en una costumbre.

Peter abrió su casa. Le hizo un gesto de despedida a Justin con la mano y cerró la puerta. Fue directo a su sillón preferido, se quitó los zapatos ahí mismo y puso la tele. Estaba cansado. No estaba acostumbrado a ese trajín. Y tenía hambre, que al final no había comido casi. Las pizzas las devoraron en un santiamén los chicos. No pudo ni probarlas.

En un momento de silencio de la tele, escuchó pequeños golpes en la puerta. Se acercó un poco asustado, había oído que habían robado en algunas casas, incluso con los dueños dentro. Se acercó cauteloso, con el teléfono en la mano dispuesto a llamar a la policía. Miró por la mirilla y vio a Justin.

– Hola, cuanto tiempo – dijo bromeando mientras abría la puerta.

– Me he olvidado las llaves. Mis padres están de cena y volverán tarde – Justin miraba de refilón a Peter esperando. No se atrevía a enfrentar su mirada directamente. Por si le decía que no.

– Pasa, pasa. – dijo apartándose, no muy convencido. La casa estaba muy desordenada y le daba un poco de vergüenza.

– ¿No te molesto?

– Que me vas a molestar, hombre. – ya se mostró más seguro. – solo que está todo manga por hombro.

Justin dejó la bolsa de deporte en el suelo y se quitó las zapatillas.

– Para no mancharte la casa.

Entraron al salón y Peter echó una ojeada. “Pues sí que tiene libros, sí”. Muchas baldas y todas repletas de libros y en los rincones, había montañas de más libros.

– Ahí tienes el cuarto de baño. Dúchate mientras preparo algo de cenar.

– No, no te preocupes. De verdad, no hace falta. No quiero molestar.

– Dúchate anda, no voy a mirarte desnudo, tranquilo.

Lo dijo en broma, pero para su sorpresa, vio como esa afirmación parecía tranquilizar a Justin. Peter no supo interpretar la actitud del joven. Algunas de las posibles justificaciones que se le ocurrieron no le gustaron mucho. De hecho, le hicieron sentirse incómodo. Pensó en cortar toda relación con él, en mil cosas. “¿Qué se habrá pensado?”. Hasta meditó echarlo de casa en ese momento. “Estás paranoico, Peter, joder”.

– Te acerco unas toallas – ofreció en un tono que a él mismo le pareció un poco descortés, seco.

Se las llevó y cerró la puerta, más bruscamente de lo que hubiera querido. “Relájate, Peter, que será una tontería”.

Fue a la cocina y se puso a hacer unas tortillas. Calentó leche y puso un par de tazones de Nesquik. Sacó un poco de jamón york abrió una lata de paté y otra de atún en escabeche y lo puso todo en la mesa de la sala de estar. Tostó algunas rebanadas de pan de molde y sacó la mantequilla y mermelada.

– He preparado algo de cenar – le dijo al verlo aparecer ya cambiado. Comprobó que se había puesto una camiseta suya que tenía colgada en el baño.

– No has comido casi Pizza. No me extraña que tengas hambre.

– Pero si no me habéis dejado. – Peter se obligó a emplear su mejor tono de broma, aunque su cabeza seguía dándole vueltas al tema – Ni catarla. Parecíais todos niños de Somalia, que no habíais comido en la vida.

– Exagerao.

– Lo que yo te diga.

Bromeaba pero no, no estaba a gusto. “Será una tontería, seguro”. “Pero me jode”.

– Sabes, tengo hambre. Me molan las tortillas y el Cola cao.

– Es Nesquik – Peter se puso en tensión. Pocas bromas con el Nesquik.

– No todo iba a ser perfecto – hizo una mueca de broma.

– Perdóname, pero si eres de Cola-Cao, ahora mismo rompemos nuestra amistad y tendré que pedirte amablemente con un trabuco apuntándote al entrecejo que abandones mi casa inmediatamente.

– Es causa para ello sí. Yo debería irme sin más, sin despedirme siquiera y no volverte a mirar a la cara. No entiendo como puede gustarte el Nesquik.

– Pruébalo, que eso es que no lo has probado bien. Mira que bien disuelto está. Prueba y verás que sabor a chocolate. – él mismo tomó su tazón y me pegó un buen trago – ¡¡Delicioso!! – exclamó con los ojos en éxtasis.

– Mola el Cola-cao. Sabe guay. Ni comparación.

– Anda, anda, ya que me has mangado la camiseta, póntela al derecho – su discrepancia sobre el tema del Nesquik le empujaba a sacar fallos.

– ¿Has visto? Perece que me he puesto faldas. Perdona, la he visto allí y no tenía otra cosa que ponerme limpia.

– Te está un poco grande. ¡No te estarás metiendo con mi talla! – le amenazó de broma con el dedo apuntando al entrecejo, como el trabuco que había citado antes. – Póntela bien anda. Ya que no te gusta el Nesquik…

– Vale. Aunque te advierto que está de moda llevarlas al revés. ¡Mola el Cola-cao! – picó Justin.

Ante el amago de Peter de tirarle a la cabeza un libro de más de 1000 páginas que tenía a su lado, Justin se levantó de la silla y volvió al baño a ponerse bien la camiseta, cerrando cuidadosamente la puerta. Aunque quedó entreabierta.

Esto ya le pareció un poco exagerado a Peter. Empezaba a mosquearse de verdad. Debía romper toda esta amistad. No estaba dispuesto a esas suspicacias. Al levantar la mirada, a través de un juego entre el espejo del pasillo y el del baño, por la rendija de la puerta que había quedado abierta, lo vio.

Casi se mareó. Tuvo que agarrarse al mueble más cercano para no caerse.

Vio la espalda de Justin absolutamente llena de cardenales, incluso algunos bultos que le parecieron ampollas. Multitud de cintazos la surcaban en todas direcciones. Y algunas de ellas, pensó, no debían tener más de un par de días. También el pecho parecía haber sufrido cierto castigo, aunque de menor intensidad y constancia.

Cerró los ojos y luchó por controlar la respiración. Debía dominarse y que Justin no se diera cuenta de que había descubierto uno de sus secretos. “Así que es eso”.

– ¿Así mejor? – dijo el joven vecino apareciendo de nuevo con la camiseta al derecho, abriendo los brazos y girando sobre sí mismo, como si se estuviera probando en una tienda y preguntara la opinión de Peter.

– ¡Dónde va a parar! – exclamó exageradamente Peter para esconder sus emociones – Vamos a comer, que se queda frío.

– ¡Hum! Que bueno. Esta tortilla está guay.