Justin tuvo suerte. 2ª parte.

 El sábado siguiente fueron a lavar el coche. Luego, Peter le llevó a jugar su partido de fútbol. Vio el partido incluso se emocionó cuando Justin marcó un gol. “Ha sido una jugada alucinante”, pensó para sí para justificarse esa congoja que le entró. Un padre allí al lado, le felicitó: “Tu chico juega de maravilla”. Se quedó sin saber que decir. “¿Cómo es posible que la gente ya se haya quedado con que he traído a Justin?” “Alucino con lo cotilla que es la gente”.

El entrenador cambió a Justin casi al final. Había hecho un gran encuentro. Los aficionados aplaudían al chaval. Y éste, cuando iba a sentarse en la caseta, señaló a Peter y aplaudió. Y todo el mundo pudo ver como le decía: “gracias”.

Peter se quedó traspuesto. “Ahora sí que me ha acongojado el jodido”. “El puto vecino de los cojones”.

Escuchaba los comentarios de la gente alabando el gesto de Justin de dedicarle el partido a su padre. Y empezaba a sentirse a disgusto con la situación. “¿Nunca ha venido su padre a verlo para que nadie lo conozca?”.

– Vamos a ir unos cuantos del equipo a comer unas pizzas – le comentó el padre de un compañero de Justin. – ¿Os apuntáis?

Justin acababa de salir de los vestuarios y se puso a su lado, apoyándose con las manos en su hombro. Sin ducharse, como la vez anterior. Parecía feliz.

– Peter, ¿te importa que vayamos? Hoy tengo pasta. Pago yo, que te debo la cena del otro día.

– Huy Peter, que forma más rara de llamar a tu padre.

– No es mi padre, es un amigo de la familia – dijo muy seguro, y a Peter le pareció que incluso había un tono de orgullo. Sonrió un poco confuso. No se atrevió a contradecir al chico. Tampoco sabía que decir. Y tampoco podía matizar lo dicho. Era la mejor versión de su relación. Al menos a él no se le ocurría nada mejor. Era una forma de zanjar el tema de que la gente lo confundiera con su padre. Siguió con la sonrisa.

Se juntaron diez jugadores del equipo, el entrenador y los correspondientes padres. Estuvieron a gusto y los chicos se lo pasaron en grande. Bromeaban y recreaban una y otra vez las mejores jugadas del partido “Y viste el número 4, que cerdo”. “Y el caño que le hiciste al 7, joder que caño”. “Jus, joder, que golazo. Ni el Messi lo hubiera hecho mejor”. El entrenador se acercó a Peter que miraba todo, apartado un poco del grupo, participando si alguien se acercaba o le pasaba una cerveza, o el bol de panchitos para que cogiera.

– Te quería dar las gracias.

Peter lo miró asombrado. “Hoy es el día de los agradecimientos”.

– ¿Por qué?

– Porque has conseguido que Justin se sienta bien. Estaba preocupado por él.

– Yo solo lo he traído. Nada más. Es un vecino. No he hecho nada.

– Tu eras el tío de Kike y Fede Quiñones ¿Verdad?

– Sí. Lo sigo siendo, que conste.

– Eran buenos chicos.

– Pero malos futbolistas.

Rieron.

– Justin es bueno.

– Sí lo es. No sabía que jugaba así de bien. En realidad hasta hace cuatro días, no sabía ni que jugaba al fútbol.

– Sus padres no se lo ponen fácil.

A Peter le sonó muy enigmático. Le sonó a que decía mucho menos de lo que quería, pero dejando claro que el tema era complicado. Tirando la piedra y escondiendo la mano, que se suele decir. O como si pensara que Peter estaba al cabo de la calle y supiera de qué hablaba.

– No sé mucho de ellos. Casi ni sé quienes son y eso que viven enfrente. No coincidimos. Si se presentan aquí, no los reconocería.

– Ojalá puedas seguir echándole un ojo. He llegado a pensar que lo perdíamos.

“¿Perder? ¿Qué quería decir con eso?” Otra vez el enigma. Peter iba a pedir explicaciones, pero el tiempo en que tardó en asimilar e intentar comprender lo que le había querido decir el entrenador, éste se apartó para hablar con los padres de los otros chicos.

– ¿Te aburres? ¿Quieres que nos abramos?

Justin se había acercado a él sin que se diera cuenta.

– ¡Ah, no, no! Estoy muy a gusto con la pizza y con la cerveza. Y lo estás pasando bien.

– Gracias – le dijo con una mueca. La segunda vez que lo decía, tercera si contaba la del campo de fútbol, y ya sonaba más natural. “Decididamente es el día de los agradecimientos”.

Volvieron a casa en silencio. Justin apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Peter de vez en cuando lo miraba. Veía en su rostro una pátina de felicidad que nunca antes había percibido. “Cómo cambia eso su cara; parece mucho más atractivo. Ahora seguro que las vecinas no dicen que es un chico malo”.

– ¿Estás bien? – preguntó en un momento, por romper el silencio tan duradero.

– Mejor que nunca – contestó Justin sin apenas abrir los ojos, pero sonriendo. “Sí, definitivamente se le nota que está feliz”.

Al salir del ascensor, se despidieron hasta el martes. Ese día Justin tenía entrenamiento y Peter lo llevaría.

– ¿De verdad que no te importa?

– ¡Claro que no! – ya se había olvidado esa promesa que se hizo el primer día en que no se convertiría en una costumbre.

Peter abrió su casa. Le hizo un gesto de despedida a Justin con la mano y cerró la puerta. Fue directo a su sillón preferido, se quitó los zapatos ahí mismo y puso la tele. Estaba cansado. No estaba acostumbrado a ese trajín. Y tenía hambre, que al final no había comido casi. Las pizzas las devoraron en un santiamén los chicos. No pudo ni probarlas.

En un momento de silencio de la tele, escuchó pequeños golpes en la puerta. Se acercó un poco asustado, había oído que habían robado en algunas casas, incluso con los dueños dentro. Se acercó cauteloso, con el teléfono en la mano dispuesto a llamar a la policía. Miró por la mirilla y vio a Justin.

– Hola, cuanto tiempo – dijo bromeando mientras abría la puerta.

– Me he olvidado las llaves. Mis padres están de cena y volverán tarde – Justin miraba de refilón a Peter esperando. No se atrevía a enfrentar su mirada directamente. Por si le decía que no.

– Pasa, pasa. – dijo apartándose, no muy convencido. La casa estaba muy desordenada y le daba un poco de vergüenza.

– ¿No te molesto?

– Que me vas a molestar, hombre. – ya se mostró más seguro. – solo que está todo manga por hombro.

Justin dejó la bolsa de deporte en el suelo y se quitó las zapatillas.

– Para no mancharte la casa.

Entraron al salón y Peter echó una ojeada. “Pues sí que tiene libros, sí”. Muchas baldas y todas repletas de libros y en los rincones, había montañas de más libros.

– Ahí tienes el cuarto de baño. Dúchate mientras preparo algo de cenar.

– No, no te preocupes. De verdad, no hace falta. No quiero molestar.

– Dúchate anda, no voy a mirarte desnudo, tranquilo.

Lo dijo en broma, pero para su sorpresa, vio como esa afirmación parecía tranquilizar a Justin. Peter no supo interpretar la actitud del joven. Algunas de las posibles justificaciones que se le ocurrieron no le gustaron mucho. De hecho, le hicieron sentirse incómodo. Pensó en cortar toda relación con él, en mil cosas. “¿Qué se habrá pensado?”. Hasta meditó echarlo de casa en ese momento. “Estás paranoico, Peter, joder”.

– Te acerco unas toallas – ofreció en un tono que a él mismo le pareció un poco descortés, seco.

Se las llevó y cerró la puerta, más bruscamente de lo que hubiera querido. “Relájate, Peter, que será una tontería”.

Fue a la cocina y se puso a hacer unas tortillas. Calentó leche y puso un par de tazones de Nesquik. Sacó un poco de jamón york abrió una lata de paté y otra de atún en escabeche y lo puso todo en la mesa de la sala de estar. Tostó algunas rebanadas de pan de molde y sacó la mantequilla y mermelada.

– He preparado algo de cenar – le dijo al verlo aparecer ya cambiado. Comprobó que se había puesto una camiseta suya que tenía colgada en el baño.

– No has comido casi Pizza. No me extraña que tengas hambre.

– Pero si no me habéis dejado. – Peter se obligó a emplear su mejor tono de broma, aunque su cabeza seguía dándole vueltas al tema – Ni catarla. Parecíais todos niños de Somalia, que no habíais comido en la vida.

– Exagerao.

– Lo que yo te diga.

Bromeaba pero no, no estaba a gusto. “Será una tontería, seguro”. “Pero me jode”.

– Sabes, tengo hambre. Me molan las tortillas y el Cola cao.

– Es Nesquik – Peter se puso en tensión. Pocas bromas con el Nesquik.

– No todo iba a ser perfecto – hizo una mueca de broma.

– Perdóname, pero si eres de Cola-Cao, ahora mismo rompemos nuestra amistad y tendré que pedirte amablemente con un trabuco apuntándote al entrecejo que abandones mi casa inmediatamente.

– Es causa para ello sí. Yo debería irme sin más, sin despedirme siquiera y no volverte a mirar a la cara. No entiendo como puede gustarte el Nesquik.

– Pruébalo, que eso es que no lo has probado bien. Mira que bien disuelto está. Prueba y verás que sabor a chocolate. – él mismo tomó su tazón y me pegó un buen trago – ¡¡Delicioso!! – exclamó con los ojos en éxtasis.

– Mola el Cola-cao. Sabe guay. Ni comparación.

– Anda, anda, ya que me has mangado la camiseta, póntela al derecho – su discrepancia sobre el tema del Nesquik le empujaba a sacar fallos.

– ¿Has visto? Perece que me he puesto faldas. Perdona, la he visto allí y no tenía otra cosa que ponerme limpia.

– Te está un poco grande. ¡No te estarás metiendo con mi talla! – le amenazó de broma con el dedo apuntando al entrecejo, como el trabuco que había citado antes. – Póntela bien anda. Ya que no te gusta el Nesquik…

– Vale. Aunque te advierto que está de moda llevarlas al revés. ¡Mola el Cola-cao! – picó Justin.

Ante el amago de Peter de tirarle a la cabeza un libro de más de 1000 páginas que tenía a su lado, Justin se levantó de la silla y volvió al baño a ponerse bien la camiseta, cerrando cuidadosamente la puerta. Aunque quedó entreabierta.

Esto ya le pareció un poco exagerado a Peter. Empezaba a mosquearse de verdad. Debía romper toda esta amistad. No estaba dispuesto a esas suspicacias. Al levantar la mirada, a través de un juego entre el espejo del pasillo y el del baño, por la rendija de la puerta que había quedado abierta, lo vio.

Casi se mareó. Tuvo que agarrarse al mueble más cercano para no caerse.

Vio la espalda de Justin absolutamente llena de cardenales, incluso algunos bultos que le parecieron ampollas. Multitud de cintazos la surcaban en todas direcciones. Y algunas de ellas, pensó, no debían tener más de un par de días. También el pecho parecía haber sufrido cierto castigo, aunque de menor intensidad y constancia.

Cerró los ojos y luchó por controlar la respiración. Debía dominarse y que Justin no se diera cuenta de que había descubierto uno de sus secretos. “Así que es eso”.

– ¿Así mejor? – dijo el joven vecino apareciendo de nuevo con la camiseta al derecho, abriendo los brazos y girando sobre sí mismo, como si se estuviera probando en una tienda y preguntara la opinión de Peter.

– ¡Dónde va a parar! – exclamó exageradamente Peter para esconder sus emociones – Vamos a comer, que se queda frío.

– ¡Hum! Que bueno. Esta tortilla está guay.

Un pensamiento en “Justin tuvo suerte. 2ª parte.

  1. Le has dado a la historia la vuelta como a un calcetín. Me gusta aunque me da pena por el pobre Justin. Se adivina un padre despótico, sádico, maltratador con la familia que siempre ha vivido con el temor en los huesos. Incluso pederasta e incestuoso. (El entrenador conoce la realidad, aunque se muestra discreto) Peter descubre un mundo que ignoraba. Veremos que nuevos i sorprendentes giros da esta historia que solo comienza. Habido estoy de la nueva entrega. ¿Me he pasado un poco como tres pueblos?
    Un cálido y sincero beso en los labios. Sensual y agradecido.

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