Justin tuvo suerte. 3ª parte.

 Si había algo que indignaba a Peter era el maltrato. Y eso tenía toda la pinta de ser un caso de ello.

Cuando él era niño, algunos de sus amigos del colegio, en el pueblo, llegaban con las mejillas coloradas a clase, después de que sus padres los castigaran como era debido, según ellos. Los padres de Peter en cambio, nunca le habían puesto la mano encima ni a él ni a su hermano. Eso siempre le había producido mucha aprehensión. Sobre todo después de que su amigo Junior muriera en extrañas circunstancias.

Fue un todo un acontecimiento en el pueblo. Todos hablaban del sucedido pero nadie comentaba las causas de ese accidente tan inverosímil. Pero una vez escuchó una conversación entre su padre y su madre en la que decían que seguro que lo había matado su padre a golpes. “No me creo nada eso de que se cayó por la noche al barranco,” decía su madre, impotente y triste.

No pudo dormir en una semana. Siempre su amigo Junior en su cabeza, mirándole, pidiéndole ayuda. “Por favor”, le imploraba lloroso en sus sueños.

Al cabo de un tiempo, la cosa se olvidó. Pero Peter nunca pudo mirar a la cara a los padres de su amigo Junior. Al principio incluso no podía evitar echarse a temblar al cruzarse con ellos.

“El entrenador sabe algo”, pensó Peter. “Por eso lo de echarle un ojo”. “Por eso todas esas frases enigmáticas”.

El martes cuando lo llevó al entrenamiento, intentó hablar con él. Pero se hizo el esquivo. Se lo debía oler.

Al volver a casa, le ofreció a Justin ducharse en su casa.

– Si quieres quedarte a dormir, ya sabes que tienes la habitación del otro día. Es toda para ti.

– No gracias, me esperan en casa.

Sin darse cuenta, le puso la mano en el hombro. El chico puso una mueca de dolor en un primer momento, pero enseguida controló. Peter apartó lentamente la mano intentando aparentar naturalidad y suspiró.

No sabía que hacer. ¿Denunciarlo?

Pero si lo hacía, a lo mejor en un primer momento era peor para Justin. ¿Y qué solución le buscaba? Entrarían en juego los servicios sociales o los jueces. ¿Podía ofrecerle quedarse con él? ¿Aceptaría? ¿Y los padres? ¿Estaría dispuesto Justin a denunciarlos? Suponiendo que fueran los padres. ¿Y si Justin ocultaba alguna relación distinta? Le venía a la cabeza lo de los comentarios de los vecinos sobre el chico y que era un bala perdida. “A lo mejor es porque saben que le zurran en casa y pensarán que es por ser un bandido”. “·A lo mejor hay algo por ahí que la gente sabe, pero que no dice en voz alta, como en el pueblo. Todos como el entrenador, tirando la piedra y escondiendo la mano”. “O todo son paranoias tuyas, Peter”. No, las marcas que había visto, no eran paranoias.

Y lo más importante. ¿Cómo hablarlo con él sin que se pusiera a la defensiva? ¿Y si fuera algo que le gustaba?

No hombre no. Hasta ese extremo no. Y menos con 16. ¿O sí? A lo mejor se metía en un lío gordo del que no podría salir tan fácil. Mejor dejarlo estar y echarle una mano en lo que pudiera, sin meterse en líos.

Ese era otro tema importante. ¿Quería él meterse en esos líos? No tenía madera de héroe. No le gustaban las confrontaciones. Ese tema sonaba a discusiones, juzgados y peleas. Y pudiera ser que no solo verbales.

– ¿Quieres que comamos una hamburguesa?

– Jo, no tengo pasta, no me gusta que pagues siempre.

– Eso no es cierto, no pago siempre. Por cierto ¿ya has leído “Los tres mosqueteros”? Fue el libro que elegiste entre los que te propuse ¿no?

Por la cara que puso, supo que ni lo había abierto.

– Bueno, pospondremos el partido de tenis. Y mira que me empezaba a apetecer. Como no has cumplido tu parte del trato… – picó Peter.

– Te juro que lo empiezo a leer esta misma noche. Me muero por jugar contigo un tenis. No me puedes hacer eso.

– Es una promesa. Que se te caiga la nariz si no lo cumples.

– ¿Perdona?

Peter se empezó a reír con ganas. Justin había puesto un gesto de indignación al sentirse tratado como un niño pequeño.

– Que suspicaz.

– No sé de que va todo esto.

– Un poco de sentido del humor, viejo.

– Vale, vale, metí la pata. No estoy acostumbrado a las bromas. A veces no las pillo a la primera. Sorry.

– Vamos al lío. A jugar ese partido.

Jugar, no jugaron demasiado. Primero porque Peter se lo tomó con calma, que hacía mucho que no hacía deporte. Luego, porque entre las risas de Justin cuando lo vio con su chándal de hacía quince años, que le estaba un poco demasiado justo, y descolorido por el paso del tiempo. Y las zapatillas un poco desgastadas. Un adefesio, vamos.

– Pero que birria – dijo señalando las zapatillas con el dedo y levantando éste poco a poco recorriendo el chándal.

Empezaron a jugar y los primeros golpes de Peter fueron desastrosos. Cada golpe que daba debían salir de la pista a por la pelota, porque la había lanzado al cielo.

Pero enseguida empezó a atinar un poco más, a controlar su fuerza y sus movimientos y consiguieron dar algunos golpes seguidos. Peter hablaba mucho para interrumpir el juego y disimular que enseguida se quedaba sin aire.

– Tienes que dejar de fumar – le recriminaba Justin.

– Sí papá.

– Y correr un poco todos los días. Cuando me lleves a entrenar, podrías correr con nosotros.

– Una leche, que vuestro entrenador tiene mala baba. Y no quiero que se partan la caja, como decís vosotros, todos tus compañeros. Y menos tú que te veo con ganas de reírte de mí.

– Huy, no me das ninguna pena. Na, que no. Corres con nosotros.

– Ya, como que no os oigo hablar y como os reís de todos. Y sois crueles. Yo soy muy sensible. De correr con vosotros, nada de nada.

Al final echaron un set. Justin lo ganó sin esforzarse mucho, pero hubo un par de tantos casi al final en los que Peter le hizo correr de lo lindo. Ya estaba recuperando las sensaciones antiguas.

– Tío, debías jugar bien. – dijo en una de esas veces que Peter lo llevó de lado a lado de la pista.

Cuando ganó Justin el set que echaron, levantó las manos y corrió por la pista para celebrar la victoria.

– Pero que payaso eres – le dijo Peter, que no paraba de reírse.

– Vamos a tomar un Acuarius, anda. Que veo que te desintegras.

– Si no he sudado nada.

– Anda, no te me pongas chulito, que ha habido un par de jugadas que te las he hecho pelear bien.

– No ha sido para tanto.

– Pero si tenías la lengua fuera, “pofesional”.

– Ya, no le des a las drogas duras que te hacen delirar.

Tomaron el acuarius y se fueron a casa. Peter no quiso hacerle pasar al chico por el trago de decirle que no se iba a duchar en el club. En casa se ducharon por turnos. Primero lo hizo Justin y luego Peter. Cuando este salió del baño, se encontró una merienda improvisada en la mesa de la sala de estar. Se quedó mirando las viandas, sorprendido.

– ¿Te molesta que…?

– No, no, no, que va. Está bien. No sabía que le dabas a la cocina.

– Na, si no he hecho nada.

– Pero si has hecho hasta creps. Yo no tengo ni idea de hacerlos.

– Mi abuela me enseñó. Está tirado.

Una sombra oscureció los ojos de Justin. Peter quiso acercarse y consolarlo, pero no se atrevió. Cuidaba mucho de no tener contacto físico con él.

Fue una velada agradable. Y Justin se fue a su casa haciendo la firme promesa de ponerse a leer en cuanto llegara a casa.

2 pensamientos en “Justin tuvo suerte. 3ª parte.

  1. Peter se hace las preguntas que nos haríamos todos. Las dudas de actuar y las consecuencias de ello. Son situaciones que muchas veces hemos parecido todos. En el fondo es el miedo a afrontar las situaciones de cara, “coger el toro por los cuernos”, que es lo que deberíamos hacer superando los miedos iníciales. Continua Tato, me has enganchado con esta narración. Espero la nueva entrega…

    • Francesc, es que situaciones con esas… son difíciles de afrontar así, a pecho descubierto.
      Veremos lo que hace Peter. Yo reconozco que no sé si me atrevería…

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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