Justin tuvo suerte. 4ª parte.

 Así fueron las rutinas unas cuantas semanas más.

Martes, jueves y viernes, entrenamientos. Peter lo recogía a veces en el colegio, otras veces en casa y lo llevaba a los campos de entreno. Lo esperaba tomando algo con los padres de otros chicos o con esos amigos con los que se encontró el primer día. A veces veía los entrenamientos un rato. Ahora procuraba no fumar, para toser menos en el partido de tenis de los sábados o los domingos, dependiendo de cuando jugara el equipo. Además, Justin empezó una campaña para que dejara de fumar. Y era tan pesado con el tema, que prefería fumar menos o no hacerlo, que aguantar sus puyas.

El sábado o el domingo, partido de fútbol. Algunos días, después de jugar, iban todos a tomar algo.

Cuando el equipo jugaba fuera de la ciudad, Peter no solía ir, al principio. Pero un día se lo propuso Justin al volver a casa.

– Estaría guay que fueras con el equipo el domingo. Si no te aburres o tienes otra cosa.

– ¿Te gustaría?

– Molaría. Si no te aburres del viaje – Justin no quería presionarlo.

– Llevaré un libro para leer. Por cierto…

– Estoy en ello, estoy en ello – dijo rápido Justin, cambiando de tema.

Como esa primera vez acompañando al equipo estuvo a gusto, y al chico parecía que le gustaba que fuera, a partir de ese día, en las salidas también se apuntaba.

Casi en Navidades, tuvo que hacer un viaje de trabajo. Iba a ser un viaje largo, casi dos semanas. Antes de tratar con Justin, esos viajes eran una suerte. Pero ahora, con sorpresa, se encontró con que no le apetecía. Y además, tenía que solucionar como se iba a arreglar Justin para ir a los partidos y a los entrenamientos. Era una sensación nueva, preocuparse por solucionar los problemas de otra persona. Una sensación que le gustaba. Aunque fue fácil, porque enseguida los otros padres se ofrecieron para llevarlo.

– Les caes bien – le dijo Justin – Si se lo pido hace un par de meses, me hubieran dado la espalda.

Quiso decir que no llevaba razón, pero como en otras muchas ocasiones, se calló por no meterse en temas escabrosos. Como tantas otras veces. Porque en aquellos días, cuando todo empezó, nadie lo bajaba aunque sabían que no tenía transporte.

La noche antes de irse, le dijo de salir a cenar.

– ¿Burguer o Pizza? – preguntó Justin.

– Vamos a ir a un restaurante bien.

– No jodas.

– ¿Tienes un traje? Se me ocurre que podemos ir de guapos. ¿Te hace?

– Mejor no. No tengo traje ni ropa guay. Mejor una pizza, sin complicaciones.

– Hacemos una cosa. Como es tu cumple dentro de poco, como regalo, el traje. Si te parece vamos a mirarlo esta tarde, por si tienen que cogerte los bajos o algo.

– No, no, porque mis viejos… mejor que no. Además no sé si estaría a gusto… – suplicaba con la mirada.

– Espérate. Que me acabo de acordar que tengo un traje de mi sobrino pequeño que no se puso nunca. Se lo compré para alguna fiesta y dio el estirón y se le quedó pequeño.

Justin lo vio con tantas ganas de hacer ese plan, que no se atrevió a oponerse. Y es que le hacía ilusión llevarlo a cenar por ahí, de bien. Para compensarle las dos semanas que lo iba a dejar desamparado. Estaba seguro que de alguna forma, estaba sirviendo de parapeto para él. Él lo veía más risueño, más comunicativo, no solo con él, sino con el resto del equipo o con sus amigos, alguna vez que se los había encontrado.

– El traje le estaba bien. Un poco cortos los pantalones, pero nada importante.

– Has crecido.

Justin sonrió.

– Algo hay, sí.

– Bueno.

Fue una bonita noche. Peter lo pasó muy bien y Justin todavía más. Era la primera vez que iba a cenar de restaurante restaurante, como decía él, sin que fuera una boda o algo de eso.

– En mi comunión me puse enfermo y no hubo comida. Un par de semanas después el cura me dio la hostia y solucionada la primera comunión.

– ¿Cogiste gripe?

– Algo de eso – dijo Justin, apartando la mirada.

Casi a Peter se le escapa una broma sobre la hostia como la forma del cuerpo de Cristo, y la hostia de un tortazo. Pero se contuvo a tiempo y cambió lo que iba a decir por una carcajada impostada al acordarse de un monaguillo al que se le cayeron las hostias en la iglesia del pueblo de su padre, y que el cura lo persiguió por medio pueblo, blandiendo una zapatilla con forma de gato, que nadie sabía de donde la habría sacado.

– Imagínate, el cura del pueblo corriendo, remangándose la sotana y con una zapatilla de gato en la mano.

No salio mal la distracción. Pero Peter se quedó pensando en cómo había apartado la mirada el chico al comentar lo de la gripe en su comunión.

Pasearon para volver a casa. Hablaron. Hablaban mucho. Era raro, porque todos los que conocían a Justin coincidían en que era muy callado. Aunque lo que más le gustaba a Peter era que Justin escuchaba muy bien. Prestaba mucha atención a lo que le decía. Él veía a sus compañeros de equipo, siempre pendientes del móvil, del wasap, de su insagram o la red social que tocara. Pero Justin, si estaba hablando con él, guardaba el móvil y ya podían sonar 40 avisos, que no lo miraba. Ni siquiera hacía intención alguna de hacerlo.

De vuelta, en el portal, Justin empezó a ponerse nervioso. De repente.

Se quitó la americana, la corbata y la camisa. Se quedó con los pantalones y con una camiseta que llevaba debajo de la camisa.

– A lo mejor mis padres se mosquean si me ven así.

Era la primera vez que nombraba a sus padres de esa forma.

– Gracias por todo, Peter. Ha sido genial.

Sin dejarle reaccionar, lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra él. Fue solo un segundo. Fue tan corto que a Peter no le dio tiempo a contestar al abrazo. Tampoco hubiera sabido como hacerlo, por lo de no hacerle daño. “A lo mejor no tiene golpes ya, no le he notado nada raro”.

“¿O no lo has querido ver, Peter?”

El chico subió corriendo por las escaleras. Algo le dijo a Peter que le convenía salir a dar una vuelta y hacer tiempo para llegar bastante después que el chico. Algo había cambiado. Quizás lo de la cena había sido un error.

A la mañana siguiente partió. Cogió sus maletas y se montó en un taxi, camino de la estación del tren.

A media mañana mandó un wasap a Justin, muy aséptico, preguntando por el día.

“Ya estoy en Barajas”.

No contestó.

Lo intentó unas horas después, pero tampoco respondió.

No contestó a ninguno. Es más, ni siquiera los había leído.

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