Fer y David, la historia. 23ª parte.

Tenemos acosador.

Y mentiras.

En qué jardín se está metiendo el pobre David.

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Por cierto, están emitiendo de nuevo la serie. Sip.

En Antena3series.

 

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Justin tuvo suerte. 8ª parte.

 Peter quiso irse a andar por ahí. Para meditar en la situación y en las alternativas. Los pros y los contras. Pero le pareció falso.

“No dudas en nada, Peter. No quieres esa responsabilidad. No quieres mirar hacia atrás por si te siguen. No eres un héroe. Y aprecias a Justin pero no tanto como para comprometerte con él de esa forma. Y menos si es verdad que le arreaban porque lo acompañabas al fútbol”.

– Encima seré yo la causa. No me lo puedo creer.

Llegó a su casa y se cambió de ropa.

Fue a la cocina para comer algo, pero al abrir el frigorífico, no encontró nada que le apeteciera. Sacó la botella de agua y bebió un par de tragos. No le apetecía beber tampoco. Se le ocurrió que a lo mejor una copa sería buena idea. Fue al mueble bar y lo abrió. Miró la botella de whisky y la de orujo gallego. Y la de Bailey’s.

Cerró el bar sin decidirse por ninguna de ellas.

Anduvo perdido por la casa. Miró el montón de libros que estaba revisando unas horas antes. Decidió ponerse al tema de nuevo. Pero cuando había mirado dos libros en un cuarto de hora, dos libros que ni siquiera sabía cuales eran, por mucho que hubiera leído los títulos veinte veces, decidió que era mejor dejarlo.

Su móvil sonaba y sonaba. Pero no le interesaba contestar. No quería que nadie preguntara, ni que nadie supiera, ni que nadie le pidiera, ni que nadie le aconsejara. “No soy un puto héroe, joder”. Iba a decir que no, pero debía prepararse para ello. No. No quería ese compromiso. No era valiente. No. No podía proteger al chico. No era la persona adecuada. No. No. No. No. El chico necesitaba mucho cariño, y él no estaba acostumbrado a prodigarlo. Era muy agradable con la gente, pero eso no incluía ser cariñoso y cercano. Lo hizo en su momento, pero cuando sus parejas fueron dejándolo, se cansó de dar cariño que la gente a su alrededor parecía no apreciar. Cuando Iván se fue de casa, su última pareja, decidió que ya estaba bien de dar cariño. Y eso ocurrió hacía ya tiempo. Tanto que su nuevo estado había hecho que se olvidara de lo cariñoso que era antaño.

Las únicas excepciones a eso, eran sus sobrinos. Él pensó que según crecieran, se mostrarían más reacios a los abrazos y a los besos. Pero se equivocó. Ellos siguieron pegándose a él como lapas. Y dándole unos besos que a su madre le levantaban dolor de cabeza, porque no soportaba que quisieran tanto a su tío. Y menos que lo demostraran.

Pero estaba claro que tanto Rodrigo como Nuño iban por libre. Tenían las cosas claras y llevaban a cabo sus ideas. Los dos se apoyaban incondicionalmente. No estarían de acuerdo muchas veces, pero cuando uno tomaba una decisión, a muerte con ella.

Pensar en sus sobrinos relajó un poco a Peter.

Dejó la pila de libros por revisar tal y como estaba a su vuelta del hospital y se fue a sentar en su butaca. Cuando estaba a punto de apoyar sus posaderas en el asiento, llamaron a la puerta. Pensó en no abrir, pero el que llamaba, fuera quien fuera, insistía. Y cada vez llamaba con más intensidad.

– Ya va, que me quemas el timbre, joder.

– Tío, no coges el móvil. Nos tenías preocupado.

Rodrigo y Nuño entraron como una exhalación.

– Que sepas que tienes a Juan, tu amigo el médico, al borde de un ataque de ansiedad. Pero ya le he mandado un wasap para decirle que estás bien. En casa. Él te hacía vagando por ahí, lleno de dudas y de dolor, dispuesto a hacer cualquier tontería.

Nuño y Rodrigo se acercaron a él con los brazos abiertos. No le dejaron tiempo a reaccionar y se encontró en medio de un abrazo de oso de sus sobrinos. Los jodidos eran buenos. Y le habían calado hacía tiempo. No tardó ni veinte segundos en echarse a llorar con ganas. Los chicos no aflojaron el abrazo. De vez en cuando, el uno o el otro le besaban la coronilla. “Que jodidos”, pensó Peter “ahora que son más altos me devuelven mis besos de coronilla que tan poco les gustaban de pequeños” “Bésame lo que quieras, pero no en el pelo”, le decía el retaco de Nuño, con 6 años.

– No puedo, joder. – dijo Peter al cabo de diez minutos.

– Tío, sí puedes. Y quieres. Y nosotros te vamos a ayudar.

– Me supera.

– No podrás dormir tranquilo si lo dejas tirado. Lo sabes. Por eso te agobias tanto.

– Pero si viene alguien a pegarlo, o a… o vienen con juicios… no soy un héroe. No me gustan esos problemas.

– Claro que lo eres. Para nosotros siempre lo has sido. Somos así por ti, no sé si lo sabes.

– ¿Sois así como? – preguntó asustado Peter.

– Buena gente, amables, trabajadores. Divertidos.

– Y dejasteis la universidad. Eso lo tiene grabado vuestra madre. Me echa la culpa a mí. Y el viaje a Inglaterra.

– Porque no nos gustaba. Y lo del viaje, no era el momento.

– A ninguno de los dos nos gustaba – apostilló Nuño.

– Y te echa la culpa porque siempre estás ahí y nos apoyas, cosa que ella no sabe hacer.

– Los dos la probamos a ninguno nos convenció. Pero en cambio, hemos abierto una tienda de alimentos gourmet y nos mola.

– Ya lo sé, ya.

– Claro que lo sabes, pusiste la pasta…

– ¿Lo sabe tu madre? Lo de que puse el dinero.

– ¡Qué va a saber! Le da un ataque.

– Que sepas que cuentas con nuestra ayuda. Lo que sea. Hemos pensado hacer turnos para estar con Justin en el hospital. Ya verás cuando pruebe nuestros abrazos especiales.

– Hemos pensado que podíamos ir para allá, al hospital, a verlo. Juan no nos pondrá problemas.

– ¿Habéis hablado con Juan? – Peter arrugó el entrecejo.

– Nos llamó cuando te diste el piro. Estaba asustado.

– Dijo que estabas al borde de un ataque de nervios, como la peli de Almodóvar.

– Yo es que… no sé que hacer. Justin tiene…

– Oye, Tío. Cuando estaba aquí, sabías que hacer. Lo llevabas, hablabas con él, ibais a comer por ahí, veías como jugaba al fútbol. Seguro que estaba a gusto, que si no, un chaval no se junta con un viejales.

– Eso de viejales… cuidado, sobrino.

– Con nosotros no lo hiciste mal tampoco. Eras como un segundo padre. Casi el primero, porque si no fuera por ti, no hubiéramos hecho nada de nada. Hubiéramos sido unos aburridos y no hubiéramos sido tan exuberantes con nuestros besos y abrazos. Tan divertidos y tan multidisciplinares.

– A mamá le repugna lo de que demos besos por ahí. ¿Te has fijado como nos mira con asco cuando te besamos cuando vas a casa? “Es de poco hombres”, dice la pobre. Si ella supiera…

Siguieron hablando hasta bien entrada la noche. Al final, convencieron a Peter para al menos, ir al hospital y apoyar al chico.

– Está muy mal. Si no le echas una mano, no lo superará.

– Id vosotros – propuso en un arranque de pánico.

Peter no estaba convencido. Justin le caía bien. Lo había echado de menos. Se había sentido culpable de su desaparición. En pocos meses se había convertido en una parte importante de su vida. Era la forma de sentirse útil a alguien, cosa que echaba de menos desde que sus sobrinos tomaron las riendas de su vida. Pero una cosa era estar con él de vez en cuando, ir a los partidos y a jugar al tenis, y otra era cargarse la responsabilidad de un chico con problemas graves. Tan graves que estaba la policía por medio, y no cualquier policía, que conocía de referencia a Javier Huidobro. A sus veintitantos era el jefe de la Criminal. Uno de los mejores policías del país. Seguía en la ciudad porque no quería irse, que oportunidades de ascenso había tenido muchas. Si alguien tan importante estaba en el ajo, el tema olía mal, muy mal. En resumen: problemas muy, muy graves los de Justin. Y con un cierto peligro de confrontación, cosa que Peter odia con todas sus fuerzas. Pero dejarle solo… intuía que Justin estaba solo de verdad. Dejarle solo en esa cama de hospital, sin futuro, sin nadie, eso era algo… que tampoco llevaba bien.

– No te lo perdonarías si le dejas ahí, Tío – apuntó Nuño, que parecía que le estaba leyendo el pensamiento. Le guiñó el ojo de tal forma que su hermano no se diera cuenta. Peter entendió.

Sus sobrinos lo miraban expectantes. Seguros de sí mismo. Nunca habían necesitado defensa, y eso que en su momento, algunos en el colegio intentaron meterse con Rodrigo. Pero supo sacarse las castañas del fuego, eso sí, con la vigilancia a distancia de Peter. Nuño una vez lo pilló vigilando. Nuño ya tenía 15 años por entonces. No dijo nada, solo sonrió a su tío. Le cogió de la mano y a partir de ese día, vigilaban los dos. Rodrigo no necesitó su ayuda. Se las arregló solo. Plantó un sopapo a tiempo a uno y dejó claro que no le podían hacer daño, porque él estaba por encima de todos esos que intentaban hacerle daño. Y que sus palabras o sus hechos no le afectaban ni una miga de pan.

Peter no dijo nada. Solo los miró una última vez y fue a cambiarse de ropa.

Justin tuvo suerte. 7ª parte.

 Al llegar lo condujeron a un despacho. Amablemente le pidieron que esperara unos minutos, que enseguida vendría alguien a hablar con él.

“¿Alguien?”

Si ya se había puesto nervioso con la llamada de Juan, ahora su grado de ansiedad estaba alcanzando niveles que nunca había padecido. Estuvo a punto de pedir que le dieran algo para la ansiedad. El corazón desbocado, su pecho que apenas podía contraerse para mantener la respiración. No lograba mantener las manos quietas.

“Seguro que ha sido un accidente. A lo mejor mis sobrinos. Esa manía que tenían los dos con las motos. O a lo mejor han sido todos. Iban a ir de excursión a una feria en un pueblo. Sacó su móvil para llamarlos, pero no se atrevió. Si no les había pasado nada, se reirían de él. O si llamaba a su hermano y Nuño, por ejemplo, no estaba en casa, se iba a montar la mundial. Su hermano era un poco catastrofista. Y su cuñada, mucho peor. A lo mejor por eso le habían pedido que lo llamaran a él. “¿Y por qué me tengo que comer yo todo esto?” Los sobrinos quisieron ir a jugar al fútbol, pero se tuvo que encargar el tío Peter. Si no, no había fútbol. Nuño quiso ir excursión a Irlanda, cuando tuvo 10 años. El tío Peter fue de carabina, como apoyo a los monitores, condición que sus padres impusieron para que fuera. Rodrigo se apunta todos los años a una gimkana de fotografía por la ciudad. Ahora ya puede ir solo, claro, pero al principio la condición para que participara, era que fuera con su tío Peter. Ahora seguían yendo juntos, pero eso era ya una costumbre. Y a Peter no le importaba nada todas esas actividades que se había visto obligado a hacer con sus sobrinos, los quería y se lo pasaba bien con ellos. Y ellos le adoraban. Ya con veintitantos, daba igual donde se encontraran y con quién estuvieran, que se acercaban a él corriendo y le pegaban unos señores achuchones. Y raro era el día que uno de ellos dos no le llamaba o le enviaba un mensaje. Las fiestas no dejaban pasar una sin invitarlo a casa, aunque sabía que sus padres no eran tan partidarios de llevar invitados. Y solían quedar a tomar algo muy a menudo.

– Peter.

Éste al oír su nombre se levantó de un salto.

– Perdona por el susto.

– Chico, ya me podías haber dicho algo. Dime algo… ¿qué pasa?

En ese momento vio que detrás de él venía un hombre que tenía toda la pinta de ser policía.

Os presento. Mi amigo Peter, Javier Huidobro, de la brigada criminal.

– ¿Brigada criminal? No me tengáis así. ¿Qué ha pasado? Que…

– Tranquilo, Peter, confía en nosotros – dijo el policía con un tono tan seguro de sí mismo, que logró su propósito. – Sentémonos si os parece.

Peter estaba cada vez más inquieto. Apenas podía domeñar el temblor de sus manos y de sus piernas. Respiraba entrecortado. Juan no quería mirarlo a la cara, lo evitaba, cosa que a Peter le ponía todavía más nervioso. Y el policía iba a lo suyo, ordenando unos documentos que había traído en una carpeta.

– Le voy a enseñar unas fotos, dígame si reconoce a alguien.

Aunque parezca una contradicción, el tema de las fotos relajó de inmediato a Peter. “No puede haberles pasado nada a mi sobrinos”. Cambió la sensación de preocupación por la curiosidad de a dónde le llevaría ese tema.

Miró las fotos que le enseñaba el policía. No reconocía a nadie de las personas que le mostraba.

– Lo siento, pero no me suena nadie.

– Mire estas fotos.

En la primera tanda, mujeres y hombres de mediana edad. sobre los cuarenta. La mayor parte de las fotos estaban tomadas en la calle. En la segunda tanda, eran chicos y chicas jóvenes, adolescentes casi. Estaban tomadas en sitios dispares: zonas deportivas, en la calle, o en clases incluso.

– ¡¡Hostia!!

La última foto le dejó helado.

– ¿Es una broma? Juan, no me parece muy … eres mi amigo. Esta broma me parece de muy mal gusto. Y no sé, me enseñe por favor la acreditación de su condición de policía – le indicó en un pronto a Javier.

Mantuvo la foto en alto un buen rato. En ella se podía ver claramente a Justin y a él mismo, saliendo del restaurante-restaurante, riéndose con ganas, aquella noche, aquella última noche que tuvo noticias de él.

– ¿Conoce a estas personas?

Peter estuvo a punto de levantarse e irse. Esto no tenía mucho sentido. Sentía que era una broma pesada a la cual no encontraba razón. A parte… ¿cómo tenían una foto de Justin y él saliendo del restaurante? Empezaba a pesarle la cabeza. No razonaba con fluidez. Ver esa foto le había causado un shock. Después del caso del chaval que vio hacía unas horas tirado en la cama del hospital, con la cara llena de golpes y su mirada desesperada… ahora ver una foto de Justin… era curioso, no tenía ninguna foto de él. Con todos los selfies que se sacaban sus compañeros, él nunca participaba del tema. Incluso evitaba las fotos del equipo, cuando iban a tomar pizzas o alguna excursión que hicieron todos juntos. Nunca salía él en las fotos.

– Es la primera foto que veo de él. ¡Qué curioso!

Lo dijo en voz alta, pero muy bajo.

– Mira estas fotos que te tiende Javi, por favor.

No menos de veinte fotos de chicos jóvenes. Uno de esos chicos le recordó al que había visto esa mañana en el hospital.

– Este parece el de arriba, el de la paliza. Y este otro, parece un compañero del equipo de fútbol de Justin. Está muy cambiado, no lo podría asegurar. El pelo es distinto, ese chico era castaño y lo llevaba largo. Cuando desapareció habló un par de veces conmigo. Parecía el más interesado en el chico. A lo mejor no es él. Se llamaba Cristian, creo.

Miró las fotos otra vez, más despacio. Pero no encontró ningún otro al que reconociera siquiera vagamente.

Cogió el primer montón que había visto. Las miró con atención, con la mente más abierta.

– Éste podría ser el padre de ese chico.

– ¿Estaba en el equipo cuando llegó Justin?

– No sé cuando llegó Justin al equipo. Yo empecé a llevarlo bastante más tarde de que se mudaron a mi edificio.

– ¿Y los padres de Justin?

– No los llegué a conocer. No coincidíamos nunca. Debían tener unos horarios distintos.

– ¿Reconoce a este chico?

Javier, el policía, le tendió otra foto. Era de un joven postrado en la cama de un hospital. Se fijó más y vio las sábanas del hospital en el que estaban.

– Joder, es Justin. Pero está muy cambiado. Parece que tiene treinta y muchos años. ¡¡Joder!!

Peter se levantó de un salto y empezó a andar alrededor del despacho en dónde estaban. Tenía la típica cara de alguien que había sufrido un gran stress.

– ¿Está vivo?

Le surgió la pregunta de repente. No había nada de vida en ese rostro de la foto.

– De momento sí.

Javier y Juan se miraron. El primero le hizo un casi imperceptible gesto con la cabeza afirmando.

– Está en las camas de urgencias, monitorizado. Posiblemente le subamos a la UCI. Ha ingresado por un accidente de coche. Un atropello. El conductor se ha dado a la fuga. Al ver las marcas que tiene por todo el cuerpo, llamé a Javi.

– Parece que sus padres pertenecen a una secta que incita al castigo físico extremo, para curtir el alma. Si detectan que son chicos sensibles, o blanditos o desviados como los llaman, redoblan los castigos programados. No se trata de “te has portado mal te doy unos azotes”. Es “son las 8, toca fusta en el pecho”. “Eres débil, no vas por el buen camino, lo hacemos por tu bien”. “A los ojos de la comunidad no podemos permitir que te gusten los hombres, y te hemos visto mirar al vecino con cariño”.

– ¿Eso del vecino lo dices por decir o porque es algo real?

Javier asintió despacio.

– ¿Y ese vecino soy yo? – preguntó Peter aterrado por la posible respuesta.

– Llevamos tiempo detrás de ellos, pero son escurridizos. – Javier el policía, esquivó la pregunta – . Tienen dinero y poder. Cambian de identidad con frecuencia, de domicilios. Parece que ahora están por el sur. Creemos que Justin se escapó por los 18 años, y vino a buscarte. El accidente ha pasado delante de tu casa. Un accidente raro. Ayer detuvimos a algunos miembro de la secta también en los alrededores de tu casa. Ese se nos debió escapar. Tenían mucho empeño en pillar al chico.

– ¡Joder!

– Si sale de esta, va a necesitar tu ayuda, Peter.

El aludido miró primero a su amigo Juan, que era el que había hablado. Y luego a Javier el policía. Sintió que le faltaba el aire. Se levantó atropelladamente y salió del despacho camino de la calle. Todo eso le superaba.

Hombres eróticos by Bruce Weber,

Hombres eróticos by Bruce Weber,

Bruce Weber es uno de los fotógrafos que tienen como inspiración al hombre, que más me gustan. Si recordáis, Sergio Carvajal en una entrevista que publicaba en uno de los primeros post, decía que le gustaría posar para él. No sé si lo habrá conseguido, pero espero que lo haga y que disfrutemos de sus fotos.

Hoy os traigo una pequeña muestra de sus trabajos. Entre los modelos que salen hoy, hay uno que ya ha salido aquí con asiduidad, Simon Nessman.

Bruce Weber, fotógrafo.

 

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Roberto Bolle by Bruce Weber