Justin tuvo suerte. 5ª parte.

 Se arrepintió de no haberse quedado con los teléfonos del entrenador o de alguno de los chicos o sus padres. Justin no respondía y no tenía medio de saber de él.

Y estaba preocupado.

Al final pensó que estaba un poco neurasténico.

“Es un chaval, tiene su vida”.

“Te has emocionado con eso de preocuparte por alguien”.

“Ayer fuiste alguien en su vida, pero en dos semanas, ni se acuerda de ti, seguro”.

El viaje se alargó más. Casi tres semanas. Volvió unos días anres de nochebuena. Pensaba en el avión en qué le podía proponer para esos días. Algo especial en casa, para evitar que sus padres se mosquearan. Tenía que sacarle la razón de ese nerviosismo repentino, para intentar no volver a presionarle para hacer algo que pudiera ponerle en aprietos.

No lo vió. Intentó mandarle mensajes, incluso marcó su número, pero el teléfono no daba señal. Y al volver de hacer la compra, al día siguiente de regresar, al mirar arriba, vio el cartel: “Se alquila”. Era la casa de Justin.

Pasó los días de fiesta con sus sobrinos. Fiestas familiares. Estuvieron bien. Los quería y ellos a él. Se llevaba bien con su hermano y su cuñada. Días agradables. Pero a ratos, no podía evitar pensar que podría haber llevado a Justin con él. Hubiera hecho buenas migas sus sobrinos y él, a pesar de la diferencia de edad. “Son futbolistas”, pensó.

Empezaba a preocuparse de nuevo. Un día decidió acercarse a las instalaciones dónde entrenaban. Allí estaban todos, menos Justin.

El entrenador lo miró desde lejos. Bajó la cabeza y siguió con el entreno.

Peter esperó.

Pensaba que el entrenador le iba a esquivar, como alguna otra vez. Los chicos se fueron acercando todos a saludarlo. Los padres fueron llegando y también lo saludaron. Nadie nombraba a Justin. Peter no dijo nada.

Al final, se quedó solo. Estaba desorientado. Al final el entrenador se acercó.

– Peter – dijo dándole una palmada en la espalda.

Se miraron unos segundos. Al final Peter hizo un gesto con la cara. ¿Que? Parecía decir.

– Lo perdimos.

– ¿Qué?

Pero el entrenador no decía nada más.

– ¿Qué ha pasado? Dime algo, joder.

– Se ha ido.

– ¿Ido?

– Lo hemos perdido.

Una nube parecía rodear la cabeza del entrenador.

– ¿Perdido? – se atrevió a preguntar al cabo de un rato de silencio.

– Desapareció. Igual que apareció, desapareció. Parece que destinaron al padre a otro lado.

– Esa es la versión oficial – dijo un poco mosqueado Peter.

– Lo perdimos. A lo mejor si hubieras estado…

– Pero Hugo, ¿Que hubiera cambiado de estar yo?

– No lo sé. El caso es que se ha ido y nadie sabe nada de él. No vino después del último día que estuvo contigo.

– ¿Y sus amigos? ¿Y el colegio?

– Lo que te he dicho lo sé por el colegio. Los chicos no saben nada.

– Pero ¿No vino a despedirse? ¿No vino su padre o su madre a darte explicaciones?

Hugo negó con la cabeza.

– Dejó de venir, sin más.

– ¿Y no podías haber hecho algo?

– Yo solo era su entrenador.

– Pero está federado. Se podrá seguir en la federación…

– Ya lo he intentado. Le dimos de baja, necesitábamos su ficha, pero no juega en otro equipo.

– ¿Qué sabías? Tú sabías algo.

– Saber, nada. Intuir, muchas cosas. Ya he visto casos parecidos.

– ¿Y no pudiste hacer nada?

– Solo soy un entrenador.

– Y por si acaso algún padre te echa en cara ser gay, mejor dejarlo estar. Por si acaso tú dices que lo maltratan y ellos dicen que tú abusas de él. – Peter estaba enfadado, pero comprendió nada más acabar de hablar que se había equivocado en la forma y en el fondo.

– Ya he pasado por eso. – se defendió el entrenador – No es agradable. Para algunos es un arma arrojadiza. Si te metes con como trata al chico o le avisas de problemas que ves y que ellos podrían solucionar, te insinúan veladamente si el interés que tienes por él… ¿Hasta dónde llega? Alguno incluso te dice que ha oído rumores sobre abusos o tocamientos. Y te preguntan con rintintín si sabes algo al respecto. “Para estar tranquilos”.

Hugo parecía molesto. Peter no quería… reculó y le pidió perdón. Ni siquiera habían hablado nunca de que fuera gay. Pero para Peter fue evidente desde la época de sus sobrinos. Aunque ya casi lo había olvidado, incluso le hubiera gustado tener un lío con él. Pero en aquel momento, no se atrevió. Ahora, ya no le atraía. Había pasado el momento.

Hugo fue al vestuario. Peter se quedó en la calle, sin saber que hacer.

Uno de los chicos, cuando se iba a montar en el coche con su padre, se acercó a él corriendo.

– Justin le quería a usted.

– ¿Qué sabes?

El chico se encogió de hombros.

– Me dijo el último día que se lo dijera si lo veía. Y que le diera las gracias. Y que le perdonara, que se tenía que ir.

El chico no le dijo nada más. Corrió al coche y se fue.

Le costó desprenderse de las costumbres. Volver a la rutina anterior antes de Justin. Seguía yendo a muchos partidos. Controlaba el tabaco, aunque ya no tenía el acicate de que Justin le echaría la bronca. Tampoco tenía la disculpa del partido de tenis. Cada día que veía jugar a los chicos, se echaba en cara no haber actuado. Luego buscaba las disculpa de siempre: “En realidad no sabía nada”. “¿Qué podría haber hecho?”.

Los chicos lo seguían saludando. Y lo invitaban a ir con ellos a tomar algo. Él iba por inercia, y charlaba con unos y otros. Animaba a los chavales cuando perdían. Todos parecían tenerle cariño. Todos parecían querer animarlo.

El chico que le abordó ese día, era el que más solía hablar con él. Le fue contando alguna cosa, poco, porque en realidad tampoco sabía nada. Intuía, como los demás. Alguna vez que se le subía la camiseta, alguna cosa que se le escapaba. Pero en definitiva, nada.

– No me imaginé que no lo vería más. Sino le hubiera dicho algo.

Peter se encogía de hombros. No quería que el chico se sintiera mal. “No te preocupes, hiciste lo que pudiste”.

Acabó la temporada.

Llegó el verano.

Y en septiembre, nadie se acordaba de Justin.

Un día fue al entrenamiento. Pero ya no eran los mismos chicos. El entrenador había cambiado.

Pensó en irse pero luego se le ocurrió que a lo mejor, Justin lo buscaba allí. Luego lo desechó, porque en realidad, si lo buscaba, sabía dónde vivía.

Peter pensó que ese era el paso definitivo para ir olvidando. Ya no estaba el equipo, ya no estaban los compañeros. Ni el entrenador. Todo lo que le recordaba a Justin, había desaparecido. Pero sus remordimientos le impedían dar ese paso.

Sin darse cuenta, leía con atención las páginas de sucesos de los periódicos. Buscaba algo sobre un chico de 17 años. Y por alguna causa que él mismo no llegó a preguntarse, miraba también las esquelas. Y en el trabajo, en su repaso a los periódicos digitales, siempre acababa en los sucesos o mirando con atención algunos digitales especializados en crónica negra.

Empezaba a obsesionarse y ya un día, tuvo que tomar la determinación de pasar página. Le estaba empezando a afectar en su vida.

Volvió a fumar y tiró el chándal y las zapatillas birrias con las que había jugado con Justin. Tiró el traje de su sobrino que había utilizado. Hasta cambió la habitación en que había dormido aquellas noches que se había quedado en su casa.

Pero por las noches, de vez en cuando, todavía se despertaba sobresaltado. Y veía a Justin tirado en el suelo, ensangrentado, protegiéndose en la medida de lo que podía, de los correazos que le daba alguien.

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