Justin tuvo suerte. 6ª parte.

Pero no era fácil olvidar.

Pasaba varios días sin pensar en el chico, y un día cualquiera, veía una noticia en el periódico o en la televisión que se lo recordaba. Empezaba entonces una serie de búsquedas compulsivas y obsesivas de las últimas novedades al respecto de maltratos o de heridos misteriosos.

El 13 de enero se levantó triste. Era el cumpleaños de Justin. 18 años. Había pasado más de un año desde la última vez que supo de él.

Dedicó el día a la búsqueda en internet de rastros, noticias. Parecía que todo iba a resultar una pérdida de tiempo, como todos los días anteriores, cuando le saltó una “última hora”.

“Ingresado en el Hospital General un joven con signos de maltrato”.

Debajo había una liviana explicación del caso. No venía el nombre, aunque venían las iniciales. La primera era una J.

El corazón le empezó a latir con estridencia. Daba igual que las iniciales de los apellidos no coincidieran. “Pueden haberlas equivocado”, pensó.

No se lo pensó. Se plantó en el hospital y buscó a su amigo Juan Ramírez, un médico amigo de la infancia al que ya le había hablado del tema.

– No puede ser él, te lo hubiera dicho. Solo tiene 15 años.

– ¿Y si fuera un hermano?

– Decías que no tenía hermanos.

– No lo sé en realidad. Tampoco vi a los padres nunca. Por comprobarlo… a lo mejor se parecen.

Juan lo miraba con pena. Sabía por experiencia propia la frustración que se sentía al no poder ayudar a la gente como se debería. Eso iba con su profesión. Por eso lo llevó hasta la habitación donde estaba ingresado el chico. Desde fuera, Peter se quedó mirándolo. El chico tenía la cara hinchada, llena de moratones. El labio de abajo estaba partido y se le notaban los puntos que le habían dado. Sus ojos todavía estaban rojos de llorar y seguro que de impotencia, de rabia, de vergüenza.

– Ha sido en la calle. La policía supone que es un caso de bullying.

– Pobre chico. ¿Seguro que es bullying?

Juan se encogió de hombros.

– Lo están investigando. No descartan nada. El chico ya ha ingresado en alguna otra ocasión con heridas sospechosas.

Peter no pudo contenerse y empezó a llorar. Apretaba los puños.

– ¿Y qué será de él?

– Los servicios sociales decidirán lo mejor. Si se descarta al entorno familiar, volverá a casa cuando se recupere. Pero para eso tendrá que pasar bastante tiempo.

– Pobre chico. Si supieras como me carcome los remordimientos de no haber enfrentado el tema de Justin… ¡Qué habrá sido de él!

– A lo mejor te equivocas y no pasaba nada. Lo viste de refilón.

– A lo mejor, sí. A lo mejor tienes razón.

Quería convencerse de ello. Y lo mejor sería que lo consiguiera.

– Este chico no tiene a nadie a su lado. Pobre.

– Debemos asegurarnos que no se trata de alguien de su entorno. No te hagas sangre, Peter. No puedes ayudar a todos los chicos con problemas. Te matarás. Ya te estás descuidando con tu vida. Tu aspecto. Si un día aparece Justin, estarás tan mal que no le podrás ayudar. Y tus sobrinos también te necesitan. Y tú te necesitas. Deberías ir a ver al psicólogo que te dije. Es un buen profesional y un buen amigo. Te ayudará.

– A lo mejor tienes razón.

– Te has obsesionado.

Juan intentó llevárselo a tomar un café. Pero Peter insistió en quedarse un rato más. La mirada fija en el chico. En sus intentos de dormir que apenas duraban unos instantes y como abría sobresaltado los ojos y empezaba a temblar lleno de terror. Su impotencia al cabo de unos minutos y su mirada perdida en ningún sitio.

– Solo tiene 15 años.

Al final Peter enfiló el camino de la salida. Triste e impotente. Solo deseó que a ese chico cuyo nombre empezaba con J, como el de Justin, tuviera suerte y encontrara quién lo quisiera y cuidara de él. No como Justin, que lo encontró a él pero que no supo ayudarlo. O no quiso. Ese no querer… era lo que le carcomía el alma.

Pasó a despedirse de Juan. Estaba de guardia en Urgencias. Parecía muy liado así que solo le saludó con la mano de lejos. Juan ni siquiera lo vio.

Llovía en la calle. “Hoy hubiera disfrutado jugando al fútbol. Lo que le gustaba rebozarse en el barro”. Respiró hondo y miró un rato al cielo. Le gustaba ver llover. Había algo en la lluvia que lo relajaba. Al menos esa lluvia pausada. El sonido de las gotas cayendo sobre el suelo. Caminó despacio hasta el coche, mojándose. “Debo olvidarme del tema, no es mi culpa”. “Pero si no lo es ¿Por qué me siento culpable?”

Al llegar a casa, después de quitarse la ropa mojada y ponerse simplemente unos calcetines gordos y una bata de estar en casa, empezó a romper papeles. A tirar cosas que llevaban esperando ese destino años y años. Empezó a organizar sus libros, los que se iba a quedar y los que iba a intentar vender en algún sitio o los que iban a ir al contenedor de papel directamente. “Debo limpiar todo, quizás así…”

Pero su empuje no le duró mucho tiempo. Hasta que se encontró el ejemplar de “Los tres mosqueteros” que le había dejado a Justin. “Capullo, no lo estaba leyendo”. Y sin venir a cuento, le vino a su mente una cantinela que le había asediado algunas veces: “Si no me hubiera empeñado en llevarlo a cenar a ese restaurante, vestido de traje…”.

Ese fue el error. Algo pasó allí. Si no hubiéramos ido, a lo mejor él seguiría aquí y yo podría haberlo protegido.

“Pero si no querías comprometerte, Peter, no te engañes”. “Eso equivalía a problemas y odias los problemas”.

Otra vez la congoja. Otra vez el abatimiento.

Sonó su móvil. Recordó que su hermano le iba a llamar para confirmarle una comida familiar la semana siguiente. Uno de sus sobrinos se iba a trabajar una temporada a Londres e iban a despedirlo con una comilona. “De restaurante, restaurante”.

– ¡¡Joder!!

Dejó que sonara. “Ya me mandará un mensaje”.

Volvió a sonar. Y de nuevo a los dos minutos. Y otra vez.

– ¡¡Joder!!

– Pesao, que quieres. Estaba en la puta ducha.

– ¿Peter?

Se quedó callado por la sorpresa. No era la voz de su hermano. Parecía Juan, pero con voz de desconcierto. Y no llamaba desde su teléfono.

– ¿Juan? – preguntó con precaución.

– ¿Peter?

– Sí. sí, soy yo. ¿Qué ha pasado?

– Mejor sería que vinieras al hospital.

– ¿Mis sobrinos? ¿Qué les ha pasado?

– Es mejor que lo hablemos aquí.

– Pero ¿qué pasa?

– Ven y lo hablamos.

– Pero dime algo.

No le dijo nada. Peter se vistió a toda prisa y se fue corriendo al hospital.

Un pensamiento en “Justin tuvo suerte. 6ª parte.

  1. ¿Por qué cuando leo tus entregas me acelero?
    ¿Por qué en mi estomago siento como un montón de mariposas volando?
    ¿Por qué tus narraciones me saben a poco?
    ¿Cómo terminaran los dos J… i el resto de personajes?
    El tiempo inexorable i tú nos daréis la solución.
    Gracias por tus escritos, fotos i películas.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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