Justin tuvo suerte. 8ª parte.

 Peter quiso irse a andar por ahí. Para meditar en la situación y en las alternativas. Los pros y los contras. Pero le pareció falso.

“No dudas en nada, Peter. No quieres esa responsabilidad. No quieres mirar hacia atrás por si te siguen. No eres un héroe. Y aprecias a Justin pero no tanto como para comprometerte con él de esa forma. Y menos si es verdad que le arreaban porque lo acompañabas al fútbol”.

– Encima seré yo la causa. No me lo puedo creer.

Llegó a su casa y se cambió de ropa.

Fue a la cocina para comer algo, pero al abrir el frigorífico, no encontró nada que le apeteciera. Sacó la botella de agua y bebió un par de tragos. No le apetecía beber tampoco. Se le ocurrió que a lo mejor una copa sería buena idea. Fue al mueble bar y lo abrió. Miró la botella de whisky y la de orujo gallego. Y la de Bailey’s.

Cerró el bar sin decidirse por ninguna de ellas.

Anduvo perdido por la casa. Miró el montón de libros que estaba revisando unas horas antes. Decidió ponerse al tema de nuevo. Pero cuando había mirado dos libros en un cuarto de hora, dos libros que ni siquiera sabía cuales eran, por mucho que hubiera leído los títulos veinte veces, decidió que era mejor dejarlo.

Su móvil sonaba y sonaba. Pero no le interesaba contestar. No quería que nadie preguntara, ni que nadie supiera, ni que nadie le pidiera, ni que nadie le aconsejara. “No soy un puto héroe, joder”. Iba a decir que no, pero debía prepararse para ello. No. No quería ese compromiso. No era valiente. No. No podía proteger al chico. No era la persona adecuada. No. No. No. No. El chico necesitaba mucho cariño, y él no estaba acostumbrado a prodigarlo. Era muy agradable con la gente, pero eso no incluía ser cariñoso y cercano. Lo hizo en su momento, pero cuando sus parejas fueron dejándolo, se cansó de dar cariño que la gente a su alrededor parecía no apreciar. Cuando Iván se fue de casa, su última pareja, decidió que ya estaba bien de dar cariño. Y eso ocurrió hacía ya tiempo. Tanto que su nuevo estado había hecho que se olvidara de lo cariñoso que era antaño.

Las únicas excepciones a eso, eran sus sobrinos. Él pensó que según crecieran, se mostrarían más reacios a los abrazos y a los besos. Pero se equivocó. Ellos siguieron pegándose a él como lapas. Y dándole unos besos que a su madre le levantaban dolor de cabeza, porque no soportaba que quisieran tanto a su tío. Y menos que lo demostraran.

Pero estaba claro que tanto Rodrigo como Nuño iban por libre. Tenían las cosas claras y llevaban a cabo sus ideas. Los dos se apoyaban incondicionalmente. No estarían de acuerdo muchas veces, pero cuando uno tomaba una decisión, a muerte con ella.

Pensar en sus sobrinos relajó un poco a Peter.

Dejó la pila de libros por revisar tal y como estaba a su vuelta del hospital y se fue a sentar en su butaca. Cuando estaba a punto de apoyar sus posaderas en el asiento, llamaron a la puerta. Pensó en no abrir, pero el que llamaba, fuera quien fuera, insistía. Y cada vez llamaba con más intensidad.

– Ya va, que me quemas el timbre, joder.

– Tío, no coges el móvil. Nos tenías preocupado.

Rodrigo y Nuño entraron como una exhalación.

– Que sepas que tienes a Juan, tu amigo el médico, al borde de un ataque de ansiedad. Pero ya le he mandado un wasap para decirle que estás bien. En casa. Él te hacía vagando por ahí, lleno de dudas y de dolor, dispuesto a hacer cualquier tontería.

Nuño y Rodrigo se acercaron a él con los brazos abiertos. No le dejaron tiempo a reaccionar y se encontró en medio de un abrazo de oso de sus sobrinos. Los jodidos eran buenos. Y le habían calado hacía tiempo. No tardó ni veinte segundos en echarse a llorar con ganas. Los chicos no aflojaron el abrazo. De vez en cuando, el uno o el otro le besaban la coronilla. “Que jodidos”, pensó Peter “ahora que son más altos me devuelven mis besos de coronilla que tan poco les gustaban de pequeños” “Bésame lo que quieras, pero no en el pelo”, le decía el retaco de Nuño, con 6 años.

– No puedo, joder. – dijo Peter al cabo de diez minutos.

– Tío, sí puedes. Y quieres. Y nosotros te vamos a ayudar.

– Me supera.

– No podrás dormir tranquilo si lo dejas tirado. Lo sabes. Por eso te agobias tanto.

– Pero si viene alguien a pegarlo, o a… o vienen con juicios… no soy un héroe. No me gustan esos problemas.

– Claro que lo eres. Para nosotros siempre lo has sido. Somos así por ti, no sé si lo sabes.

– ¿Sois así como? – preguntó asustado Peter.

– Buena gente, amables, trabajadores. Divertidos.

– Y dejasteis la universidad. Eso lo tiene grabado vuestra madre. Me echa la culpa a mí. Y el viaje a Inglaterra.

– Porque no nos gustaba. Y lo del viaje, no era el momento.

– A ninguno de los dos nos gustaba – apostilló Nuño.

– Y te echa la culpa porque siempre estás ahí y nos apoyas, cosa que ella no sabe hacer.

– Los dos la probamos a ninguno nos convenció. Pero en cambio, hemos abierto una tienda de alimentos gourmet y nos mola.

– Ya lo sé, ya.

– Claro que lo sabes, pusiste la pasta…

– ¿Lo sabe tu madre? Lo de que puse el dinero.

– ¡Qué va a saber! Le da un ataque.

– Que sepas que cuentas con nuestra ayuda. Lo que sea. Hemos pensado hacer turnos para estar con Justin en el hospital. Ya verás cuando pruebe nuestros abrazos especiales.

– Hemos pensado que podíamos ir para allá, al hospital, a verlo. Juan no nos pondrá problemas.

– ¿Habéis hablado con Juan? – Peter arrugó el entrecejo.

– Nos llamó cuando te diste el piro. Estaba asustado.

– Dijo que estabas al borde de un ataque de nervios, como la peli de Almodóvar.

– Yo es que… no sé que hacer. Justin tiene…

– Oye, Tío. Cuando estaba aquí, sabías que hacer. Lo llevabas, hablabas con él, ibais a comer por ahí, veías como jugaba al fútbol. Seguro que estaba a gusto, que si no, un chaval no se junta con un viejales.

– Eso de viejales… cuidado, sobrino.

– Con nosotros no lo hiciste mal tampoco. Eras como un segundo padre. Casi el primero, porque si no fuera por ti, no hubiéramos hecho nada de nada. Hubiéramos sido unos aburridos y no hubiéramos sido tan exuberantes con nuestros besos y abrazos. Tan divertidos y tan multidisciplinares.

– A mamá le repugna lo de que demos besos por ahí. ¿Te has fijado como nos mira con asco cuando te besamos cuando vas a casa? “Es de poco hombres”, dice la pobre. Si ella supiera…

Siguieron hablando hasta bien entrada la noche. Al final, convencieron a Peter para al menos, ir al hospital y apoyar al chico.

– Está muy mal. Si no le echas una mano, no lo superará.

– Id vosotros – propuso en un arranque de pánico.

Peter no estaba convencido. Justin le caía bien. Lo había echado de menos. Se había sentido culpable de su desaparición. En pocos meses se había convertido en una parte importante de su vida. Era la forma de sentirse útil a alguien, cosa que echaba de menos desde que sus sobrinos tomaron las riendas de su vida. Pero una cosa era estar con él de vez en cuando, ir a los partidos y a jugar al tenis, y otra era cargarse la responsabilidad de un chico con problemas graves. Tan graves que estaba la policía por medio, y no cualquier policía, que conocía de referencia a Javier Huidobro. A sus veintitantos era el jefe de la Criminal. Uno de los mejores policías del país. Seguía en la ciudad porque no quería irse, que oportunidades de ascenso había tenido muchas. Si alguien tan importante estaba en el ajo, el tema olía mal, muy mal. En resumen: problemas muy, muy graves los de Justin. Y con un cierto peligro de confrontación, cosa que Peter odia con todas sus fuerzas. Pero dejarle solo… intuía que Justin estaba solo de verdad. Dejarle solo en esa cama de hospital, sin futuro, sin nadie, eso era algo… que tampoco llevaba bien.

– No te lo perdonarías si le dejas ahí, Tío – apuntó Nuño, que parecía que le estaba leyendo el pensamiento. Le guiñó el ojo de tal forma que su hermano no se diera cuenta. Peter entendió.

Sus sobrinos lo miraban expectantes. Seguros de sí mismo. Nunca habían necesitado defensa, y eso que en su momento, algunos en el colegio intentaron meterse con Rodrigo. Pero supo sacarse las castañas del fuego, eso sí, con la vigilancia a distancia de Peter. Nuño una vez lo pilló vigilando. Nuño ya tenía 15 años por entonces. No dijo nada, solo sonrió a su tío. Le cogió de la mano y a partir de ese día, vigilaban los dos. Rodrigo no necesitó su ayuda. Se las arregló solo. Plantó un sopapo a tiempo a uno y dejó claro que no le podían hacer daño, porque él estaba por encima de todos esos que intentaban hacerle daño. Y que sus palabras o sus hechos no le afectaban ni una miga de pan.

Peter no dijo nada. Solo los miró una última vez y fue a cambiarse de ropa.

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