Justin tuvo suerte. 9ª parte.

 Aún lo dudó en el hall. Aún estuvo a punto de irse. Rodrigo fue a hablar, pero Nuño le hizo un gesto para que se apartaran los dos unos pasos y le dejaran. No hablaron nada, solo se miraron y fue suficiente. “Subirá, déjale tiempo. Va a cambiar su vida. Va a tener a alguien que va a depender de él al 100.”

– Va a ser complicada la recuperación – les dijo Juan que acababa de salir del ascensor para acompañarlos. – Peter va a tener que quererlo mucho. No sé si será capaz o se hundirá con el chico.

– Juan, no conoces a Peter. Si ha podido con nosotros, que somos dos y muy movidos, podrá con Justin. Y más porque vamos a estar con él.

– Vosotros tenéis vuestra vida. A los cuatro días os iréis separando.

Los hermanos se callaron. Era una perdida de tiempo intentar convencer a Juan de que estaba equivocado. No les gustó esa forma de juzgar del médico sin conocerlos apenas. Lo que más les dolió es que no conociera a su supuesto amigo.

– Hola. Perdona por lo de antes. – Peter se había acercado por fin a ellos.

– Nada. No te preocupes. Te veo mucho mejor.

– Sí, lo estoy. Gracias. Vamos a ver a Justin, es tarde.

Si Peter tuvo muchas dudas de afrontar la responsabilidad de cuidar a un chico de 18 años que en el fondo, apenas conocía, cuando lo vio echado en la cama, lleno de cables y tubos, con los ojos abiertos perdidos en el techo, no pudo contenerse y entró decidido en la habitación. Se acercó a la cama y puso la mejor de su sonrisa en su cara.

Estaba viejo. Justin parecía un viejo. Cuando vio la foto pensó que sería por la luz o por la poca pericia del fotógrafo. Pero no. Justin aparentaba 35 años. Justin sintió que alguien había entrado y giró la cabeza hacia Peter. Intentó sonreír pero le dolía la cara. Intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas. Quiso hablar, pero le temblaba todo. Lo miraba, miraba a Peter por entre las lágrimas que asomaban en sus ojos.

Lo había echado tanto de menos… la única persona que recordaba que se había portado bien con él, salvo su abuela. A su forma, o a lo que las circunstancias dejaban, lo había cuidado sin juzgarlo. Sin pedir nada a cambio. Respetándolo.

Junto a él se había sentido de alguna forma, seguro. Lástima que no pudiera quedarse con él más tiempo.

Al final acabó sonriendo un poco. Le dolía pero… era tanto el placer que sentía por ver a su antiguo vecino… que merecía la pena un poco más de dolor por darle la bienvenida a Pet.

Peter no dejaba de sonreír. Miraba al chico fijamente. Vio el intento de sonrisa y lo agradeció. Vio su dolor, y lo sintió como si le doliera a él. Vio sus lágrimas empañando su mirada, y se emocionó. Se sentó a un lado de la cama. Notó como el chico intentaba dejarle espacio, pero le puso la mano en el hombro para indicarle que no se moviera. Se dio cuenta de que si Justin no podía hablar, él sí podía hacerlo. Le hizo gracia su tontería de no hablar, como si no se pudiera.

Se inclinó y besó al joven en la frente.

– Todo va a ir bien, Justin. Si te parece bien te seguiré llamando así. Sé que no es tu primer nombre y que has tenido otros muchos. Pero para mí siempre has sido Justin. Y ya que he soñado con Justin durante más de año y tres meses, me costaría mucho ahora cambiar de nombre.

– Hola Jus. Este es mi hermano Rodrigo y yo soy Nuño. Los sobrinos de Peter. Que sepas que estamos contigo y que vamos a cuidar de ti. Los tres. Y llegó el turno de nuestro super abrazo. Seguro que mi tío no te ha hablado de él. Pero sabes, es vivificante.

Se acercaron a la cama uno por cada lado y se agacharon. Cada uno puso la cara en un lado del rostro de Justin. Y lo rodearon con sus brazos. No apretaron casi. Juan fue a protestar, pero vio a las enfermeras sonreír y no se atrevió. Javier el policía venía por el pasillo y también se le iluminó la cara. Recordaba el primer abrazo que dio al ahora su marido, Ghillermo, en aquel cumpleaños que fue a celebrar con él a la cárcel. Donde cumplía condena. Ese primer abrazo que le dio, un abrazo de hermano, que le levantó el ánimo de una forma que parecía imposible. Y los besos de felicitación. A ese abrazo lo siguieron muchos abrazos de hermano. Y más besos en la mejilla. Luego, esa hermandad se fue convirtiendo en algo más, hasta darse cuenta un día de que se necesitaban, que se amaban con toda sus fuerzas. Los besos pasaron a ser en la boca, en el pecho, en el cuello, en… Solo hacía tres semanas que se habían casado. Sin fiestas, sin nada. Solo unos amigos, ellos y el notario.

Javier llegaba con la intención de hacer preguntas. Pero se lo pensó mejor. Solo contempló la escena desde el pasillo y se sintió bien. Dudaba de que todo lo que le habían hecho a Justin en sus 18 años de vida, pudiera ser reparado, o al menos castigado. Y en caso de poder, dudaba de que no supusiera una nueva mortificación para el chico. Parecía haber encontrado una nueva familia… y una posibilidad de futuro. Ojalá se recuperara del todo. Sin secuelas importantes.

– Vamos, Juan, tomemos una caña. Tengo sed. – invitó el policía al médico, empujándolo dulcemente hacia el ascensor.

Peter se aposentó en la butaca de las visitas, dispuesto a pasar la noche. Las enfermeras le informaron de los pormenores del estado del chico y de los sueros y las medicinas que tenía puestos por vía.

– Mira, si ya parece que se ha quitado un par de años. Y solo ha sido un abrazo y un beso en la frente – exclamó Rodrigo echándole un último vistazo a Justin, antes de irse con su hermano.

– A las 8 estoy aquí – le recordó a su Tío.

Éste sonrió y pensó que serían las 8 y media o las nueve. La puntualidad de Rodrigo no era uno de sus puntos fuertes.

Cuando se quedó solo con Justin, sacó de su bandolera “Los tres mosqueteros”, el mismo libro que creía haberle dado a Justin pero que se encontró en un montón donde en ningún caso debería haber estado. Se lo enseñó a Justin quien sonrió con los ojos. Hizo un gesto como de que quería decir algo. Peter puso su oreja al lado de los labios del chico.

– Lo he leído.

– ¿Lo has leído? – dijo un sorprendido Peter. – Pues mejor, porque así empezamos con la continuación: “Veinte años después”.

Pensó que eso le jodería a Justin. Pero para su sorpresa, sus ojos parecían haberse iluminado con la propuesta. Peter se encogió de hombros y empezó a leer.

Cuando Justin se quedó dormido, tranquilo, Peter cerró a su vez los ojos. Se imaginó el futuro. Se imaginó la salida del hospital, con Nuño empujando la silla de ruedas de Justin y con Rodrigo esperando en el coche. Se imaginó que sus sobrinos alquilaban un piso en el mismo edificio y se mudaban.

Justin se recuperaría en casa con rapidez. Y poco a poco, esos años que se le habían  echado encima de repente, desaparecerían de nuevo. Volvería el color a su piel, y cuando pudiera caminar sin muletas, empezaría a hacer ejercicio poco a poco. Recuperaría su planta de deportista a la vez que la sonrisa. Y quizás pudiera volver a entrenar en un equipo de fútbol y jugar. Era bueno antes, podría volver a serlo. Y pudiera ser que encontrara a Hugo, su entrenador de entonces y lo quisiera para su equipo. Y vete tú a saber si era tan bueno que alguien le ofrecería jugar en un equipo profesional.

Peter lo seguiría a todos los partidos. Y a lo mejor sus sobrinos se animaban y también iban con ellos.

Prepararían una gran fiesta de cumpleaños. Su 19, o su primer cumpleaños, dependiendo de la cuenta que prefirieran llevar.

Y en el cuarto de Justin, montaría una librería, para que pudiera leer algo. Porque se aficionaría a la lectura, seguro.

Perdería la vergüenza de enseñar su cuerpo marcado. Al fin y al cabo, esas marcas le tenía que hacer más fuerte y sentirse orgulloso de haber aguantado.

Dos meses tardó en hacerse realidad estos sueños. Lo que no se imaginó Peter esa primera noche velando el sueño de Justin, es que éste se interesaría por aquel chico que estuvo observando aquella vez en el hospital. Las enfermeras lo comentaron un día y Justin pidió a Rodrigo al día siguiente, que lo acompañara a verlo.

Peter cuidaba de Justin, y éste empezó a cuidar de Julián, que así se llamaba el chico. Era algo visceral para Justin. Era una necesidad vital para él que ese joven se recuperara. Estaba solo, como él.

Peter dudó, pero al final, empujado por sus sobrinos, decidió incorporarlo a su incipiente familia.

– Vosotros veréis – les dijo muy serio a los tres – pero eso no lo puedo hacer solo. Todos estáis en el ajo. Rodrigo, Nuño. Lo digo muy en serio.

Y ellos, muy serios también, se implicaron en el proyecto, como empezaron a llamarlo. “Proyecto familia”.

No fue fácil. Julián tenía muchas pesadillas por las noches. Vivía aterrado continuamente. Justin también lo pasaba mal. Muchas noches no se dormía si no sentía la presencia de Peter. Éste le daba tranquilidad. Julián en cambio, rechazaba la compañía de todo el mundo en su habitación. No era algo consciente, pero ocurría si estaba entre el mundo de los sueños y el de la realidad.

Era complicado.

Ni Peter ni sus sobrinos preguntaron nunca nada. Algunas veces o Justin o Julián contaban algunas cosas. Los escuchaban consternados por la crudeza de los hechos. Los abrazaban si no podían aguantar y se echaban a llorar. Lloraban sin prisa. A veces, temblaban de miedo, solo pensando en lo que pasaron.

Era duro. A veces Peter tenía la necesidad de salir a la calle y perderse. No aguantaba esas situaciones. Se ponía en la piel de los chicos y a veces, tenía ataques de ansiedad solo de pensar en lo que sufrieron. En pensar en un por qué para tanta ignominia.

Y sí, Justin volvió a jugar al fútbol. Un día apareció Hugo, su antiguo entrenador y le ofreció incorporarse a su nuevo equipo. Y empezó a ayudar a los sobrinos de Peter en su negocio de alimentos gourmet. No volvió a estudiar, aunque Peter le insistía en ello. Pero había perdido el hábito, porque lo dejó justo cuando desapareció. No se sentía con fuerzas.

Julián volvió al colegio. Poco a poco fue haciendo amigos y un día incluso, volvió a reír.

Los padres de Justin se esfumaron. La secta a la que pertenecían parecía tener recursos. Los de Julián acabaron en la cárcel. Alguna vez intentaron un acercamiento a su hijo, le pidieron perdón y… se excusaron con cosas de drogas y stress, ya sabes. Julián nunca hizo amago de tener la más mínima intención de tener ningún contacto ni con ellos ni con el resto de su familia. Alguna vez apareció algún tío del chico. Una vez le abordó uno a la salida del colegio. Nuño se retrasó unos minutos en pasar a recogerlo. Julián estaba parado en la acera, con la cabeza gacha. Su tío le decía, su tía le decía, pero él no abría la boca. Ni siquiera los miraba. Nuño llegó a la carrera y abrazó a Julián y se lo llevó sin contemplaciones. Ellos intentaron, incluso le agarraron del brazo. Pero el mismo Nuño que era todo sonrisas, que abrazaba como nadie, que su rostro normalmente era el reflejo de la bonhomía y de la alegría, exhibió su casi metro noventa, su mirada profunda, seria y sin concesiones. No abrió la boca, pero dejó muy claro lo que esa familia, que no había sabido proteger a Julián, podía esperar del chico: asco e indiferencia.

No fue fácil, pero todo salió bien. Y los chicos recuperaron la alegría de vivir.

Comían siempre juntos. Y cenaban la mayor parte de los días. Hablaban de cosas, del partido de Justin, del tenis de Peter y el mismo Justin, de Julián que salía a correr con Rodrigo y con Nuño. “Son unos mataos”, se reía de ellos.

– Ya verás cuando nos pongamos en forma, que fuimos grandes jugadores de fútbol. ¿A qué sí Tío?

Y su tío se echaba a reír con ganas y Justin le seguía, que alguna vez había oído al entrenador algún comentario al respecto.

Y los hermanos se hacían los ofendidos, se levantaban de la mesa y se iban a comer al mostrador de la cocina.

– No respetáis nuestro fútbol. ¡Qué fuerte!

Un día, al cabo de unos meses, estaban los cinco comiendo juntos, como todos los días. Llamaron a la puerta. Era Juan. Con él venía un chico con el brazo escayolado, la mirada clavada en el suelo.

Fue Julián quien abrió la puerta. Miró a Juan el médico, miró al chico. No lo dudó un segundo y rodeó al chico por los hombros y lo llevó hacia la mesa. Les presentó a todos. “Me llamo Pere”, dijo con apenas un hilo de voz. Se fueron acercando a abrazarlo. Nadie preguntó nada. Le hicieron un sitio en la mesa, le pusieron un plato para que pudiera comer y al cabo de diez minutos, parecía que había estado toda la vida con ellos.

Y así pasó con alguno más. Todo el que necesitaba un refugio, allí lo tenía. Ninguno de ellos podía soportar que un chico sufriera maltrato y se quedara en la calle. Justin decía que él había tenido mucha suerte y que si podía, quería compartirla con todo el que lo necesitara. Julián asentía muy serio y convencido. Una vez incluso llamaron a Peter de un periódico que querían hacer un reportaje. Fue firme en la negativa. No quería publicidad ni reconocimiento alguno. Quería vivir tranquilo y que los chicos superaran su pasado sin tener que ser expuestos al público.

Peter dejó de fumar. Justin se puso pesado, pesado con lo de fumar. En realidad aunque no se hubiera puesto pesado… Peter le podía negar muy pocas cosas a Justin. Una cosa es que se hiciera de rogar, pero de mentirijillas. Los dos se habían ganado el corazón del otro. Jugaban al tenis todas las semanas. Leían juntos. Cocinaban juntos. Y cuidaban del resto de los chicos. Con Rodrigo y Nuño, claro.

Así fue como ocurrió todo. Una historia con final feliz. No todos tienen la suerte que tuvieron Justin y Julián. Y Julio y Koldo y Fernando. Y Pere y Diego. No hay muchos Peter, no hay muchos Justin, Rodrigos o Nuños.

Pero algunos hay.

Un pensamiento en “Justin tuvo suerte. 9ª parte.

  1. Si para ser padre se tuviera que tener titulo. ¿Cuántos padres habría? ¿Cómo un padre puede maltratar a un hijo tal como explicas en tu narración? Lo más triste es que hay un porcentaje bastante alto de padres que maltratan a sus hijos. De compañeros que hacen lo mismo en los colegios y nadie dice nada.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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