Justin tuvo suerte. Epílogo 1.

 – Es difícil de explicar, Peter.

Estaban sentados en una mesa apartada en el “Tómate otra”. Era la mesa de las confidencias, como la llamaba Eduardo, el dueño de la cafetería.

– Lo decían mis padres. Lo decían los amigos de mis padres. Todos los adultos de la Asociación eran mis padres. Así estaba establecido. Todos lo decían. Los sabios de la comunidad. Todos los chicos lo aceptábamos. Era lo normal. Había que endurecer el espíritu y el cuerpo.

Peter bebió un sorbo de su cerveza. No se atrevía a mirar directamente a Justin. Éste lo conocía lo suficiente para interpretar sus miradas, sus gestos. Y no quería por nada del mundo que algo que pudiera traslucir sus ojos, pudiera detener el surtidor de sentimientos que parecía dispuesto a poner en funcionamiento. Pere tenía la culpa, el último chico que había aparecido en casa de la mano de Juan.

– Ese chico es de la misma Asociación que yo. Bueno, que era yo. O mis padres. En realidad no eran mis padres. No se quienes eran. A todos nos criaban en común. Íbamos cambiando de padres. ¿Sabes? ¿Lo entiendes?

Peter se quedó parado en la calle. Iban a hacer la compra al supermercado. Surgió así, de repente. Justin lo soltó sin previo aviso, sin que nada de lo que iban comentando despreocupadamente diera pie a ello.

– Justin no es mi nombre siquiera.

– Ya lo sé, Jus. Ya lo sé. Pero me acostumbré a él. ¿Quieres que te llame Saúl?

– No, no. No. Justin está bien. Me gustaría cambiarme el nombre. Como Justin te encontré a ti. – estaban parados en la calle, Justin estaba concentrado en lo que quería expresar; Peter lo miraba esperando. – Mi abuela… sabes, no debía ser mi abuela tampoco. O sí, no lo sé. Era la única con la que me dejaban estar que… que no era de la Asociación.

Peter quiso decirle que según Javier, el policía, tampoco era nada de él. Nada carnal. Pero se calló. Quizás era mejor que siguiera pensando que algo en su vida había sido real. El cariño debió ser real.

– El nombre de Justin no le gustaba nada a ella. Pero tuvo que tragar. Me llamaba Jus, con “j” castellana. “Me gusta Justino”, me decía. A mí no me gustaba nada, pero si a ella le gustaba, pues me amoldaría. Antes de Justin fui Luis. Y antes Patricio. Y antes Borja. Y después de salir corriendo cuando te fuiste de viaje, Ricardo.

Seguían parados en medio de la acera. Peter levantó la vista y vio el “Tómate otra”. Sin pensarlo lo cogió del brazo y lo guió suavemente hacia allí. Le pidió su cerveza con limón y él se pidió su “cerveza bien fría, por favor”.

– La razón del cambio de padres era para que no se ablandaran. Debían cumplir su cometido a rajatabla. Yo era un chico dudoso, así que debían redoblar mis castigos para que mejorara mi forma de ser. Era muy “blandito”, según ellos. Una vez le oí a Rosa, una que fue mi madre durante un año, que “ese chico es marica, te lo digo yo; debemos ser duros con él para que se corrija”. Yo no sabía lo que era marica. Yo solo sabía que, al menos tres días a la semana, me debía desnudar por completo y uno de ellos, me daba con fustas o con látigos. O con la mano. Me revisaban el cuerpo con minuciosidad. Cada cierto tiempo, esa revisión la hacían en la asociación. Todos los chicos estábamos desnudos en el centro de la sala de reuniones e íbamos pasando para que el consejo de sabios nos revisara. Alguna vez a alguno de mis compañeros los metían en una sala y al cabo de un tiempo, empezaban a oírse gritos ahogados. Eran unos gritos distintos a los de los castigos… alguna vez pensé que eran de placer, pero lo descarté. Prefiero no pensar lo que pasaba allí. Esos chicos nunca hablaban de ello. Y teníamos prohibido hablar con ellos. Esos pasaban a tener otro estatus dentro de la Asociación.

– En realidad, sabes, no podíamos hablar con nadie. Teníamos que centrarnos en la Asociación y en la familia. Y ahí de hablar, poco o nada, tampoco. De todas formas, no teníamos nada que decirnos. No sabías en quien podías confiar. No sabes lo que es capaz la gente por librarse de una tanda de “aprendizaje y endurecimiento del espíritu”.

Justin se calló un momento, bebió un gran trago de su cerveza y perdió su mirada en la nada. Sus ojos estaban empañados. Peter que había hecho propósito de no preguntar, no pudo evitarlo.

– ¿Y por qué te acercaste a mí? Eso te dio problemas, estoy seguro. Conmigo hablabas.

– Es cierto. Los castigos se redoblaron. Creían que nos acostábamos. Aunque por mucho que me miraron el culo, la boca y el pene, no encontraron nada sospechoso.

– ¿Acostarnos? ¿Solo se les ocurrió esa posibilidad? ¿Y si me hubieras contado todo?

– Era tan difícil que alguno hubiéramos hablado… lo teníamos tan inculcado… lo que pasaba en la Asociación era de la Asociación. Y siempre se procuraban espías, chicos que no conocíamos y que hacían de chivatos, como ese chico que te habló cuando volviste del viaje.

– Luego pensando me di cuenta de que algunas cosas que me contó no tenían mucha lógica ni cuadraban con otras que sabía por Hugo, el entrenador. -explicó Peter. – Pero qué iba a imaginar yo todo esto. Ahora sé por qué.

– El caso es que el día que fuimos a cenar, dio la casualidad de que una pareja de la Asociación estaba allí. No los vi, si no te hubiera dicho de irnos. Pero lo importante era que la policía estaba fuera, vigilando y sacando fotos. Y alguien les alertó. Cuando llegué a casa, vi en el buzón un sobre rojo. Esa era la señal de alarma inmediata. Por eso te dejé a todo correr y subí a casa corriendo. Recuerdas que te quedaste tan bloqueado por mi forma de comportarme que te fuiste a dar una vuelta para hacer tiempo. Te vi llegar cuando nos íbamos en el coche. Estuve a punto de saltar del coche en marcha, pero… no me atreví. Verte entrar en el portal preocupado, y saber que nunca te volvería a ver… me aterraba. Eras la primera persona que me había ayudado, que me había dado su cariño porque sí. Sin nada a cambio. Sin que fuera por obligación. ¿Sabes desde cuando no me tocaba nadie? ¿Sabes esa vez que me apoyé en tu hombro, el día que fuimos todos a comer pizza? Solo ese gesto de apoyarme en tu hombro… fue algo maravilloso para mí. Estuve casi toda la semana pensando en cómo hacerlo. Había soñado con ello. Lo necesitaba. Necesitaba sentir el tacto de alguien, apoyarme en alguien, que alguien me rozara con un dedo, siquiera con un dedo, con el meñique, algo casi imperceptible. Y estuve planeando casi dos meses darte un beso en la mejilla. Te conocía lo suficiente para saber que eso te haría ponerte en guardia. El día que me viste las marcas en la espalda… te habías puesto nervioso porque me expresé mal y entendiste que quería decir que pensaba que querías acostarte conmigo. Me maldije en la ducha por mi incompetencia. Era tan difícil decir cosas sin que pareciera que las dijera. Tenía solo 16 años. Joder. Por eso al final te dejé ver mi espalda. Cuando salí del baño, no estaba seguro de haberlo conseguido. Pero al verte como te agarrabas a la librería, supe que lo habías visto. Y el verte como te dolía, te lo juro, me hizo sentirme bien. “Joder, a alguien le importo”, me dije.

La emoción se le desbordó unos segundos y tuvo que detener su relato.

– ¿Sabes lo bien que sienta eso? ¿Sabes el subidón que me dio?

Volvió a callarse.

– ¿Me das un pañuelo de papel para sonarme los mocos?

Peter se apresuró a sacar del bolsillo un paquete de pañuelos y los dejó encima de la mesa.

– Hubo otro día que me rozaste sin querer la mano. No te diste cuenta. Para ti era un gesto de tantos. Para mí fue algo extraordinario. Fue en el coche. Ibas a cambiar de marcha y yo a cambiar de canción. Joder, Peter, me diste la vida. Para ti no fue nada. Has querido a tus sobrinos, les has besado y tenías sus súper—abrazos. Dan vida esos abrazos. Lo que hubiera dado yo por uno de esos. Por uno tosco, como el que te di el día de la cena, en el portal.

Y nos fuimos. Y tuvimos que escondernos porque la policía debió descubrir a los topos de la asociación. El Javier ese es bueno. Cuando le pasaron el caso, unas semanas antes del accidente, todo el mundo se puso muy nervioso. Pero es que alguien metió la pata y se le fue la mano. Me lo contó Javi. Por cierto, conocí el otro día a Ghillermo, su marido. Es un chico estupendo. Las ha pasado putas también. Me contó algo y tal. Es un buen tío. ¿Los podemos invitar algún día a casa?

– Puedes invitar a quien quieras – Peter alargó la mano y se la puso en la mejilla. – Es tu casa.

Justin volvió a emocionarse. Retuvo la mano de Peter en su mejilla, apretando la cabeza contra el hombro.

Justin se secó los ojos con un pañuelo de tela que sacó del bolsillo de sus vaqueros. Peter aprovechó para hacer algo parecido, pero disimulando como si tuviera calor y estuviera secándose el sudor de la frente. Bebieron los dos y aprovecharon para pedir a Diego que les trajera otras cañas. Entró por la puerta en ese momento Edu, el dueño. Saludó a unos y a otros. Dio un beso en la mejilla a Diego y otro a Nuño, el otro camarero. Iba hacia la mesa de Peter y Justin, que era la mesa que solía utilizar, cuando se dio cuenta de que estaban ellos y reculó. Peter le hizo una seña para que se acercara.

– Me habéis quitado la mesa – les dijo en tono de broma.

– Oye, que nos cambiamos – le ofreció Peter con una sonrisa.

– No seas bobo, hombre. ¿No me presentas?

– Perdona. Edu, este es Justin.

– El famoso Justin. Pet me ha hablado mucho de ti. ¿Puedo darte un beso?

Justin no acertó a contestar, pero Eduardo se tomó la libertad de acercarse y darle un suave beso en la mejilla. Pet lo miraba sonriendo. “Edu tiene algo, como pilla todo sin que necesite que se lo expliquen”.

– Os dejo que habléis. Si os apetece, veníos todos el viernes por la noche, que hacemos una cena de amigos. Eso sí, me avisas.

– ¿Te apetece? – consultó Peter a Justin.

– Guay – contestó Justin un poco descolocado. “Si a Peter le apetece, guay”.

Edu se dio cuenta de que sobraba y se fue sin añadir nada más. Nuño acercó las bebidas que habían pedido a Diego y se alejó también. Se quedaron los dos en silencio. Peter esperando. Justin decidiendo si seguir o dejarlo.

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