Diario de un hombre sin nada que contar. 8ª entrada.

Había prometido escribir cinco días a la semana. Llevo cinco días sin escribir. Seis.

Hace sol. Yo estoy nublado.

Algo me tiene bloqueado.

Es lo de mi hijo. Una posibilidad. Otro día lo cuento.

Didac no tiene tiempo para un café.

López me evita.

Morata no me llama. Ni me llamará. Esto es una tontería. Tom Daley tampoco. Otra tontería.

Ayer una clienta entró en mi despacho de improviso y me vio con los ojos llorosos y la mirada perdida en el infinito. Me miró con desprecio. Era desprecio. Era asco.

¿Por qué? La pregunté. No me contestó.

Llamé a Eduardo y le pedí que la atendiera. Cuando se iba con él, la oí comentar que si era un tal y un cual. Yo era tal y cual. Dijo algo de marica y de que Dios me castigaría. Estaba llorando, le decía a Eduardo. Vergonzoso.

Me giré para evitar enfrentarme a ella y echarla de la oficina.

Eduardo se encargó de ello. La dijo que mejor que se cambiara de banco, o al menos de oficina. Amenazó con llamar a alguien que conocía. Me iba a enterar, me iban a echar por marica. Ella sabía, ella tenía amigos. No sabes con quién estáis hablando. Eso es una abominación. Lo dice la Biblia.

Salí a tomar el aire.

Volví al cabo de diez minutos. Todavía estaba allí. Montaba un espectáculo. Muchos clientes observaban. Uno parecía darle la razón asintiendo imperceptiblemente con la cabeza. Lo conozco. Es Manolo. Es políticamente correcto. En voz alta dirá siempre que los homosexuales bien. Que él tiene amigos homosexuales. Parece que su subconsciente le traiciona.

Los demás la miran con pena.

Me lanzo al problema. Eduardo no tiene que pagar los platos rotos. La indico que vuelva a mi despacho. La explico que me ha faltado al respeto. Me amenaza. Cojo el teléfono y la pido que me diga quien es su amigo en el Banco. Para llamarlo. Me dice un nombre: Luis. Lo conozco. Llamo. Le explico la situación. Pongo el manos libres. Habla la señora. Se envalentona. Le dice de que da asco, que Dios, que su familia. No hace falta que te recuerde lo que hizo mi marido por ti hace unos años, le espeta de repente.

Le oigo suspirar. Incluso me imagino que se ríe.

Les dejé hablando. Me aburría el tema. Me fui a tomar una cerveza.

Me llama Luis al móvil.

Perdónala. Acaba de enterarse de que su hijo es gay. Y cree que tú eres el culpable de que lo sea.

Me quedo en silencio. No conozco al hijo de la señora.

Es Guillermo. Es la madre de Guillermo.

Conozco a Guillermo. Íntimamente.

Por eso vino a verme. Para avisarme. Pero no me avisó. Ni quiso usar las sábanas limpias que había puesto en la cama.

Esta historia no ha ayudado precisamente a que mi ánimo se desbloquee. Ahora el día está más nublado.

.

Néstor G

2 pensamientos en “Diario de un hombre sin nada que contar. 8ª entrada.

  1. No sé exactamente si este diario es un ejercicio literario o si de verdad es un diario real, pero es fácil empatizar con la persona que escribe estas líneas. ¡Somos tantos los que casi nunca tenemos nada que contar!… Por si acaso, un abrazo a Néstor y ánimo, casi siempre el color del día no depende de la calidad de la luz de ahí fuera sino del tono de nuestra propia mirada.

    • Ángel, creo que lo que Néstor cuenta es lo que siente. No lo conozco, pero tengo la impresión de que si no, no se hubiera molestado en contactar conmigo y pedirme que publicara sus apuntes.
      En cosas que dice, también me siento identificado. Sobre todo como tú, en lo de no tener nada que contar.

      Besos.
      muchos.
      envueltos.

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