La increible historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 1.

Ya están aquí de nuevo, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Como todo matrimonio, tienen la primera crisis. Son muy distintos y eso provoca conflictos que, esperemos, gracias al amor que se profesan, puedan superar.

Eso no significa que Néstor no nos siga contando sus cosas, cuando él quiera, que últimamente flojea.

Si queréis leer la primera parte, La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero, pinchad aquí.

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Capítulo 1.

– El Señor D. Jorge, el Señor de Ramiro el millonetis – anunció Loca, el botones del banco, con todo el boato y pompa del que era capaz. Hizo el aviso al subdirector en funciones de director, que la directora estaba ausente por enfermedad súbita. Raro, raro. La directora nunca había faltado a su puesto de trabajo. Ni siquiera cuando se puso de parto, que tuvo a su primer hijo en el despacho. Raro, raro. Todo olía a que la Sra. Directora había echado patas.

– Que se espere, no te jode. Se creerá que vamos ahora a correr a besarle el culo o algo porque se ha casado con el millonetis. Sigue siendo igual de pobre o más, no te jode. Y tú si quieres seguir con tu trabajo y que no te de una patada en el trasero y te mande al puto paro a la velocidad de Barry Allen “The flash”, que no me molestes con gente sin glamour. Que le atienda el de ventanilla, o mejor, que se vaya al cajero. Huy, que no podrá, que los cajeros no dan monedas todavía. Habrá que proponerlo en la siguiente reunión de zona.

El subdirector dijo todo esto sin darse siquiera la vuelta. Miraba por el ventanal tapado por una enorme pegatina en la que dos chicos jóvenes y dispuestos proclamaban las ventajas de la hipoteca azul, azul como el cielo azul, azul como el mar azul. Azul. Hipoteca azul. Euribor + 14,57.Y además de mirar por la ventana y se imaginaba retozando con uno de los chicos de la pegatina de la publicidad, con dos dedos sujetaba la taza de porcelana que contenía su cafecito de las 10, un cortado con coñac, para entonarse, que la vida es muy dura. El dedo meñique estirado, porque lo había visto en una película de esas de época y le había hecho tilín la pose. “Es tan señorial, como yo mismo”, se decía para sí, que no tenía a nadie a quién decírselo.

– Por cierto, botones, luego vienes a limpiarme los zapatos. Y no te sueltes la bragueta, que te conozco. Que te aprieten bien los huevos, que para eso te pago.

– Te los limpias tú, no te jode. Yo tengo mis funciones y punto. Y lo de la bragueta, ven si tienes eggs a subírmela tú, no te jode. Y por cierto, no me pagas tú, que si fuera así, aviado iba yo, pobre de mí. Me paga el banco. En realidad me paga Ramiro el millonetis, que bien que le sangráis, que me lo dijo el Tadeo.

El subdirector no se inmutó. Levantó su taza con parsimonia, al ritmo de Downton Abbey, y bebió un sorbo de su cortado de coñac. Pero un sorbo, sorbo, para que le durara más. “Te vas a enterar, locaza de los cojones. Mañana estás de patitas en la calle y por mucho que quiera la directora, eres hombre despedido, hombre pateado por este subdirector que suscribe, Locatis, loca de los cojones”, se dijo para sí mismo, para sus adentros, muy adentros. Pero lo disfrutaba un poco para afuera que se relamía los labios por anticipado con el éxtasis que le supondría despedir a la loca esa que tenían por botones, un capricho de la directora dada a la fuga y del Ramiro el millonetis ese de los cojones. Se imaginó echando la zancadilla a Locatis, el ex-botones, y pisoteándolo una vez por cada ocasión en que le había dicho que no. Y otra vez por cada vez que se había soltado la bragueta, haciendo que los pantalones le apretaran menos, y mitigando la tortura a la que quería someterlo; con lo que le gustaba disfrutar del bulto de Locatis. Se imaginó contratando en su lugar a su sobrino Margarito, un chaval estupendo y con buen porte, quizás un poco relleno, pero que tenía muchas posibilidades. Sería un buen botones, claro que sí. Y su hermano le volvería a hablar, por el favor, que el tal Margarito no tenía ni oficio ni beneficio. “Así a lo mejor se lo beneficia alguien”, se dijo para sí mismo, riéndose de la gracia para sus adentros, muy adentros, aunque algo debió notarse en su rostro avinagrado, que le salió una pequeña sonrisa que con el vinagre habitual en su cara, la convirtió en una especie de mueca emulando a los zombis de las películas de ídem. “Fíjate si el Ramiro ese, el millonetis, lo ve y se encandila y deja a ese idiota y se casa con él”. “Aunque algo de tajada se llevará el capullo. Si lo ha hecho por dinero, solo por eso”.

– Sigue esperando – dijo con voz clara e impaciente el botones Loca. – D. Jorge, el marido de Ramiro el millonetis.

– ¡¡Qué espere, no te jode!! Se creerá que tengo que estar disponible para cuando él quiera. Estos nuevos ricos…

– ¿Que espere quien y a qué? ¿Quién es un nuevo rico?

La tacita de porcelana, con su café, cortado con coñac, cayó al suelo haciéndose mil pedazos. Los dedos que la sujetaban decidieron abrirse de manera incontrolable, una rebelión en toda regla, solidarizándose con los impulsos de los esfínteres del subdirector, que amenazaban con abrirse de par en par y hacer que se cagara por la pata abajo. El subdirector por fin decidió darse la vuelta, eso sí, apretando bien el culo, que notaba que su incontinencia de esfínter anal amagaba con ganar la partida y llenarlo todo de mierda, e iba a ser mucha mierda que llevaba tres días estreñido. Y haciendo un esfuerzo, encaró la puerta del despacho de la directora, ausente por enfermedad súbita, y que él se apresuró a ocupar, súbitamente también.

– D. Ramiro, que enorme placer – su boca babeaba, sus ojos mostraban sumisión y su ánimo unas ganas tremendas de agradar a D. Ramiro el millonetis, que acompañaba a su marido, Jorge el camarero. – Perdóneme pero el botones no anunció su llegada.

– Es que yo no he llegado. Lo ha hecho mi marido. Yo lo acompaño. ¿Sabe que nos hemos casado, querido subdirector? – su mirada fulminaba al subdirector.

– Es que a lo mejor esperaba que me pusiera a cuatro patas y ladrara, como me propuso aquel día – añadió como quien no quiere la cosa Jorge el camarero. “Pero qué ganas te tengo, capullo, y te has metido tú solo en el cenagal”, se dijo para sí, para sus adentros, muy adentros, Jorge el camarero, repasando mentalmente los labios con su lengua, saboreando como le iba a pisar los huevos Ramiro el millonetis al subdirector.

El subdirector trago saliva. Jorge sonrió mientras se pasaba la lengua por sus labios, esta vez físicamente, con su saliva y tal, humedeciéndolos y dándoles color. Ramiro se relajó al ver lo bromista que estaba su marido, aunque si hubiera sabido que no se refería a la amenaza que le hizo a su suegro, sino a una vez que fue a discutir con él de unas comisiones que le habían pasado indebidamente y el subdirector le propuso:

– Cómemela a cuatro patas mientras ladras con voz de perra, y te doy una galleta.

Jorge no le había contado a Ramiro ese sucedido. De momento. “Mejor no se lo cuento nunca que no sé de qué sería capaz, que la peña me dice que Ramiro el millonetis tiene un carácter de agárrate los machos, jamochos.

– Mi marido quería cambiar su cuenta corriente y ponerla a nombre mío – explicó suavemente Ramiro, pero en un tono que no admitía réplica. – De los dos, quiero decir.

– ¿Mande? Pero si tiene un saldo de 23,67 euros.

– ¿Y? – el tono seguía sin admitir réplica pero ahora su mirada tampoco lo hacía.

– Pues nada, nada, que cambiamos la cuenta y le ponemos a Vd. D. Ramiro – voz servicial y gesto contrito. “Para que pueda sacar cinco euritos para gominolas para su maridito”, para sus adentros, muy adentros.

– Es justo que mi marido comparta mi cuenta corriente ¿No subdirector? – dijo Jorge el camarero sentándose en la butaca que había en el despacho destinada a Ramiro el millonetis.

– Sí, sí claro – dijo – “Es ridículo esto. La de papeles que hay que hacer para que el millonetis tenga firma en una cuenta que el día que más dinero ha tenido han sido 239,51 Euros. Que es un 0,0000000000001 % del menor saldo de la cuenta del millonetis éste de los cojones”. “Será sinsorgo el tío. Pero que le habrá visto al imbécil éste”, pensó para sus adentros, muy adentros. “A ver si consigo que mi sobrino Margarito le ponga los cuernos y se vaya a criar gamusinos a los Picos de Europa”.

– ¿Algún cambio más? – preguntó solícito el subdirector.

– No, los demás cambios ya los he tratado con el Director General.

– Ah. – dijo el subdirector, por decir algo que eso de que Ramiro el millonetis hubiera ido al Director General directamente le había producido un súbito ardor de estómago – “¿El Director General?”, pensó asustado el subdirector. Lo pensó para sus adentros, muy adentros. Y tragó saliva, para sus adentros, muy adentros.

– Quisiera decirle querido subdirector, que ha sido un enorme engorro tener que tratar con Vd. Mi marido me ha convencido de que es un atraso tratar con imbéciles subordinados pudiendo tratar con imbéciles que mandan. Así que me he ido a ver al Director General que ha contratado a un botones muy agradable, pero con un uniforme que no le aprieta los cojones. Se llama Margarito, no sé si lo conoce Vd, señor subdirector. ¿Sabe que el amigo Loca debe follar como mínimo 5 veces al día para que no se le atrofien los huevos ni la polla debido a esos pantalones demenciales que Vd. le ha obligado a llevar puestos todos los días?

– Pues no se ha quejado ni Usted ni él, hasta hoy; y bien que lo mira cuando entra. Si le gusta a Vd. más un bulto sospechoso que a un perro oler culos.

El subdirector pensó que algo había mal en el ambiente. El pensaba que pensaba lo que decía pero que no lo decía. Pero por la cara de Jorge el camarero y su marido Ramiro el millonetis, y el botones Loca, todo parecía indicar que no lo había pensado para sus adentros, muy adentros, sino que lo había dicho para sus afueras, muy afueras, con la consiguiente incomodidad en el ambiente. Incomodidad la suya, porque el botones se estaba partiendo la caja y Jorge lo acompañaba, mientras en el rostro de Ramiro el millonetis había aparecido con un gesto de satisfacción y un cierto colorcillo rojo en la mejillas. Si lo hubiera conocido mejor, hubiera sabido que eso era la antesala de una tormenta de las de aupa.

– Le gustan a Vd. mucho los perros, Sr. subdirector.

– Pues no – dijo altanero, que total, pensó, si ya estaba todo sentenciado pues se daría el gustazo de mandar a tomar por culo al Ramiro ese. “Y lo voy a hacer con todas las letras. ¡Que tranquilo me voy a quedar!”

– Huy, se pone rebelde, Jorge. El Sr. Subdirector quiere guerra. Ladre Sr. Subdirector. ¿Como fue lo que le dijo al padre de mi marido? Como fue Jorge… que el Sr. Subdirector se acaba de quedar mudo.

– Que a ti, Ramiro el millonetis, te gustaba que nos lo montáramos mi hermano y yo como si fuéramos perros, ladrando y tal. ¡¡Guau!! Fue bestial Sr. Subdiretor. Lo que pasa es que lo hicimos con su hijo de Vd. está bueno de cojones, y su sobrino Margarito, que han iniciado una relación muy perruna ellos dos. Y mi hermano y yo descojonándonos cuando ladraban con sus voces de perras, y la satisfacción con que lo hacían, su hijo de usted y su sobrino de usted. Que buena pareja hacen, por cierto. Y ladran como los mejores. Se nota que tienen los genes de Vd., Sr. Subdirector. Su hijo en especial, ladra que es un primor.

– ¿Mi hijo? Yo no tengo hijo. – dijo convencido, aunque a los dos minutos se dio cuenta de su error – ¡¡Mi hijo!! Pobre. – esto sonó como poco creíble, aunque le fastidiaba que se le hubieran adelantado con su idea de que Margarito, su sobrino, entrara de botones en la oficina para calentar al Ramiro el gilipolletis, como lo llamaba para sus adentros, muy adentros. Su hijo no contaba, que había salido a su madre y era bobo.

Jorge el camarero y su marido, Ramiro el millonetis y Loca, el botones, lo miraban fijamente. En el rostro de los tres, imperturbable, asomó un ligero gesto de pena. Él levantó ligeramente el mentón en un intento de luchar contra su caída a los infiernos que ya empezaba a intuir. La huida misteriosa de la directora, el cambio todos los días del empleado de caja, la no menos súbita decisión de Ramiro el millonetis de irse a ver al mismísimo Director General ante el que todo el personal se ponía firmes, pero firmes y que no recibía más que a contados clientes directamente, exactamente a uno, Ramiro el millonetis. El subdirector no era muy listo, pero tampoco muy tonto y algo de intuición tenía y se veía decapitado en la plaza del pueblo, con la marabunta de gentuza venida de todos los confines de la Tierra media, gritando alborozada cuando la guillotina cayera sobre su cuello desnudo. Su cabeza rodando por la arena de la plaza, golpeada por los pies desnudos de los jovenzuelos de la ciudad y disparando a puerta como si fueran un Luis Suárez cualquiera: “no sé como la he dado, pero ha entrado”. “Bien”, gritaba el público aplaudiendo a rabiar y gritando: “decapitación, decapitación.” Y esa mueca en la cabeza, con la lengua fuera, como un último intento de reírse del mundo, aunque el mundo le acababa de cortar su testa sin coronar.

– Guau – dijo en un susurro.

– No le he oído – susurró Jorge el camarero – ¿Tú le has oído? – preguntó con un tono de sumo interés en el tema a Locatis el botones.

– ¡Guau! – casi gritó el subdirector en un último intento de salvar su cabeza.

– Casi.

– ¿Me prepara los papeles para que mi marido pueda firmar en mi cuenta y disponer de su saldo o hacer cualesquiera otra operación? – solicitó suavemente Jorge; suavemente pero en tono de Ramiro el millonetis, o sea, que no admitía réplica.

– Ahora mismo D. Jorge – e hizo una pequeña inclinación de cabeza. Casi le da un tirón en el cuello.

Este “D. Jorge” y la consiguiente breve pero intensa inclinación de cabeza, le había costado un reflujo ácido subiendo por su esófago. Llamar de Don a Jorge el camarero, el más infame de los hombres que poblaban la tierra. Y no tenía nada que ver que unos años antes, en una noche loca en la que el subdirector se había desmelenado con los amigos, casi al final de la fiesta, de madrugada, hubiera visto a Jorge el camarero y hubiera querido ligar con él, que le apetecía echar un polvo, y el malnacido de Jorge el camarero, le hubiera dicho que no.

– No.

– ¿NO?

– ¡¡NO!!

– Pero si no tienes polvo ya. Te vas quedar solo – le espetó con todo el odio y el asco que llevaba dentro, que era y sigue siendo mucho.

Y Jorge el camarero, soberbio y borracho, imperturbable ante la zafiedad del subdirector que había osado atacarlo en su reino, la noche y la caza del polvo, había contestado, con templanza pero con un poco de asco también:

– Mejor solo que mal revuelto con escoria.

Y había hecho mutis, saliendo tambaleándose de la escena, con la cabeza alta, pero no demasiado por no desnucarse, más que nada. Soberbio y borracho que revolvió las tripas al subdirector que se la tuvo que cascar para que se le pasara el apretón fiestero.

Y lo que más le jodía al subdirector, es que el jodido Jorge el camarero, estaba guapo a rabiar. Que es que le molaba el Jorge el camarero ese. ¡¡Joder!! Aunque eso jamás lo reconocería ni siquiera para sus adentros, muy adentros.

– D. Jorge, ya puede firmar. D. Ramiro, usted debe firmar aquí.

Y firmaron.

Y dieron por terminada la visita al banco, para descanso del subdirector, que ya no podía contener más sus esfínteres y salió echando patas camino del servicio, mientras Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, precedidos por el botones Loca, que les iba abriendo las puertas, salían de la oficina.

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