La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 3.

 

– Eso no se hace, Ramiro el millonetis.

– Te deseo.

– No me cambies de tema.

– He reservado y pagaré. Te deseo.

– No me cambies de tema. Eso no es el tema.

– Quieres tener el trabajo, pues no le viene mal una comida concertada. Para que la empresa vaya bien.

– Pero no va a comer nadie.

– ¿Cómo que no? ¡Nosotros!

– Nosotros no. Tú, que yo estoy en mi turno.

– Da igual. Cuando te acerques te daré un poco de mi plato, así de tapadillo para que no nos vea el resto de comensales.

– ¿El resto? Si sois tres.

– Pues tres. Óscar y el Loca se ponen en una esquina de espaldas.

– Eso no es así.

Jorge estaba muy enfadado. Por un lado. Que por otro, tampoco era cuestión de negarlo que le ponía que su marido lo quisiera tanto como para hacer esas cosas que hacía por estar con él. “Pero no”, se dijo. “No es el tema, que el tema es mi trabajo, que quiero trabajar y bla, bla, bla, no quiero ser un mantenido y bla, bla, bla.” “Estoy enfadado, qué cojones” se repetía para mantener el enfado, que notaba que a ratos se le pasaba, los mismos ratos que su fierro ardía de deseos y se le escapaba por alguno de los rotos de su calzoncillo.

– Amor, te quiero.

– Y yo te quiero, pero quedamos en que no ibas a hacer cosas de ricos.

– He reservado un menú de 40 Euros. Eso no es de ricos.

– 40 comensales.

– ¿Y? Es como si fuera mi primera comunión. Yo soy el niño de la comunión y me arrodillo para que me des tu cuerpo y tu sangre. Es que eres mi dios, Jorge el camarero, y no puedo pasar sin la carne de mi dios.

– ¡Blasfemo!

– Pero si estás caliente.

– ¿Ya estás mirándome el paquete?

– No.

– ¿Y entonces como sabes… ? ¡Diosssss!! Otra vez he caído.

– Yo te bajo la dureza. ¿Llevas los calzoncillos rotos?

– Sí, joder, ya te lo dije.

– Estoy a cien.

– ¡¡Mierda!! – ya empezaba a claudicar. En realidad casi había claudicado. No, no, esa no era la realidad. La verdad de verdad es que… se había rendido. Bandera blanca, como sus calzoncillos rotos, especiales para su marido.

– ¡¡¡Mierda!!!! – se repitió a sí mismo, sintiendo su miembro babear, ya duro, duro, pero duro.

Jorge el camarero agarró a Ramiro el millonetis por la corbata y corrío hacia los servicios. Óscar el secretario y su nuevo novio, Loca el botones del banco, montaron la guardia pertinente en la puerta, no se le ocurriera a nadie ir a evacuar aguas mayores o menores e interrumpiera la acción.

Agggggggggg

agggg

aggggggggggg

aggggggg

agggggggggggggggggg

agggggggggg

agggggggggg

– Están en forma.

– No te creas, el día de la boda… – pero calló ante un repentino.

AgggggggggggggggggggggggggggggggggggGGGGGGGGGGGGGg

– ¡Hostia! No he dicho nada.

– Estoy caliente Óscar el secretario.

– Ya te veo ya.- contestó el aludido, mirando de soslayo el paquete de su amado y rozando con sus dedos la camiseta que llevaba, esa que era una segunda piel y que el subdirector del banco le obligaba a llevar para poner contento a Ramiro el millonetis, auque a éste, ni fú ni fa, ni caso que le había hecho nunca, ni una mirada de soslayo que pudiera considerarse libidinosa.

Aggggggggggaggggggg

agggggggg

aggggg

agggggggggggggg

AGGGGGGGGGGGGGGGGg

AGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGgg

AFFFFF

aggggggggggggggggggggggg

AGGGGGGGGGGgggggggggGGGGGGGGg

agggggggg

– ¡¡La madre que te parió!!

– Hostia tu jefe – exclamó Loca tapándose la mano con la boca.

– Está en la gloria – se podía percibir un tono de orgullo en su voz.

– Y tú también.

– No sabes el dolor de cabeza que me ha quitado que se casara. No sabes lo duro que ha sido la búsqueda y las cosas que he tenido que hacer. – explicó Óscar el secretario, haciéndose un poco el interesante.

– Mi pobre. Un día me lo cuentas.

– En unos cuantos, que en un día…

– ¿Y cuando nos toca nuestro turno?

– ¿Cuando acabe?

– Jo, que me quedo sin comer.

– En los postres entonces.

– ¿Nos lo llevamos al baño?

– Hecho.

– ¿Y quién montará guardia? – inquirió con inocencia supina un cándido Loca, el botones.

– No sé. Es que me pone que nos pillen. ¿Te imaginas que entra el señor ese de la barra, el que tenía ese aspecto de triste por no haberse comido una buena verga en la vida? Y nos pilla ahí con los gayumbos en las rodillas, con el culo al aire, y dale que te pego.

– Joder, que morbo. Me he puesto a mil, Óscar el secretario.

– ¡¡Eh!! – Jorge se había asomado a la puerta del baño. – No os enrolléis que ésta es nuestra historia. Estas conversaciones y vuestros polvos, a vuestra historia.

– ¡¡Vale, vale!!

Jorge cerró de nuevo la puerta.

Aggggggg

agggggggggggggggggg

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agggggggggggggggggggggggggg

– ¡¡aggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg!! – gritaron los dos a la vez.

– ¡Ay! – suspiraron los dos al unísono, una vez más coordinados a la perfección. Todo hace pensar que mientras exhalaban ese “¡Ay!” tan sentido, se estaban mirando a los ojos, con su cara perlada de gotas de sudor, y con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Chis pum.

Jorge el camarero salió primero colocándose la pajarita y pasando su lengua por los labios, para que tomaran un poco de humedad. Ramiro se los había dejado secos. Tanto beso ardiente le estaba pasando factura.

Ramiro salió después, con un gesto beatífico en su cara y guardándose los calzoncillos rotos de su amado en el bolsillo de la chaqueta. Pero antes de guardárselos, los olió una vez más, aspirando con fruición y deleite su aroma.

Jorge se dio la vuelta y se encaró a su marido.

– Ahora a ver como llenamos el comedor. Has prometido 40 comensales.

– Eso está hecho – sonrisa maléfica en la cara de Ramiro el millonetis.

Chascó los dedos y Óscar el secretario salió corriendo a la calle, no sin antes colocarse el paquete que seguía a cien a la espera de su turno.

Sin más dilación, empezaron a entrar en el restaurante los invitados al convite. Los tres mosqueteros y sus secretarios respectivos, y los secretarios de los secretarios. El turno de mañana de las y los recepcionistas. El jefe de ventas y su novio, así como sus hijos de 22 y 23 años, respectivamente, dos bombones en busca de pareja. El jefe de personal y su staff. Juanma, el chofeur preferido de Ramiro el millonetis.

– ¿Ya estamos todos? Pues a comer, Jorge el camarero.

Y Jorge el camarero, que con la boca abierta miraba como entraba toda esa gente, “Será cabrón el Ramiro este, el millonetis, mi marido”, empezó a correr de un lado para otro, sirviendo el suculento menú que había elegido su marido.

“¿Has visto como se le mueve el miembro al andar? Me pone a cien este chico”. Murmuró para sí Ramiro sin perder ojo de las evoluciones de su cónyuge. “Aunque en realidad lo que más me pone es él, su forma de ser, su personalidad. Joder, es que estoy enamorado, quien me lo iba a decir a mi edad, que no es tanta, no te creas”.

– ¡¡Ayyyyyyyyyy!! – suspiró en voz queda Ramiro el millonetis una de las veces que pasó por su lado Jorge el camarero.

– ¡Y no me mires con esa cara! Hasta la noche, a pan y queso – aunque su cara no cuadraba mucho con la afirmación que acababa de hacer.

– Será a pan y agua.

– No me contradigas, joder. Será mejor un poco de buen queso que un vaso de agua, digo. Además, el queso y el pan hacen un maridaje cojonudo.

– Como nosotros – dijo Ramiro, a la vez que se le escapaba un suspiro aterciopelado, lleno de azúcar y amor, no apto para diabéticos ni para extreñidos del amor.

– Ramiro contente – Jorge le amenazó seriamente con un dedo, aunque…. otra vez esa mirada que no acababa de cuadrar con lo que parecía quería decir con palabras.

– Vale, vale. ¡Que humor! – se sonrió, que ya conocía muy bien a su marido.

– Y de ésta te vas a acordar. A las 9,30 me pasas a buscar, que la cena corre de mi cuenta.

– ¡¡Huy, que bien!! Ya sabes lo que quiero cenar – afirmó con tono sugerente, morboso, casi pornográfico.

– Pues eso, Ramiro el millonetis.

– Pues eso, Jorge el camarero. Así te devuelvo los calzoncillos.

– Esos te los regalo.

– Hummmm.

Jorge se sonrió pensando en la venganza de esa noche.

– Te vas a cagar, Ramiro el millonetis.

– Y vosotros, ni abráis la boca, Óscar y Locatis. Lo guardáis para vuestra historia.

Los aludidos levantaron las manos mientras intentaban que no se les cayera un langostino que no les había dado tiempo a empujar dentro de su boca, cada uno de la suya. Quiero decir, un langostino en cada boca, cada uno el suyo.

Uffff, que lío.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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